12.06.19

La Santísima Trinidad

Homilía para la Solemnidad de la Santísima Trinidad (Ciclo C)

En la oración colecta de la Misa de la solemnidad de la Santísima Trinidad pedimos a Dios “profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su Unidad todopoderosa”.

Profesar la fe verdadera es confesarla, dejando que la palabra externa signifique lo que concibe la mente. En el Bautismo, se invita al que va a ser bautizado, o a sus padres y padrinos, a confesar la fe de la Iglesia. En el centro de esta confesión está el misterio de Dios: “La fe de todos los cristianos se cimenta en la Santísima Trinidad”, decía San Cesáreo de Arles. Y San Gregorio Nacianceno, al instruir a los catecúmenos de Constantinopla, afirmaba, sobre la profesión de fe en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo: “Os la doy [esta profesión] como compañera y patrona de toda vuestra vida”.

La Iglesia, entregándonos el Símbolo, pone en nuestros labios las palabras adecuadas para que podamos creer y hablar (cf 2 Co 4,13): “Creo en Dios, Padre todopoderoso”, “creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor”, “Creo en el Espíritu Santo”. Como escribe San Atanasio en una de sus cartas: “En la Iglesia se predica un solo Dios, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Lo trasciende todo, en cuanto Padre, principio y fuente; lo penetra todo, por su Palabra; lo invade todo, en el Espíritu Santo”.

Conocer la gloria de la eterna Trinidad equivale a contemplar, con la mirada de la fe, la manifestación que Dios hace de Sí mismo en la creación del mundo y en la historia de la salvación. Una manifestación que llega a su plenitud con el envío del Hijo y del Espíritu Santo, cuya prolongación es la misión de la Iglesia. “Todo lo que tiene el Padre es mío”, nos dice Jesús, y el Espíritu Santo “recibirá de lo mío y os lo anunciará” (cf Jn 16,12-15). El Espíritu Santo nos introduce así en la realidad de la comunicación divina, en el diálogo que mantienen las tres Personas del único Dios.

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8.06.19

Como da consistencia al universo, no ignora ningún sonido

Homilía para la solemnidad de Pentecostés (ciclo C)

La Liturgia ha escogido, como antífona de entrada de la Misa del Domingo de Pentecostés, unas palabras del libro de la Sabiduría: “El Espíritu del Señor llena la tierra y, como da consistencia al universo, no ignora ningún sonido” (Sab 1,7). La persona inefable del Espíritu Santo, el Soplo de Dios, está en el origen del ser y de la vida de toda criatura. Él da consistencia al universo y es capaz de percibir los gemidos de la creación entera y nuestros propios gemidos interiores, que manifiestan el ansia de la redención (cf Rm 8, 22-23).

Para poder escuchar a Dios, para no ignorar ningún sonido que nos hable de Él, necesitamos el estímulo del Espíritu Santo. Los ojos, privados de la luz, no pueden ver. Los oídos no pueden oír, si el sonido no es transmitido por el aire. El olfato no puede oler si no hay aromas o sustancias que lo activen. San Hilario emplea esta comparación con los sentidos corporales para explicar que también nuestra alma necesita ser avivada por el Espíritu Santo para llegar al conocimiento de Dios: nuestra alma “si no recibe por la fe el Don que es el Espíritu, tendrá ciertamente una naturaleza capaz de entender a Dios, pero le faltará la luz para llegar a ese conocimiento”.

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31.05.19

Treinta y un días de Mayo y la Novena al Sagrado Corazón

Es muy agradable recordar los años de mayor entusiasmo del blog. Tener un blog me ha ayudado a escribir y a difundir lo escrito. Estoy plenamente convencido de que para un sacerdote, para un párroco, es muy bueno escribir: Ante todo, las homilías de cada domingo y de las otras solemnidades y fiestas. También, ¿por qué no?, novenas y otros subsidios que pueden ayudar en la vida parroquial.

