La belleza de Satán
En el parque del “Buen Retiro” de Madrid es posible contemplar “La Fuente del Ángel Caído”, una escultura del siglo XIX de Ricardo Bellver. Parece que está inspirada en algunos versos de “El paraíso perdido”, de John Milton, donde el poeta inglés dice sobre Satanás: “Por su orgullo cae arrojado del cielo con toda su hueste de ángeles rebeldes para no volver a él jamás. Agita en derredor sus miradas, y, blasfemo, las fija en el empíreo, reflejándose en ellas el dolor más hondo, la consternación más grande, la soberbia más funesta y el odio más obstinado”.
Satanás, según la tradición cristiana es, en efecto, el Ángel Caído, llamado “Satán” o diablo. Primero fue un ángel bueno, creado por Dios. El IV Concilio de Letrán dice que “El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismo malos”. Cuando se habla de este peculiar ángel se suele evocar un pasaje de Isaías 14,12: “¡Cómo has caído del cielo, astro matutino, hijo de la aurora!”. No se puede referir nadie, en estos términos, a un personaje de segunda fila. No lo es.

“Recuerda el día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso para el Señor, tu Dios. No harás ningún trabajo” (Ex 20,8-10). El “sábado”, día de descanso, evoca en la Escritura la creación, la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto, el signo de la alianza de Dios con su pueblo. El sábado tiene un profundo sentido antropológico, ya que interrumpe los trabajos cotidianos y concede un respiro: “Es un día de protesta contra las servidumbres del trabajo y el culto al dinero” (“Catecismo de la Iglesia Católica”, 2172).






