25.10.26

Fantasía que sana; magia que esclaviza: Criterios de lectura

«Tres mujeres y tres lobos». Obra de Eugène Grasset (1845-1917).

 

 

 

«Se ha dicho que cuando los seres humanos dejan de creer en Dios, dejan de creer en nada. La verdad es mucho peor: creen en cualquier cosa».

Malcolm Muggeridge

 

 

 

I

Émile Cammaerts, en su biografía sobre Chesterton, The Laughing Prophet, menciona que para el escritor ingles «el primer efecto de no creer en Dios es creer en cualquier cosa» (idea de la que es desarrollo la frase de Muggeridge que da inicio a este artículo). Esta paráfrasis recogía fielmente las preocupaciones Chesterton sobre la pérdida de la fe y la corrupción de la razón que el racionalismo traería consigo, cosa que hoy constatamos día sí, día también.

Pero no se trataba únicamente de una destrucción de la razón, sino, igualmente, de una perversión de la espiritualidad. El hombre es una criatura ambivalente: carnal, pero, también espiritual. Hay en él un ansía que va más allá de lo corpóreo, que va más allá de este mundo. Un “hambre espiritual” que si no es colmada en su dimensión de trascendencia divina, se llenará de supersticiones absurdas o ideologías nefastas. Chesterton se lo hace decir a su padre Brown: «Está ahogando todo su viejo racionalismo y escepticismo; está entrando como un mar, y su nombre es superstición».

De esto quiero hablarles hoy: de ese vacío existencial que alimenta la vieja herejía de la idolatría, y de los dioses extraños de los que T. S. Eliot habló.

Las causas particulares de esta situación son múltiples, pero hay algunas sobre las que quisiera detenerme. Análisis sociológicos recientes señalan que las nuevas generaciones crecen en un entorno de crisis e inestabilidad. Frente a esta falta de certezas, las creencias alternativas ofrecen un cómodo refugio.

Y entre estas creencias alternativas destacan la magia, la hechicería y la adivinación, aunque no podemos olvidar tampoco el riesgo de la manipulación mundana: embaucadores, falsos gurús y embusteros de toda índole se aprovechan para engañar, manipular y obtener un vil provecho económico o personal.

Lo creamos o no, existe un aumento constatable en la interacción con lo preternatural, lo que la teología identifica como inteligencias angélicas caídas (o lo que se “vende” como tal), y los jóvenes se encuentran en una posición de particular vulnerabilidad frente a ello.

El vacío de referentes estables les empuja a buscarlos en cualquier lugar donde se sientan escuchados. Y a sus ojos la magia parece ofrecer un atajo para controlar la realidad incierta de la que hemos hablado, en contraste con la paciencia y sumisión que exige la verdadera fe. En las redes sociales se normaliza el contacto con entidades ocultas bajo los conceptos “inofensivos” de guías y energías.

Todo ello se agrava por la falta de inmunidad espiritual: al abandonar los sacramentos, la oración y la vida moral, muchos jóvenes han perdido el “escudo” de la gracia.

No es un simple juego contracultural, sino una tragedia ontológica: al huir del yugo amoroso de Dios buscando ser “dueños absolutos de sí mismos”, las personas terminan esclavizadas por fuerzas reales e invisibles, naturales y preternaturales, que desprecian profundamente la naturaleza humana y su destino eterno.

Todo ello representa, en fin, una triple degradación: de la razón (al abrazar el pensamiento mágico), de la libertad (al someterse al fatalismo o a voluntades ajenas) y del espíritu (al sustituir a Dios por transacciones frías con “energías” manipulables).

II

Ya les he hablado en varias ocasiones del peligro que supone cierta literatura como puerta de entrada a este tipo de superstición. Y, hoy en día, este es un tema editorial estrella, hasta el punto de que algunos de los mayores éxitos de ventas de los últimos tiempos se asientan en historias que tienen la magia como coprotagonista.

