Santos: son y debemos serlo

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Es bien cierto que los creyentes católicos tenemos mucho a lo que atenernos para tener, de nuestra fe, un conocimiento bastante bueno. 

Hoy día, por eso mismo, casi nadie puede decir que no sabe nada de la fe que tiene aunque, claro está, existen circunstancias que impiden que una persona tenga un conocimiento adecuado de su creencia. 

Sin embargo, los fieles católicos tenemos muchos ejemplos a seguir. 

Desde que Cristo se presentó al mundo y predicó acerca de la Verdad, siendo Él, además, el Camino y la misma Vida, muchas personas se han entregado a la creencia en el Hijo de Dios y lo han hecho de una forma más que adecuada y rindiendo un tanto por cien muy elevado. 

Hay personas que, además, dan pasos más allá de la entrega al Hijo de Dios y sirven de ejemplo para todos. Tales personas son las que, con el paso del tiempo (y tras cumplir el proceso establecido al respecto) acaban subiendo a los altares y se les llama, sencilla y gozosamente, santos. 

Los santos son muy necesarios para la Iglesia católica. Lo son porque, en primer lugar, muestran que no es imposible ser fiel católico con todas sus consecuencias y, en segundo lugar, porque nos muestran, por eso mismo, el camino a seguir. 

Los santos, y estos en concreto, los tenemos ahí puestos por Dios (que los ha escogido de entre sus hijos) porque bien sabe el Creador que somos flojos y tibios, muchas veces, en asuntos de fe y de creencia. Y viendo que hay algunos de entre nosotros que no lo han sido poder imitarlos (al menos imitarlos que no es poso) para tratar de ser mejores está más que bien y es más que recomendable. Por eso a ellos les pedimos (a ambos) que intercedan por estos hermanos en la fe que aún caminamos hacia el definitivo Reino de Dios. Ellos ya gozan de las praderas del mismo y, seguro, estarán encantados de hacer lo que puedan ante Dios Nuestro Señor. 

Nosotros, por otra parte, seguiremos admirando (y no sólo eso) lo que hicieron con sus vidas, vidas de fe y de esperanza (leer vida de Santos edifica el alma como nada) Además, trataremos (es promesa solemne) de que sus vidas sean conocidas (más, si eso es posible) entre aquellos creyentes que no tienen por importantes las vidas de tales personas y tales Santos Padres pues no comprenden, en el fondo de su corazón, lo que significaron sus existencias. 

Hay, de todas formas, una santidad que bien podemos llamar actual. Y es que no es cosa del pasado, ser santo queremos decir, sino de ayer, de hoy y de mañana. 

A este respecto, Dice el evangelista Mateo, o recoge, una expresión de Jesucristo que centra, muy bien, la cuestión de la santidad hoy día porque supone, en realidad, un buen punto de partida: “sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48) que es, más exactamente, una parte de lo que sigue al Sermón del Monte en el que predicó acerca de las Bienaventuranzas.

Hay que ser, pues, perfectos, aunque sabemos que no es, tal realidad espiritual, nada fácil de conseguir. Por eso, vale la pena recordar lo que en el Génesis (17, 1) dice Dios: “Anda en mi presencia y sé perfecto” porque, al menos, nos dice que hemos de tener presente, siempre, a Dios en nuestra vida y tal presencia la hemos de transformar en fruto para que pueda decirse de nosotros lo que San Josemaría dice y que no es otra cosa que “Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo” (número 2 de “Camino”)

Pero, para que tengamos conciencia de lo que la santidad supone, el Concilio Vaticano II, en la Constitución Lumen Gentium (11) dejó dicho que “Todos los fieles, cualesquiera que sean su estado y condición, están llamados por Dios, cada uno en su camino, a la perfección de la santidad, para lo que el mismo Padre es perfecto”. Entonces, “A todos los cristianos nos pertenece, por propia vocación, buscar el reino de Dios, tratado y ordenado según Dios los asuntos temporales” (Ibídem, 31)

Por tanto, además, de tener a Dios en nuestras vidas, hemos de llevar a la práctica lo que el Concilio Vaticano II llama “asuntos temporales” es decir, aquellos que corresponden a nuestras vidas mientras peregrinamos por el mundo hacia el definitivo reino de Dios.

Ordenar la vida según Dios es lo que, fundamentalmente, nos acerca a la santidad, lo que nos procura el Amor del Padre y lo que, al fin  y al cabo, nos hace santos (lo que en el mundo se da en llamar “fama de santidad” que se concreta, ya, en el Cielo como santidad efectiva)

Vemos, pues, que todos los santos que en el cielo no son todos los santos que en el mundo hubo sino una porción de las personas a las que se les reconoció, y se reconoce, el cumplimiento de la perfección citada supra.

Y, sobre todo esto dicho, las Sagradas Escrituras dicen esto tan importante:

“Sed santos para mí, porque yo, Dios, soy santo, y os he separado de las gentes para que seáis míos”, en Lev 20, 26

“Pero el que guarda sus palabras, en ese la caridad de Dios es verdaderamente perfecto. En esto conocemos que estamos en Él”, en 1Jn 2, 5.

“Por cuanto que en Él  nos eligió antes de la constitución del mundo para que fuésemos santos e inmaculados ante Él en caridad”, en Ef 1, 4.

Por eso, porque fuimos elegidos desde la misma eternidad, merece Dios la santidad que nos reclama pero no como deuda sino como pura devoción y amor.

Nosotros, por nuestra parte, pedimos a Dios que siga suscitando, entre sus hijos, a los que nos sirvan de ejemplo. Seguros estamos que lo hará pues su voluntad es extender la santificación entre sus criaturas para glorificación Suya.

 

Santos del Cielo, rogad por nosotros.

 

Eleuterio Fernández Guzmán 

 

 Nazareno

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Panecillo de hoy:

Gracias a Dios tenemos muchos ejemplos a seguir. Y los llamamos Santos.

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1 comentario

  
José
La última carta: ante la muerte, ante la vida
https://dametresminutos.wordpress.com/2017/10/07/la-ultima-carta-ante-la-muerte-ante-la-vida/
01/11/18 5:15 PM

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