InfoCatólica / Eleuterio Fernández Guzmán / Categoría: Sobre Tradición y Conservadurismo

2.08.21

Serie tradición y conservadurismo – Sobre símbolos y creencias cristianas

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 Nos hacemos conservadores a medida que envejecemos, eso es cierto. Pero no nos volvemos conservadores porque hayamos descubierto tantas cosas nuevas que  eran espurias. Nos volvemos conservadores porque hemos descubierto tantas cosas viejas que eran genuinas.

G.K. Chesterton

El camino de Jesucristo fue uno de enseñanza.

Así, su incansable labor de dar a conocer la Palabra de Dios, el verdadero sentido de la Ley que su Padre dejó dicha para la vida del hombre lo fue para que, al fin y al cabo, aquellos duros y pedregosos, corazones, se transformaran en órganos del espíritu suaves, tiernos, blandos y refractarios a todo lo malo e insidioso del mundo, liberados voluntariamente de las asechanzas de las que, tantas veces, no nos vemos libres. Y, desde entonces, una tradición ha ido transmitiéndose de generación en generación que es, ahora mismo, válida como lo fue entonces o, a lo mejor, más aún por la persecución actual de la misma y hacia la misma por parte del Mal.

Podemos preguntar, a tal respecto, si es que hay algo malo en transformar los corazones. Y lo preguntamos porque no es lo mismo ni es igual tenerlo de una forma o de otra, ser duro o tierno, de piedra o de carne…

Nosotros, desde aquellos primeros nosotros hasta los hoy actuantes en la fe en Cristo, es posible que solamos andar por caminos no muy proclives al apostolado; a ser, por así decirlo, apóstoles modernos y a difundir, cada uno de la forma que pueda o Dios le dé a entender, el mensaje claro que Jesucristo vino a traer: el amor, Ley suprema del Reino de Dios, que ha de reinar en nuestras relaciones de criaturas suyas y, por eso, hemos de cambiar a aquella norma divina; es posible que nos ausentemos de la defensa de los valores cristianos y huyamos, así, de esa obligación que tenemos como discípulos del Maestro de Nazaret y Mesías esperado. Y esa es nuestra cruz y, claro, su Pasión.

¿Qué hay de malo en no cejar en la transmisión de tal testimonio y tal doctrina?

Por otra parte, el camino de Jesús también fue un camino de incomprensiones, trufado con las maledicencias que sobre Él se proferían, rescatando del fondo más oscuro del corazón del hombre acusaciones sin fundamento pero fundadas en la perversión de la Ley de Dios; de interpretaciones insanas de la doctrina que proclamaba porque tenían miedo de lo que podía significar en sus vidas y de la responsabilidad que se derivaba de todo aquello. Fue, por eso mismo, un andar donde muchas de las piedras que en el camino se intentaron tirar contra su persona haciendo, queriendo aniquilar, ¡de la forma que fuera!, el verbo limpio y el claro mensaje, dieron donde querían. Y ante esto no se arrepintió de lo dicho, ni se vino abajo, ni dejó de hacer lo que debía. Y la tradición fue tomando forma, en cada persecución y en cada asechanza.

Pero nosotros, conocedores del mundo, del momento que nos ha tocado vivir, sabedores de los lobos y las serpientes que tenemos alrededor preparadas para asestarnos lo que creen el golpe definitivo, también nos enfrentamos a incomprensiones y toda clase de ausencias de percepción de nuestra existencia y la existencia de nuestra fe; también podemos, somos, acusados de perturbaciones sin cuento y de todo lo malo que, en espíritu y en conciencia, pueda suceder en el mundo: oscurantismo, tenebrismo, ir contra el “progreso”, de ser reaccionarios, etc. Y ante esto también podemos optar, como le sucedió a Jesús, por dos formas de actuar:

-Permanecemos impertérritos ante lo que nos sucede y seguimos adelante contra viento y marea: somos fieles a Dios y a nuestra fe cristiana y cumplimos con nuestra obligación de hijos del Todopoderoso que ama y tiene por buena una Tradición que se inició con su propio Hijo.

-Cedemos a las influencias malsanas del ambiente subjetivista y relativista, además de nihilista y conformista, que nos rodea y nos dejamos vencer por todas esas malformaciones del corazón. Aquello es nuestra cruz y nuestra reacción, a veces, la Pasión de Cristo: somos light, muelles, acomodados al qué dirán y políticamente correctos.

