3.09.21

Música y fe

 

El libro de los Salmos canta la excelencia de la música: “¡Alabad al Señor, que la música es buena; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa”. Y san Pablo, en la Carta a los Efesios, exhorta: “Cantad y tocad con toda el alma para el Señor”. No solo la Sagrada Escritura, sino también la tradición viva de la Iglesia testimonia el aprecio por la música; una estima que brota de la fe. Recordemos, a modo de ejemplo, un texto de san Agustín: “Cuando recuerdo las lágrimas que derramé con los cánticos de la Iglesia, y lo que ahora me conmuevo cuando se cantan con voz clara y modulación convenientísima, reconozco de nuevo la gran utilidad de esta costumbre. Apruebo la costumbre de cantar en la Iglesia, a fin de que el espíritu se despierte con el deleite del oído”. El espíritu y la sensibilidad no pueden ser separados en una religión que tiene como fundamento la Encarnación, el hacerse hombre del Hijo de Dios.

Se dice, con razón, que la afinidad entre las artes y la religión – y, en nuestro contexto histórico y cultural, entre las artes y el cristianismo – constituye un hecho reconocido y estudiado por los grandes pensadores. No puedo resumir en poco espacio la historia del pensamiento al respecto. Me conformo con evocar un recuerdo personal: la participación en las XIII Jornadas de Teología fundamental, desarrolladas en Barcelona del 7 al 9 de junio de 2007, con el título “Belleza y Teología fundamental”. Se trató de unos días de reflexión en los que el binomio “música y fe” estuvo muy presente. Baste evocar las tres principales ponencias. La primera, desde una perspectiva filosófica, corrió a cargo de Eugenio Trías: “Arte y belleza en la frontera de lo racional”. La segunda, desde un horizonte artístico-teológico, le correspondió a Jordi-Agustí Piqué: “Música y teología”. La tercera ponencia, desde la óptica teológico-fundamental, a Elmar Salmann, “El trasfondo ‘irracional’ de las razones de la fe”.

En el fondo de las tres ponencias se podía captar la necesidad de atender a la razón fronteriza, que limita con la sensibilidad, con las emociones y con las pasiones. La música desempeña este papel mediador, puesto que traspasa los umbrales de la conciencia, a la vez que muestra afinidad con las matemáticas o con la astronomía. También la fe se mueve en este terreno, el de la razón simbólica – o sacramental -, que incluye el logos, pero sin separarlo de la estética, de los sentidos, de la percepción e incluso de la imaginación.

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17.08.21

Los panes y los peces

(Reproduzo un post ya publicado el 25.06.2019)

En 2 Re 4,42-44 leemos el siguiente relato: “Acaeció que un hombre de Baal Salisá vino trayendo al hombre de Dios primicias de pan, veinte panes de cebada y grano fresco en espiga. Dijo Eliseo: ‘Dáselo a la gente y que coman’. Su servidor respondió: ‘¿Cómo voy a poner esto delante de cien hombres?’. Y él mandó: ‘Dáselo a la gente y que coman, porque así dice el Señor: ‘Comerán y sobrará’. Y lo puso ante ellos, comieron y aún sobró, conforme a la palabra del Señor”.

Frente al simple cálculo humano, el profeta Eliseo tiene en cuenta un criterio más firme: la confianza en la palabra de Dios, que no falla y que supera con creces las expectativas de los hombres.

Este relato probablemente influyó en la manera de redactar un hecho que tuvo que sorprender enormemente a quienes lo presenciaron: una comida de Jesús con sus discípulos y una masa de gente a orillas del mar de Galilea. A favor de la comprobación histórica de ese hecho mediante los recursos que hoy tiene la investigación se pueden aducir los criterios de “testimonio múltiple” (un hecho está atestiguado en más de una fuente literaria independiente) y de “coherencia” (o “congruencia” con otros hechos y dichos preliminares).

Uno de los testimonios de esa comida es el relato de Lc 9,10-17, texto que la Iglesia lee en la solemnidad del Corpus Christi en el ciclo C. En realidad, se trata del único relato de un milagro en el que coinciden la tradición sinóptica y joánica, siendo independientes entre sí el primer relato de Marcos y el de Juan. Los creyentes reconocemos en el hecho relatado una actuación milagrosa de Jesús, un signo que anuncia y hace presente el reino de Dios y que prefigura la Eucaristía.

