17.02.20

De la inocencia perdida y la rebelión contra la cultura

  Al pie del acantilado (detalle). Obra de William Adolphe Bouguereau (1825-1905).

 

  

«Si los padres desean preservar la infancia de sus hijos deben concebir la crianza como un acto de rebelión contra la cultura».

Neil Postman

 

«¿Qué coraza es más fuerte que un corazón sin mancha?»

William Shakespeare

  

 

Nuestros niños de hoy de pronto han dejado de ser niños. Algunos profetas modernos nos lo advirtieron hace ya algún tiempo (La desaparición de la infancia, Neil Postman, 1982), pero como de costumbre no les hicimos caso. El fin de la infancia es constatado como un lastimoso hecho y con él ha llegado, esta vez sin anuncios ni algaradas, también el final de la pubertad. No se trata tan solo de esos evanescentes titulares de prensa sobre la “adolescencia adelantada”, tan del gusto de los psicólogos, ni tampoco únicamente del inquietante “niño tirano” que asola cada vez más hogares. Su alcance y efecto es ya generalizado. Son los ya-no-niños que nos sonríen con adulta inmadurez. Parafraseando una famosa frase progre, podría gritarse: ¡Es la inocencia, estúpido! La inocencia, que no solo ha sido extraviada, sino arrebatada, hecha jirones por las sacudidas y desgarros de la modernidad. La inocencia que se percibe en la mirada pura que retrata el cuadro de Bouguereau, la misma inocencia que anhela proteger el protagonista de El Guardián entre el centeno, de J. D. Salinger (1951). 

«Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura». 

Chesterton ya nos hablaba de ello en Ortodoxia (1908). 

«La doctrina y la disciplina católicas puede que sean murallas; pero son las murallas que cercan un campo de juegos. (…) Podríamos imaginar algunos niños jugando en la llana cima herbosa de una elevada isla en el mar. Mientras hubo un muro en torno a los bordes de la colina pudieron brincar en cualquier juego frenético y convertir la cima en la más ruidosa de las guarderías. Pero los muros fueron abatidos y quedó al desnudo el peligro del precipicio. No cayeron en él los niños; pero cuando volvieron sus amigos los hallaron confundidos de terror en el centro de la isla; y sus cantos habían cesado». 

Más tarde, William Golding, en su obra, El señor de las moscas (1954), hace decir a uno de sus protagonistas una de esas frases que sacuden la conciencia, poderosas y penetrantes como un martillo macho: «Esos niños, los pequeños. ¿Quién cuida de ellos?»

Hoy prácticamente nadie parece querer ser «el guardián entre el centeno», nadie parece querer cuidar de «esos niños, los pequeños». Preservar la inocencia de los niños semeja una suerte de locura para las mentes postmodernas. Tanto es así que algunos bienintencionados (o algunos malpensados, entre los que me encuentro) llegan a preguntarse ––unos de buena fe, otros irónicamente–– ¿es que la infancia es peligrosa para los niños? ¿Es por eso que los padres, los maestros, todo el mundo adulto de nuestra modernidad, están haciendo todo lo que pueden para asegurar que desaparezca a fin de que nuestros chicos lleguen cuanto antes a la edad adulta?

Sabemos que esa no es la verdad. Claro que lo sabemos. Sabemos cual es el estado natural de los niños. Dice el Evangelio: 

«En verdad, os digo, si no volviereis a ser como los niños, no entraréis en el reino de los cielos. Quien se hiciere pequeño como este niñito, ése es el mayor en el reino de los cielos. Y quien recibe en mi nombre a un niño como éste, a Mí me recibe». 

Y también nos dice algo más:

«El que escandalizare a uno de estos pequeños que creen en Mí, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le arrojaran al fondo del mar».

Pero todo se confabula contra la pureza y la luz. El candor infantil se diluye entre likes, whatsapps, juegos de ordenador, videos de youtube y programas de televisión que pasan por la mente infantil, uno tras otro, sin control alguno. Todo lo que constituye el núcleo de la cultura imperante conspira contra la infancia porque hace accesible a casi cualquier persona (incluidos los niños) todos los secretos del mundo: secretos de la cultura, secretos políticos, secretos de la medicina, secretos de la sexualidad; todo es accesible, no hay barreras, no hay escalas, no hay niveles, todo se iguala; y si igualamos la adultez y la infancia, esta última desaparece y con ella la inocencia que le es propia. No solo la estructura cultural y técnica del mundo conspira, también la voluntad de los hombres se precipita sobre la inocencia. También en las escuelas se trajina afanosamente para hacerla desaparecer, corrompiendo el corazón puro de tantos niños con basura disfrazada de derechos, en campañas «informativas» impulsadas desde las instancias más altas del poder, desde dónde se amenaza a los padres con arrebatarles sus progenies si osan oponerse a tamaño progreso.

El profesor Anthony Esolen (profesor de lenguas clásicas y uno de los intelectuales católicos más frescos, lúcidos, poéticos y valientes que nos quedan) trata la cuestión, aunque de forma tangencial, en su último libro Nostalgia (2018), y lo hace de manera, clara y muy expresiva, como siempre:

«Para el cristiano, la historia se extiende desde el primer momento de la creación hasta la consumación de todas las cosas al final de los tiempos. Cuando se tiene esa visión del camino, es más probable que se sea paciente y que se espere la lenta maduración del niño. La pubertad, la mayoría de edad, la edad adulta y la adquisición de un buen trabajo son todas etapas en el camino; no son ni el camino en sí ni el destino. Si estás viajando de la tierra al cielo, el aeropuerto de Newark no parece tan impresionante.