Cuando un escritor se enfrenta con la magia tiene dos opciones fundamentales: presentarla como un don concedido por la divinidad, o como una técnica, un saber oculto en el que se puede ser iniciado. En el primer caso, el elegido es únicamente un instrumento de la divinidad, que es quien ostenta el poder. En el segundo, el hombre es poseedor de un secreto dominio sobre la naturaleza y sus leyes que lo hace cuasidivino —aunque el calificativo más exacto sería demoníaco.

Más allá de esta distinción inicial, hay otros criterios: el lugar que la magia ocupa en la trama —si es elemento marginal o sustancia misma de la historia—; la valoración moral que de ella se hace —si se la presenta como algo oscuro y peligroso o como algo inocuo y positivo—; y a quién se atribuye ese poder —si a seres no humanos o a hombres.

Estas consideraciones permiten explicar por qué, en los círculos cristianos, se aceptan sin dificultad las historias de Lewis y Tolkien y se suscitan reparos ante Harry Potter. La respuesta no es caprichosa. En El Señor de los Anillos, la magia es tratada como un elemento ocasional y marginal, generalmente no humano. Y el uso de la magia, cuando aparece en manos humanas, conduce invariablemente al mal —véase el caso de los anillos. En Las Crónicas de Narnia, los escasos personajes humanos que usan la magia son reprendidos o sufren sus consecuencias. De ambas obras se desprende una doble lección: los hombres no deben usar la magia para lograr sus objetivos, y su uso trae consigo malas consecuencias.

En contraste, en otras obras la magia es la esencia de las historias, el paisaje en la que se mueven y desenvuelven unos protagonistas que o son magos o son formados para serlo. Además, la magia se presenta como una técnica que se hereda biológicamente o que se perfecciona mediante el estudio y la práctica. Esto enseña una falsedad inaceptable para la teología católica: la existencia de una “magia neutra” aprensible. Como nos dice Aquino, un humano con esos poderes solo los obtendría por un milagro divino o por pacto demoníaco. No hay tercera vía.

Además, al situar algunas obras esta magia en nuestro propio mundo, se invita a la confusión entre realidad y fantasía, sugiriendo a los jóvenes que existen prácticas ocultas accesibles para obtener poder. Ciertos chicos pueden llegar a sentir que, al igual que los protagonistas de sus lecturas, también ellos podrían acceder a ese poder, o aprovecharse de él.

Presentar la magia como un camino legítimo y deseable constituye un escándalo moral —inducir a otro al mal o a la confusión moral. Pero ello no significa que toda magia literaria sea mala: es lícita y educativa cuando aparece como villanía a combatir, o como engaño del que huir. El peligro radica en su presentación neutral o heroica.

Por ello, sería un error grave concluir que la literatura fantástica es, en sí misma, nociva. La buena fantasía puede ser profundamente beneficiosa. Como señaló Chesterton, los cuentos de hadas no le dan al niño la idea del mal —que ya conoce—, sino que este puede ser derrotado, enseñándole además que el bien reside en un límite condicionado y que nuestra felicidad plena está más allá de esta vida. Tolkien añade que la fantasía no ofende a la razón y que la eucatástrofe —la alegría del final feliz— ofrece una fugaz visión del gozo evangélico. Y Lewis nos recuerda que esas historias nos ayudan a imaginar y aceptar ese mundo invisible en el que creemos y que, por el momento, no podemos alcanzar.

El problema no es, pues, el uso de la fantasía en el relato, ni siquiera que la magia, la adivinación o el ocultismo aparezcan en el mismo. El problema estriba en cómo son presentados y tratados, así como sea asimilada esa enseñanza tras la lectura. Banalizar el ocultismo deja a las nuevas generaciones sin defensas espirituales.

