InfoCatólica / Eleuterio Fernández Guzmán / Categoría: Ventana a la Tierra Media – La Comarca de Tolkien

15.04.21

J.R.R. Tolkien - Ventana a la Tierra Media - La Tierra cuando fue Media

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¿Y si todo esto ocurrió y ahora estamos viviendo en la Cuarta Edad, la de los hombres? 

Bien sabemos que a lo largo de toda la historia de la Tierra Media se producen fenómenos físicos que modifican la forma de la superficie, digamos, pisable y, claro, por lo mismo, la que es navegable. Pues lo mismo pudo haber pasado para que la corteza terrestre, de la Tierra, sea como es ahora desde ¿hace cuánto tiempo? 

Es decir, las cosas, ahora, son como son pero queremos pensar que fueron como fueron… al estilo de J.R.R. Tolkien. 

Por eso, 

Cuando la Tierra era Media, hubo músicas que formaron lo que existiría, 

Cuando la Tierra era Media había seres que ni podemos imaginar ni debemos imaginar porque los describe nuestro profesor preferido, 

Cuando la Tierra era Media prevalecía el Bien sobre Mal aunque el Mal muchas veces sometiese al Bien a su bota sangrienta, 

Cuando la Tierra era Media hubo quien supo escoger el buen camino y hasta dio su vida en el mismo, 

Cuando la Tierra era Media crecieron pueblos que fueron libres mientras que había quien se sometía al Mal por promesas nunca cumplidas, 

Cuando la Tierra era Media hubo razas que lucharon juntas a pesar de sus propios pesares y pasados, 

Cuando la Tierra era Media hubo quien supo hacer valer una serie de valores que luego desaparecieron, 

Cuando la Tierra era Media siempre se supo Quién había creado todo y a Quien se debía todo, 

Cuando la Tierra era Media, la tiniebla quiso prevalecer pero no pudo, 

Cuando la Tierra era Media, la palabra dada aún se cumplía, 

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8.04.21

J.R.R. Tolkien - Entre Bloemfontein y Bournemouth- Capítulo 11 y último– La jubilación de un genio

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Como es de imaginar, en determinado momento de la vida laboral de una persona llega aquel en el que, por prescripción de la ley, se pasa a la vida que se suele llamar tranquila por no tener que enfrentarse, día a día, con el ordinario bullir de la actividad de la que se formaba parte. Y eso también le pasó a J.R.R.Tolkien, pues una cosa es la eternidad a la que llegó su obra escrita y otra, muy distinta, el simple devenir de un ser humano en la existencia que le ha tocado vivir limitada en años, en cuanto a su propia vida y, más aún, en cuanto a su experiencia laboral. 

Podemos decir que no es que nuestro autor llevara poco tiempo desempeñando su trabajo. Y es que cuando llegó el año 1959, momento el que se jubila Tolkien padre había estado 40 años sometido a horarios académicos, exámenes (propios y de otros) y, en fin, a toda la presión que supone tener una dedicación, además, como él la tenía que no era, precisamente, menor ni de poca importancia sino, al contrario, lo más que podía y lo más atenta que le daba su especial carácter. 

Por tanto, ahí tenemos jubilado al profesor, con 67 años, y sometido a la totalidad de realidades que supone tal momento en la vida de una persona. 

Aunque el que esto escribe no ha llegado a tal momento, es bien cierto que son bien conocidas las circunstancias en las que se encuentra una persona que deja de trabajar y, más aún, si ha sido durante muchos años y en el mismo ámbito laboral. Es decir, que mucho iba a perder este buen hombre. 

Estamos más que seguros que, siendo Tolkien como era, no le fue fácil ver la nueva vida que ante sí se presentaba como algo agradable. Y es que debía adaptarse a lo que había sido su existencia en la gran mayoría de sus años de vida y eso, se diga lo que se diga, no puede ser fácil. 

