5.06.20

J.R.R. Tolkien – Ventana a la Tierra Media – Así de simple pero real: un mundo de buenos y malos

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Aunque pueda parecer simplista o, simplemente, simple (perdóneseme la casi redundancia) el caso es que sí, en la obra que dejó publicada nuestro autor existen dos realidades más que definidas: hay buenos y hay malos. Y es cierto que esto puede parecer demasiado simple pero las cosas son como son…

Estamos más que seguros que J.R.R. Tolkien hizo eso porque quiso o, por decirlo de otra manera, quiso reflejar lo que es, así, porque es así.

Podemos decir que, actualmente, con la forma de pensar difundida por el nuevo orden mundial y la denominada Nueva Era es fácil que se diga que tal forma de plantear las cosas es, seguro, ultramontana porque, al fin al cabo, nada es malo o bueno ni bueno ni malo sino… todo lo contrario. Y creemos que nos sabemos explicar, si ustedes nos entienden…

Las cosas, de todas formas (y no sólo en la obra de nuestro profesor sino en la realidad misma) lo que aquí pasa es que la realidad es tan tozuda que no se puede, siquiera, discutir que haya buenos y malos, así, de tal forma, dichos.

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3.06.20

Beato Manuel Lozano Garrido – Amar el sufrimiento (VII) - Dejarse conducir por Dios

Presentación

Beato Manuel Lozano Garrido, beato Lolo sonriendo

Yo soy amigo de Lolo. Manuel Lozano Garrido, Beato de la Iglesia católica y periodista que vivió su fe desde un punto de vista gozoso como sólo pueden hacerlo los grandes. Y la vivió en el dolor que le infligían sus muchas dolencias físicas. Sentado en una silla de ruedas desde muy joven y ciego los últimos nueve años de su vida, simboliza, por la forma de enfrentarse a su enfermedad, lo que un cristiano, hijo de Dios que se sabe heredero de un gran Reino, puede llegar a demostrar con un ánimo como el que tuvo Lolo.

Sean, las palabras que puedan quedar aquí escritas, un pequeño y sentido homenaje a cristiano tan cabal y tan franco.

Continuamos con el traer aquí textos del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo. Lo hacemos ahora con “El sillón de ruedas”.

Amar el sufrimiento (VII) - Dejarse conducir por Dios

 

“En ese minuto me acerco a Ti, ya con un rebullir de corderillo huérfano, para que pongas en mi desarboladura la roca de tu sabiduría, la clave de tu palabra – la PALABRA -.

Y para las líneas pautadas de mi oración, para estos garrapatos de colegial, te alargo un lápiz rojo porque quiero que Tú vayas tachando y dando giro firme a mi titubeo irresponsable.” (El sillón de ruedas, p. 313)

 

Verdaderamente, para un hijo de Dios, estar a la Voluntad de su Padre del Cielo no es que sea lo más recomendable sino que es lo único que debería ocupar su corazón.

Muchas veces, sin embargo, bien sabemos que no estamos a eso sino a otras cosas que nada tienen que ver con una pretensión así.

El Beato Manuel Lozano Garrido, tiene un pensar muy distinto al de los que creen que pueden hacer, en su relación con Dios, de su capa un sayo o, vaya, lo que les viene en gana despreciando en sus vidas lo que quiere el Creador para las mismas.

Esto lo decimos porque resulta gozoso darse cuenta de que Lolo, en este texto de su Sillón de ruedas, dice lo que es, lo que cree que es al verse con relación a Dios y lo que quiere de su Padre del Cielo.

En primer lugar, es bien cierto que nosotros no somos nada, pero nada de nada, ante Quien nos ha creado. Que nos creemos otra cosa es muy cierto y verdad pero, a la hora de la verdad… nada de nada somos.

