Newman y los 700 años del Oriel College
Es inolvidable la experiencia de pasear por las calles de Oxford, entre edificios históricos que parecen custodiar buena parte de la sabiduría del universo. En la “Oriel Square” se ubica el “Colegio de la Bienaventurada María”, fundado en 1326 por el rey Eduardo II de Inglaterra. La donación, algo más tarde, de una casa señorial, “La Oriole”, dio origen al nombre con el que este centro es conocido: “Oriel College”. Con motivo de los 700 años de su fundación, el rey Carlos III, en su papel de supervisor –“Visitor” – se hizo presente allí el 10 de julio de 2026.
El 14 de abril de 1822, procedente del también oxoniense Trinity College, ingresaba como miembro - “Fellow” - del Oriel John Henry Newman (1801-1890) y en 1826 fue designado tutor – “Tutor” – del mismo. A pocos metros del College, se encuentra la iglesia de Santa María la Virgen, de donde Newman fue nombrado párroco en 1828, tras haber sido ordenado presbítero anglicano. Newman es una de las grandes figuras intelectuales y religiosas de Inglaterra y el líder del llamado “Movimiento de Oxford”, una corriente de pensamiento que postulaba el retorno de la Iglesia de Inglaterra a la tradición apostólica. En 1845, fue recibido en la Iglesia Católica y, en 1879, fue creado cardenal por León XIII.

Recuerdo haber oído hablar al profesor argentino Mario Bunge (1919-2020) de las tres “haches” fatídicas de la filosofía. Según él, ese podio lo ocupaban Hegel, Husserl y Heidegger. No es el momento de debatir sobre la prioridad, en el conocimiento, de las ideas o de las cosas. Olvidando el calificativo de “fatídicas”, sí que podemos recuperar el esquema de las tres “haches” para aplicarlo a Noruega, ese país que está en el foco de atención por el fallecimiento, el 28 de agosto de 2026, del rey Harald V.
La palabra “facsímil” viene del latín - “fac” (haz) “simile” (semejante) – y se emplea para designar la perfecta imitación o reproducción de una firma, de un escrito, de un dibujo, de un impreso, etc.
Esta tarde ha sido una tarde muy diferente a las demás tardes de mi vida. Esta tarde falleció mi padre, Constantino, a los 86 años, tras pasar los últimos diez especialmente asediado por una enfermedad pulmonar. Unos diez años que fueron casi una prórroga graciosa, un aplazamiento, un combate que él libró con una incontestable voluntad de vivir – él se marcaba como meta al menos los 90 años -. No llegó a los 90, pero casi. Le faltaban cuatro años, que son los que tiene su único nieto, Adrià, el hijo, de momento único, del más joven de sus hijos, Miguel.