Su esposa, Edith, por aquel entonces, se encuentra delicada de salud pues padece artritis y eso, como es de espera, hace difícil la simple movilidad de su Lúthien. Además, es lógico que un profesor como había sido J.R.R. Tolkien, con una obra escrita ya consolidada (¡por fin consolidada!) y conocido como una verdadero genio del género fantástico (en todos los sentidos esto) no iba a dejar de recibir de repente todo tipo de invitaciones a eventos, reuniones de aquello a lo que pertenecía y, en fin, todo tipo de reclamaciones que con gusto hubiera atendido pero, seguramente y con acierto, consideraba mejor estar al lado de Edith y atenderla lo mejor posible. Además, vivían a 3 kilómetros del centro de Oxford y eso, ahora, no facilitaba nada las cosas. 

Ahí tenemos a John, sin nada laboral que hacer y aislado, casi, del mundo. Y, por tanto, no nos extraña que por mucho empeño que pusiese en la cosa, El Silmarillion, aquel principio de todo, no podía ser acabado y eso debía dolerme mucho al subcreador de todo un mundo. Sin embargo, para él, la prioridad era su esposa y eso no se lo podemos echar en cara nada de nada… 

Como antes hemos dicho, todo se le junta al bueno de Tolkien: ser reclamado por muchos que lo requerían para que hablase, explicase, diese conferencias o, en fin, todo aquello de lo que aún era capaz; seguramente, seguir recibiendo muchas visitas en su domicilio de Oxford y la situación de Edith. Y deciden cambiar de residencia a un lugar más tranquilo donde ver pasar el tiempo que les quedase de vida a los dos.

Playa de Bournemouth – Bournemouth – atracciones turísticas, Tropter.com

Es Bournemouth el lugar escogido para eso. En la costa inglesa donde las personas que allí viven son, en una mayoría, de edad avanzada y que han pensado en tal lugar para vivir tranquilos después de una vida entregada al trabajo. Vamos, un lugar para descansar de verdad. 

Lo que aquí pasa no es que hayan escogido tal lugar, digamos, por casualidad ni nada por el estilo sino porque muchas otras veces han ido allí para pasar unas vacaciones en el mar y, además, su esposa Edith (siempre poco relacionada con el personal académico de Oxford) con el tiempo fue haciendo amigos en tal pueblo. La decisión, por tanto, era la lógica y normal. 

No resulta, por eso, nada extraño que tanto uno como otra estén de lo más contentos pues, por una parte, Edith puede hacer, por fin, vida social y Tolkien se aleja un poco del, sí, querido pero bullicioso y, al fin y al cabo, pesado mundo de Oxford. Y es que por entonces, 1968 nuestro autor está muy cerca de los 80 años que es una edad en la que se busca, mejor, la tranquilidad y el sosiego… Además, quizá sería entonces el momento perfecto para terminar El Silmarillion y darle un resultado final adecuado. 

Pero pasó lo que, por ley de vida, debía pasar y el 29 de noviembre de 1971 fallece su esposa Edith aquejada por una dolorosa enfermedad. Y Tolkien, incluso siendo más mayor que cuando llegó a la costa, regresa a Oxford donde, entonces sí, puede acudir a eventos y cenas en el ámbito universitario y, ahora sí también, siendo un hombre con “posibles” económicos y no cuando debía corregir exámenes ajenos para poder sacar a su familia adelante… 

No es poco decir que Tolkien se dedica a lo que más le gusta: visita a sus hijos y a su hermano, Hilary, y se encuentra, suponemos que muchas veces, con Christopher Wiseman, que era miembro de aquel T.C.B.S. que fue truncado por la Primera Guerra Mundial por la muerte de alguno de sus miembros. 

Viendo que ya no podía terminar El Silmarillion encomienda a su hijo Christopher que se encargue de hilvanar aquellas historias que podían parecer hijas, cada una, de un padre y una madre y que le diera forma definitiva. Y, como sabemos, acabó haciéndolo unos años después. 