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26.07.21

Serie tradición y conservadurismo – Sobre la fe y la razón

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 Nos hacemos conservadores a medida que envejecemos, eso es cierto. Pero no nos volvemos conservadores porque hayamos descubierto tantas cosas nuevas que  eran espurias. Nos volvemos conservadores porque hemos descubierto tantas cosas viejas que eran genuinas.

G.K. Chesterton

En el albor de la creencia en Dios Único y Todopoderoso, al padre Abraham, que vivía en un mundo politeísta, le movió la fe que tuvo en Aquel que le habló sin esperarlo, le transmitió su voluntad que desconocía y le movió a iniciar un éxodo bastante peculiar por el desierto ignorando muchas realidades ante las cuales, sin embargo, no puso objeción. Por eso podemos decir que fue el primer ser humano que tuvo fe porque creyó sin ver y confió sin saber qué pero sí en Quién y, por tanto, con derecho lo llamamos Padre de nuestra fe.

La razón que hizo que aquel hombre hiciera aquello no debió estar muy alejada de la fe que lo había conquistado y fue, seguramente, la primera persona de la humanidad que comprendió que razón y fe son una realidad que, en común, hace avanzar al mundo.

Sin embargo, se suele argumentar en muchas ocasiones que una y otra, razón y fe, no pueden mantener una relación muy duradera porque resulta inexplicable, con la razón, la fe.

Ante una proposición de tal jaez, que limita una necesaria relación entre razón y fe, podemos decir que este análisis, plantear así las cosas, adolece de un error que, de raíz, falsifica el resultado de éste y lo convierte en torticero y voluntariamente equivocado.

Entre fe y razón existe algo que, en realidad, hace que una presuponga la otra.

Podemos decir que existe una sociedad entre la fe y la razón según la cual cuando a lo largo de la historia la segunda ha actuado sin el acuerdo con la primera, las más grandes aberraciones se han sucedido. Al respecto, muy conocida es aquella expresión procedente de un aguafuerte de Goya que dice “El sueño de la razón produce monstruos”. Cuánto más los sueños…

Al respecto de lo dicho arriba la razón ha de verse matizada por la fe de tal manera que sienta el fuego de purificación que la creencia supone. Así queda limpia de aquello que, como sarmiento podrido, perjudica el normal desenvolvimiento de ser humano llamado hombre.

Al contrario, cuando se ha dado un acuerdo entre fides et ratio podemos decir que no ha habido extralimitación de las posibilidades que la segunda puede llegar a alcanzar.

Ahora bien, esto último no ha sido siempre posible.

A raíz del denominado “siglo de las luces” se fue produciendo una paulatina separación entre lo que lo que no puede haber distancia. Fe y razón parecen haberse distanciado tanto que de la vieja relación entre ellas casi nada queda.

Y es que la soberbia humana puede producir efectos en el corazón del hombre que, queriendo olvidar lo que llaman “sometimiento” a la religión, desvían el correcto caminar por el mundo y, llevados por un relativismo rampante, vierten su voluntad en un hacer equivocado y todo lo que suena o pueda sonar a tradición queda relegado no ya en el vagón de la historia sino, ahora mismo, en el cajón que más escondido pueda estar del presente creyendo, además, que hacen un favor a la humanidad con actuar así cuando, en realidad, lo que se está haciendo es un daño más que grande.

A esto se le ha llamado, con acierto, “tentación racionalista” pues no es más que un intento, a veces conseguido, de evadir la influencia que la fe tiene en la razón y es, sobre todo, un actuar que se impone a fuerza de leyes y reglamentos que puestos en manos de las que lo son perversas y corruptas (moralmente hablando) sólo pueden abocar al hombre y a la sociedad de la que forma parte al abismo del que tanto habla el salmista bíblico.

¿Qué tipo de influencia es ésta?, ¿En realidad, esto tiene solución?

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19.07.21

Serie tradición y conservadurismo – Seguro que Dios tiene un plan

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 Nos hacemos conservadores a medida que envejecemos, eso es cierto. Pero no nos volvemos conservadores porque hayamos descubierto tantas cosas nuevas que  eran espurias. Nos volvemos conservadores porque hemos descubierto tantas cosas viejas que eran genuinas.

G.K. Chesterton

Qué bien me sé los pensamientos que pienso sobre vosotros-oráculo de Yahveh- pensamientos de paz, y no de desgracia, de daros un porvenir de esperanza

Jeremías, 29, 11

 

Cuando el ser humano se da cuenta, digamos que por el tiempo en el que empieza a tener uso de razón, de que no es posible que esté en el mundo por casualidad sino que debe haber algo más, Alguien más, que haya procurado que esté ahí, justo en el momento de su vida en el que se encuentra, entonces es posible que empiece a preguntarse eso tan socorrido de quién soy, qué hago aquí y, en fin, todo lo que de eso se deriva.

