1.09.26

Filosofía y teología del Mas Allá: Intercesión de los santos

La causalidad de los santos[1]

El artículo siguiente está dedicado a las peticiones a los santos. Santo Tomás sostiene en el mismo que: «Según Dionisio: «el orden establecido por Dios es que las cosas todas vuelvan a Él por sus medios últimos» (La jerarquía eclesiástica, c. 5, p. 1, 4). Así, pues, como los santos del cielo son los más cercanos a Dios, el orden de la ley divina requiere que nosotros, que peregrinamos hacia Dios unidos al cuerpo, volvamos a Él mediante los santos; lo que sucede al comunicársenos su divina bondad mediante ellos».

Los santos, los bienaventurados que están en el cielo, son un medio por el que Dios nos transmite bienes, porque ellos se los han pedido para nosotros, y regresamos a Él para continuar obtener más por medio de ellos. De manera que: «como nuestra vuelta a Dios ha de estar en consonancia con el proceso de bondades que nos ha dispensado, así como mediante los ruegos de los santos nos llegan los beneficios divinos, así también debemos volver a Dios para recibir nuevamente sus beneficios mediante los santos. Por eso los elegimos intercesores nuestros ante Dios, y como mediadores, cuando les suplicamos que rueguen por nosotros»[2].

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18.08.26

Filosofía y teología del Mas Allá: Oraciones a los santos

El culto a Dios y a los santos

En la cuestión siguiente, santo Tomás trata de la oración de los santos que están en el cielo. En cada uno de sus tres artículos se ocupa de si a los santos les llegan las oraciones que les dirigimos, si hay que pedirles que rueguen a Dios por nosotros, y si son siempre atendidas sus oraciones por Dios.

Las tres preguntas suponen su veneración o reverencia, pero no adoración. Se entiende por adoración, el acto interno de reconocimiento de la excelencia infinita y de la soberanía de Dios. Supone también el acto externo de manifestar y «testimoniar reverencia a Dios»[1].

Es innegable que «a Dios se le debe reverencia por su excelencia, pero ésta se encuentra comunicada en algunas criaturas, pero no en condiciones de igualdad, sino de participación. Es distinta, por lo tanto, la veneración a Dios, que es culto de latría, y la veneración a la excelencia de las criaturas que es de dulía»[2], una simple veneración, pero sin adoración.

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3.08.26

Filosofía y teología del Mas Allá: Las indulgencias

Los sufragios de los pecadores[1]

En el artículo siguiente, Santo Tomás trata de la validez de sufragios que hacen los malos. Para determinarla, considera dos aspectos de estos sufragios. Primero: «la obra en cuanto obra, como el sacrificio del altar. Y, pues nuestros sacramentos tienen eficacia por sí mismos independiente de la acción del que obra, cualquiera que sea el que la realiza, en cuanto a esto, aprovechan a los difuntos los sufragios de los pecadores».

Segundo: en cuanto a la obra del que obra. Y entonces hay que distinguir, porque la acción del pecador, haciendo sufragios, puede considerarse de una manera en cuanto que es suya, y de esta suerte, en absoluto puede ser meritoria ni para sí ni para otro».

De otra manera: «en cuanto que es de otro, lo cual puede suceder doblemente: en cuanto que el pecador, al hacer sufragios, representa a toda la iglesia, como el sacerdote que recita en la Iglesia las exequias de los difuntos. Y, pues, él entiende en realizarlas en su nombre o en su lugar, como prueba Dionisio (Jerarquía celeste, c, 13, 4), de aquí que los sufragios de dicho sacerdote, aunque sea pecador, valen para los muertos.

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16.07.26

Filosofía y teología del Mas Allá: Los sufragios

Existencia de los sufragios[1]

Después de ocuparse de los sufragios en general y probar que la doctrina de la comunión de los santos son su fundamento, santo Tomás, en el artículo siguiente, el segundo de esta cuestión, examina en concreto los sufragios por los difuntos.

Establece su existencia porque se puede ayudar a los fallecidos para sufragar o pagar su reato de pena por los pecados que les quedan. «Dice la escritura: «Santo y saludable es el recuerdo de rogar por los difuntos, para que sean libres de los pecados» (2 Mcb 12, 46). Lo cual sería inútil si no les ayudase. Así, los sufragios de los vivos aprovechan a los difuntos»[2].

Se corrobora, porque como: «Dice san Agustín: «No es pequeña la autoridad de la Iglesia universal, que resplandece en la costumbre de que, en la oración del sacerdote, que en el altar hace al Señor Dios, tenga también su lugar la recomendación de los difuntos» (La piedad con los difuntos, 1, 1). Dicha costumbre empezó con los mismos apóstoles, como dice San Juan Damasceno: «Los discípulos de los sagrados apóstoles del Salvador, conscientes de los misterios, determinaron hacer memoria de aquellos que murieron en la fe» (Hom. Los sufragios de los difuntos, 3). Lo cual también está claro en Dionisio (Jerarquía eclesiástica, 7, 2), en la parte donde recuerda el rito con que en la primitiva iglesia se oraba por los difuntos y aún allí Dionisio (Ibíd., 7, 3) asegura que los sufragios de los vivos les aprovechan. Luego eso ha de ser indudablemente creído»[3].

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1.07.26

Filosofía y teología del Mas Allá: La comunión de los santos

Los sufragios[1]

La cuestión siguiente, la setenta y uno del Suplemento de la Suma teológica, está dedicada a los sufragios por los difuntos, la ayuda que se puede dar a los muertos para sufragar o pagar su pena por los pecados.

En el Concilio ecuménico de Lyon, en 1274, al que tenía que asistir santo Tomas, pero que la muerte se lo impidió durante el viaje al mismo, al hablar de la purificación con penas de las almas purgatorio se dijo que: «para alivio de esas penas les aprovechan los sufragios de los fieles vivos»[2].

En el concilio ecuménico de Florencia, en 1439, se definió: «Sí los verdaderos penitentes salieron de este mundo antes de haber satisfecho con frutos dignos de penitencia por lo cometido y omitido, sus almas son purgadas con penas purificatorias después de la muerte y para ser aliviadas de esas penas les aprovechan los sufragios de los fieles vivos»[3].

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