De todos los libros míos que han surgido en este contexto el más “sinodal”, el más participativo, es “Treinta y un días de mayo”. Fue publicado en 2010, pero no ha dejado de reeditarse. En 2012 salió, en traducción portuguesa, “31 dias com Maria”. Y parece que, para mayo de 2020, saldrá la edición, con un título similar, en Brasil.

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23.05.19

Socializar la estupidez

“El dinero es como el estiércol; no tiene valor alguno hasta que lo esparces”, solía decir la millonaria y filántropa Brooke Astor. Parece que hay quien piensa que lo que se asemeja al estiércol es el cuerpo humano, útil para generar compost tras el “trámite”, pongamos por caso, del aborto o de la eutanasia; trámite en general muy poco libre para quien lo padece (esta falta de libertad es total para el abortado y muy escasa para el eutanasiado, ya que, con el tiempo, terminaría por considerarse una actitud insolidaria empeñarse en seguir viviendo).

El estiércol tiene sus admiradores. El dinero, también. Pero curiosamente este último cuenta asimismo con detractores. No creo que sea por el dinero en sí, que no deja de ser un medio, un instrumento, susceptible de ser usado para el bien o para el mal. Muchas veces tras las retóricas proclamas contra el dinero, o el capital, se parapeta el rechazo casi instintivo que algunos sienten hacia la libertad de los demás. Disponer de dinero, de un cierto bienestar, proporciona libertad. La manera de subyugar a otros es impedir que puedan administrar su propio dinero, haciéndolos depender de la cartilla de racionamiento que administra el que tiene en exclusiva el poder. Los que aspiran a tener la llave hasta del aire que uno respira valoran el dinero en sus cuentas bancarias, pero lo critican cuando permite que otros amplíen su parcela de libertad.

En la búsqueda del monopolio totalitario ejercido en nombre de idolátricos ideales, los aspirantes a tiranos no quieren que se esparza nada sin su consentimiento. Tolerarían quizá unos cuantos cadáveres para fertilizar campos, pero se indignarían ante el más mínimo reparto del dinero. No quieren que haya millonarios, y, menos aún, millonarios filántropos. Lo suyo es que haya súbditos, dóciles a los dictados del aparato, a los designios falsamente mesiánicos indicados por muy pocos; en su versión maximalista, a poder ser por uno solo.

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1.05.19

¿Universidad o catetismo?

El pasado verano visité la ciudad alemana de Friburgo de Brisgovia. En el entorno de su famosa Universidad se halla la “Karl Rahner Platz”, en honor del célebre teólogo jesuita nacido en Friburgo en 1904. No se trata, pues, de un personaje del siglo XVI, sino de un intelectual católico de los más relevantes del siglo XX.

Si no se puede negar la condición de importante pensador a Karl Rahner, tampoco cabe hacerlo con relación al teólogo suizo Hans Urs von Balthasar, a quien el cardenal de Lubac calificó como “uno de los hombres más cultos del siglo XX”.

Teología y cultura, Teología y Universidad, no son palabras antitéticas. La Universidad nació teniendo como principal cátedra la de Teología y todavía hoy en muchos países del mundo la Facultad de Teología tiene un espacio reconocido dentro de la docencia universitaria.

Además de las razones históricas, también la lógica interna de la Teología supone un motivo más que suficiente a favor de su presencia en los ámbitos del pensamiento. La Teología, y la Filosofía, tiene la responsabilidad intelectual de procurar al hombre “una orientación sobre su propia realidad y sobre la realidad del mundo como un todo”, dice el teólogo protestante W. Pannenberg.

La apertura al todo, a la realidad en su conjunto, la apuesta por una razón abierta a la universalidad de las cosas (“Universidad” viene de ahí, de “universalidad”, de “totalidad) debería de ser una señal distintiva de los ámbitos donde se cultiva el saber.

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