InfoCatólica / Eleuterio Fernández Guzmán / Archivos para: Octubre 2026, 14

14.10.26

Reseña:  Apócrifo de Jesús y María

Autor: Eleuterio Fernández Guzmán

Editorial: Createspace, Amazon

Páginas: 153

Precio aprox. Tapa blanda color:  9, 26 €

ISBN Amazon: 979-8162246244

Año edición: 2026

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Podemos imaginar, pues es lícito y no creemos suponga nada contra nuestra fe católica, que entre el Hijo de Dios y María, su Madre, tuvo que haber conversaciones más o menos extensas. Y es que lo que recogen las Sagradas Escrituras son, por decirlo así, los momentos que tuvieron a mano, aquellos que las escribieron pero resulta poco creíble que no hablaran en otras ocasiones siendo Ella quien era y Él quien era.

Es cierto y verdad que aquello que denominamos apócrifo es, primero, porque lo es y, luego, porque comprendemos el significado de tal palabra. También conocemos la existencia de los denominados “Evangelios Apócrifos” que no fueron reconocidos por el canon oficial de la Biblia porque, a lo mejor, su autoría era dudosa o por no haber sido inspirados. Y ahí radica el sentido de todo esto.

Con esto queremos decir que si bien eso es cierto y verdad también lo es la incontrovertible realidad según la cual entre Madre e Hijo, a lo largo (sobre todo) de los años en los que estuvo como se dice en el Evangelio “sometido” a sus padres después del episodio de su estancia en el Templo de Jerusalén, hubo mucho más de lo que se nos dice pues, lógicamente, toda la vivencia diaria no puede estar recogida en ningún Evangelio. Y eso es lo mismo que decir que entre José y María también debió haber muchos momentos de conversación fuera de lo que recoge la Biblia que es, sencillamente, nada de nada… Y eso ha quedado reflejado en el libro del que esto escribe de título “Apócrifo de José y María“ pues momentos íntimos de conversación tuvo que haberlos y los hubo pues otra cosa es impensable e imposible. 

De todas formas, nosotros gozamos haciendo como dice San Josemaría cuando en Amigos de Dios (punto 253) dice:

“Yo te aconsejo que, en tu oración, intervengas en los pasajes del Evangelio, como un personaje más. Primero te imaginas la escena o el misterio, que te servirá para recogerte y meditar”.

Valga este aporte de un santo tan arraigado en el Evangelio para extender nuestra imaginación y tratar de ver lo que pudo haber entre Madre e Hijo pues, es seguro, que fue mucho incluso en momentos en los que, físicamente, aún no había venido al mundo el Salvador.

Les dejó aquí el Índice:

Presentación 

Episodios apócrifos:

Encarnación 

La visitación a su prima Isabel

El nacimiento 

Presentación en el templo 

La adoración de los Reyes Magos

La huida a Egipto

Madre, cuéntame lo del Ángel

¿Recuerdas lo de Belén?

Encontrado en el Templo

Sobre el Padre

Jesús trabaja en el taller de José

Cuando muere José

Voy al Jordán, Madre

Siempre serás mío

Las bodas de Caná

¿Qué será de ti, hijo? ¿Por qué no te quieren algunos?

Aquí estoy

Terrible amor

Este es tu hijo, Madre

Todo se cumplió, Madre

Sólo María

La primera en ver (Resurrección)

Un necesario epílogo 

Acerca del autor 

Y les ponemos el episodio titulado “Aquí estoy” que es, digamos, la excepción de la regla que establece que todo el libro, a excepción de algunos de ellos, está escrito en formato poético.

Aquí estoy

Camino del Calvario

tiempo ya pasado

con Juan el amado

María encuentra al Hijo

con la cruz cargado.

María corrió cuanto pudo acompañada del discípulo Juan, a quien el Maestro amaba, el más joven de sus Apóstoles.

No sabía adónde le llevaban los gritos, ni hacia dónde avanzaba aquella multitud enloquecida. Solo sabía que su Hijo estaba allí y no podía hacer otra cosa que ir a su encuentro porque lo quería con toda su alma y toda su alma se la había entregado desde el mismo momento aquel en el que el Ángel le dijo que era la llena de gracia… ella, una jovencita de un pueblo no demasiado grande del pueblo elegido por Dios… ella que tanto amaba al Padre Eterno desde que eso supo hacer.

Y quiso estar ella también allí, en aquel camino de tortura, sufrimiento y entendido gozo.

Hasta que le vio. Corrieron por varios callejones hasta que lo encontró cuando cayó al suelo por el peso de la cruz y el daño que le habían hecho en la flagelación.

Por un instante, todo pareció detenerse, el tiempo dejó de ser tiempo y el instante pareció ser eterno.