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1.06.20

Venerable Marta Robin – Voluntad de creer

Hace mucho tiempo que hemos incardinado los comentarios acerca de la obra de la Venerable Marta Robin (francesa ella, de nacimiento y de nación) en la serie sobre la oración.  Sin embargo, es de recibo reconocer que desde hace mucho tiempo, también, no trata lo que traemos aquí de oraciones, en sí mismas consideradas (algunas veces sí, claro) sino de textos espirituales que nos pueden venir muy bien, primero, para conocer lo más posible a una hermana nuestra en la fe que supo llevar una vida, sufriente, sí, pero dada a la virtud y al amor al prójimo; y, en segundo lugar, también nos vendrá más que bien a nosotros, sus hermanos en la fe que buscamos, en ejemplos como el suyo, un espejo, el rastro de Dios en una vida ejemplar que seguir.

 

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Por eso, nos vamos a acercar a su obra espiritual a través del contenido del libro “Journal. Décembre 1929, Novembre 1932) publicado en 2013 por Editions Foyer de Charité y que recoge, como su nombre indica, el contenido del Diario íntimo y personal de la Venerable Marta Robin entre las fechas que se indican en el título del mismo.

     

Voluntad de creer

 

“Con todas mis fuerzas, con toda mi voluntad, yo he deseado, yo he querido el bien, y con su gracia, he encontrado a Dios.” (Diario íntimo, 22 de enero de 1930)

 

No hay duda alguna de que, para creer, hay que querer creer. Y eso no un trabalenguas ni nada por el estilo sin la constatación de aquello que dijo Jesucristo acerca de que no entrará en el Reino de los Cielos aquel que diga “Señor, Señor” pero, en el fondo, se quede ahí y no dé el paso que hay que dar para demostrar que sí, que decir Señor, Señor es muy importante pero que también lo es cumplir lo que se dice que se sigue.

La Venerable Marta Robin, muchas veces, sostiene lo que dice con acciones y expresiones de voluntad que sabemos, a día de hoy sí lo sabemos, concuerdan a la perfección con lo que se dice creer.

Es cierto que se puede buscar a Dios de forma, digamos, “descafeinada”. Es una forma, a lo mejor, más común de lo que podamos creer porque hoy día tenemos un conocimiento más que acertado y cercano de lo que supone ser discípulo de Cristo. Por eso el “sí” se puede quedar, en el fondo, en un “ya veremos”. Y tal forma de actuar tiene poco que ver con una fe arraigada en el corazón sino más que ver con un comportamiento regular en cuanto a la fe que se dice tener.

Marta Robin, como podemos imaginar por según cómo fue en vida, no es de tal tipo de creyentes sino, justamente, del contrario: tiene fe y lo demuestra, ya para empezar con la palabra.

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31.05.20

La Palabra del Domingo - 31 de mayo de 2020

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 Jn 20, 19-23

 

“Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar  donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: ‘La paz con vosotros.’ Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: ‘La paz con vosotros. Como el Padre me envió,  también yo os envío.’ Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.’”

      

 

COMENTARIO

 

Los poderes de Dios y de Cristo

 

Para que  todo lo que hizo tuviera sentido tuvo que aparecerse, Jesús, a sus discípulos que, con miedo, estaban escondidos. 

No es de extrañar que tuvieran miedo pues sabían cómo se las podían gastar los miembros de su mismo pueblo. Estaban acostumbrados a matar a los profetas (muchas veces lo habían hecho a lo largo de su historia) y no se pararían ante nada para acabar con los seguidores de Aquel a quien habían colgado en una cruz y le habían hecho morir de muerte infamante. 

Pero Jesús sabía que debía dirigirles la palabra, la Palabra. 

Y se aparece ante ellos. El texto no dice que abrió la puerta y allí entró sino que se presentó y sí dice que las puertas estaban cerradas. 

El caso es que Jesús había alcanzado el estado de espiritualización del cuerpo resucitado y podía atravesar paredes. Por eso allí se aparece sin problema alguno de puertas cerradas ni nada por el estilo. 

Sólo así comprendieron todos los, para ellos, extraños mensajes  que habían recibido de Él y que, en su tiempo, no entendieron. 

Y se presentó ante ellos con la paz por delante, como deseándoles lo mejor, la tranquilidad del alma, la mejor forma de manifestarse, la expresión pura y simple de su ser. 