Es muy cierto que Dios da a sus hijos libertad, la libertad. Y la misma, como bien sabemos, puede utilizarse para lo bueno pero, también, para lo malo. Y ahí estamos, siempre lidiando con una cosa y con la otra, sin saber muchas veces las razones de nuestro apego al mal o, mejor, al Mal, con mayúsculas.

Pues bien, llega un momento en la vida del ser humano en el que las preguntas se van haciendo precisas. Ya no vale una respuesta, así, genérica, que pueda salir de la boca de un padre o de una madre o, incluso, de un amigo más avezado en pensares, digamos, más profundos. No. Entonces, queremos saber, de verdad, quiénes somos, qué hacemos aquí y en fin, todo lo de eso se deriva…

El caso es que lo que se deriva de todo eso es, nada más y nada menos, que la propia existencia del hombre o, lo que es lo mismo, su ser en acto y ya no en potencia. Hace mucho tiempo que ha venido a ser y no puede, qué menos, sino preguntarse eso y mucho más.

Aquí hay dos posiciones que suelen ser las más habituales y que son, a saber:

1. La de aquellas personas que no tienen fe y creen que están aquí, en esencia, porque sí.

2. La de aquellas personas que tienen fe y eso lo tienen más que claro, con todo lo que de eso se deriva.

Para el primer grupo de personas, nada de lo que podamos decir que tenga que ver con Dios tiene sentido para ellas. No son capaces de aceptar que hay Alguien, muy superior a sus propias vidas, que es quien todo lo ha creado y mantiene. Por eso no pueden creer que sus realidades tengan nada que ver con tal “Alguien” (al que otros llaman Dios y otros, de otras muchas formas…) y que, al fin y al cabo, ellos se las van a componer por sí solos y que, aquí paz y allí… no dirían gloria sino, más bien, lo que sea que, para tales personas, será siempre nada o, en concreto, la nada más absoluta: después de la muerte…¡se acabó!, ni hay nada ni nadie que pueda sustentar que hay algo.

Es cierto y verdad que tal forma de pensar no ha sido extraña a lo largo de la historia de la humanidad desde que la misma se dio cuenta (pongamos con Abraham) de que no andaba sola por el mundo y que había Alguien que lo estaba acompañando y que lo podía guiar porque, al parecer, sabía lo que hacía…

Esto lo decimos porque seguros estamos que siempre ha habido personas escépticas hacia la existencia misma de Dios y que, al parecer, poca importancia le daban a eso y, también, que siempre ha habido ateos… en fin, que cierto es como que al día le sigue la noche o al revés…

Entonces, para tales personas, el Plan de Dios poca importancia ha tenido, o tiene hoy día, hoy mismo, sino que se aplican el que creen que les conviene con los resultados que, a veces, podemos imaginar sin un sustento espiritual de tanta importancia como es nuestro Creador y Todopoderoso Eterno porque, al fin y al cabo, el Plan al que nos referimos no puede parecer malo y nunca lo puede ser aunque tales personas lo crean innecesario, para su desgracia.

Hay, sin embargo, muchas personas que sí creemos que existe Dios y que el mismo tiene un Plan, así con mayúsculas, para cada uno de nosotros. Y creemos que, por ejemplo, quiere

- Que cumplamos con su santa Voluntad,

- Que no procuremos el alejamiento de su corazón,

- Que estemos siempre a la realidad de ser semilla y ser sal y levadura,

- Que lo tengamos siempre en el centro de nuestra vida,

- Que miremos siempre al Cielo sabiéndolo ahí,

- Que no dilapidemos la libertad que nos ha dado,

- Que tengamos en la oración el centro de nuestra vida,

- Que no pongamos el corazón en aquello que nos sobra,

- Que atesoremos no para el mundo sino para la vida eterna,

- Que seamos, en el buen sentido de la palabra, buenos,

- Que respetemos aquello que se estableció como bueno y mejor,

- Que echemos algo más que un ojo a sus Mandamientos,

- Que tengamos en cuenta las Bienaventuranzas,

- Que hagamos de su Palabra el eje de nuestra vida,

- Que sigamos Su Luz para llegar a su definitivo Reino, llamado Cielo,

- Que…

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12.07.21

Serie tradición y conservadurismo – Relativismo

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 Nos hacemos conservadores a medida que envejecemos, eso es cierto. Pero no nos volvemos conservadores porque hayamos descubierto tantas cosas nuevas que  eran espurias. Nos volvemos conservadores porque hemos descubierto tantas cosas viejas que eran genuinas.

