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5.09.26

Reseña:  Las armas espirituales de la Luz

Autor: Eleuterio Fernández Guzmán

Editorial: Createspace, Amazon

Páginas: 209

Precio aprox. Tapa blanda: 6.86 €

ISBN Amazon: 979-8194214914

Año edición: 2026

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Porque ya es hora de levantarnos del sueño; que la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada. El día se avecina. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz.”

Romanos, 13, 11b-12

El texto que hemos traído y que hemos puesto antes de dar comienzo a la Introducción es, verdaderamente, inspirador. No podemos negar que el Apóstol de los gentiles tenía mucha razón cuando dejó escrito esto.

Es bien cierto que, cuando se produce una conversión, es posible que el corazón de alegre por la misma. Sin embargo, tal circunstancia es, por decirlo así, el primer paso de un largo camino que ha de llevarnos a la patria eterna, allí donde Dios mora y donde no hay dolor ni sufrimiento.

Empezar, pues, a caminar es reconocer que somos hijos de Dios y que eso ha de tener consecuencia en nuestra vida ordinaria, actual y futura.  Y ciertamente, nosotros queremos, para nuestra vida concreta y, así debería ser, para la de nuestro prójimo, lo mejor. Y eso, lo mejor, sólo puede ser acercarse a Dios de tal forma que lo podamos ver cara a cara. Y eso, siendo cierto que es lo que nos ha de mover hacia el Cielo es allí, en el Cielo, donde podremos llevarlo a cabo. Ahora, pues, como nos dice San Pablo en estos versículos de su Epístola a los creyentes de Roma, vivimos en la noche, en la oscuridad.

Que eso es así lo podemos certificar sabiendo que somos pecadores (eso sí, cada cual según lo sea…) y, por eso mismo, caminamos en la tiniebla que, tantas veces, nos cubre.

La noche, pues está avanzada. Eso nos lo dice el Apóstol que pasó de perseguir a los discípulos de Cristo a ser uno de ellos/nosotros y a ser, él mismo, perseguido. Y eso ha de querer decir que, al menos, el que esté avanzada supone que vamos caminando, que no nos hemos quedado ensimismados con el mundo y el mundo. Así, caminamos, sí, pero en la oscuridad.

De todas formas, como suele pasar en materia de fe católica, eso tiene solución o, al menos, podemos saber a ciencia y corazón ciertos a qué atenernos.

San Pablo no nos deja solos ahora, ni nunca. Por eso habla de las armas de la luz que no son, sino, trasunto de lo que podemos hacer uso para evitar la tiniebla, la noche en la que nos encontramos.

Es posible que alguien que lea esto pueda decir que hay muchas armas de la luz. Y las hay porque Dios, la Luz misma y misteriosa a la vez, nos provee de instrumentos espirituales de los cuales podemos servirnos.

Nosotros, que nos consideramos unos empedernidos pecadores, sabemos que necesitamos de tales “armas de la luz”. Y lo sabemos porque, viniendo de dónde vienen, son la única manera de que, con ellas, nuestro camino hacia el definitivo Reino de Dios (llamado, por eso mismo, Cielo) sea posible caminarlo y nos quedemos en el intento de llegar a gozar de la Visión Beatífica o de la Bienaventuranza.

Dios, que nos ama más que mucho, nos entrega tales armas para que hagamos uso de ellas. No nos neguemos, al menos, la posibilidad de tomarlas y hacerlas nuestras. Y es que nos va la vida eterna en ello. No olvidemos nunca esto porque nos es esencial para lo que es nuestra salvación personal y, por ende, colectiva como pueblo de Dios.  

Nos dice San Pablo que sí, que es posible que andemos en la noche pero que, gracias a Dios, “el día se avecina”. Y ha de querer decirnos con esto que nunca podemos desesperar porque Aquel que nos ha creado y mantiene nos quiere a su lado y por eso nos entrega estas armas, llamadas de la luz porque son iluminación para nuestra oscuridad y salida a nuestra ceguera espiritual.