III

Frente a este panorama, los padres deben aplicar la prudencia cristiana. La mayor batalla espiritual de nuestro tiempo, como proféticamente anunció Newman, se libra en el campo de la imaginación. El demonio no puede forzar la voluntad, pero puede seducir la imaginación, haciendo repulsivo el bien y atractivo el mal. Lo que se imagina con deseo, tarde o temprano se busca en la realidad.

Crecer en una cultura saturada de brujas amigables y hechizos divertidos crea un hábito de insensibilidad hacia lo oculto. Si se enseña a los niños que el fuego no quema, no tendrán el sano temor necesario cuando enfrenten el fuego real. El ocultismo, el espiritismo y la acción demoníaca existen. Si banalizamos estos peligros, dejamos a los jóvenes sin defensas espirituales cuando el mundo real les ofrezca acercarse a la Nueva Era o al ocultismo «por diversión», o buscando una salida a los problemas de la vida.

Frente a esto y a la existencia en el mercado de literatura tóxica, existen para los padres preocupados varios criterios prácticos.

A este respecto, debe atenderse en primer término a la edad y madurez. Antes de los siete años, solo deben ofrecerse cuentos de hadas tradicionales con fronteras morales claras. Más adelante, entre los siete y los doce, conviene priorizar la fantasía cristiana clásica —Lewis, Tolkien, Chesterton, MacDonald—, mientras que en la adolescencia ya pueden abordarse textos más ambiguos, aunque siempre con un sólido acompañamiento.

En segundo lugar, influye el temperamento del niño, debiendo tenerse especial cuidado con aquellos que son sugestionables o muestran una inclinación natural al misterio oculto.

A ello se suman la formación previa y el contexto: un niño con una vida sacramental sólida está mejor equipado y, sin duda, protegido; sin embargo, si ya se encuentra saturado de magia por la cultura —televisión, redes sociales, videojuegos—, resultará imprudente añadir más literatura mágica.

Asimismo, cabe considerar las alternativas disponibles. ¿Por qué arriesgarse con libros problemáticos cuando existe un tesoro de literatura fantástica segura y sublime? Autores como Chesterton, George MacDonald, Tolkien o Lewis ofrecen opciones de calidad superior sin los peligros comentados.

Por último, cuando resulte imposible evitar que un niño lea una obra problemática —por ejemplo, por presión social en el colegio—, entran en juego el acompañamiento y el principio del mal menor: se debe leer la obra con él, dialogar, contrastar sus premisas con la fe católica y darle herramientas de lectura crítica, evitando en todo momento dejar al niño solo ante estos textos.

Además de todo ello, los padres siempre deberemos calificar y seleccionar los libros que puedan llegar a leer nuestros hijos.

En este sentido, podemos poner la concreta obra bajo escrutinio a fin de determinar si contiene alguna de estas características: ¿Hay magia como dominio e instrumentalización del ser (“quiero X, aplico técnica/rito y lo obtengo”)? ¿Hay magia como iniciación y paso a la pertenencia de una élite de elegidos (libro secreto, escuela oculta, “los que saben” frente a “los profanos”)? ¿Hay un juicio moral del orden natural o una ratificación del mismo (si el relato castiga/limita esa perversa voluntad de poder, o la normaliza)? Y por último, ¿la obra contiene una inversión del orden de las cosas anticristiana? ¿Un deicidio simbólico y una entronización o deificación del hombre?

O bien, simplemente, hacerse preguntas como las siguientes: ¿la magia que aparece en la obra exige un pacto o un servicio?, ¿se subordina a un bien objetivo o suplanta ese bien por la pura voluntad o capricho?, ¿se presenta como atajo a los límites naturales?, ¿hay ‘segunda realidad’ que sustituye lo real?, u otras por el estilo.

No se trata de demonizar sin más determinadas sagas, sino de ser conscientes de la importancia de comprender qué imagen del poder, del hombre y del mundo transmiten. Y eso exige discernimiento y acompañamiento.