Pero los que inculcan la precocidad no tienen tanta paciencia. Insisten en que solo quieren que los niños sean maduros, pero no es cierto. Quieren que sean forzados, como las plantas de invernadero. La precocidad temprana no pone a un niño más lejos en el camino que sus compañeros. Se trata de un extravío. El niño que se “convierte” en un adulto en formas desagradables y no naturales para su edad, crecerá perpetuamente infantil, aferrándose a la infancia que nunca experimentó de manera ordinaria. Es una visión grotesca: niños de ocho años que saben más sobre los desvios sexuales que mi madre cuando tenía veinte años, y niños de treinta años que holgazanean en pijama de una pieza, llaman a sus perros sus “hijos”, convierten el lugar de trabajo en una fiesta de pijamas y copulan con robots carnosos».

Estoy de acuerdo con él cuando dice que «en lugar de proyectar nuestra infancia perdida sobre un pasado legendario, proyectemos nuestro sentido compartido de inocencia perdida sobre la infancia»,  un sentido de inocencia que no es propio de los niños ––aunque en estos se manifiesta de forma más pura––, ni es en ellos dónde debe alcanzar su plenitud; un sentido de la inocencia que perdimos un día y que nos hace sentir nostalgia de modo paradójico, pues como dijo el santo Cardenal Newman, creemos que añoramos el pasado, pero en realidad nuestra añoranza tiene que ver con el futuro. Un sentido de inocencia sobre el que que Jesús nos llamó la atención a las claras y del que depende nuestro destino y el de nuestros hijos.  

Así que, ya sabemos. A pesar de que pueda ser una locura, un nadar contracorriente agotador, los padres debemos ponernos en pie y afrontar la recuperación y la defensa de la inocencia. Como dice Neil Postman en la frase del frontispicio, debemos rebelarnos contra la cultura. Porque nuestros hijos están «al borde de un precipicio» y nuestro deber como padres, «consiste en evitar que los niños caigan a él». Seamos sus «guardianes entre el centeno»; es lo que se espera de nosotros, y aunque parezca una locura, será una locura admirable. Porque, sino: ¿qué será de «esos niños, los pequeños. ¿Quién cuidará de ellos?». Eso, ¿quién lo hará?

12.02.20

Tintín, ¿un héroe cristiano?

  Ilustración de Hergé para la portada de un especial de Navidad de la revista Tintín.

   

  

«Al creer en sus sueños, el hombre los convierte en realidad».

Hergé

     

  

Tengo una relación personal e intransferible con Tintín, el famoso personaje de comic creado por Georges Rémi (más conocido como Hergé), cuyas aventuras he seguido con pasión adolescente desde el primer día en que mis ojos se posaron en las páginas de su álbum, La oreja rota (1937), en casa de mis abuelos paternos. Allí se guardaban y apilaban libros y libros, y entre ellos, también un buen montón de tebeos e historietas, incluidos algunos del joven reportero belga. Luego Tintín (en toda su extensión) tuvo también acomodo en nuestra casa para mí disfrute y de todos mis hermanos. Más tarde sus historias se adueñaron de los corazones de mis hijas y mis sobrinos y espero que lleguen hasta mis futuros, si Dios quiere, nietos.

Este afecto mío hacia el personaje y sus historias (que he de decir, pervive hoy) me permite autocalificarme, quizá con cierta pomposidad, de tintinista, o mejor, de tintinófilo (por supuesto que no llego a la excelsa categoría de tintinólogo, como por ejemplo el mayor especialista español en el tema, Juan Eugenio d’Ors).

Soy consciente de que esta afición no constituye un gran mérito y que amar a Tintín no revela un gusto cultivado y exclusivo, sobre todo si atendemos a su enorme popularidad: sus 23 álbumes (24, contando el inacabado Tintín y el arte Alpha, 1986) han tenido a lo largo de 90 años unas ventas de más de 200 millones de ejemplares y han sido traducidos a más de 60 idiomas, y ello sin contar las innumerables ediciones piratas ni la legión de pastiches e imitaciones que ha inspirado. Pero no se trata del gusto elitista y exclusivo (nunca debe tratarse de eso), sino de la confirmación del viejo axioma que nos dice que el bien es expansivo de por sí. Y creo que Tintín es algo bueno y que esos números no hacen más que confirmarlo.

                                                       Todos los álbumes de Tintín.

Pero, ¿por qué sostengo que Tintín es algo bueno? ¿Quizá porque, en el fondo, el personaje hace gala de un espíritu cristiano? Así lo creo.

Tintín es un personaje universal desde su nacimiento, pero a un tiempo es un tipo particular. Porque nuestro héroe no es un héroe cualquiera y, si bien toma rasgos de muchos de los héroes paganos de la antigüedad, es sobre todo y ante todo un héroe cristiano. Así, y aunque es que se trata de un héroe intemporal, casi diríamos que inmortal como Gilgamesh, y que representa a un viajero que, sin tregua ni pausa, va de un lugar a otro, en un peregrinaje eterno, cual Odiseo, de pagano no tiene nada. A diferencia de Odiseo, sus aventuras no acaban cuando regresa a su hogar, sino que, a modo de eterno retorno, Tintín vuelve a emprender el viaje, siempre partiendo de su morada y siempre volviendo a ella (un hogar que tarda en concretarse, pues hay que esperar a para que su amigo del alma, el capitán Haddock, reciba en herencia el castillo de Moulinsart, lo que acerca el lugar a la corte del rey Arturo). Se trata de una actualización del caballero cristiano, un protagonista con un código moral caballeresco y rigurosamente evangélico: la protección de los débiles y el amparo de los inocentes y perseguidos. Incluso podríamos decir que encarna una figura similar a la de Galahad en el ciclo artúrico, pues en ambos personajes la pureza y la castidad es virtud definitoria de su carácter y condición necesaria para su exitoso desempeño. Tintín no tiene tiempo para el amor. No hay personajes femeninos que se le enfrenten en un lance amoroso o sentimental (Bianca Castafiore ––la cantante de ópera–– es una figura maternal y extravagante).

