13.05.19

¿Dónde están tus cicatrices?

“Un hombre sabio dijo en cierta ocasión que, cuando comparezcamos ante el tribunal de Cristo, nuestro Señor nos mirará fijamente y preguntará: ‘¿Dónde están tus cicatrices?’. Si respondemos que no tenemos cicatrices, nos lo reprochará, diciendo: ‘¿Es que acaso no había nada por lo que mereciera la pena luchar?’.

Mis queridos amigos, creo que hay algo por lo que merece la pena luchar. La causa de la vida es digna de que luchemos por ella; la causa de Cristo es digna de que luchemos por ella. Cumplamos nuestro deber y sigamos adelante, con decisión, determinación y a pesar de los obstáculos, de modo que algún día podamos enseñar a Cristo nuestras cicatrices”.

Mons. Fabian Bruskewitz, obispo emérito de Lincoln (Nebraska, Estados Unidos), en un acto de Human Life International

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8.05.19

Jesús no fue un hombre bueno

“¿Acaso leemos alguna vez que se encontrara con una viejecilla que subía una cuesta llevando una pesada carga y se ofreciera a llevársela? ¿Se tiró alguna vez al agua para salvar una vida? ¿Hemos oído decir, por lo menos, que repartiera dinero a los hambrientos? ¿Iba de un lado a otro consolando a los enfermos y animándolos? No, no hay ningún indicio de nada de eso. No se tiró al agua, caminó sobre el agua. Cuando la gente tenía hambre, no repartió dinero, repartió pan multiplicado misteriosamente. No consoló a los enfermos, los curó”.

Ronald Knox, El credo a cámara lenta

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Durante al menos un par de siglos fuera de la Iglesia y aún hoy “dentro” de ella entre los que han perdido la fe, ha estado de moda considerar a Jesús como un gran hombre, un hombre bueno, quizá un revolucionario al estilo del Che Guevara, un maestro moral como Confucio, o, para cubrir todas las posibilidades, un revolucionario moral. De forma más ramplona, a veces se le considera un filántropo o, simplemente, un progre avant la lettre. Si algo tienen en común estas ideas es su carácter completamente inverosímil. Hace falta mucha más fe para creer en ellas que para creer en la divinidad de Cristo.

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4.05.19

Acusaciones de herejía contra el Papa

El pasado 30 de abril, un grupo de clérigos e intelectuales católicos publicó una carta abierta en la que se afirmaba que nos encontramos en “una de las peores crisis en la historia de la Iglesia Católica”.

En los días posteriores, el número original de diecinueve firmantes ha crecido hasta superar el medio centenar. Entre estos firmantes se encuentran los sacerdotes Thomas Crean OP y John Hunwicke y los catedcráticos Matteo d’Amico, María Guarini, Robert Hickson, Paolo Pasqualucci, Anna Silvas, Claudio Pierantoni, Robert Cassidy y W. J. Witteman. Destaca la presencia del P. Aidan Nichols OP, uno de los más importantes teólogos ingleses en la actualidad.

A diferencia de anteriores textos críticos con ciertos desarrollos doctrinales recientes, que presentaban súplicas, peticiones, declaraciones o correcciones filiales al Papa, esta carta va más allá y plantea una acusación: “Estamos acusando al Papa Francisco del delito canónico de herejía”, una acusación que, según los mismos autores, es un “paso extraordinario”. Se advierte, sin embargo, que esto no iría en contra de las promesas de Cristo y la indefectibilidad de la Iglesia, ya que la acusación de herejía no se refiere a pronunciamientos papales infalibles, que el Papa Francisco no ha realizado en ninguna ocasión. Lo contrario “sería imposible, ya que sería incompatible con la guía dada a la Iglesia por el Espíritu Santo”.

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30.04.19

¿Qué esperaban?

Observo que hay muchos sorprendidos con los recientes resultados de las elecciones en España y encuentran difícil creer que los españoles hayan votado a un equipo de gobierno que parece caracterizado por una extraordinaria incompetencia y una no menos extraordinaria dosis de rencor como motor principal de sus acciones. Y, además, no han votado así engañados por el hecho de que esas dos peculiares características todavía estuvieran, en potencia, sino después de contemplarlas en acto durante varios meses del anterior gobierno.

¿Es esto sorprendente? Ciertamente podría considerarse así desde el punto de vista de la lógica, el bien común y la vergüenza ajena ante formas de gobernar claramente dañinas y que revelan carencias humanas muy marcadas. A mí, sin embargo, lo que me ha sorprendido es la propia sorpresa de los sorprendidos.

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19.04.19