El P. Montes, misionero del IVE, vio con alegría como su madre entró como religiosa en la rama femenina

El misionero en Líbano nos habla de larga su experiencia en las misiones
El P. Luis Montes sacerdote del Instituto del Verbo Encarnado (IVE) hace balance de sus años como misionero al lado de los que sufren. Su unión a Dios en la oración le lleva a multiplicarse por el prójimo porque las necesidades son enormes y la gente sufre mucho. Especialmente por lo que significa estar apartados de Dios, alejados por el pecado. Pero también por la cantidad de injusticias que hay (guerras y sufrimientos…) y por las desgracias que la gente también trae sobre sí misma, por ejemplo, la persona que se da al alcohol.
¿Cuándo sintió el llamado al sacerdocio?
Terminada la secundaria, me había anotado en la Universidad de Abogacía de la Ciudad de Rosario, pero como los profesores estaban de paro, tenía tiempo libre y por insistencia de mi padre, más bien para que él me dejase de molestar, acepté hacer Ejercicios Espirituales de San Ignacio en San Rafael Mendoza, en donde mi hermano José ya era seminarista del IVE. Fui a hacer Ejercicios Espirituales en Semana Santa, predicados por el P. Buela. Y por más que no quería saber nada con el tema, me di cuenta que Dios me llamaba a ser sacerdote y religioso. Así que directamente me quedé allí. Ni siquiera continué camino a la universidad, ni volví a mi casa. Solo fui a llamar por teléfono a mi familia para avisarles, y ya me quedé en el Seminario María Madre del Verbo Encarnado.
¿Qué supuso para usted salir de Argentina y misionar en tierras remotas?
Ya en el seminario, mi ilusión era ser misionero en tierras lejanas. Yo escuchaba las crónicas mandadas por nuestros misioneros en Rusia y me entusiasmaba. Por eso me ofrecí a Rusia. Quería seguir el llamamiento de Cristo, “id por todo el mundo”, y sentía que mi llamada estaba lejos de mi patria. Cuando se acercaba mi ordenación sacerdotal, había un pedido de fundación en Ortás, al lado de Belén, en Tierra Santa, para la cual no había misioneros disponibles. A pesar que me costaban mucho las lenguas, me di cuenta que tenía que ofrecerme. Y fui allí con mi hermano Juan Pablo, que no era religioso, pero estaba con nosotros. Él es ahora misionero laico en Egipto. En Ortás estuve seis años y medio.