Esta característica no ha pasado desapercibida a algunos estudiosos. Por ejemplo, Kees de Groot, sostiene que, además de una evidente y expresa influencia del catolicismo en la obra temprana de Hergé (lo que es admitido por casi todo el mundo; sus primeras historias fueron publicadas por entregas en un semanario juvenil católico, Le petit vingtieme), puede apreciarse un catolicismo implícito a lo largo de toda la serie de Tintín, nacido directamente de la condición de católico de Hergé. Pese al aparente distanciamiento del autor de esas raíces católicas en la última parte de su obra (desde el álbum Tintín en el Tíbet, 1960), el héroe no pierde ninguna de las cualidades caballerescas apuntadas.

                                        Poster ilustrativo del universo de Tintín.

Este empaque moral cristiano hace de nuestro Tintín un enemigo acérrimo tanto del comunismo como de los excesos del capitalismo. Esto se muestra a las claras en sus álbumes más tempraneros y menos apreciados: Tintín en el país de los soviets (1930), Tintín en el Congo (1931) y Tintín en América (1932).

Curiosamente, el primero de los álbumes citados fue durante muchísimos años tremendamente vilipendiado y tachado de fascista y difamador por todas las huestes del comunismo intelectual de occidente (y continúa aún). El propio Hergé tuvo que excusarse repetidas veces por esta obra, la única, por cierto, que no reeditó actualizada, en gran parte debido a este rechazo crítico. Sin embargo, el tiempo habría de dar la razón al autor. Hergé había calcado parte (solo parte, porque se quedo corto) de la maldad y el desastre que trajo consigo el régimen comunista soviético. En ese primer álbum, Tintín se enfrenta con la Guépéou (GPU), la policía secreta de Stalin, en una bastante lúcida representación de la misma, muy poco alejada de la realidad. También se habla en el álbum de la mala marcha de la economía y de la discriminación favorable a los miembros del partido; el héroe asiste a una distribución de pan a los pobres, donde solo se les reparte a aquéllos que se dicen comunistas. Se denuncia que Lenin, Trotski y Stalin robaban al pueblo en una escena en la que Tintín llega por un pasaje secreto a un lugar donde se guardan esos tesoros robados (por cierto, Stalin ha sido considerado recientemente por la revista Time como uno de los diez hombres más ricos de todos los tiempos). En esta nave escondida encuentra también almacenados el trigo, el caviar y el vodka, mientras el pueblo se muere de hambre. Años después se supo de la tremenda hambruna ucraniana provocada por Stalin y conocida como el Holodomor, que acabó con la vida de millones de campesinos. Finalmente, Tintín desarma a un bolchevique que tenía la intención de sembrar el terror revolucionario poniendo bombas en todas las capitales de Europa (las conspiraciones, sabotajes y la financiación y exportación de la revolución bolchevique son hechos hoy reconocidos). ¿Perciben ustedes alguna inexactitud?

Por otro lado, tampoco se puede acusar a Tintín de pro capitalista. En el segundo y tercero de sus álbumes, Tintín en el Congo y Tintín en América, vemos una clara crítica a los abusos del capitalismo y al imperialismo, aun cuando reproduce ciertos clichés paternalistas, hoy ferozmente criticados, de la época en que los belgas explotaban el Congo. Como dice Denis Tillinac en su Dictionnaire amoureux du catholicisme (2011), «solo hay un personaje realmente agradable en “Tintín en América": el etnólogo que ha adoptado la moral del “buen salvaje"; es como “Paul y Virginia", o “Atala". Sólo hay un buen personaje en “Tintín en el Congo": el misionero con gorro blanco y bata blanca que va a la escuela y cuida de los enfermos. Frente a la voraz avaricia de los criminales a sueldo de las multinacionales (petróleo o armas), el nativo nunca hace el papel de villano».

                                                            Tintín y la lectura.

Tintín es puro y alegre y, a un tiempo, fuerte e implacable. Vence las dificultades y los obstáculos, tanto con su audacia, presteza y valentía como con su rectitud y buen humor. Como defiende Denis Tillinac, «una gracia lo saca de los peligros más desesperados, como a los héroes de las epopeyas de la Edad Media. Tintín es un caballero occidental de los tiempos modernos, un corazón impecable en un cuerpo invulnerable». Por todo ello (y porque sus aventuras son tremendamente entretenidas y fascinantes), este héroe de papel de corazón puro debe estar en toda tebeoteca que se precie. ¿No creen?

5.02.20

¿Es buena la fantasía literaria para nuestros hijos?

                Fantasía en crepúsculo. Obra de Edward Robert Hughes (1851-1914).

   

   

«Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros».

Miguel de Cervantes Saavedra

   

   

Soy un convencido de que la buena literatura fantástica es beneficiosa para los niños. En todo lo que he escrito en mi blog puede verse reafirmado este aserto. Sin embargo, soy consciente de que esta no es, ni ha sido siempre, una opinión compartida por todos. De hecho, a lo largo de la historia se han alzado voces discrepantes y hoy mismo a menudo se acusa a este tipo de literatura de escapista como forma encubierta de eludir la realidad. 

Las razones en que fundamento mi creencia en los beneficios de la literatura fantástica son varias, y otros como G. K. ChestertonJ. R. R. Tolkien y C. S. Lewis, las exponen mucho mejor que yo, así que recurriré a ellos para explicarme. 

Quizá lo primero que tenemos que hacer es ponernos en contexto, aunque ello requiera un esfuerzo. El punto de partida debe ser situarnos en el lugar de un niño pequeño. Y aunque todos hemos sido niños, esto no resulta fácil, porque hemos olvidado en buena parte esa experiencia: No me refiero aquí a los recuerdos (unos podemos recordar más o menos que otros, pero todos recordamos algo), pues estos, de ordinario, se circunscriben a los hechos o a los acontecimientos, y cuando no es así, son vagos, como relámpagos o visiones fugaces e inconexas. No, me refiero a volver a experimentar un estado del ser. Por un lado, al sentimiento de impotencia, de desamparo, de pequeñez ante un mundo que los niños ven engrandecerse a cada paso ante sus ojos y a las limitaciones, físicas y de toda índole, que les rodean en su existir; y por otro, a la sensación de asombro y extrañeza ante ese mismo mundo que todo niño experimenta y que causa en él el anhelo y la necesidad de explorar y conocer. Una mezcla de inocencia, temor, asombro y curiosidad. Esta experiencia es definitiva y condicionante y es, afirmo, la que da empaque y fundamento a la conveniencia de frecuentar las lecturas fantásticas. 