IV

Nuestra tarea es, por tanto, educar el universo imaginativo de nuestros hijos con imágenes que reflejen la Verdad del orden creado. Debemos ofrecerles una fantasía donde el hombre es una criatura humilde y necesitada de la gracia, donde el mal es real pero ha sido vencido por Cristo, donde el mayor poder no es el dominio técnico de la realidad, sino el sacrificio y el amor que se entrega. Una fantasía donde la victoria se logra no por la acumulación de poder mágico, sino por la debilidad asumida, la humildad y la providencia —como en Frodo, que falla, y en Aslan, que se sacrifica.

Esa literatura existe y es abundante. La fantasia, bien orientada, no compite con Dios: participa humildemente de su luz. Como decía Tolkien, «La Fantasía sigue siendo un derecho del ser humano: creamos a nuestra medida y en forma delegada, porque hemos sido creados; pero no solo creamos, sino que lo hacemos a imagen y semejanza de un Creador».

Elijamos, pues, con sabiduría. Ante el panorama inquietante que nos rodea —y que va mucho más allá de los libros, alcanzando a una cultura que avanza sonámbula hacia una antropología abiertamente contraria al hombre—, más que alarmismo y pánico, necesitamos claridad, formación y firmeza. Que nuestros hijos aprendan a amar el mundo creado por Dios, y no a conformarse a las tinieblas de este siglo.

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19.10.26

El arte de trazar una línea: Hablando de límites

«La línea de la gloria». Obra de Augusto Ferrer-Dalmau (1964-).

 

«Todo acto de voluntad es un acto de acto de autolimitación».

G. K. Chesterton. Ortodoxia (1908)

 

 

«El arte, como la moralidad, consiste en trazar una línea en alguna parte».

G. K. Chesterton, Illustrated London News, (5 de mayo de 1928)

 

 

Se ha extendido entre nosotros los modernos la idea de que el límite como concepto —incluso cualquier límite concreto— es, en sí mismo, un mal. De ordinario se le identifica con términos negativos como restricción, castración, opresión e impotencia, y suele oponerse a la palabra libertad como su más directo antónimo.

Sin embargo, todo ello no parece habernos venido bien. El siglo XX y lo que llevamos del XXI albergan pulsiones libertarias e irrestrictas que, lejos de traernos un edén, han poblado la tierra de pequeños y grandes infiernos. Así, junto a estos impulsos, han irrumpido —como gérmenes de disolución— tanto «la lógica monstruosa del terror» de la que hablaba Nietzsche, como los «monstruos» que mencionó Gramsci.

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7.10.26

La belleza y sencillez de Sibylle von Olfers, otra vez

Ilustración de «Lo que le ocurrió a Marilenita».

 

 

 

 

«En los libros de Sibylle von Olfers, la naturaleza real no se distorsiona, sino que ocupa su lugar con tranquilidad gracias a la espléndida fidelidad y naturalidad del dibujo».

Bettina Hürlimann

 

 

 

 

Los fieles a este blog saben de mi predilección por Sibylle von Olfers, de la que les he hablado en repetidas ocasiones (aquí, aquí y aquí), convencido como estoy de que siempre es un acierto difundir su obra entre la infancia. Por suerte, parece que no soy el único que piensa así.

No sé si conocen Ysabel Ediciones, un novísimo proyecto editorial de esos que hacen verdadera falta. Impulsado por un joven matrimonio, Belén y Manuel, nace con la intención de hacer el bien, de buscar el bien de los otros. Es, por lo tanto, un proyecto lleno de amor. Y eso se nota.

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5.07.26

La elección de los álbumes ilustrados

                      «Madre e hija leyendo». Jessie Willcox Smith (1863-1935).



         

                           

                              

       



«Solo lo más selecto de lo mejor en cualquier cosa puede ser lo suficientemente bueno para los jóvenes».

