9.11.19

Dios de vivos

Los saduceos formaban un importante grupo religioso dentro del judaísmo. No creían ni en la inmortalidad del alma ni en la resurrección de los muertos y, en consecuencia, tampoco en la recompensa o castigo después de la vida presente. Se remitían a los cinco libros del Pentateuco, los únicos que ellos reconocían, en los que, de modo explícito, no se habla de la resurrección. La pregunta que aquellos saduceos dirigen a Jesús no busca aclarar una duda, sino que es una pregunta malintencionada, pretendiendo asechar al Señor.

Por razones distintas a las de los saduceos, también hoy son muchos los que no creen en la resurrección de los muertos y en la vida eterna. No sólo ateos o agnósticos, sino incluso bastantes católicos: “llama la atención que no pocos de los que se declaran católicos, al tiempo que confiesan creer en Dios, afirman que no esperan que la vida tenga continuidad alguna más allá de la muerte”, escribían en 1995 los obispos de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe.

En realidad, la fe en la resurrección de los muertos es una consecuencia de la fe en Dios. Así lo explica Jesús: “que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: ‘Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob’. No es Dios de muertos, sino de vivos” (Lc 20,37-38).

Dios es nuestro creador. Nos ha hecho de la nada, pero en la omnipotencia de su amor no permite que volvamos a la nada. Los mártires Macabeos, cuando se enfrentaron a la prueba, se mantuvieron firmes basándose en la fidelidad de Dios, en la seguridad de que Él no abandonaría después de la muerte a los que, en esta vida, confesaron su fe hasta la muerte: “Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará” (cf 2 M 7,9-14).

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1.11.19

Desear y esperar el cielo

La solemnidad de Todos los Santos nos invita a desear y a esperar el cielo. El deseo pone en camino, mueve hacia lo que se apetece. Un enfermo que desea su curación acude al médico y se somete al tratamiento preciso. Alguien que desea aprender acude a la escuela o a la Universidad, o se dedica con afán a la lectura y el estudio. Desear el cielo nos compromete a seguir la senda de las bienaventuranzas para así llegar a la meta, que no es otra sino Dios mismo.

La espera de cielo va más allá del deseo. La esperanza se fundamenta no en nuestras ansias, sino en Dios mismo, en su voluntad y en su poder. Dios quiere para nosotros el cielo; es decir, “que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2,4). La condenación, el infierno, no responde al deseo de Dios, sino que lo contradice, de un modo semejante a como lo contradice el pecado. Tal como enseña el Catecismo, el infierno es el “estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados” (n. 1033). A pesar de Dios, a pesar de su amor benevolente, por decirlo así, podemos condenarnos, si hacemos mal uso de nuestra libertad.

Pero, ¿qué es el cielo? No podremos ni desearlo ni esperarlo sin imaginar de algún modo en qué consiste. Benedicto XVI nos proporciona una especie de descripción, basándose en los datos de la fe: “Sería [el cielo] el momento del sumergirse en el océano del amor infinito, en el cual el ‘tempo’ – el antes y el después – ya no existe. Podemos únicamente tratar de pensar que este momento es la vida en sentido pleno, sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría” (Spe salvi, 12).

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17.10.19

TELMUS 11 (2018)

Telmus es el Anuario del Instituto Teológico “San José” y del Seminario Mayor “San José” de Vigo. Ha llegado, esta publicación, a su número 11, que corresponde al año 2018. Todavía es el comienzo, pero es un comienzo ya bastante consolidado. Muchas revistas empiezan y, casi de repente, terminan. De momento, y esperemos que siga siendo así, esa muerte prematura no ha segado la trayectoria de Telmus.

¿Qué encontrará el potencial lector? Encontrará una revista de Estudios Eclesiásticos; es decir, del ámbito de los saberes que se cultivan en un Instituto Teológico, afiliado a una Facultad de Teología, donde se preparan académicamente los futuros sacerdotes de la Diócesis.

En realidad, un Instituto Teológico es un foco de estudio que irradia más allá de la formación de los seminaristas: Sacerdotes, laicos, futuros profesores de Religión, personas interesadas en conocer la fe católica… son sus destinatarios. Y, profundizando en este ámbito de saberes, se sirve a la sociedad en medio de la cual la Iglesia está inserta.