Los psicólogos y los médicos, con el famoso Bruno Bettelheim a la cabeza, destacan esta función de la fantasía como asistente formativo del niño. Las razones son de tipo práctico y, aunque algunas de ellas son dudosas en su fundamento mismo (me refiero a las psicoanalíticas), parecen todas ellas en su expresión razonables. Bettelheim dice en su libro Psicoanálisis de los cuentos de hadas (1976): «los cuentos de hadas no solo son seguros para los niños, sino también necesarios… los niños pueden a través de ellos expresar indirectamente las frustraciones de ser controlado por un mundo adulto, porque se identifican inconscientemente con los héroes de las historias, que a menudo son los personajes más jóvenes, más pequeños y menos poderosos».   

Bien, así que tenemos que los relatos de fantasía ayudan a los niños a conocer más suavemente verdades incómodas, a ayudarles a madurar de manera sana y a crecer en la debida forma, ¿pero, hay más? Pues sí que hay, y bastante más: la buena fantasía también puede ayudar a los niños a acercarse a la verdad, la belleza y la bondad. 

Chesterton, en el capítulo titulado La ética en el país de los elfos, de su libro Ortodoxia (1908), comienza diciéndonos que cada uno de los cuentos de hadas clásicos contiene en su interior buenos principios y sanas enseñanzas para los niños como la lección de Cenicienta «que es la misma lección que la del Magníficat: exaltar a los humildeso la gran lección de “La Bella y la Bestia”, según la cual, para ser amable una cosa necesita antes ser amada». Pero Chesterton bucea más allá, buscando «el espíritu de su ley en conjunto». De esta manera encuentra en los cuentos de hadas tres grandes principios que pueden ayudar a los más jóvenes a acercarse a la verdad. 

El primero consiste en que «los cuentos de hadas no dan al niño la idea de lo malo o lo feo; esa idea está ya en el mundo (…). El niño conoce al dragón desde siempre, desde que supo imaginar. Lo que el cuento de hadas hace es proporcionarle un San Jorge capaz de matar a ese dragón».

El segundo (que Chesterton llama la “Doctrina del goce condicional”), sostiene que todo poder reside en un “sí” condicional. Los cuentos nos dicen: «Usted podrá vivir en un palacio de oro y zafiros si no pronuncia la palabra “vaca”», y con ello estos cuentos nos señalan que todas las cosas, hasta las más grandes y maravillosas, dependen de una pequeña cosa que se prohíbe, y que ese límite o condición es lo que les da sentido y existencia.

Y el tercero señala que los cuentos, las rimas, los poemas, con su misterio y su fantasía, hacen ver a los niños que «estamos en un mundo equivocado (…). La verdadera felicidad consiste en que no somos adecuados a este mundo. Venimos de alguna otra parte. Nos hemos extraviado en el camino». 

Así, desde muy pequeños, esos buenos libros enseñan a los niños que somos criaturas en un mundo creado, que nuestra vida es un regalo maravilloso que no debe ser cuestionado y que el mundo es como un hermoso cuadro dentro de un marco, y que este marco no es como los barrotes de una prisión, sino que por el contrario realza y da esplendor a la obra. También nos dicen que en este mundo nos encontraremos con el mal y que deberemos luchar contra él, aunque no estaremos solos en la batalla. Y, por último, que estamos en un lugar de paso y que nuestra felicidad no está aquí, sino más allá de la muerte.

Por su parte, otro maestro, Tolkien, en su ensayo Sobre los cuentos de hadas (1947), nos habla de otros principios poéticos que este tipo de literatura ofrece a los niños, entre ellos, el consuelo, un consuelo muy necesario que los cuentos dan a través de la alegría del final feliz, de lo que él llama eucatástrofe, lo que convierte a estas historias en evangelizadoras, «ya que proporcionan una fugaz visión del gozo». 

 

                                  El gigante. Obra de N. C. Wyeth (1882-1945).

De todo lo expuesto, podríamos deducir que el problema que algunos plantean no estriba entonces en el uso de la fantasía en el relato, sino todo lo contrario. En los autores antes mencionados ––como en los antiguos cuentos de hadas––, puede vislumbrarse un uso de la fantasía como fórmula narrativa que invita al lector, en tanto se encuentre sumergido en la lectura, a suspender su apreciación de lo natural y a creer en lo sobrenatural, lo que nos da, como decía C. S. Lewis, un «verdadero, aunque desenfocado, resplandor de la verdad divina»

El mismo Lewis esbozó al respecto una explicación personal que aparece en una disertación que dio en 1947 sobre las novelas de su amigo Charles Williams (Las novelas de Charles Williams, contenido en el libro De este y otros mundos, Alba editorial). 

Allí señala que hay un tipo de literatura (de la que él, al igual que su amigo Williams, hace uso) que mezcla lo probable y lo maravilloso en dos niveles literarios, el realista y el fantástico. El punto de partida de esta literatura sería una mera suposición. «Supongamos que encuentro un país habitado por enanos; supongamos que dos hombres pudieran intercambiar sus cuerpos. Nada menos que eso se nos exige, pero tampoco nada más», dice Lewis. Partiendo de este presupuesto, el autor británico reflexiona sobre la posible finalidad e incluso utilidad de estos relatos. «Esta suposición es un experimento ideal: un experimento hecho con ideas porque no puedes hacerlo de otra manera. Y, como sabemos, la función de un experimento es enseñarnos más de las cosas sobre las que experimentamos. Cuando suponemos que el mundo cotidiano está invadido por algo distinto, estamos sometiendo nuestra concepción de ese otro mundo, o de ambos, a una nueva prueba. Los juntamos para ver cómo reaccionan. Si tiene éxito, llegaremos a pensar, a sentir y a imaginar con más precisión, con más riqueza, con más atención, ya sea sobre el mundo que se invade o sobre el que lo invade, o sobre ambos».