Walter de la Mare

          

 

 

Seguimos con la labor del discernimiento, de la necesaria elección. Lo ideal en esta materia, como en casi todas, es examinar las obras directamente y en profundidad a fin de constatar la conveniencia de un libro concreto para un niño en particular. Sin embargo, sabemos que esto no siempre es posible; es más, en ocasiones puede ser incluso innecesario debido a la índole del asunto tratado y su clara inconveniencia.

Con todo, en los libros destinados a los primeros años, un vistazo breve suele ser suficiente. Esto ocurre cuando la materia del libro y su enfoque son explícitos en el título, la sinopsis o la publicidad; a veces incluso basta —especialmente en los álbumes ilustrados de los que nos ocupamos— un examen general de las ilustraciones y de las frases iniciales y finales.

Pero, para echar ese vistazo, es preciso tener el libro entre las manos. A estos efectos, recuerdo la infancia de mis hijas y nuestro peregrinar por las librerías cada vez que teníamos un momento; especialmente a una, ya desaparecida y que se encontraba muy cerca de casa, a la que solíamos acudir. Era todo un ritual que ya he descrito en otro lugar, pero que el tiempo dejó atrás.

Como no todos los álbumes se prestan a estos exámenes someros ni siempre tenemos la oportunidad de hojearlos físicamente, compartiré con ustedes una serie de criterios para guiar esta labor de elección.

El punto de partida: saber qué buscamos

Lo primero que debemos hacer es saber lo que queremos, lo que estamos buscando. Para ello, definir las características principales de nuestra cosmovisión —aquella que nos sostiene en el día a día y que deseamos transmitir conscientemente a nuestros hijos— es primordial, pues incluso estos libritos, aparentemente inofensivos, deberán responder a ella. La mía es bien conocida por ustedes: mi visión de la existencia se asienta en la filosofía perenne y realista, y en la profesión de fe de la Iglesia católica romana.

Desde esta concreta perspectiva, el universo y la naturaleza humana poseen una estructura estable y un propósito; la libertad no elimina los límites, sino que los presupone para poder existir; el amor es un acto de la voluntad que incluye la justicia y exige un orden en los afectos; y, por último, la imaginación debe estar al servicio de la verdad objetiva.

Aunque estos puntos constituyen una simplificación reductiva, me parece necesaria, pues me sirve para acotar la extensión de este escrito a unos límites razonables.

Fijados estos principios, reparemos en la naturaleza del objeto a elegir: el álbum infantil ilustrado. Este género rara vez enseña doctrina de manera explícita; su función principal es formar —o deformar— la imaginación, sugiriendo y estimulando las pasiones con mayor intensidad que el intelecto. Por lo tanto, la pregunta clave que debemos formular es: ¿este álbum ordena o desordena la imaginación?

La necesidad de tal escrutinio es hoy extremadamente urgente. En la narrativa nacida de la unión entre imagen y palabra, los riesgos de la producción literaria actual radican en sugerir «verdades» tan peligrosas y distorsionantes como que el yo crea la realidad, que la caridad es posible sin la justicia, que la libertad es una ruptura autoafirmativa de los límites, o que la «autoestima» es un valor supremo y autosuficiente. También se suele promover que la emoción debe suplantar a la verdad, que la identidad personal y sexual es fluida y contingente, o que la autoridad adulta es intrínsecamente opresiva.

Toda esta jerga moderna me aburre profundamente; mucha palabrería y no poco desatino. Sin embargo, si queremos combatir y vencer, debemos conocer las armas del adversario. Las palabras son usadas hoy irresponsablemente, juegan con los sentimientos y pueden confundir la mente infantil. La imaginación de un niño es un tesoro a proteger y cuidar, y debe nutrirse de imágenes que respeten la estructura del ser y la verdad de la naturaleza humana.

