El Santísimo Cristo de la Victoria
En su poema “La Saeta”, Antonio Machado prefiere contemplar a Cristo no en el estatismo de la cruz, atrapado por el sufrimiento y por la muerte, sino en la libertad, en el movimiento y en la esperanza del Cristo que camina sobre las aguas: “¡Oh, no eres tú mi cantar! / ¡No puedo cantar, ni quiero/ a ese Jesús del madero, /sino al que anduvo en el mar!”. Los poetas – y don Antonio Machado en grado sumo - tienen licencia para preferir, según su sensibilidad, una u otra escena de la vida de Jesucristo. Pero es el mismo Jesús el que, con majestad divina, domina los elementos y calma el mar que sacudía la barca de Pedro, diciendo “Yo soy” que el Crucificado que, poco antes de exhalar el espíritu, gritó con voz potente: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, una cita del Salmo 22 que expresa con toda su crudeza la angustia del justo, que, sin embargo, se abandona con confianza a Dios.

El libro del historiador Alberto Bravo, “Yo, el Rey. La historia de Carlos II” (Barcelona 2026) pretende ofrecer una renovada imagen del último rey de la Casa de Austria y de su tiempo, siendo consciente el autor de que “la figura de Carlos II sigue siendo para el gran público la de ese rey enfermizo y hechizado de la historiografía clásica, sometido continuamente al escarnio público de periodistas, pésimos divulgadores y pseudohistoriadores que llenan páginas y horas en radios y redes sociales con las más disparatadas invenciones y morbosas fantasías”, pese a que las últimas décadas han supuesto una auténtica revolución en el estudio de su reinado.
Siempre resulta agradable leer los libros de Stefan Zweig (Viena 1881 – Petrópolis 1942). Es un narrador brillante que penetra en la psicología de los personajes. En su ensayo “Erasmo de Rotterdam. Triunfo y tragedia de un humanista” nos acerca a la figura eminente de Erasmo (1466-1536) estableciendo un inevitable contraste entre el holandés y el iniciador de la reforma protestante, Martín Lutero (1483-1546).
Lo más común es que en la capital de una nación habite el jefe de Estado de ese país; como es el caso del rey de España en Madrid o del presidente de Portugal en Lisboa. Roma es, en esto como en muchas otras cosas, una ciudad excepcional. En ella moran tres jefes de Estado: el papa, el gran maestre de la Soberana Orden Militar de Malta y el presidente de la República Italiana. Esta concentración de poderes hace que la Ciudad Eterna esté plagada de representantes diplomáticos.