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29.05.20

J.R.R. Tolkien – Ventana a la Tierra Media – Pequeñas cosas que nos ayudan en el camino

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A lo mejor pueda parecer cosa de poca importancia. Físicamente, sí, lo es porque no es más que una tarjeta que hace las veces de carné. Y, ciertamente, no es que sea algo grandilocuente como si se tratara de una de esas tarjetas-oro que tanto aprovechan ciertos políticos para lucrarse de algo que, en realidad, no es suyo…

No. El caso es que se trata, sí, de una tarjeta (un, a modo, de eso) que sirve para identificar a los miembros de la Sociedad Tolkien Española.

Esto lo decimos porque a finales del pasado mes de febrero, el que esto escribe recibió algo muy esperado. En realidad, tenía algo similar que, a modo de “provisional”, acreditaba la pertenencia al club selecto de los que siguen más de cerca a J.R.R. Tolkien. Y lo de “selecto” no está referido a que se trate de ninguna élite o algo por el estilo sino porque ha sido seleccionado por cada cual como realidad importante de su vida…

Bueno. Sin dar más rodeos. Refiero a la recepción del carné de socio de la STE en el que consta, además, un número, el 1714 (Espero que esto no suponga alguna revelación que no debiera salir a la luz) y un nombre, el del que esto escribe, junto al seudónimo escogido, a la sazón “Erkenbrand de Edhellond” que es con el que firmo lo que aquí escribo.

El artículo de hoy lleva un título que pudiera parecer poca cosa. Y es que se trata, precisamente, de eso, de algo pequeño pero que ayuda mucho a caminar hacia las Tierras Imperecederas que son, para nosotros, el mismo Cielo, donde no hay muerte y todo es gozo y amor correspondido.

Sociedad Tolkien Española (STE) - Página web oficial de la ...

Habrá quien, no teniendo fe en el Creador, no tenga esto como cosa de importancia (lo del Cielo, queremos decir) pero, al menos, tendrá por bueno eso de las “Tierras Imperecederas” que siempre es un buen destino que anhelar y ansiar. Nosotros, de todas formas, hacemos constar la relación que, sin duda, hay entre una realidad y otra y que dejó muy bien escrita nuestro maestro, J.R.R. Tolkien.

Esto, además, viene reflejado en una frase que contiene, en su anverso, el carné referido. Y es que dice esto:

“Juntos tomaremos el camino que lleva al Oeste… y juntos encontraremos una tierra en donde los corazones tengan descanso”.

Ahí queda la cosa, por decirlo así. Y es que esto, así dicho, muestra mucho de la intención, digamos, común, de los miembros de la STE (y estamos seguros de que de todas las Sociedades Tolkien que en el mundo son y existen)

No quiero, siquiera, hacer el intento de buscar dónde está contenida esta frase (lo digo con franqueza total y absoluta), porque prefiero leerla y releerla sabiendo que tiene todo el sentido de la obra del profesor de Oxford. Y, aunque, se me pueda llamar ignorante al no caer ahora mismo dónde se encuentra eso escrito, ciertamente, prefiero entender que se refiere, ciertamente, a una meta, a un llegar, a un alcanzar.

Lo mismo que la Compañía del Anillo y, antes, los Enanos y acompañantes de Bilbo (aunque no sé si, mejor, sería al revés), en las dos obras más que identificables, no se trataba de que uno solo hiciera todo lo que tuviera que hacer, la meta de la misión, aunque cada uno hiciera lo que tuviera que hacer…

El caso es que, como decimos, no se trata de eso sino que, juntos, así, en compañía y cercanía, se cumpla una determinada misión que, al fin y al cabo, beneficie a grupos mucho mayores que los que tratan de llevarla a cabo. Y lo que se nos dice en el supracitado anverso es que, sí, vamos juntos al Oeste, tierras que, por Imperecederas, han de ser el sueño de todo aquel que muere, que tiene, por decirlo así, sus días contados.