Y ya, otro mes de noviembre como el mismo en el que el Creador se llevó a Edith, pero de 1973, menos de dos años después de que perdiera a su Lúthien, aquel hombre que había sido capaz de sobreponerse a todos los obstáculos que se le presentaron en su vida de escritor y aquel hombre que supo hacer aparecer un mundo donde no lo había y, en fin, aquel hombre que ha pasado a la historia de la literatura como un verdadero genio, se fue, en silencio. Era, entonces, un 2 de septiembre (1). Y se cerró, para él, la ventana desde la que podía ver la Tierra Media y, para nosotros, se abrió. Así son las cosas.

    

(1) Tengo que reconocer que a la hora de poner la fecha de fallecimiento de J.R.R. Tolkien tuve un terrible fallo y escribí que había fallecido el 2 de noviembre. Dos amables lectores me han hecho saber tal circunstancia y, raudo, he cambiado la fecha. Sin embargo, no queriendo que pase por verdad lo que no era (mi equivocación) reconozco que no sé la razón de tal error aunque me gusta creer que fue para darle dos meses más de vida a nuestro Maestro aunque también se podría decir que eso son, como dice el dicho, “excusas de mal pagador". En fin… ¡cosas que pasan!

Eleuterio Fernández Guzmán- Erkenbrand de Edhellond

25.03.21

J.R.R. Tolkien – Seguir leyendo a Tolkien

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Día Internacional de leer a Tolkien”, 25 de marzo. 

Dicho así da la impresión  de que sí , de que es un día importante del año para los lectores de Tolkien pero que el resto de días, algo así, como que no tuviera importancia seguir leyendo a nuestro autor. 

En realidad, hacer eso, leer a Tolkien, padre (pues lo de Christopher es otra cosa) supone ir más allá de nuestro acá y aparecer, por arte de birlibirloque, donde quiso el autor de ya sabemos qué obras que apareciesen sus personajes o, lo que es lo mismo, en la Tierra Media. 

Esto que decimos no es nada extraño ni es que estemos sometidos al efecto de haber bebido unas pintas de hidromiel (más de la cuenta) sino que es, francamente, lo que muchos lectores del profesor de Oxford (y de otros sitios más) quisieran. 

Y podemos hacer un ejercicio, sí, de imaginación pues aquí, en esto de las palabras escritas por John todo es, eso, imaginación y sólo estaremos haciendo lo que muchas veces hemos hecho pues Dios nos da la posibilidad de ejercitar eso que tantas veces nos saca el aburrimiento y/o el tedio. 

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18.03.21

Tolkien y San José, como tema, es posible

Sí, es cierto que es mañana cuando celebramos el día de San José. También es cierto que el artículo que publicamos el jueves es el que corresponde a la serie que llamamos “Ventana a la Tierra Media” y que, claro, tiene que ver con J.R.R. Tolkien. Por tanto, ¿nos hemos equivocado o algo así? 

La verdad es que, en un principio, el que esto escribe tenía la intención de no publicar artículo alguno sobre la serie Ventana a la Tierra Media porque cuando es un día especialmente señalado desde el punto de vista espiritual católico como es el caso (el de San José) el artículo de tal día se dedica al que sea el mismo. Por eso tenía intención de publicar mañana viernes y dedicarlo al padre adoptivo del Hijo de Dios, a aquel que aceptó el mensaje del Todopoderoso y tomó a María como esposa a pesar de sus iniciales dudas que es lo mismo que decir que acabó prevaleciendo en su vida la fe sobre cualquier otro tipo de consideración, digamos, más personal o egoísta… O sea, para acabar pronto, a San José, de la tribu de David. 

Sin embargo (sin duda aquí tiene que ver un sin embargo para que esto tenga algo de sentido) nos hemos dado cuenta de que podemos hacer las dos cosas en una o, lo que es lo mismo, escribir sobre Tolkien padre y sobre San José, también padre, de una tacada que es como decir que podíamos matar, con perdón, dos pájaros de un tiro aunque mejor sería decir, si hablamos de pájaros, que sean aves del Paraíso, así con mayúscula, pues a ambos los consideramos aptos para gozar de lo mejor que Dios sea capaz de hacer que es el Cielo. 