Debemos, por tanto, dejar atrás aquello que nos sobra e impide ver a Dios. Y es que hay, sí, mucho que eso produce en nuestro corazón y son, digamos, las armas de las tinieblas de las que se sirve el Maligno para hacernos caer en sus redes. A saber: el desamor, el desapego de Dios, el odio, el egoísmo y todo aquello que nos hace peores y muy malos ante los ojos de nuestro Creador y su Juicio Bueno, sí, pero, sobre todo, Justo.

Miremos hacia Dios y, con sus armas, demos un paso hacia su corazón. Seguros estamos que nos espera con ansia de Padre.

Les dejó aquí el Índice:

Introducción                                                               

Armas de la Luz:

  1. La Palabra de Dios

  1. El amor

  1. El perdón

  1. La misericordia

  1. Los dones y gracias de Dios

  1. Las virtudes

  1. La oración

Un necesario Epílogo                              

Acerca del autor   

Reproducimos el Apéndice del apartado dedicado a la oración:           

Como Apéndice traemos aquí el apartado de títuloSumergirse en la oración” del libro “Hábitos católicos” publicado por el que esto escribe:

¿De dónde viene la oración del hombre? Cualquiera que sea el lenguaje de la oración (gestos y palabras), el que ora es todo el hombre. Sin embargo, para designar el lugar de donde brota la oración, las Escrituras hablan a veces del alma o del espíritu, y con más frecuencia del corazón (más de mil veces). Es el corazón el que ora. Si éste está alejado de Dios, la expresión de la oración es vana.”

Esto lo dice el número 2562 del Catecismo de la Iglesia Católica dándonos a entender que no es posible orar si estamos alejados de Dios porque si orar es rogar o pedir o suplicar a Dios por nuestras necesidades y por las del prójimo no exageramos si decimos que para un hijo que así se considera del Padre pocas realidades espirituales puede haber más importantes.

Muchas veces nos encontramos, sin embargo, con una realidad que entorpece nuestra oración porque es más que probable que frente al rezo (como repetición de oraciones así establecidas por la Iglesia católica) el hecho mismo de orar (dirigirse a Dios de forma personal) puede resultarnos dificultoso y árido. Ante esto, San Josemaría nos dice, en el número 90 de “Camino” “¿Qué no sabes orar? – Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: ‘Señor, ¡que no sé hacer oración!’, está seguro de que has empezado a hacerla”. Entonces, orar no ha de resultar cosa imposible para un católico sino, al contrario, acto de ponerse en relación directa con el Padre que está en su Reino y de llenar el vínculo que une a uno y a Otro con expresiones de sometimiento a la voluntad del Creador.

Dice Santiago, en su carta a las doce tribus de la Dispersión (4, 2-3), al respecto de lo dicho arriba que “No tenéis porque no pedís; o si pedís, no recibís, porque pedís mal”. Conviene, por lo tanto, saber cómo se pide porque es bien cierto que en cuanto a lo que se pide será Dios el que determine, en todo caso, si nos conviene o no nos conviene. Pidamos, pues, sabiendo la forma o el modo de hacerlo de forma correcta o, al menos, teniendo en cuenta cómo no hay que orar porque también dejó escrito San Pablo en su Epístola a los Romanos (8, 26) “Nosotros no sabemos pedir como conviene".

A tal respecto, el P. Iraburu, en su libro “Oraciones de la Iglesia en tiempos de aflicción” deja escrito que

El soberbio está encerrado en su miserable autosuficiencia, y por eso se ve abrumado de males, porque no pide. No pide a no ser como último recurso, para no caer en la desesperación, cuando todo recurso humano es ya imposible o extremadamente difícil”. Al contrario, “El humilde pide, pide siempre y en todo lugar, pide ‘sin cesar’, ‘noche y día’ (Col 1,9; 1Tes 3,10). Pide lo que no tiene, porque está convencido de que el que pide al Señor, recibe; y pide incluso lo que ya tiene, para que Él lo guarde, purifique y acreciente, pues sabe bien que cuanto tiene es don de Dios, y que sin Él ‘no podemos nada’ (Jn 15,5)”.