Al fin y al cabo, lo que ansiamos es la pervivencia de lo que somos y, por eso, la verdad intrínseca que forma y constituye la obra de Tolkien padre, tiene todo que ver con tal anhelo que, sí, ahí cumplen aquellos que parten de los Puertos hacia aquel mundo anhelado y, como sabemos, nos dejan el corazón encogido porque es cierto y verdad que nunca más sabremos de ellos o, mejor, no sabremos más de ellos sino que habrán mejorado mucho y más que mucho su realidad. Y nos quedamos lo mismo que se quedaron Sam y sus amigos: diciendo adiós, y ¡Eru quiera!, hasta pronto.

Y todo esto en la pequeña superficie de algo que acredita lo que, en el fondo, queremos ser: discípulos del maestro.

 

 

Eleuterio Fernández Guzmán Erkenbrand de Edhellond

 

Panecillos de meditación

Llama el Beato Manuel Lozano GarridoLolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

Panecillo de hoy:

Hay mundos que, sin duda alguna, nos llevan más lejos del que vivimos, nos movemos y existimos.

…………………………….
Para leer Fe y Obras.

Para leer Apostolado de la Cruz y la Vida Eterna.

27.05.20

Un amigo de Lolo - “Lolo, libro a libro” - Amar el sufrimiento (VI)

Presentación

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Yo soy amigo de Lolo. Manuel Lozano Garrido, Beato de la Iglesia católica y periodista que vivió su fe desde un punto de vista gozoso como sólo pueden hacerlo los grandes. Y la vivió en el dolor que le infligían sus muchas dolencias físicas. Sentado en una silla de ruedas desde muy joven y ciego los últimos nueve años de su vida, simboliza, por la forma de enfrentarse a su enfermedad, lo que un cristiano, hijo de Dios que se sabe heredero de un gran Reino, puede llegar a demostrar con un ánimo como el que tuvo Lolo.

Sean, las palabras que puedan quedar aquí escritas, un pequeño y sentido homenaje a cristiano tan cabal y tan franco.

Continuamos con el traer aquí textos del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo. Lo hacemos ahora con “El sillón de ruedas”.

Amar el sufrimiento (VI)

 

“Me acuso, Señor, de mi revuelo satánico por ser como Tú, de haber parodiado tu fiebre y tu pulso de artífice queriendo amasar solo a mi barro y luego insuflarle una mística pura de lágrimas y sangre.” (El sillón de ruedas, p. 312)

 

Sabemos que, en materia de fe católica, cuando una persona “se confiese” lo hace porque sabe que ha cometido alguna tropelía en materia pecaminosa y, en fin, quiere remediar tal situación diciendo que, en efecto, ha pecado. Y, en este sentido, se está acusando de algo que ha hecho o, en su defecto, que no ha hecho.

El Beato Manuel Lozano Garrido, muy a pesar de lo que pudiéramos considerar sobre, en vida, su fama de santidad y, luego, con la santidad efectiva y real, también se acusa. Y lo hace ante Dios, ni más ni menos.

Cuando el Beato de Linares (Jaén, España) hace eso es porque está muy seguro de lo que dice y no quiere hacer ningún tipo de presentación falsa de lo que le pasa, de qué es lo que pasa por su corazón de hijo de Dios. No. Si lo dice es porque es cierto y verdad y, además, nos puede venir la mar de bien porque podemos, digamos, “aprovecharnos”, aquí también, de Lolo…

Pues bien, ¿qué es lo que nos dice nuestro hermano en la fe?

Es cierto que si nos queremos comparar con el Hijo de Dios tenemos todas las de perder porque ya sabemos las diferencias que hay entre nosotros y Él. Pero, a veces, es posible que queramos hacerlo estando lo mejor de parte de aquel que se dé cuenta de tamaña barbaridad espiritual.

Manuel Lozano Garrido se acusa. Y lo hace sabiendo que en eso ha tenido que ver mucho el Príncipe de este mundo. Al menos, cree Lolo que ve en su ser, en su actuación, que algo ha tenido que ver el Maligno. Y es que no puede ser otra cosa cuando se hace de forma que, según nos dice Lolo, se ha pretendido ser como Jesucristo.

