28.07.26

El Santísimo Cristo de la Victoria

En su poema “La Saeta”, Antonio Machado prefiere contemplar a Cristo no en el estatismo de la cruz, atrapado por el sufrimiento y por la muerte, sino en la libertad, en el movimiento y en la esperanza del Cristo que camina sobre las aguas: “¡Oh, no eres tú mi cantar! / ¡No puedo cantar, ni quiero/ a ese Jesús del madero, /sino al que anduvo en el mar!”. Los poetas – y don Antonio Machado en grado sumo - tienen licencia para preferir, según su sensibilidad, una u otra escena de la vida de Jesucristo. Pero es el mismo Jesús el que, con majestad divina, domina los elementos y calma el mar que sacudía la barca de Pedro, diciendo “Yo soy” que el Crucificado que, poco antes de exhalar el espíritu, gritó con voz potente: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, una cita del Salmo 22 que expresa con toda su crudeza la angustia del justo, que, sin embargo, se abandona con confianza a Dios.

Leer más... »

22.07.26

La religiosidad de Carlos II, rey de España

El libro del historiador Alberto Bravo, “Yo, el Rey. La historia de Carlos II” (Barcelona 2026) pretende ofrecer una renovada imagen del último rey de la Casa de Austria y de su tiempo, siendo consciente el autor de que “la figura de Carlos II sigue siendo para el gran público la de ese rey enfermizo y hechizado de la historiografía clásica, sometido continuamente al escarnio público de periodistas, pésimos divulgadores y pseudohistoriadores que llenan  páginas y horas en radios y redes sociales con las más disparatadas invenciones y morbosas fantasías”, pese a que las últimas décadas han supuesto una auténtica revolución en el estudio de su reinado.

Carlos II (1661-1700) murió sin hijos, y legó su inmensa herencia a su sobrino-nieto, Felipe de Borbón (1683-1746), duque de Anjou, nieto de su hermana María Teresa de Austria y de Luis XIV, quien reinó con el nombre de Felipe V.  El reinado de Carlos II se extendió desde 1665 a 1700; treinta y cinco años, muchos más de los que reinaron, por ejemplo, Felipe III, Fernando VI, Carlos III o Carlos IV. Al igual que su padre, Felipe IV, el rey Carlos fue amante de la pintura, del teatro y de la música. Fue un monarca plenamente consciente de su dignidad regia, de quien el historiador barcelonés Narciso Feliú de la Peña (+1712) escribió el siguiente elogio: “fue el mejor Rey que ha tenido España […] ha sido el Rey que en España dio su vida por sus vasallos, y para remediar sus daños consumió y aniquiló hasta su mismo corazón, y sangre”.

Leer más... »

16.07.26

Erasmo y Lutero según Stefan Zweig

Siempre resulta agradable leer los libros de Stefan Zweig (Viena 1881 – Petrópolis 1942). Es un narrador brillante que penetra en la psicología de los personajes. En su ensayo “Erasmo de Rotterdam. Triunfo y tragedia de un humanista” nos acerca a la figura eminente de Erasmo (1466-1536) estableciendo un inevitable contraste entre el holandés y el iniciador de la reforma protestante, Martín Lutero (1483-1546).

Ambos eran sacerdotes, habían profesado en la misma orden – la de San Agustín – y compartían el afán de renovación de la Iglesia, volviendo a la pureza del Evangelio. Entre las innumerables cartas recibidas por Erasmo, se encuentra una de 1516, remitida por Spalatin, secretario del príncipe de Sajonia, donde le cuenta al brillante humanista que hay en la ciudad un joven monje agustino que lo respeta mucho, pero que discrepa de él en la cuestión del pecado original. No cree que uno sea justo cuando actúa de manera justa, sino que solo siendo justo se está en condiciones de actuar justamente: “Lo primero es la persona y después vendrán las obras”. El joven monje no es otro que Martín Lutero.

Leer más... »

¿Católico y masón?

Con frecuencia surge la pregunta acerca de la posible compatibilidad entre la pertenencia a la Iglesia Católica y la vinculación a la masonería. Los obispos de la Conferencia Episcopal Nórdica acaban de enviar una carta sobre la masonería a los sacerdotes de sus diócesis para dar una respuesta clara y establecer unas disposiciones en el plano pastoral y sacramental.

Leer más... »

2.07.26

Tres jefes de Estado en Roma

Lo más común es que en la capital de una nación habite el jefe de Estado de ese país; como es el caso del rey de España en Madrid o del presidente de Portugal en Lisboa. Roma es, en esto como en muchas otras cosas, una ciudad excepcional. En ella moran tres jefes de Estado: el papa, el gran maestre de la Soberana Orden Militar de Malta y el presidente de la República Italiana. Esta concentración de poderes hace que la Ciudad Eterna esté plagada de representantes diplomáticos.

De los tres jefes de Estado que tienen su residencia en Roma, la precedencia por antigüedad le corresponde al papa, que está, ayudado por la curia romana, a la cabeza de la Santa Sede, la institución del gobierno supremo de la Iglesia Católica y el sujeto de derecho internacional que la representa ante el mundo. Sus orígenes se remontan a los inicios del cristianismo, ya que el papa es el sucesor de Pedro, el primer obispo de Roma. Con el tiempo, la Santa Sede comenzó a ejercer también la soberanía temporal sobre un territorio. En el siglo VIII se establecieron los Estados Pontificios, que abarcaban las regiones del Lacio, Umbría, Marcas y Emilia Romana. Los Estados Pontificios se mantuvieron vigentes durante más de un milenio, hasta 1870, cuando fueron anexionados por el Reino de Italia. El papa Pío IX excomulgó al primer rey, Víctor Manuel II, y se refugió en el Vaticano, considerándose un prisionero. Así transcurrirían unos cincuenta y nueve años y varios pontificados hasta que, en 1929, se firmaron los Pactos de Letrán entre la Santa Sede y el Reino de Italia, que establecieron la soberanía plena del papa sobre el nuevo Estado de la Ciudad del Vaticano, el más pequeño del mundo, que custodia la memoria del catolicismo, la belleza del arte y unos cuidadísimos jardines. La Santa Sede mantiene relaciones diplomáticas con 184 Estados.

Leer más... »