Contraste de modelos

Sabemos que el álbum ilustrado es un formato relativamente reciente que comenzó a consolidarse en el siglo XX; ello no empece que haya llegado a ser una categoría sumamente valiosa –y apreciada– para y por los niños. Sin embargo, mientras que la mayoría de los clásicos del siglo pasado se sostienen sobre una base ontológicamente estable, asentada en la realidad, gran parte de los álbumes contemporáneos se ha desplazado hacia un constructivismo emocional e irracional. Veámoslo más gráficamente con algunos ejemplos.

Tomemos dos álbumes clásicos de los que ya les he hablado aquí y aquí; dos obritas que nos hablan de manera implícita de la virtud de la prudencia y de los tozudos límites de la realidad.

El primero es El cuento de Perico, el conejo travieso, probablemente el relato más famoso de Beatrix Potter, donde el protagonista, tras desobedecer a su madre, sufre las consecuencias de su desafío y aprende a través de la experiencia.

El segundo, La historia de Ping, de Marjorie Flack, que muestra, a través de las peripecias del pato protagonista, el error y sus consecuencias, y la reflexión y el regreso al orden a que da lugar. Ping huye por miedo al castigo y termina enfrentando un peligro mayor, descubriendo que la responsabilidad es más segura que la evasión.
Ambas historias demuestran —de forma suave y casi imperceptible— que la realidad tiene una estructura sólida e inteligible y que la imprudencia genera un daño real.

Por el contrario, en lo que llevamos de siglo los ejemplos de signo opuesto son numerosos. Encontramos así obras tan perturbadoras como Soy Jazz, de Jessica Herthel, un relato que presenta una antropología de corte gnóstico donde la identidad se reduce a una «autopercepción interior» desvinculada de la realidad biológica. En una línea similar se mueve Tris, Trans, de Tatiana Iglesias Bordoy, que aprovechando algunos procesos naturales de cambio, induce a la confusión del niño lector identificándolos con el, denominado eufemísticamente transición de género, bajo estos mismos postulados.

Ambos álbumes niegan la naturaleza humana como una estructura dada, supeditándola a las preferencias personales del sujeto, promoviendo la identidad personal como una autoconstrucción radical que puede dar lugar, como desgraciadamente ya estamos viendo, a unas consecuencias irreversibles y tremendas.

Y voy acabando.

Podríamos adentrarnos en muchos otros títulos, pero creo que esta pequeña muestra es suficiente para ilustrar el punto. Aunque no todo lo moderno es desechable, hoy más que nunca se requiere una extraordinaria atención a aquello que se nos ofrece, un esmerado cuidado en aquello que se elige, y una atenta mediación paterna, consciente y vigilante, sobre aquello que a nuestros hijos se les propone leer.

Les bastará con volver, una y otra vez, a la pregunta clave: ¿este álbum ordenará o desordenará la imaginación de mi hijo? Y en función de cual sea la respuesta, elijan o desechen. Parece fácil, pero, ciertamente, en ocasiones no lo será tanto, así que ¡ánimo, sus hijos agradecerán su esfuerzo!

23.06.26

La batalla por la imaginación: cómo la literatura infantil y juvenil moldea el alma de nuestros hijos

                               «La lectura». Obra de Edmund Adler (1876–1965).




         

          

«El corazón se alcanza comúnmente no a través de la razón, sino a través de la imaginación».

John Henry Newman



«La imaginación es el órgano del significado, no de la verdad. La imaginación, produciendo nuevas metáforas o revivificando las viejas, no es la causa de la verdad,pero si su condición».

C. S. Lewis

                    

             

              

                                                                                              

                                                                                                                       

Toda obra literaria transmite una cosmovisión: la de su autor o la que este pretende proyectar. Puede hacerlo de forma profunda o superficial, pero siempre lo hace. Es cierto que, en principio, solo aquellas obras que muestran una cosmovisión de manera profunda son relevantes a la hora de educar o formar el alma de nuestros hijos. Sin embargo, no siempre es así: la banalidad puede ser igualmente deformadora cuando se aplica a cuestiones que, por su naturaleza y trascendencia, debieran ser presentadas y reconocidas en toda su profundidad.