Bueno. Pues sí, que creemos que lo mejor es tratar ambas personalidades (decir personajes a lo mejor quedaría demasiado frívolo) espirituales a la vez y en el mismo sitio pues son, aunque pudiera no parecerlo, más que parecidas… y creemos, de verdad, que merecen atención especial por lo que fueron ambos que no es otra cosa que padres pero cada uno según y cómo… Y si somos capaces de hacerlo aquí, en este artículo, y ahora, creeremos, sin duda y como siempre, en los milagros aunque sean pequeños… como éste. 

En efecto, San José y Tolkien, ambos, fueron padres y ejercieron un tan digno papel de una forma más que provechosa para todo aquel que los conozca. 

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11.03.21

J.R.R. Tolkien - Entre Bloemfontein y Bournemouth- Capítulo 10 – La segunda parte de El Hobbit

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Podemos imaginar al autor de El Hobbit la mar de feliz y gozoso de ver que su obra, aquella que había nacido sin saber exactamente las razones por las que le apareció aquel “en un agujero…”, estaba teniendo un notable éxito por mucho que sus colegas de profesión (a lo mejor algo envidiosillos o algo así) no tuvieran muy claro si aquello había surgido fruto de las subvenciones que recibía su autor para trabajar o qué… 

De todas formas, había alguien que, sin duda, se frotaba, legítimamente, las manos y se tentaba el bolsillo y no era otra persona que su editor, Unwin. Y es que aquella obra, que parecía en principio para niños según el leal saber y entender de su “consejero”, Rayner (su propio hijo) y que, tras leer aquella obra, recomendó, digamos, su publicación, se vendía como (haciendo uso de pitanza propia de aquella isla inglesa) fish and chips por no decir eso de “como churros” que no viene demasiado bien al lugar donde todo eso se produjo… 

Y bien, después de esta pequeña broma, digamos que sí, que aquel hombre, editor de renombre, se dio cuenta de que lo que quería el público lector era más aventuras de los Hobbits, aquellos medianos que vivían en agujeros que no eran unos agujeros cualquiera. Y así se lo pidió al profesor que tanto tino había tenido con aquellas que lo habían sido de Bilbo Bolsón, los enanos y el Smaug, el dragón acaparador y, ciertamente, avaricioso, de oro que, por otra parte, ya me dirán ustedes para qué quería aquel extraño botín un ser como aquel. Y es que estamos más que seguros que le debieron llegar muchas cartas (entonces aún se escribían cartas) diciéndole eso, que ellos lo que querían era saber más cosas de los Hobbits y, si era posible, que batallaran más o caminaran más por la Tierra Media

EL HOBBIT - J.R.R. TOLKIEN | Alibrate

Sin embargo, estaba más que claro que eso no lo podía hacer su autor. Bueno, no lo podía hacer, así, como si nada, porque, primero, no debió pensar que aquello pudiera tener, digamos, una continuación y, por eso mismo, termina El Hobbit como termina que es lo mismo que decir, por ejemplo, “hasta aquí llegó la historia”. Y tuvo que discurrir otra cosa que, por cierto, le llevaría unos cuantos años producir, digamos, parir, si ustedes nos entienden, con un parto con no poco dolor y sufrimiento… 

Esto lo decimos porque cuando, al final de El Hobbit están hablando Bilbo y Gandalf, a uno se le pasan por la cabeza dos cosas:  

1. Le gustaría que acabara la conversación o, al menos, que siguiera

-”¡Gracias al cielo! -dijo Bilbo riendo, y le pasó el pote de tabaco-”  

Y así, pues, termina esta obra y algo debería decirnos el que se titule, tal parte, “La última jornada”.

2. Ciertamente, así termina porque la aventura completa ha sido finiquitada y, al parecer, nada más puede pasar y aquí se quedan los dos amigos hablando y fumando… Y sí, no podemos negar que se nos deja con la miel en los labios de saber, saber, saber pero, al fin y al cabo, hasta ahí llegó la historia, debió pensar Tolkien padre. 

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