G.K. Chesterton

Dices que todo es más o menos lo mismo y que estás listo para cualquier compromiso.

Entonces ¿por qué ruta vas a caminar?

¿Te vas a unir a varias Iglesias?

¿Te vas a acomodar a todas las morales y vas a ajustarte a todas las conciencias?

 

Cardenal Francisco Xavier Nguyen Van Thuan

Mil y un pasos en el Camino de la Esperanza

 

Estas palabras del Cardenal Van Thuan, que partió a la Casa del Padre el 16 de septiembre de 2002, muestran bien a las claras el problema ante el que nos encontramos y que, a lo mejor, se tiene por algo de poca importancia o, en fin, algo que bien podemos obviar en pro de una vida, digamos, tranquila en el mundo y sin las persecuciones que, como sabemos, vamos a recibir pues es lo que le pasó al Maestro y, en eso, tampoco vamos a ser más que Él…

No es poca cosa, de todas formas, que quien se dice cristiano deambule de aquí para allá sin fijarse en su propia fe ni bueno puede ser que su alma se pierda con tanta facilidad por los recovecos del presente que no se dé ni cuenta.

En la Misa Pro Eligendo Pontífice, celebrada allá por el 18 de abril de 2005, como Decano del Colegio Cardenalicio, Joseph Ratzinger dijo algo que resultaría, de todo punto, importante no olvidar: “Mientras que el relativismo, es decir, dejarse ‘llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina’, parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos”.

Al parecer, estamos sometidos a tal dictadura que, además, es sostenida no sólo por personas que se dicen contrarias a la religión sino también por los mismos cristianos que, sometidos al mundo y a su mundanidad, no son capaces de obviar las llamadas de la Bestia.

Pero no sólo dijo eso el entonces cardenal Ratzinger sino que aportó, para defensa de la situación actual, una verdad bastante notable: frente a lo que el mundo entiende por medida de las cosas, “nosotros tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el verdadero hombre. Él es la medida del verdadero humanismo”. Define, además, lo que debería ser, para los cristianos, una fe “Adulta”. No es aquella que, aparentemente cumple con los preceptos establecidos en las Sagradas Escrituras pero, en verdad, no siente eso que hace porque se deja llevar por cualquier novedad o sigue “las olas de la moda”.

Bien sabemos que los valores cristianos no son volanderos ni se dejan someter a lo que, en cualquier momento, pueda entenderse por conveniente. La Fe, en esto, no es relativa sino que se asienta sobre unas bases supra humanas, divinas, de Dios, que la amparan y la constituyen como instrumento de amor y de paz.

Por eso, como cordura, prudencia y moderación podemos definir lo que el ya emérito Santo Padre denominó “medida perfecta”: supone cordura porque nos muestra el camino recto y perfecto para alcanzar la salvación eterna; es prudente porque nos indica cómo no debemos actuar, hacia qué no debemos ir y, sobre todo, por qué es necesario actuar como nos dice; y, por último, es moderada porque sólo presenta como extremo la entrega total al otro y, en último término, amor total, dar la propia vida como hizo el Maestro, Hijo de Dios y hermano nuestro.

Esa media que, al fin y al cabo, es la que Dios nos proporcionó para que fuéramos capaces de sobrellevar el andar por este mundo ha de hacernos fácil la decisión de no abandonar al Creador porque nos corresponda ser mundanos para estar a bien con el mundo que además, de ninguna de las maneras va a aceptar nuestra tibieza como algo a premiar sino, además, como síntoma de debilidad que, sin duda, sabrá aprovechar en detrimento de la fe cristiana.

Por eso, si nos dejamos llevar por lo que, de relativo, hay en la ideología básica del hoy caeremos en eso que para Luigi Giussani (fundador de Comunión y Liberación) es el mayor de los problemas. Él lo plasma perfectamente cuando dice que “El hombre como medida de todas las cosas: este es el enemigo, el único enemigo de Cristo”.

Pero, entonces, ¿Cómo nos puede servir reconocer a Cristo como la medida perfecta del humanismo?