Sabemos esto desde siempre, pero los siglos XX y XXI se han caracterizado por un uso monopolístico de esta verdad por parte de quienes trabajan —lo sepan o no— en la destrucción del orden de lo creado. Puede sonar excesivamente catastrofista o exagerado, pero créanme que no lo es: no cometamos el error de minusvalorar su alcance.

El teórico marxista italiano Antonio Gramsci es famoso precisamente por eso: por haber rescatado este mecanismo gnoseológico y haberlo puesto al servicio del desorden y la ruptura cultural. Nosotros deberíamos apropiarnos de ese mismo dinamismo para conocer y descubrir aquello que es verdadero, bello y bueno y difundirlo. Hoy me propongo profundizar un poco en ello.

El mecanismo responde, en esencia, al modo propiamente humano de aprender; es lo que podríamos llamar el mecanismo narrativo natural. Fuimos creados por la Palabra y a través de la Palabra. ¿Qué es el recitativo de la Santa Misa si no poesía? ¿Qué son los salmos sino modelos poéticos? ¿Qué eran las parábolas de Nuestro Señor sino la forma literaria magistral para revelar el Reino?

Por lo tanto, no se trata de una herramienta propia de ninguna ideología. Es humana y, por ello, tremendamente eficaz en nosotros. En el pasado no solo fue usada por Nuestro Señor —Quien nos conoce mejor que Aquel que nos ha creado—, sino también por la literatura confesional, la novela nacionalista, la narrativa moralizante tradicional y la propaganda política de cualquier signo. Sin embargo, es innegable que, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del XXI, las ideologías (conformadas por múltiples corrientes como el modernismo, el feminismo, el socialismo, el liberalismo o el transhumanismo) casi la han monopolizado.

Y es que la ficción —especialmente la destinada a los lectores jóvenes— transmite visiones del mundo no tanto mediante tesis explícitas y abstractas, sino a través de atmósferas, identificaciones afectivas y marcos implícitos. Por ello, es una herramienta poderosa que, si bien puede ser usada para el bien, igualmente puede emplearse para engañar o corromper.

Simplificando mucho, tal mecanismo podría estar compuesto de los siguientes elementos:

  • La simpatía afectiva: Se presenta a los personajes que encarnan la visión que defiende la obra como entrañables, reconocibles y fácilmente amables; por el contrario, aquellos otros que representan lo que se quiere combatir o destruir son presentados como malvados o antipáticos.
  • La cosmovisión como atmósfera: Se plantea el entorno no como una tesis, sino como lo que demanda el «sentido común» y como lo que es «normal», de manera que lo que en realidad es una construcción cultural subversiva aparece como una evidencia neutral y cuasi natural.
  • La inmunización por medio de la ironía y el sarcasmo: Toda perspectiva alternativa o tradicional aparece como ridícula o anacrónica.

Dentro de este marco general puede presentarse, desde luego, una amplia casuística, siendo los supuestos más comunes los siguientes:

  • La normalización pseudofamiliar: Se presenta un modelo de familia alternativo y rompedor con personajes encantadores. Al establecerlo como el único paisaje normal y ridiculizar a quien lo cuestione, se naturaliza la estructura cultural que se propone sin necesidad de argumentarla.
  • La reconfiguración del llamado «género»: Un protagonista carismático rompe estereotipos y figuras tradicionales, presentando cualquier diferencia natural entre sexos como una imposición opresiva. Quien defiende la tradición es caricaturizado, asociando la virtud con la deconstrucción o la inversión total de roles.
  • El triunfo de la voluntad individual: Se presenta a un protagonista cuyos únicos límites radican en su propio deseo, confundiendo ilusión y realidad y dando paso a una visión pelagiana —y, en el fondo, irreal— de la existencia.
  • El relativismo moral suave: Un personaje entrañable, simpático y atractivo rompe una norma que se dibuja como rígida, mientras que la autoridad que la sostiene se muestra desconectada de la realidad del «mundo» o anticuada. Así, la ética objetiva se desplaza en favor de la autoexpresión y se crea una lealtad emocional hacia el sujeto transgresor.
  • La secularización por omisión: Se crea un mundo idílico lleno de valores —calificados astutamente de «humanos»— donde la dimensión religiosa simplemente no existe o se muestra como una excentricidad trasnochada, retrógrada o inútil. De este modo, se logra que el lector interiorice un marco puramente materialista de forma inconsciente.