Mantener abierto un Instituto Teológico exige apostar por un claustro de profesores competentes. Al menos han de ser licenciados en las disciplinas que se imparten en el Centro. Y, por áreas de conocimiento, se exige, asimismo, un número de doctores. Esta apuesta depende directamente, aunque no exclusivamente, de quien sea el Obispo.

La Iglesia reconoce que una de las virtudes teologales es la esperanza, cuyo fundamento está solo en Dios. Aunque no se puede hacer caso omiso de lo que nos dicta la razón, los tiempos, los métodos y hasta los “presupuestos” de la Iglesia – de la Iglesia universal, de una Diócesis, de una Parroquia – dejan un amplio margen a la esperanza.

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no da fruto… No se busca, en la Iglesia, el rendimiento inmediato. Se contempla la realidad a más largo plazo. Y se asume, también, que con muy poco, casi con nada, se puede hacer mucho.

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7.10.19

La santidad, salvaguardia de la fe. La canonización del Cardenal Newman

Hay cosas que pasan – casi todas - ; algunas, muy pocas, permanecen, desafiando el tiempo y su ligereza, la tendencia frívola e inexorable a convertir en moda, en simple moda, lo que, por la magia del instante, ha podido parecer decisivo un segundo antes de morir a alguien en algún lugar en algún tiempo.

Esta especie de contraste entre lo momentáneo y aquello que se erige como más duradero se manifiesta en un pasaje de la maravillosa novela de Evelyn Waugh “Retorno a Brideshead”. Cuando el capitán Charles Ryder, durante la Segunda Guerra Mundial, llega a la mansión de Brideshead recuerda que ya conocía aquel sitio y su memoria se retrotrae a las regatas de Oxford de 1923. En aquel entonces – “Et in arcadia ego” – Oxford era una ciudad de acuatinta: “Los hombres paseaban y conversaban por sus calles espaciosas y tranquilas como en los tiempos de Newman”.

“Los tiempos de Newman” se contraponen, en el relato, al momentáneo desastre de la guerra. Y hay algo o mucho de permanencia no solo en “los tiempos de Newman” evocados por Waugh, sino en el tiempo concreto de la biografía de John Henry Newman (1801-1890), destacada figura de la Universidad de Oxford, en sus escritos y, sobre todo, en su testimonio de santidad. En medio de la ligereza de las horas, lo auténtico y decisivo es la santidad. Ese rasgo, llámese “santidad” o “amor”, hace que lo concreto, sin dejar de serlo, se convierta en universal y en eterno.

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5.10.19

La hinchazón de la soberbia y la humildad de la fe

En la profecía de Habacuc se contraponen dos actitudes: el injusto tiene el alma hinchada, mientras que el justo vivirá por su fe (cf Ha 2,2-4). Frente a la hinchazón de la soberbia está, como un auténtico principio que dinamiza la propia vida, la humildad de la fe.

La fe, como la esperanza y la caridad, adapta las facultades del hombre a la participación de la naturaleza divina (cf Catecismo 1812). Es Dios mismo quien, infundiendo en nuestra alma la virtud de la fe, nos capacita para una vida nueva que se caracteriza no por la cerrazón en uno mismo, sino por la apertura y la relación con la Santísima Trinidad.

Se entiende entonces que San Pablo, citando el texto de Habacuc: “El justo vivirá de la fe” (Rm 1,17), resalte la primacía de la iniciativa de Dios. No somos nosotros quienes nos hacemos justos a nosotros mismos, es Dios quien nos hace justos, borrando nuestros pecados y renovándonos interiormente con su gracia.

Esta relación nueva que la fe hace nacer en nosotros está llamada a incrementarse, a hacerse más profunda e intensa. Por la fe, hemos comenzado a ser de Dios y, si correspondemos a su gracia, si tratamos de conocerlo más cada día, si intentamos amar y cumplir su voluntad, Dios completará en nosotros lo que Él mismo ha iniciado.

No debe sorprendernos que los Apóstoles pidiesen al Señor: “Auméntanos la fe” (cf Lc 17,5-10). Ya pertenecían a Jesucristo, ya eran sus amigos, ya habían sido llamados por Él, pero esta pertenencia al Señor no se ve jamás culminada en la tierra, sino en el cielo, cuando vivamos por siempre con Dios.

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