Pensemos ahora lo que plantea Lewis. Si tenemos la creencia ––como es el caso de los cristianos–– de que existe un mundo paralelo e invisible ¿cómo podremos saber más y mejor sobre él? Las fantasías de Lewis, Tolkien y otros pueden enseñarnos a pensar en su existencia, a hacernos más fácil aceptar la misma y a «imaginar con más precisión, con más riqueza, con más atención» como será ese mundo desconocido, con el que no resulta para nosotros posible contactar o que no podemos, al menos por el momento, experimentar de forma plena. 

En estas obras y otras similares se nos habla ––a través de una conjetura––, de la violación de una frontera y de aquello que está a ambos lados de la misma. Pero incluso aunque solo estuviéramos interesados en uno de los lados, aunque fuéramos puros materialistas para quienes «no existe tal cosa (como ese mundo paralelo e invisible), y para quienes eso no puede ser más que una curiosidad o un material para el psicoanálisis», la fábula nos habla igualmente de ese otro mundo en el que no creemos, del otro lado de esa frontera y de su existencia misma y nos obliga a pensar en la posibilidad de su realidad, aun cuando solo sea inicialmente para negarla. Solo por ello agradecería su existencia y la del poeta que lo hace real. Porque de esta manera, hace posible y hasta probable el asombro o la experiencia de lo sublime y nos prepara para ella. «Plantea las conjeturas de un hombre sobre lo incognoscible. Ahora bien, todos aquellos que de inicio no descartan la posibilidad misma de que exista lo incognoscible, quizás admitan que un hombre puede conjeturar mejor que otro. Pero, cuando pensamos que las conjeturas de un hombre son muy acertadas, de hecho, lo que estamos haciendo es empezar a dudar de que solo sean conjeturas», como nos dice Lewis.

Esto es lo que ocurre en su obra y en la de Tolkien; la myatopeia que magistralmente trazan ambos hace posible pensar no solo en esos mundos imaginados por el poeta, en esos personajes y en sus virtudes o defectos, en su vida moral o inmoral, sino en el hecho mismo de una creación. 

El problema no es por tanto el uso de la fantasía, así como tampoco que la magia, la adivinación o el ocultismo aparezcan en un libro (como ya comenté en La magia y los libros para chicos (I) y La magia y los libros para chicos (II)). El problema estriba en cómo son presentados y en cómo son tratados. Y no solo eso, sino que, puesto que cada lectura da, como decía Horacio, «prodesse et delectare» (beneficio y deleite), el problema radica también en cómo y de qué manera se asimile esa enseñanza y esa distracción tras dicha lectura.

Tolkien, en su ya citado ensayo, Sobre los cuentos de hadas (1947), dice al respecto: 

«La Fantasía es una actividad connatural al hombre. Claro está que ni destruye ni ofende a la Razón. Y tampoco inhibe nuestra búsqueda ni empaña nuestra percepción de las verdades científicas. Al contrario. Cuanto más aguda y más clara sea la razón, más cerca se encontrará de la Fantasía. (…) Se pueden, claro, cometer excesos con la Fantasía. Se la puede utilizar mal. Se la puede aplicar a fines perversos. Puede, incluso, confundir las mentes de las que procede. Pero ¿de qué empresa humana en este mundo caído no se diría otro tanto? Los hombres no solo han concebido a los elfos, sino que se han inventado dioses y los han adorado; han adorado incluso a los que la maldad de sus autores creó más deformes. Pero esos falsos dioses los han fabricado con otros materiales. Sus conocimientos, sus banderas, sus dineros, hasta sus ciencias y las teorías sociales y económicas han exigido sacrificios humanos. «Abusus non tollit usum». La Fantasía sigue siendo un derecho humano: creamos a nuestra medida y en forma delegada, porque hemos sido creados; pero no solo creamos, sino que lo hacemos a imagen y semejanza de un Creador».

Y finalizo, siguiendo a Tolkien, para matizar lo que sin duda es una evidencia, y es que esa acción creativa a través de la fantasía no siempre es recomendable, no siempre es desarrollada a «imagen y semejanza» de nuestro Creador. Por ello, y dado que la fantasía «se puede utilizar mal», habrá que estar atentos y dar a nuestros hijos lecturas de fantasía de la buena, que la hay, acompañándolos en su deleite e instrucción.  

30.01.20

En busca de la imaginación perdida

                Niños jugando con una cometa de Adam Emory Albright (1862–1957).

 

 

«La imaginación no es un estado. Es la existencia humana en su totalidad».

William Blake

   

 

Hoy en día, nuestra vida corriente se desarrolla, con respecto a los niños, entre una atención desmedida y una horrible falta de atención. En clara consonancia con esas dolencias tan postmodernas que son el trastorno bipolar y la neurosis, la atención dispensada a nuestros críos oscila entre esos dos extremos, ambos igual de perniciosos.

En cómo damos solución al hecho natural del aburrimiento infantil encontramos la muestra palpable de esta alteridad perversa.

Los niños de hoy no pueden aburrirse, este es uno de los tabús que imperan en nuestra sociedad de consumo y entretenimiento: no dejamos, no podemos dejar que nuestros chavales saboreen ese gusto amargo y estimulante que acompaña al aburrimiento. Y sin embargo, sin el vacío que prefigura este sentimiento, nada, probablemente nada de lo que muy orgullosamente llamamos arte, cultura y algunos hasta progreso, habría tenido lugar. El antídoto para ese pecado capital que es la pereza es desterrado entre trompetas y clarines.