¿Ante este panorama (tan extendido en el mundo editorial de hoy), qué podemos hacer?

Les propongo una serie de preguntas que deberíamos hacernos antes de comprar o poner en manos de nuestros hijos cualquier libro, y que podrían ayudarnos a desenmascarar estos «regalos» envenenados.

En el libro en cuestión:

  1. ¿El bien y el mal son objetivos?
  2. ¿La virtud es recompensada y el vicio castigado?
  3. ¿El protagonista crece moralmente?
  4. ¿Hay figuras de autoridad respetables?
  5. ¿Hay ausencia de contenido inmoral?
  6. ¿Las virtudes son enseñadas mediante actos y no solo con teorías o discursos?
  7. ¿La realidad es objetiva y cognoscible? (Eximiendo a las historias de mundos fantásticos secundarios).
  8. ¿Es la naturaleza humana coherente y constante, o maleable y cambiante?
  9. ¿La Gracia (o la ayuda superior y trascendente) es respetada y está presente?
  10. ¿Hay belleza formal en el lenguaje y en las ilustraciones?
  11. ¿Hay referencias explícitas o implícitas a Dios?
  12. ¿Se reconoce una estructura sacramental del mundo donde se respeten los símbolos naturales?
  13. ¿Se valora la comunidad, la tradición y el bien común?
  14. ¿Hay un tratamiento del sufrimiento con realismo, esperanza y redención?
  15. ¿Tiene un final «eucatastrófico» (una victoria inesperada del bien) que incluya el sacrificio?

Muy probablemente habrá cuestiones relevantes no incluidas en este listado, pero incluso con sus limitaciones, quizá pueda servirles de referencia y guía. Las respuestas a estas preguntas (u otras que se les ocurran) podrían darnos una idea de si el libro es aceptable y formativo.

Como vemos, la batalla por las almas de nuestros hijos no se libra hoy en grandes debates teológicos ni en manifiestos ideológicos abstractos; entre otros lugares, se libra silenciosamente en las mesas de noche, en los cuentos de antes de dormir y en las lecturas escolares obligatorias. Si la estrategia del desorden y la confusión ha sido colonizar la imaginación de los más jóvenes a través de la atmósfera de la ficción, nuestra respuesta no puede ser la mera queja o la retirada sin combatir. Porque, como escribió el cardenal Newman, «es el corazón el que se mueve, no la razón la que se convence».

Como padres y educadores, nos corresponde, pues, ejercer un discernimiento crítico y activo. No se trata de cerrarse al mundo (porque, aun no siendo del mundo, habitamos en el mundo, como dice la Epístola a Diogneto), sino de poblar la mente de nuestros hijos de relatos que reflejen la verdadera estructura de la realidad.

Recuperemos, pues, el mecanismo narrativo natural para el bien, la belleza y la verdad. Volvamos a ofrecerles historias donde el sacrificio tenga sentido, donde la belleza eleve el espíritu y donde el bien no sea una opción subjetiva, sino un puerto seguro y firme. Solo así, entrenando su sensibilidad afectiva y su corazón en el amor a lo verdadero, lo bueno y lo bello, los inmunizaremos contra la sutil pedagogía de la mentira. La buena literatura, al fin y al cabo, siempre ha sido un mapa fiable para regresar a Casa.