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7.04.19

Serie Venerable Marta Robin – Indignos del Amor de Dios a veces somos

Hace mucho tiempo que hemos incardinado los comentarios acerca de la obra de la Venerable Marta Robin (francesa ella, de nacimiento y de nación) en la serie sobre la oración.  Sin embargo, es de recibo reconocer que desde hace mucho tiempo, también, no trata lo que traemos aquí de oraciones, en sí mismas consideradas (algunas veces sí, claro) sino de textos espirituales que nos pueden venir muy bien, primero, para conocer lo más posible a una hermana nuestra en la fe que supo llevar una vida, sufriente, sí, pero dada a la virtud y al amor al prójimo; y, en segundo lugar, también nos vendrá más que bien a nosotros, sus hermanos en la fe que buscamos, en ejemplos como el suyo, un espejo, el rastro de Dios en una vida ejemplar que seguir.

 

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Por eso, nos vamos a acercar a su obra espiritual a través del contenido del libro “Journal. Décembre 1929, Novembre 1932) publicado en 2013 por Editions Foyer de Charité y que recoge, como su nombre indica, el contenido del Diario íntimo y personal de la Venerable Marta Robin entre las fechas que se indican en el título del mismo.

Indignos del Amor de Dios a veces somos

 

“Nosotros nos manifestamos indignos del amor de Dios todas las veces que dejamos que nuestro corazón se encolerice, todas las veces que cerramos la puerta a la caridad y al perdón”. (Consejo 19)

 

Si no somos, del todo, inconscientes de lo que somos en materia de fe, sabremos exactamente de qué pie cojeamos. Y sabemos que a veces lo hacemos de los dos.

La Venerable Marta Robin, que conoció más que bien la naturaleza espiritual de sus hermanos católicos, nos pone sobre la pista de algo que nos puede venir la mar de bien porque nos puede evitar, digamos, malos actuares o pensares.

Sí, es cierto que sabemos que la Voluntad de Dios, nuestro Padre del Cielo, tiene relación directa con cómo somos sus hijos y, en fin, con cómo nos tomamos las cosas del alma. Y quiere lo mejor porque conoce muy bien el fin de todo eso: la vida eterna, habitar las praderas del definitivo Reino que nos ha preparado y ocupar alguna de las estancias que su Hijo, Cristo, nos está preparando. Y no está de más decir, ahora mismo y por cierto, que tales estancias se construyen con lo que nosotros, con nuestra vida ordinaria, enviamos al Cielo, a modo de perdones, de misericordias y de todo lo bueno que seamos capaces de dar. Y, por tanto, según sea nuestro proceder, así será la estancia que luego ocupemos…

Pues bien, Marta Robin nos habla, cierto es que nos habla de lo mejor para nosotros y por eso nunca debemos olvidarlo, de cómo no debemos ser para no manifestarnos como indignos ante Dios Nuestro Señor.

Podríamos decir que sabemos más que bien cómo podemos ser indignos de un merecimiento como es el de ser recibidos en el corazón de nuestro Creador. Pero nuestra hermana Marta Robin se refiere a lo que de propio tiene el Amor de Dios en nosotros si somos capaces de manifestarlo  con nuestro prójimo.

Sí. Nuestro prójimo ha de esperar de nosotros un corazón limpio y un corazón donde, de verdad, el amor se manifieste hacia quien nos acompaña en este valle de lágrimas y a quien Cristo tiene por hermano y, por tanto, también nuestro lo es. El prójimo, pues, ha de preferir de nosotros un comportamiento propio de un hijo de Dios y no de uno de Satanás…

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La Palabra del domingo - 7 de abril de 2019

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V Domingo de Cuaresma

Jn 8, 1-11         

 

 

1       Mas Jesús se fue al monte de los Olivos.

2       Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles.

3       Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio

4       y le dicen: ‘Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio.

5       Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?’

6       Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra.

7       Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: ‘Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.’

8       E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra.

9       Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio.

10     Incorporándose Jesús le dijo: ‘Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?’

11     Ella respondió: ‘Nadie, Señor.’ Jesús le dijo: ‘Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.’”

 

COMENTARIO

 

Una lección de amor y justicia de parte de Cristo

 

Hay que reconocer que el Mal es perseverante. Es decir que las intenciones que tiene de provocar en los hijos de Dios daño que sea irreparable no cesan con nada. Siempre está al acecho para ver si nos hace caer en sus trampas y, así, atraernos a su redil. 

A Jesús, como podemos imaginar, le tenía mucha inquina el Maligno. Y se adueñaba de los corazones de aquellos que no lo querían nada de nada. Y si eso no era suficiente, les ponía en bandeja casos como, por ejemplo, el de aquella mujer sorprendida en adulterio. 

Aquí no se nos dice que Jesús diga que aquella mujer no fuera adúltera. No. La realidad era la que era pero, por encima de la misma, había algo más: Dios, su misericordia, el amor y el perdón. Y todo eso era, seguramente, demasiado para según qué tercos y duros corazones. 

De todas formas, podemos imaginar los pensamientos de aquellos que habían llevado ante el Maestro a la mujer a la que había cogido, por decirlo así, in fraganti, cometiendo adulterio. En su mente sólo había una acción: apedreamiento. Y es que no lo decían por ellos sino que otro, Moisés, ya había establecido tal pena para tal acción. Y ellos, ¡hala!, a aplicar la ley y aquí paz y allá gloria. 

¡Qué obtusos eran!, debió pensar Jesucristo. Aunque, a lo mejor, bastaría con mostrarles sus propios corazones. No como ellos se veían sino como, en realidad, eran. Sí, eso debía astar para solventar una situación que era verdaderamente difícil de sacar adelante. 

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