Para nosotros ha de sernos útil en multitud de aspectos. Por ejemplo, en nuestra relación con los demás, la medida de servicio de Jesús nos ha de servir para darnos plenamente en ese valor. No sustituiremos, en eso, la voluntad de Dios, ni llenaremos el lugar que dejaría vacío su amor por otros bienes que lo sean materiales; la medida de humildad del Maestro nos ha de proporcionar instrumentos para prevenir la soberbia y otros excesos de nuestro yo; la medida de misericordia de Jesús nos ha de demostrar que la bondad ha de sobreponerse a la tentación de respuesta a la ofensa.

En esto no podremos sustituir a Dios por lo banal porque nuestra existencia depende del respeto y la confirmación de su voluntad en nuestras vidas y de la forma que tengamos de ser fieles a sus mandatos y a sus bienaventurados consejos de Padre.

El caso es que todo esto dicho hasta ahora tiene mucho que ver con los valores y principios que nosotros, cristianos que estamos en el mundo pero que sabemos no somos del mundo, debemos defender porque, de lo contrario, ya sabemos qué van a hacer con ellos: exacto, tirarlo en el cubo de la basura de la historia muy a pesar de que sepamos que los mismos no pueden morir del todo porque son defendidos por Dios y por su Hijo, Jesucristo.

El relativismo hace mucho daño. Y no lo hace porque sea, digamos, una ideología contraria a lo que se pueda defender desde un pensamiento llamado tradicional. No. No es por eso porque de ser así bien que podría terminarse con el mismo con el simple juego de las elecciones. Y bien sabemos que la cosa no va por ahí sino que se mete bien dentro.

Esto lo decimos porque es algo que acecha nuestra vida espiritual y, así, la misma material, desde nuestro propio corazón: se adentra en el mismo y lo corrompe todo: nuestra visión del mundo y, en fin, lo que acabamos llevando a cabo.

Ser relativista es, al fin y al cabo, no aceptar nada como válido, no tener valores fuertes que encaucen una vida y, sobre todo, no dar nada por verdad, ni la Verdad misma porque con eso cualquier cosa es admisible lo que termina por hacer que nada valga nada.

Aquí, con el relativismo, todo está perdido. Bueno, está perdido lo que debe ser fundamento de ser creado por Dios a su imagen y semejanza. Y ahí radica el peligro en el que podemos caer si nos sometemos, de pies a cabeza pero, sobre todo, de corazón, a esa forma de pensar que establece que tanto vale una cosa como la otra o, mejor, que tanto vale lo bueno como lo malo y que, según convenga, así debemos hacer. Y ahí nada hay seguro salvo la falta de seguridad más absoluta.

De todas formas, según son las formas del mundo, del siglo, ser relativista puede venir la mar de bien para según qué espíritus de hoy. Así, por ejemplo, se evita cualquier tipo de discusión con un contrario que, pro propia definición, deja de serlo porque nada es cierto y verdad; por ejemplo, se fomenta una paz que, en el fondo, es falsa porque puede venirse abajo en cuanto convenga que se venga abajo según las necesidades de los fuertes y, desde abajo, de la masa social llamada pueblo con ánimo manipulador.

Ser relativista, hoy día, no es algo que abunde poco. No. Al contrario es la verdad: hay superabundancia de personas que creen que lo mejor es no mojarse ni con agua y, mucho menos, en discusiones sobre valores o principios que vaya usted a saber qué valor tienen…

Al contrario debemos hacer aquellos que creemos en unos valores que tenemos por buenos y que, por tanto, son los que dirigen nuestras vidas y haciendas. Y es hacer otra cosa es hacernos un flaco favor a nosotros mismos porque no siempre se puede vivir en la ficción de que todo es importante aunque así nada lo sea y, además, fomenta eso en nosotros una inseguridad tan grande que nada bueno vamos a obtener de un ser así, de un comportarse así o de un vivir así.

Resulta, de todas formas, curioso que no debamos alejarnos, esta vez tampoco, de lo que dicen nuestras Sagradas Escrituras. Y es que ya dijo Jesucristo algo que, de ser seguido a rajatabla, haría que muchas cosas cambiasen para bien. Y es que ya sabemos que alguna predicación tuvo que decir, según veía las cosas, que donde era sí, debía seguir siendo sí y donde es no, no debía ser. Y ahí es donde radica lo que creemos aceptable.

Ahora bien, debemos saber que lo que es sí tiene que ver con nuestros valores tradicionales y una cultura que denominamos judeocristiana porque es ahí donde están nuestras raíces. Y es que de otra forma, seguro que nos equivocamos, erramos y terminamos andando por mal camino.

