29.03.20

San Roque. La buena muerte

La gracia de Dios nos sorprende siempre. Junto a la cruz de Cristo, compartiendo el mismo suplicio, uno de los malhechores - así le llama el texto evangélico – nos da ejemplo de buen morir: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Este hombre apela confiado a la memoria del Señor.

Jesús nos acoge en su memoria; su recuerdo nos rescata del olvido de la muerte y nos permite abandonarnos con fe en el paso de esta vida a la vida futura. Su memoria es motivo de esperanza: El Señor del tiempo nos abrazará en su “hoy”, nos acogerá en su compañía, nos hará sitio en su casa.

Es un arte aprender a morir y, sobre todo, es un don que debemos implorar con humildad uniéndonos a la esperanza de la Iglesia, porque “la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”.

San Roque supo morir así, como un verdadero cristiano, como un santo. El sentido de la fe de los creyentes reconoce la presencia de Dios no solo en la vida de los santos, sino también en su muerte, en el tramo final de su existencia terrena. La veneración y el culto popular a los santos constituyen una especie de estela que nos habla del impacto que ellos han dejado en el recuerdo de la Iglesia.

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28.03.20

San Roque. Vulnerables y mortales

Los seres humanos somos vulnerables y mortales. Los sueños de omnipotencia que a veces nos invaden no son más que una ilusión, una fantasía sin base real. San Roque se encontró con la vulnerabilidad de los otros y con la propia vulnerabilidad: Asistió a los enfermos y él mismo experimentó la enfermedad. Sufrió la ingratitud de tantos y padeció la injusticia.

Los confines de nuestra limitación son tan vastos como los de la vida. Podemos herir a los demás y ser heridos de las maneras más variadas: queriendo y sin querer, de buena fe o con malicia, de modo intencionado o como resultado de los daños colaterales – digámoslo así- de la convivencia.

Jesús, perfecto hombre, no escapa a esta ley de nuestra historia. Se hizo semejante a nosotros en todo, menos en el pecado. Se dejó herir y asumió la muerte. Pilato, quizá sin saberlo, dijo una gran verdad: “He aquí al hombre”. En la limitación de la debilidad se muestra lo que somos; sobre todo en la extrema debilidad de la muerte.

Apenas podemos salvar este obstáculo. La sabiduría radica en aceptarlo, reconciliándonos con nuestra finitud, con nuestra limitación, con nuestra muerte. La humildad de saber lo que somos puede conducirnos a estrechar el vínculo que nos une a todos; a vivir la solidaridad; más aún, la fraternidad.

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27.03.20

San Roque. La Providencia de Dios

En las diferentes circunstancias de su vida, incluso en las más difíciles, san Roque nunca fue abandonado por Dios: Ni en la etapa en la que padeció la enfermedad de la peste ni cuando, de su retorno a su ciudad natal, Montpellier, fue detenido y encarcelado injustamente.

Las palabras de Jesús: “no tengáis miedo” constituyen una invitación a creer, a depositar en Dios nuestra confianza, a saber que en él encontraremos la base estable, la roca firme sobre la que edificar nuestra existencia.

Dios cuida no solo de los gorriones, sino de todo lo creado, conduciéndolo hacia su perfección, hacia su fin último. Y lo hace con sabiduría y amor. Escaparán con frecuencia a nuestro conocimiento los cauces por los que discurre este proyecto divino, pero ha de estar viva en nuestra conciencia la certeza de que somos hijos suyos.

Jesús nos dice también: “no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia” (Mt 6,34). No se trata de cultivar la imprevisión en nuestra existencia cotidiana, sino de vivir desprendidos, con la libertad de los hijos, sin cargar sobre nuestros hombros pesadas cargas, a veces quiméricas, que nacen de nuestro miedo y de nuestra incertidumbre.

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26.03.20

San Roque. El dinamismo de la caridad: consolar

Los seres humanos necesitamos encontrar alivio para las penas y fatigas que nos afligen, que oprimen el ánimo, que encogen el corazón. El consuelo es como una bocanada de aire que permite oxigenar nuestro espíritu cuando nos sentimos a punto de desfallecer.

San Roque, haciendo concreta la caridad de la que brotan las obras de misericordia, supo consolar y dar sosiego a los enfermos. Se convirtió así en una imagen próxima, cercana, de Jesucristo, “manso y humilde de corazón”, en quien nuestras almas hallan el verdadero descanso.

Jesús es el Buen Pastor que nos guía con dulzura, que repara nuestras fuerzas: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan” (Sal 23).

Como San Roque, debemos ser generosos a la hora de dispensar consuelo: Con nuestra proximidad, con nuestro afecto, con nuestra palabra, con nuestro respeto. No se trata, la mayor parte de las veces, de decir muchas cosas, sino que se trata, ante todo, de saber estar con los que padecen.

El sufrimiento puede sacar lo peor y lo mejor de nosotros mismos. Puede replegarnos en el desencanto y en la amargura o puede, con la ayuda de la gracia, dilatar nuestro corazón para hacerlo semejante al corazón de Cristo. Cuando esto sucede, el que ha sido aquilatado por el sufrimiento se convierte en el más capacitado para el consuelo.

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25.03.20

San Roque. El dinamismo de la caridad: curar

San Roque, asistiendo a los contagiados por la peste, curó a muchos de ellos. Siguió así los pasos de Jesucristo, “que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo” (Hch 10,38).

El enfermo desea la curación, como el ciego de Jericó deseaba recobrar la vista, y Jesús, que hace presente el reino de Dios entre nosotros, obra el prodigio: “tu fe te ha salvado”. Los milagros son signos que Dios realiza para despertar y fortalecer en nosotros la fe; para hacernos capaces de ver la realidad desde una perspectiva nueva, que brota de la luz que viene de lo Alto.

San Roque dispensó todos los cuidados que estaban a su alcance para contribuir a la curación de los enfermos. En ocasiones, a través de él se manifestaba el poder de Dios, que hace nuevas todas las cosas y que, en los momentos de penumbra y de agobio, cuando ya nada bueno cabría esperar, hace posible lo (aparentemente) imposible.

Algunos apestados acudían a San Roque y él, milagrosamente, los libraba de su mal con solo trazar la señal de la cruz sobre su frente. También Jesús se había dejado conmover por el grito de aquellos diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros” (Lc 17,13).

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