Nosotros sabemos que Manuel Lozano Garrido sufrió mucho en vida. Físicamente pasó unos años, bastantes, de médico en médico, de transfusión sanguínea en transfusión sanguínea o, por decirlo pronto, postrado en un sillón de ruedas, ora ahí, ora en una cama. Y con eso queremos decir que, en cierta manera, sufrió mucho. Y por eso, a lo mejor, cree que quiso emular el sufrimiento de Jesucristo.

En lo más profundo de la intimidad de un ser, decir algo así supone que se ha dado cuenta de hasta dónde ha podido llegar su situación espiritual: hermano de Cristo, sufridor como Cristo, ser igual a Cristo… Es, sin duda, una pretensión elevada a la que, por cierto, sólo pueden llegar aquellos discípulos del Maestro que quieren ser, al menos, igual al Maestro y no ponerse por encima del mismo. Y nosotros creemos que Lolo lo que hace es eso.

Y ahí, precisamente ahí es donde radica la humildad de nuestro hermano. Y es que, siguiendo las propias palabras de Cristo, el discípulo no puede ser más que el Maestro pero, pensamos, puede ser igual (entiéndase esto, por favor) al mismo. Pero Lolo ni siquiera quiere que se piensa que él, un habitante de una ciudad española no demasiado grande, en el mapa del mundo una entre muchas miles de ellas, puede ser igual a su Maestro. Y se siente mal por eso… por no querer, si quiere pensar (por haberlo hecho, en todo caso) que eso podía ser posible.

El Beato Manuel Lozano Garrido, a la sazón Lolo, nos enseña que, incluso pudiendo estar, digamos, a nivel de sufrimiento de Cristo resulta cierto y verdad que no debemos ponernos a la altura (aún pudiendo) de Quien nos/le amó hasta el extremo… al menos por humildad de verdad.

 

Eleuterio Fernández Guzmán

Panecillos de meditación

 

Llama el Beato Manuel Lozano GarridoLolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

Panecillo de hoy:

Saber sufrir, espiritualmente hablando, es un verdadero tesoro.

Para leer Fe y Obras.

Para leer Apostolado de la Cruz y la Vida Eterna.

25.05.20

Venerable Marta Robin – Una dignidad así

Hace mucho tiempo que hemos incardinado los comentarios acerca de la obra de la Venerable Marta Robin (francesa ella, de nacimiento y de nación) en la serie sobre la oración.  Sin embargo, es de recibo reconocer que desde hace mucho tiempo, también, no trata lo que traemos aquí de oraciones, en sí mismas consideradas (algunas veces sí, claro) sino de textos espirituales que nos pueden venir muy bien, primero, para conocer lo más posible a una hermana nuestra en la fe que supo llevar una vida, sufriente, sí, pero dada a la virtud y al amor al prójimo; y, en segundo lugar, también nos vendrá más que bien a nosotros, sus hermanos en la fe que buscamos, en ejemplos como el suyo, un espejo, el rastro de Dios en una vida ejemplar que seguir.

 

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Por eso, nos vamos a acercar a su obra espiritual a través del contenido del libro “Journal. Décembre 1929, Novembre 1932) publicado en 2013 por Editions Foyer de Charité y que recoge, como su nombre indica, el contenido del Diario íntimo y personal de la Venerable Marta Robin entre las fechas que se indican en el título del mismo.

     

Una dignidad así

 

 “¡Ser digno! ¡Ser digno! ¡Digno de Jesús y de María! ¡Ser digno del Amor! (Diario íntimo, 17 de febrero de 1930)

Cualquiera que lea esto sabe más que bien lo que le sucedió a Cefas, conocido mejor como Pedro, el día o, mejor, la noche de la Última Cena.

Queremos decir que el bueno hombre, de forma arrojada y, al parecer, imprudente, le confesó a Jesucristo, su Maestro, que sería capaz no ya de seguirle, digamos, de ordinario sino, incluso, de dar la vida por Él.