Por lo tanto, hay que orar no manifestando soberbia sino humildad porque, como hemos dicho arriba, es más que probable que no sepamos ni lo que debemos recibir o lo que debe recibir, como gracia o don de parte de Dios, aquella persona por la que pedimos pues, como se dice en la Primera Epístola a Timoteo (2, 1-2) “Ante todo recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad” y es obligación del hermano pedir por sus hermanos e, incluso (seguramente más y mejor) por los que no lo son para que, viendo, se conviertan y crean al convertirse. Además no podemos olvidar (Mc 11, 1-5) que “cuando os pongáis de pie para orar, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro padre, que está en los cielos, os perdone vuestras ofensas”.

Tenemos, pues, que orar. Y hacerlo de forma abundante y no exigiendo poco de nosotros mismos en tal especial momento en el que buscamos a Dios para que nos escuche y nos ampare siguiendo lo que dice Santa Teresita del Niño Jesús en su “Historia de un alma”:

Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría”.

Y orar a Dios es hacerlo sabiéndonos acompañados por Cristo, Hijo del Padre. Por eso, el que fuera Prelado del Opus Dei, mons. Javier Echevarría, escribe en su libro “Getsemaní” esto que sigue:

Orar con Cristo lleva necesariamente a asumir como propia la Voluntad del Padre, por la acción del Espíritu Santo. De este modo, se comprende mejor la posibilidad de que nuestra vida adquiera ese alcance eterno que encierran los planes divinos. Nos conviene, pues, empeñarnos en orar con Él: nos transmitirá el vigor de la perseverancia, y le dejaremos habitar en la inteligencia y en el corazón, confiriendo a nuestras potencias la hondura del diálogo del Hijo de Dios con su Padre. Orar con Cristo ayudará a superar limitaciones internas y externas, porque se nos concederá la fuerza con que Él perseveró, también en Getsemaní, para alcanzarnos la Vida de Dios en nosotros” pues (Dt 4,7) “¿Hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está Yahvéh nuestro Dios siempre que le invocamos?”  o como diría el profeta Isaías: “Antes que me llamen, yo responderé; aún estarán hablando, y yo los escucharé (Is 65, 24)”.

Por otra parte, Dios siempre escucha al hijo que se dirige a su Padre porque “Dios es el escudo de cuantos a él se acogen”, según se dice en el Salmo 17 (31) y “no niega la ventura a los que caminan en la perfección” (Sal 84, 12) porque en tal perfección nos quiere Cristo (“sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” dice Jesús en Mt 5, 48). Así se ora en la seguridad de ser acogidos por el corazón misericordioso de Dios siempre atento a las necesidades convenientes para sus hijos.

Y se ora, como es necesario, con humildad:

El hermano de condición humilde gloríese en su exaltación” según recoge Santiago en 1, 9.

Y se ora, también, con confianza: “Pero que la pida con fe, sin vacilar” según dejó escrito Santiago en 1, 6.

Y se ora, por último, con perseverancia: “Por aquellos días se fue él al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios”, según dice San Lucas en 6, 12.

Vemos, pues, que existen algunas que podríamos llamar condiciones para orar de forma grata a Dios y que las mismas han de concurrir en un sumergirse en la oración en la confianza absoluta en lo dicho por Jesucristo al respecto del hecho mismo de orar cuando aseguró que “todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre glorificado en el Hijo” y que recogió San Juan en 14, 13.

Y oración de petición, de súplica, para dar gracias a Dios… porque, para orar sólo hace falta orar.

Y siguiendo el valioso principio que dice que debemos dar gratis lo que hemos recibido gratis, desde ahora mismo quedo a disposición de quien así lo desee y le enviaré, a vuelta de correo, copia del libro en formato pdf de forma totalmente gratuita. Sólo hay que hacer la petición al correo electrónico [email protected].

Eleuterio Fernández Guzmán

Panecillos de meditación

Llama el Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

Panecillo de hoy:

Ese gran regalo de Dios que es el alma nuestra también se alimenta espiritualmente de este tipo de cosas humanas. 

Aforismos de fe católica: del libro de Lolo “Bienvenido, amor” (339)

Cuanto más pura es una ofrenda tanto más resplandece su testimonio“

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Para leer Fe y Obras.

Para leer Apostolado de la Cruz y la Vida Eterna