Facsímiles
La palabra “facsímil” viene del latín - “fac” (haz) “simile” (semejante) – y se emplea para designar la perfecta imitación o reproducción de una firma, de un escrito, de un dibujo, de un impreso, etc.
Hay libros que son auténticas joyas del patrimonio cultural de la humanidad. Una de estas joyas se conserva, desde 1661, en la biblioteca del Trinity College, de Dublín. Se trata del célebre “Libro de Kells” (que se remonta en torno al año 800 después de Cristo), un manuscrito en vitela maravillosamente ilustrado de los cuatro evangelios. Se cree que fue elaborado por los monjes de San Columba de Iona, en Escocia, y después llevado a la abadía de Kells, en Irlanda, para mantenerlo a salvo de los ataques de los vikingos.
Un erudito del siglo XII, Geraldus Cambrensis, pensaba que el libro era “la obra de un ángel, no de un hombre". Parece que fue creado, no tanto para ser leído sino, más bien, para ser mostrado a los fieles durante la celebración de la misa, mientras el sacerdote recitaba de memoria los pasajes evangélicos. Originalmente estaba encuadernado con una cubierta de oro y joyas, que se perdió cuando el manuscrito fue robado en la abadía en 1007. Para conservarlo en el mejor estado posible, ya no se presta ni se permite su manipulación. Los interesados en su estudio deben valerse de facsímiles.

Esta tarde ha sido una tarde muy diferente a las demás tardes de mi vida. Esta tarde falleció mi padre, Constantino, a los 86 años, tras pasar los últimos diez especialmente asediado por una enfermedad pulmonar. Unos diez años que fueron casi una prórroga graciosa, un aplazamiento, un combate que él libró con una incontestable voluntad de vivir – él se marcaba como meta al menos los 90 años -. No llegó a los 90, pero casi. Le faltaban cuatro años, que son los que tiene su único nieto, Adrià, el hijo, de momento único, del más joven de sus hijos, Miguel.
En el mundo griego, los poetas intentaron alcanzar de manera mítica y fantástica, mediante la intuición y la imaginación, la comprensión del hombre, de la historia y del universo; en suma, de la realidad presentada en su totalidad. Los poemas homéricos, la “Ilíada” y la “Odisea”, supusieron para los primeros griegos algo análogo a lo que la Biblia supuso para los judíos. Y lo que constituyó el alimento espiritual para los griegos, al ser Grecia uno de los pilares de la cultura occidental, lo sigue siendo, en cierto modo, también para nosotros en la actualidad.
En su poema “La Saeta”, Antonio Machado prefiere contemplar a Cristo no en el estatismo de la cruz, atrapado por el sufrimiento y por la muerte, sino en la libertad, en el movimiento y en la esperanza del Cristo que camina sobre las aguas: “¡Oh, no eres tú mi cantar! / ¡No puedo cantar, ni quiero/ a ese Jesús del madero, /sino al que anduvo en el mar!”. Los poetas – y don Antonio Machado en grado sumo - tienen licencia para preferir, según su sensibilidad, una u otra escena de la vida de Jesucristo. Pero es el mismo Jesús el que, con majestad divina, domina los elementos y calma el mar que sacudía la barca de Pedro, diciendo “Yo soy” que el Crucificado que, poco antes de exhalar el espíritu, gritó con voz potente: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, una cita del Salmo 22 que expresa con toda su crudeza la angustia del justo, que, sin embargo, se abandona con confianza a Dios.