Pero no voy a hablar aquí del hastío o aburrimiento morboso, tampoco de la acedia de la que trataron Evagrio y Alcuino de York, ni del más prosaico tedio hispánico. No, centraré mi atención en el, simple, sano e inspirador, aburrimiento infantil.

Cuando yo era niño, allá por finales de los años 60 y comienzos de los 70 (no quiero ni pensar en lo que mi padre cuenta), sin duda nos aburríamos, pero ello era acicate para que, imaginación en ristre, pusiéramos en práctica las más dispares actividades y los más diversos juegos. Claro está, nuestra imaginación se encontraba en plena forma de tanto uso que le dábamos, y rebosante de energía y de salud, hay que decirlo, pues la alimentábamos con innumerables cuentos, relatos y novelas, que leíamos o escuchábamos. De estos tomábamos las tramas, los personajes, los escenarios… después, todo lo demás fluía con soltura y agrado. Jugábamos sin prisa ni pausa, y si perdíamos interés, unos momentos de aburrimiento nos impulsaban a otro juego y así íbamos de uno a otro y volvíamos y no nos cansábamos nunca.

Muchachos jugando a soldados de Francisco de Goya (1746-1828) y El primo Reginald juega a los piratas de Norman Rockwell (1894-1978).

No necesitábamos juegos de ordenador, ni pantallas, ni casi televisión (¡que poco veíamos la televisión!).

Nos bastábamos con nosotros, nuestros cuentos y nuestra imaginación.

Por otro lado, tampoco necesitábamos una gran atención de los adultos, ni que estos supervisasen nuestras actividades ni organizasen nuestros juegos. Nos era suficiente con un balón y poco de acera (¡que afortunados, si se trataba de un poco de campo!); o bien bastaba un trozo de madera y un viejo abrigo para que todo a nuestro alrededor se transformase en un exótico paisaje lleno de promesas de aventura. No se veía necesario organizar competiciones infantiles, ni que alguien superior –como entendíamos era un adulto– dilucidase nuestras disputas o diferencias: la reciprocidad o la suerte eran nuestros árbitros; cuantas veces solucionábamos nuestras discrepancias –¡fue gol, fue gol!, ¡no, no lo fue!–, con un pares o nones o un echar a suertes.

 

                  Niños jugando al fútbol, grabado ingles de mediados del siglo XIX.

Ahora esto no es así. Ahora nos preocupamos mucho, mucho más, por el bienestar de nuestros niños; tanto que no podemos tolerar que se aburran, y lo que es más triste, ellos tampoco. De esta forma, ante la más mínima queja –e incluso antes, de modo preventivo–, amorosamente les endosamos una tablet o una gameboy, o les enchufamos a la televisión; y luego, nos olvidamos; algo muy estimulante, algo muy creativo, como dicen hoy los pedagogos. Ah, y si pretendieren hacer deporte no podrán hacerlo hasta que los apuntemos a una liga, los federemos y los sometamos a entrenamientos disciplinados y cuartelarios; ¡cuánta preocupación!, ¡cuánta dedicación! y ¡qué estímulo a la espontaneidad!, ¡qué libertad creadora la que les ampara! ¿No será más bien un empobrecimiento del espíritu y de la imaginación?

Este es el problema: atrofiamos su más preciado tesoro, la imaginación, quizás con buena intención, pero la atamos y la amordazamos sin darnos cuenta de que así, le privamos del aire, le robamos la vida… y con una imaginación moribunda frustramos para siempre su destino de hombres. Decía Chesterton muy atinadamente: «no podemos crear nada bueno hasta que lo hayamos imaginado».

 Marble, campeona, de Norman Rockwell (1894-1978) y ilustración de Clara M. Burd (1873–1933) para Jardín de versos para niños de Robert Louis Stevenson.

Porque, al no aburrirse, nuestros hijos no se perturban, no se inquietan, y al no perturbarse ni inquietarse no buscan dentro de sí, ni tampoco fuera, solo saben volverse ansiosos hacia los estímulos artificiales que les suministramos: los videojuegos, las películas, la televisión, etc. Y no nos engañemos, sin vida interior ni vida exterior no hay vida que merezca ser así llamada.

No se trata ya de la dicotomía clásica (Platón frente a Aristóteles), de la introspección, la meditación, la reflexión y el recogimiento frente a la exploración, la observación, el viaje, y el experimento, no. Se trata del abandono de todo lo natural (lo espiritual y lo material), de lo que se nos da como creado (incluso nuestro yo), y la rendición ante aquello que pretenciosamente construimos simulándolo creado

Pero no todo está perdido. El sano aburrimiento asoma a cada esquina, solo tenemos que reanimar a esa imaginación maltrecha, alimentándola con cuentos, rimas y canciones, con historias, aventuras y romances. El Robinson Crusoe es un estimulo a la perseverancia y a la lucha contra la adversidad, Los viajes de Gulliver un antídoto frente a la intolerancia y la discriminación, los cuentos de hadas contienen miles de lecciones morales, todas, todas ellas, trasmitidas a través del asombro, la ilusión y la fantasía, las novelas de Verne son una ventana fantástica a mundos de progreso técnico donde todavía el protagonista es el hombre, las de Salgari y Sabatini una puerta que se abre a tiempos de aventuras en procelosos mares, las de Stevenson muestran magistralmente ritos de paso de niños que se convierten en hombres, las leyendas y los mitos les hablarán de dramas, prodigios y debilidades humanas con la maravilla de por medio, las novelas de Alcott y las Brontë les educaran sentimentalmente y les enseñaran a apreciar la caballerosidad, la delicadeza, el valor de la renuncia y el amor verdadero, por su parte, la valentía y el sacrificio los encontrarán en las historias heroicas de Sigfrido, de Perseo o del rey Arturo, y tantas y tantas otras cosas que abrirán su imaginación y les  impulsarán a explorar, tanto su vida interior, incrementando el conocimiento de si mismos, como las maravillas de lo creado que les rodean con abrazo amoroso del Creador.      