También sabemos lo que le dijo entonces su Maestro: lo iba a negar, no una vez sino hasta tres veces mucho antes de lo que creía Pedro. Y merecimientos, así y de tal forma, pocos o más que pocos

Con esto queremos decir que una cosa es sostener lo que se quiera sostener ante quien sea o ante Quien sea y otra, muy distinta, lo que llevaremos a cabo, a la hora de la verdad. Y es que a veces, el listón de la dignidad lo ponemos demasiado alto, como le pasó a Cefas y, claro, así no llegamos a la misma…

La Venerable Marta Robin lo tiene más que claro y sabe muy bien hasta dónde se ha de ser digno.

Podemos decir que, a este respecto, el de ser digno, lo mejor es serlo lo mejor posible aunque, es cierto, también sabemos que no siempre somos capaces de ser dignos. Sin embargo, nos ha de venir la mar de bien saber sobre qué debe asentarse nuestra dignidad como hijos de Dios.

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24.05.20

La Palabra del Domingo - 24 de mayo de 2020

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  Jn 14, 1-12

 

“1 ‘No se turbe vuestro corazón.  Creéis en Dios: creed también en mí.   2 En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho;  porque voy a prepararos un lugar. 3 Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. 4Y adonde yo voy sabéis el camino.’ 5 Le dice Tomás: ‘Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’ 6 Le dice Jesús: ‘Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.  Nadie va al Padre sino por mí. 7      Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto.’  8 Le dice Felipe: ‘Señor, muéstranos al Padre y nos basta.’ 9 Le dice Jesús: ‘¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? 10 ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras.  11 Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí.  Al menos, creedlo por las obras.  12 En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún,  porque yo voy al Padre.’”

         

COMENTARIO

 

Permanecer en Cristo

 

Una vez diría Jesús que quien tuviera fe podría hasta mover una montaña del sitio donde estaba y ordenarle que se echara en el mar. Sin duda lo decía porque sabía que muchos de los que le escuchaban no tenían mucha. Y por eso termina el texto del evangelio de san Juan diciendo que quien crea en Él hará, nada más y nada menos, que las obras que Él hace. 

Pues bien, es bien cierto eso. Sin embargo, Jesús no se vino abajo al respecto de lo que había venido a hacer al mundo, la misión que Dios le había encomendado y que debía cumplir le pesase a quien le pesase. 

Jesús tiene que decir, por activa y por pasiva, que va a morir. Lo dice, muchas veces, de forma muy poética pero sin desconocer lo que eso significa. Pero trata de que, aquellos que lo escuchan, comprendan lo que eso quiere decir. 

Dice el Hijo de Dios muchas cosas importantes en esta conversación con aquellos que le escuchan y, por eso, con nosotros mismos pues ya sabemos que la Palabra de Dios no tiene tiempo y vale y valdrá. 

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22.05.20

J.R.R. Tolkien – Ventana a la Tierra Media – En el principio era El Silmarillion…

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El que esto escribe leyó una vez (siento no saber dónde) que alguien, cuando en su día, ante la lectura de la obra de J.R.R. Tolkien dijo algo así como “Total, empieza como la Biblia…”.

Esto quería decir o, pensamos, quería decir quien eso dijo, que se trataba de una obra que no tenía nada original porque daba comienzo como lo hacía una obra espiritual tan conocida como la Sagrada Escritura; luego, seguramente se pensaba que no se trataba más que de una copia de esta…

En fin… casi estamos seguros de que aquella persona, la que leyó aquello y dijo eso, no siguió mucho más adelante de aquella expresión que dice eso de “En el principio era Eru”, que tanto tiene que ver con “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis, 1,1)

Decimos, antes de seguir, que este artículo no tiene que ver con el sentido religioso que tiene la total obra del profesor de Oxford (para eso ya habrá otro momento) sino con el ir al principio de todo, a la obra para la que tantos años, y durante tantos años, trabajó Tolkien padre y que fuera terminada por Tolkien hijo, a la sazón Christopher, fallecido el 16 de enero pasado y, creemos, ya en las Tierras Imperecederas.

Pues bien, sí, El Silmarillion fue, era, el principio de todo. Y lo era porque eso era lo que quería su autor. Sin embargo, bien sabemos las vicisitudes que tuvo tal obra, el papel que jugó un personaje que vivía en un agujero (y no un agujero cualquiera…) y, en fin, la continuación de toda aquella inesperada aventura que no fue, sino, otra cosa que El Señor de los Anillos.