 

Artículo publicado en The Traditional Post. 

Eleuterio Fernández Guzmán

   

Panecillos de meditación

Llama el Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

 

Panecillo de hoy:

 

Sólo lo bien hecho ha valido y vale la pena.

 

Para leer Fe y Obras.

 

Para leer Apostolado de la Cruz y la Vida Eterna. 

5.07.21

Serie tradición y conservadurismo – ¿Por qué esta enfermedad, este ansia de poder?

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 Nos hacemos conservadores a medida que envejecemos, eso es cierto. Pero no nos volvemos conservadores porque hayamos descubierto tantas cosas nuevas que  eran espurias. Nos volvemos conservadores porque hemos descubierto tantas cosas viejas que eran genuinas.

G.K. Chesterton

George Soros quiere destruir todo en lo que creemos. Él y sus camaradas quieren: el aborto libre en todas las naciones, en todos los lugares, todo el tiempo, la obligatoriedad en todas las escuelas de la ideología de género (incluso en las escuelas cristianas), la destrucción de la familia y los valores tradicionales, y el adoctrinamiento en la ideología LGBT.”

 

Este texto es una traducción del francés de parte de un correo electrónico que, el que esto escribe, ha recibido de parte de una organización que lucha contra las imposiciones que algún individuo concreto, con nombre y apellidos y, también, muchas organizaciones propias del Nuevo Orden Mundial, pretenden llevar a cabo.

Nosotros nos preguntamos, y creemos que legítimamente, que porqué eso, que porqué tales pretensiones que nos parecen francamente enfermizas.

Antes que nada, decimos que aquí esté puesto un nombre de persona concreto no es nada baladí o de poca importancia y, tampoco, que se pretenda zaherir a tal George Soros porque le tengamos manía (que sí) sino porque siguiendo aquello que dice que “por sus actos los conoceréis”… en fin, que por ellos lo conocemos. Y su nombre está aquí puesto porque lo tiene merecido y bien merecido a lo que él respondería, seguramente, que a mucha honra (¿?)

Primero debemos referirnos a las pretensiones.

Con franqueza decimos que nos parece algo del todo absurdo que, como nos dice el texto aquí traído (y otros muchos ejemplos que podríamos poner, pero valga como ejemplo) se quiera meter baza en todo lo que en tal texto se dice. Y es verdad que no siendo muchos los puntos que se tocan no es poco decir que, por ejemplo,

- El aborto,

- La destrucción de la familia y los valores tradicionales,

- La ideología de género y, por fin,

- Obligar a aceptar las posiciones de la ideología LGBT,

es, como poco, algo preocupante.

Decimos que lo es porque lo primero afecta al sagrado derecho a la vida y, en efecto, se está cumpliendo (su extensión) palabra por palabra de lo aquí traído; lo segundo supone una perversión, muchas veces, del lenguaje y, luego, de la misma concepción de la realidad y, por último, llegar a conseguir que, se acepte o no se acepte, la ideología LGBT llegue a ser de tal forma obligatoria que ocasione la imposición de sanciones a quien no la acepte… en fin, como diría el clásico, es “demasié”, va más allá de toda pretensión lógica y supone, otro dicho popular, pasarse unos cuantos pueblos tal pensamiento.

En realidad, son tantas las acciones en defensa del aborto que no viene al caso, siquiera, citarlas aquí. Y es más que sabido que las naciones se han entregado, de hoz y coz, al mismo e, incluso, en Francia, se ha legislado para que la mujer pueda deshacerse del niño hasta antes justo del nacimiento. Y si eso no es un asesinato que venga Dios y lo vea. ¡Ah!, que ya lo ve… pues eso.

Sobre la destrucción de la familia y los valores tradicionales, sólo nos cabe decir que es algo sobre lo que inciden porque saben que es la columna vertebral del mundo que hemos construido a lo largo de los siglos, nuestra civilización judeocristiana. Y el Nuevo Orden Mundial y la Nueva Era necesitan, para cumplir sus objetivos, destruir tanto a una como a los otros.

Sobre lo otro, no es poca cosa que esté llegando a un momento (y es sólo el principio) en el que nada se pueda decir contra la imposición de la ideología de género. Y es como que si decir algo en su contra fuera algo así como un delito de lesa humanidad, algo así como ir contra la civilización. Y sí, es ir contra este tipo de civilización a la que están dando forma con ideologías como la de género y con lo otro.

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