El chico de la Isla del Tesoro de John Rea Neill (1877-1943) y Chico leyendo aventuras de Norman Rockwell (1894-1978).

Por eso es importante que nuestros hijos lean, que lean buenos libros y que disfruten leyéndolos. Para que así fantaseen, imaginen, reflexionen, mediten, piensen… para que tengan vida interior, para que puedan ejercer con prudencia, caridad y justicia el gobierno de sí mismos, sin olvidarse de mirar más arriba, atendiendo a las cosas que no se ven (recordemos a San Pablo en 2 Corintios, 4:18 y en 1 Corintios 13:12).

Cierto, sé, como ustedes saben, que los libros, solo los libros, no bastan. Ellos son únicamente alimento, y no todo, aunque sí una parte importante de esa dieta en fantasía y maravilla que su imaginación necesita para recuperarse y hacerse fuerte. La contemplación y el contacto directo y natural con lo creado harán el resto (espíritu junto a materia, pues eso somos, ¿no?).

Decía San Buenaventura que «nuestra mente contempla a Dios, ya fuera de nosotros, por las criaturas, que son como unos vestigios, o huellas del Criador; ya dentro de nosotros por la imaginación, o fantasía; y ya sobre nosotros por aquella luz sobre natural del Divino semblante que está impresa en nuestras almas».

 
 
                                      Ilustración de Edward Ardizzone (1900–1979).

Pero antes deberemos relegar a un oscuro rincón ese sucedáneo de la realidad que llaman elegantemente virtual, y con ello hacer un uso restringido y prudente de las pantallas, tablets, teléfonos y televisores. Y no es esta tarea fácil, es más se trata de una tarea hercúlea y por lo tanto, heroica. Pero, ¿qué otra cosa debemos ser para nuestros hijos sino héroes? ¿No somos eso para ellos desde que nacen? Pues continuemos siéndolo, o al menos esforcémonos en serlo.

No desistamos, pues, démosles las armas, instruyámosles en su manejo y dejemos que combatan a nuestro lado con aquello que Dios les ha regalado (1 Corintios, 16:13). Alimentemos su imaginación con buenos libros, ayudando así a que cumplan con su destino de hombres.   

(Este artículo fue publicado el 5 de abril de 2017 en mi blog, «De libros, padres e hijos»).

 

27.01.20

A nuestros adolescentes leer ya no les «mola»

                               Joven leyendo. Obra de Octavian Smigelschi (1866-1912).

    

  

«Los libros que leo son los que conocí y amé cuando era joven, y a los que vuelvo como se vuelve a los viejos amigos».

William Faulkner

  

    

Recientemente nos hemos desayunado con una de esas encuestas que de vez en cuando nos asaltan con la inquieta esperanza de conquistar nuestra opinión (si es que esta aún existe). La encuesta se refería a los hábitos de lectura de los españoles. Independientemente de la consideración que les provoquen los sondeos, esta encuesta traía malas noticias, algo que lamentablemente suele ser síntoma de verdad. Una de ellas aparecía disfrazada de aparente buena nueva, pero la otra no disimulaba su condición de catástrofe inevitable.

La aparente buena nueva se refería a que los niños entre seis y trece años son los españoles que más leen (un 85,2 % los niños de seis a nueve y un 70,8% los de 10 a 13 años), pero el dato no descendía al detalle de decirnos qué es lo que leen (he aquí la razón de mi calificativo de aparente buena nueva: no leen lo que deberían leer).

La mala noticia nos advertía de que a partir de los 14 años esos intensos lectores abandonan, de forma brusca y en tropel, la lectura que hasta entonces practicaban con ahínco (al parecer, solo el 44% de los chicos entre 14 y 18 años es lector. ¡Del 85% pasamos al 44%!, muy cerca ya del lastimoso 32% de los adultos). ¿El porqué? Los autores de la encuesta se atrevía a dar un diagnostico, que además es políticamente incorrecto, lo que debe hacernos confiar en su acierto: cuando se les entrega un teléfono móvil a los chicos, de inmediato se enganchan al Instagram, el WhatsApp, el Snapchat o demás aplicaciones digitales. La aparición de las pantallas ha hecho que la lectura se esfume en un proceso de abandono acelerado que parece imparable. Lo cierto es que la gran mayoría de nuestros jóvees y adolescentes ya no leen y, para colmo, creen que leer no es guay.

Ya les he hablado del carácter fascinador y absorbente de estos artefactos e invenciones («El mundo digital y nuestros niños» y «El mundo digital y nuestros niños II (la atención perdida)»). En relación a este importante asunto les recomiendo el buenísimo libro del Dr. Jordán Abud, Educación real en un mundo virtual, de editorial Katejon. ¡Háganse con él pronto! Además las pantallas han traído consigo un elemento alarmante adicional: la lectura ––como actividad extraña al mundo de las imágenes y contenidos fugaces y fragmentarios de la cultura digital––, genera rechazo y vergüenza. Leer no es cool, no está de moda, no «mola», y si a un chico le gusta leer, eso, en ocasiones, provoca en su entorno burla y extrañeza.  

¿Qué tipo de civilización es aquella en la que la cultura causa vergüenza? ¿qué decir cuando la belleza es motivo de mofa o desprecio? ¿hacia dónde nos conducimos? Lamentablemente esa es la cultura en la que estamos inmersos. Y como decía, hace 40 años y de forma clarividente el crítico y sociólogo Neil Postman, solo nos queda rebelarnos contra ella.

 

                                     El último capítulo. Obra de David Hettinger (1946-).