Pero, por decirlo pronto, El Silmarillion es la fuente de todo lo que vino después. Y, como tal, a la misma debemos acudir para mitigar una sed que, muchas veces, parece insaciable. Y eso porque en el origen de todo está, claro, el mismo todo y a él nos debemos…

Que Tolkien hijo hiciera lo que hizo con El Silmarillion es muy de agradecer. Y es que podemos imaginar que él supiera todo lo que su padre había escrito y sufrido con la obra que tantos años atrás había querido publicar pero que no fue capaz de ser entendida por aquellos a los que había sido destinada su lectura por si acaso era de su interés darla a la luz pública. Seguramente, aún no estaban preparados para eso…

Ciertamente, quien ha leído a J.R.R. Tolkien sabe más que bien que debe estar agradecido y mucho más al contenido íntegro de El Silmarillion. Por eso estamos seguros de que se vuelve, de vez en cuando, a su lectura. Y se vuelve porque es inagotable el filón de oro que contienen tales páginas. Y sí, nunca cansa releer una u otra vez lo que les pasa a los personajes allí reflejados, en aquellos Días Antiguos origen, por eso mismo, de los nuevos o por venir…

Ya en otro artículo dijimos algo sobre lo que representan los títulos, precisamente de esta obra, en el comprender la de Ronald Reuel. Y es que son, por lo maravilloso de los mismos, un punto sobre los que apoyarse o, mejor, un escabel desde donde poder ver (en la altura de este) las tierras remotas y, a la vez, cercanas, de la Tierra Media.

De todas formas, aquí no se trata de eso (sería redundancia, claro está) sino de conocer y, así, reconocer, que en los mismos se encierra (y no para que nadie lo sepa sino, justamente, para lo contrario) toda la esencia de lo que iba a venir luego, de una obra magnífica y maravillosa que tiene sus raíces en los acontecimientos de aquella Primera Edad de las criaturas subcreadas, en el Principio de todo.

Sí, antes de todo lo que iba a venir Eru creó, a través de la subcreación, un mundo, el mundo. Y a través de la música de unos sorprendidos Ainur todo lo que debía ser… fue.

Y así se van sucediendo los acontecimientos. Y se nos habla de los Valar y de los Maiar, de aquellos que habían sido creados por Eru/Ilúvatar y por su poderosa voluntad. Y quiénes eran, y lo que hacían, pensaban y anhelaban y, en fin, de lo que quisieron y no pudieron alcanzar, de sus sueños como entes muy poderosos…

Es cierto y verdad que es Christopher Tolkien quien, digamos, da forma a El Silmarillion para que el mismo pueda tener sentido porque, como sabemos, no se trata de una obra, así, escrita página tras página hasta terminarla como luego sería El Hobbit o El Señor de los Anillos. No. Estamos ante una serie de narraciones, digamos leyendas que, ordenadas de determinada forma, hacen legible lo que podría haber sido un batiburrillo de palabras del que poco podíamos haber sacado de bueno (y eso es lo que pensó quien, en un primer momento, leyó aquellas primeras páginas dispersas…) Y es que sí, una a una, las leyendas que contiene El Silmarillion son a cual mejores pero unidas, de la forma definitiva y actual, tienen un sabor a victoria para el ya fallecido J.R.R. Tolkien: ¡Por fin su tan querida obra veía la luz!

Podemos decir, al menos es nuestra humilde opinión, que todo El Silmarillion, desde “Ainundalë” hasta “De los anillos de poder y la Tercera Edad”, es un manantial de gozo y que, aunque pudiera parecer no siempre accesible su lectura para algún lector ávido de aventuras sin el debido descanso (y creo que nos explicamos al decir esto) no es poco cierto que el resultado final de una obra tan total como es esta de J.R.R. Tolkien es muy de agradecer, primero (claro está) a quien la acunó en su corazón, reflejó en los más diversos papeles y, luego, dejó para que otra mano terminara de finiquitar el texto, es tan bueno y mejor que sólo podemos admirar el final resultado de unas aventuras a veces inesperadas, otras más que de esperar y, en fin, algunas de ellas fuente de lo que debía venir… y vino.