Jesús llevaba sobre sus hombros los maderos, y en aquel rostro desfigurado María reconoció al niño que tantas veces había tomado en sus brazos y que, incluso, más de una vez, había caído por sus travesuras de pequeño y había tenido que levantar, corriendo rauda hacia Él y llenándolo de besos, de besos de la Madre de Dios…

—Hijo mío. Y acarició su rostro llenándose de su sangre, la sangre divina del Hijo de Dios. Y la besó con dulzura de Madre.

Jesús levantó los ojos y la sangre corrió por su santo rostro…

—Madre.

No hubo más palabras durante unos instantes porque sus miradas dijeron todo lo que entonces se podía decir.

María se acercó cuanto pudo porque los soldados no daban ninguna facilidad ni siquiera para la Madre a la que todos los presentes reconocían.

—Aquí estoy porque no podía dejarte solo.

Jesús la miró largamente.

—Ya lo sé, Madre.

—No podía dejarte solo en estos terribles momentos.

—Ni yo quería que estuvieras lejos porque siempre he gozado con tu compañía porque eres mi Madre, Madre muy amada, la que siempre ha cumplido Su Voluntad.

María quiso acercar su mano al rostro de su Hijo por segunda vez, pero la violencia de los soldados se lo impidió porque ellos estaban allí para cumplir una misión y la iban a cumplir costase lo que costase. Y ella lloró, amargamente lloró…

—¿Por qué, Hijo mío?

Jesús respiró con dificultad pues ya había sido demasiado el esfuerzo que le estaban obligando a hacer.

—Porque ha llegado mi hora como tantas veces te he hablado de ella. Y no voy a ser yo quien se oponga ahora que todo se va a cumplir.

—Pero eres mi Hijo y la espada de la que habló Simeón está empezando a atravesarme el corazón.

—Y por eso estoy aquí, porque todo está escrito, Madre.

María le miró sin comprender del todo.

Jesús prosiguió y le repitió:

—Aquí estoy, Madre, porque debo cumplir cuanto está escrito en los profetas antiguos. Ellos sabían…

Ella bajó los ojos hacia la cruz.

—¿También esto?

—También esto. Sobre todo esto porque la cruz va a ser mi instrumento para la glorificación Dios.

—¿Y el dolor?

—También el dolor. Sobre todo este sufrimiento que llevo arrastrando ya tantas horas ha de servirme para que el Padre perdone los pecados del mundo. Mi sangre será la sangre de la salvación.

—¿Y la muerte?

Jesús sostuvo la mirada de su Madre.

—También la muerte. Entonces entregaré mi espíritu al Padre y todo se habrá cumplido.

Hubo un silencio y casi parecía que sólo ellos dos estaban allí, en aquel callejón casi sin salida para la vida del Hijo.

Y entonces María comprendió que no había venido a apartar a su Hijo de aquel camino porque ella no se iba a oponer a la voluntad de Dios a quien tanto había amado y amaba. Y ahora más que nunca iba a ser su esclava.

Había venido a acompañarlo, a no dejarlo sólo en aquellos terribles momentos.

—Entonces, Hijo mío, aquí estoy, para estar contigo cuanto pueda antes de…

Jesús sonrió apenas.

—Lo sé, Madre. Te esperaba y, a pesar de todo y de estos que me llevan al Gólgota, mucho me alegro de que estés aquí aunque sea unos momentos.

Y durante aquel breve instante, en medio del clamor de la multitud, estuvieron juntos.

Ella, porque no podía hacer otra cosa.

Él, porque no podía hacer otra cosa.

Jesús volvió a tomar fuerzas bajo el peso de la cruz que debía llevar como lo estaba haciendo: gozosamente y con esperanza para toda la humanidad.

—Ves, Madre… hago nuevas todas las cosas como deben ser hechas, por Su Voluntad.

Ella, porque no podía hacer otra cosa,

Él, porque otra cosa no podía hacer.

Y siguiendo el valioso principio que dice que debemos dar gratis lo que hemos recibido gratis, desde ahora mismo quedo a disposición de quien así lo desee y le enviaré, a vuelta de correo, copia del libro en formato pdf de forma totalmente gratuita. Sólo hay que hacer la petición al correo electrónico [email protected].

Eleuterio Fernández Guzmán

Panecillos de meditación

Llama el Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

Panecillo de hoy:

Ese gran regalo de Dios que es el alma nuestra también se alimenta espiritualmente de este tipo de cosas humanas. 

Aforismos de fe católica: del libro de Lolo “Bienvenido, amor” (339)

“Cuanto más pura es una ofrenda tanto más resplandece su testimonio“

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Para leer Fe y Obras.

Para leer Apostolado de la Cruz y la Vida Eterna