Pero no esperemos ayuda en esto. Frente a la preocupante situación descrita, la industria editorial no sabe qué hacer y lo que hace es, si cabe, más que inconveniente: trivializa los contenidos, rebaja la calidad y la profundidad de las lecturas, trata de igualarse ––en una carrera suicida–– con el mundo de las imágenes digitales, bien salpicando sus libros de gráficos y colores (aunque con imágenes cada vez más infantiles y de peor calidad artística), bien incluyendo en los libros contenidos multimedia que acaban provocando su abandono en un rincón oscuro. Todo ello no crea lectores, y a los que ya existen los envilece, los idiotiza y finalmente acaba por extinguirlos. Porque no se han dado cuenta de que leer, por paradójico que parezca, tiene mucho más que ver con el oído que con la vista (pronto les hablaré de esto). 

La Administración (la que sea, local, autonómica o estatal) repite desde hace decenios el mismo mantra: “hay que leer”, y uno tras otro, año tras año, se suceden los mismos planes de fomento de la lectura con distintos nombres. Y todo sigue, no igual, sino peor. Porque no hay convicción. ¿Cómo va haber convicción si todas estas “instancias” no pierden ocasión para menoscabar la influencia del libro, desprestigiándolo con la promoción de lecturas escolares de baja calidad, o manipulando el hábito de la lectura y malversando su fuerza para fines partidistas y contrarios al bien común. ¿Cómo van a luchar contra la cultura imperante aquellos que la promueven y viven de ella? Es cierto que hay algunos focos de resistencia en esos ámbitos, pero son pocos y sin influencia.

Además, las viejas ideas de que la lectura es nociva persisten, aunque sea bajo nuevas formas. No es vieja, sino todo lo contrario, la idea de que las personas lectoras son una especie de ermitaños, que bien envueltos y resguardados entre las páginas de sus libros se mantienen apartados de la realidad, permitiendo que la lectura tome el lugar de la experiencia. Se insiste así en calificar de dañinos los hábitos lectores, arguyendo (con mala intención) que esas personas sienten miedo a vivir y por eso se refugian en algo que sustituya a la vida, y ese algo, se dice, son los libros. Lo más chocante es que muchos de los que defienden esto proponen que a cambio los chicos se pierdan en mundos virtuales y, por tanto, del todo artificiales. Pero todo lector descubre pronto que sus experiencias de lectura (si son las adecuadas, puntualizo), lejos de sustituir a la vida real, la amplían: intensifican su sabor y enriquecen su comprensión, ayudando a profundizar en cada experiencia vivida, al dar ecos y reverberaciones, pistas, caminos y puentes que relacionan lo vivido en persona con lo vivido por otros muchos. Como diría E. M. Foster, al leer se conecta una vida y mil vidas y se amplía la visión y la experiencia vital y moral del lector. Esto es más necesario que nunca en una etapa de crecimiento y desorientación como es la de la adolescencia y la primera juventud. 

El consentir esta deserción de la lectura está trayendo ya consecuencias. El abandono del discurso de la razón ante ante la imagen muda y el falso lenguaje de la publicidad y de la propaganda, da lugar a consumidores irreflexivos y ciudadanos manipulables que tratan de mantenerse a flote en un mar de emociones, y hasta de virtudes (como ya vió venir Chesterton), que flotan desordenadas en un ir y venir caótico y anestesiante. A mediados de los años 60 del siglo pasado, el conocido sociólogo y teórico de los medios de comunicación Marshall McLuhan anunció que, en su opinión, la juventud del futuro ya no querría leer, meditar y verificar hechos e ideas; solo querrían ver, sentir y actuar de inmediato. Creo que no se equivocaba. Su discípulo Neil Postman, unos treinta años más tarde, alertaba de estos peligros en su libro Tecnópolis: La rendición de la cultura a la tecnología (1993). En este libro premonitorio, Postman alerta de algo que ya está sucediendo y que ha vaciado de contenido sagrado y moral nuestra cultura.

Para el sociologo estadounidense, nuestra fascinación por la tecnología moderna nos llevará al punto de evacuar nuestro mundo de todos los significados, salvo los técnicos. Postman denomina esta lamentable condición “tecnópolis”:

«Tecnópolis es un estado de la cultura. También es un estado mental. Consiste en la deificación de la tecnología, lo que significa que la cultura busca su autorización en la tecnología, encuentra su satisfacción en la tecnología, y recibe órdenes de la tecnología. Esto exige el desarrollo de un nuevo tipo de orden social, y tal necesidad conduce a la rápida disolución de muchas cosas que están asociadas con las creencias tradicionales».

Por eso es necesario reaccionar ante este abandono, ante esta rendición incondicional frente la tecnología. 

El intelectual católico Stratford Caldecott (que fue director del Chesterton Institute for Faith and Culture de Oxford) nos orienta en este punto, al hablarnos del verdadero sentido de la educación para los católicos en su artículo Hacia una escuela distintivamente católica (Communio, verano 1992), dónde dice:

«El propósito de una educación católica no es simplemente comunicar información, y mucho menos la opinión científica actual, ni capacitar a futuros trabajadores y gerentes. Es al menos en parte, y una de sus funciones más importantes, enseñar a pensar, hablar y escribir. Esta fue la función del clásico “Trivium” de gramática, dialéctica y retórica, fundamentos esenciales para el estudio de las diversas materias del “Quadrivium”. Sin embargo, incluso esto no constituye su objetivo final. Más importante que la capacidad de pensar, (…), es la capacidad de encontrar el significado. Debemos ser capaces de percibir los principios internos, de conexión, las relaciones intrínsecas, el “logoi” de la creación. Para esto se necesita el ojo de un poeta o de un místico. La educación debe conducir a la contemplación».

Y, como bien saben, para conseguir acercarse a ese «ojo del poeta o del místico» es conveniente leer buenos libros. Porque, «hay ojos que ni de noche ni de día ven el sueño» (Ec. 9, 16). Así que, por favor, no dejen que sus hijos adolescentes abandonen la lectura.