Estamos, a este respecto, más que seguros que El Silmarillion será la obra preferida de muchos lectores de J.R.R. Tolkien. Pero no ha de ser porque se desprecie el resto de lo escrito por el maestro sino que ha de ser, por fuerza ha de ser, por saber que todo, todo en este mundo y en el escrito, tiene un origen y despreciarlo es hacer un flaco favor a lo que de él se deriva. Sería, por decirlo así, como dejar de reconocer al alma que, al fin y al cabo, dio salida a la destrucción del Anillo Único en el Monte del Destino, si ustedes nos entienden.

Era, aquel, el Principio, y muchos no lo vieron…

 

 

Eleuterio Fernández Guzmán Erkenbrand de Edhellond

 

Panecillos de meditación

Llama el Beato Manuel Lozano GarridoLolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

Panecillo de hoy:

Hay mundos que, sin duda alguna, nos llevan más lejos del que vivimos, nos movemos y existimos.

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Para leer Fe y Obras.

Para leer Apostolado de la Cruz y la Vida Eterna.

20.05.20

Un amigo de Lolo - “Lolo, libro a libro” - Amar el sufrimiento (V) - Ansia de los mejores

Presentación

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Yo soy amigo de Lolo. Manuel Lozano Garrido, Beato de la Iglesia católica y periodista vivió su fe desde un punto de vista gozoso como sólo pueden hacerlo los grandes. Y la vivió en el dolor que le infligían sus muchas dolencias físicas. Sentado en una silla de ruedas desde muy joven y ciego los últimos nueve años de su vida, simboliza, por la forma de enfrentarse a su enfermedad, lo que un cristiano, hijo de Dios que se sabe heredero de un gran Reino, puede llegar a demostrar con un ánimo como el que tuvo Lolo.

Sean, las palabras que puedan quedar aquí escritas, un pequeño y sentido homenaje a cristiano tan cabal y tan franco.

Continuamos con el traer aquí textos del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo. Lo hacemos ahora con “El sillón de ruedas”.

Amar el sufrimiento (V) - Ansia de los mejores

 

“Si no profanara la huella de lo santo, te recordaría mi envidia de tus hombres predilectos, los que besaban la úlcera, se revolvían en el espino y alzaban la hermosa demencia de la Cruz. De Juan de Fontiveros me atrajo ese instinto que absorbía la crucifixión como la llama el pabilo; de Teresa, su martirio de deseo; del “Poverello”, la santa fraternidad de la muerte” (El sillón de ruedas, p. 312)

 

Nunca deberíamos olvidar que nosotros, los católicos tenemos una huella formada a lo largo de la historia de la salvación que corresponde, exactamente, al tiempo primero de la misma cuando Dios hizo un pacto nuevo con el hombre a través de su Hijo, Jesucristo.

Queremos decir que sí, que no estamos solos en esto de la fe y que, como decimos, a lo largo de los siglos desde entonces, muchos de los nuestros lo han dado todo por su fe católica. Y, con el paso del tiempo, según ha correspondido en cada caso, han ido subiendo a los altares porque se les ha reconocido, digamos, una dedicación más que especial a Dios y sus cosas del alma.

Nosotros, a tales hermanos en la fe, los llamamos santos y, además de reconocer que muchos otros lo han sido y habitan el Cielo sin el reconocimiento correspondiente pero, al fin y al cabo lo habitan, es cierto y verdad que nos viene la mar de bien, para nuestra alma, que haya, eso, santos que lo han sido y lo serán para siempre.

Pues bien, el Beato Manuel Lozano Garrido que, como es lógico, reconoce la tal existencia y a ella se acoge, lo dice con una claridad que no deja duda alguna para el dudoso que quiera serlo: la huella de lo santo puede ser profanada. Sin embargo, tal como él lo dice, más bien queda manifiesta su admiración por “algunos” de los santos que menciona. Y es que cada uno de ellos tiene su “aquel”, su especial forma de manifestar lo que es.

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