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29.07.21

Lo más esencial de nuestra sacrosanta religión

Leyendo las Relaciones que los jesuitas misioneros en Canadá enviaban a sus superiores en Europa, encuentro un profundo pasaje que narra la experiencia del padre Brébeuf, san Juan de Brébeuf (1593-1649), uno de los pioneros de la evangelización de los Hurones. Compara, el futuro mártir, la magnificencia y el esplendor del culto católico en Francia, cuyas suntuosas catedrales inspiran recogimiento y devoción, con la pobreza extrema de las tierras de misión: “en estas regiones tendréis que omitir muchas veces la santa misa, y cuando se ofrezca ocasión de poderla celebrar, os servirá de capilla algún rincón de vuestra cabaña, y el humo, la nieve o la lluvia os impedirá que la adornéis, aun cuando tuviereis a mano los adornos necesarios para ello”.

Pero la carencia de majestad visible no impide que, en la humildad, pueda contemplarse únicamente “lo más esencial de nuestra sacrosanta religión, el Santísimo Sacramento del altar, y la fe nos abre los ojos para mirar sus prodigios sin que ningún símbolo de su majestad nos deslumbre y preste su concurso, al igual que los Magos, que venidos de Oriente ofrecieron sus dones y prestaron vasallaje al divino Infante reclinado en las pajas del pesebre” (A. Heinen, Entre los Pieles Rojas del Canadá, 51).

Difícilmente se puede expresar mejor lo que, inspirándose en Hugo de San Víctor, P. Sequeri denomina la dialéctica del miraculum, la imagen, y del sacramentum. En el sacramentum, lo visible, lo estético, está presente, pero reducido a lo mínimo para significar la trascendencia de lo sublime, reconocida en la adoración y en la fe. Son estas disposiciones profundas del alma las que permiten mirar los prodigios “sin que ningún símbolo de su majestad nos deslumbre y preste su concurso”.

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27.07.21

Lecturas. "As Costas do Alén", de Fernando Juan Morado

Decía recientemente Michel Onfray que, en las bases de nuestra cultura, se encuentran – aunque no exclusivamente - el genio del cristianismo y el genio del judaísmo. El genio del cristianismo consiste, según el filósofo francés, en hacer posible una civilización de la alegoría, del símbolo, de la metáfora. El genio judío, piensa Onfray, se expresa en la hermenéutica, en la razón explicativa. En la explicación de las parábolas se unen, en cierto modo, la imagen y la razón.

Símbolo. Imagen. Razón ampliada. No debemos disociar los componentes de esta tríada. El símbolo no aliena el significante del significado, sino que los vincula, los relaciona, como vincula y relaciona lo visible y lo invisible. La imaginación nos recuerda que, sin imagen, no hay pensamiento, ya que la imagen media entre lo sensible y lo inteligible. La razón ampliada, no reducida al racionalismo, al cálculo, al algoritmo, supone una protesta frente a la separación entre el espíritu y la carne.

El nexo entre símbolo, imaginación y razón constituye no solamente una posibilidad sino, incluso, un deber moral. A veces, es preciso imaginar lo inimaginable para conocer lo real y actuar concretamente. Nicolas Stevees, un agudo pensador de nacionalidad francesa y norteamericana, reivindica la necesidad de construir una “utopía de lo posible”. Por su parte, P. Sequeri, desde Italia, apuesta por una razón que sea una “ratio hominis digna”, que deje lugar al afecto, a la confianza y al saber.

No todo se reduce al utilitarismo, que no puede relegar al ostracismo la sensibilidad y la nostalgia de justicia y de sentido. La apuesta por una “razón digna del hombre” va de la mano con una percepción estética – sensible- del mundo.

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20.07.21

El velo del cáliz

He leído, en un decreto firmado por un obispo de un lugar del mundo (con Prot. No. 062-OM-2021), que se ha de evitar, entre otras muchas cosas, el uso del “velo del cáliz” en la celebración de la Santa Misa. No sé si el decreto será auténtico o no, aunque figura en la página web de la diócesis. Podría ser obra de piratas informáticos empeñados en desprestigiar la función episcopal. Que todo es posible.

¿Qué le habrá hecho el velo del cáliz al mencionado obispo? Hay “objetos” – llamémosle así – que gozan de gran predicamento en la liturgia católica. Normalmente, con razón. ¿Quién se atreve a meterse con un Evangeliario? Hasta lo portan, a veces, con el paño humeral reservado a las procesiones eucarísticas. ¿O con el cirio pascual? Incensado, de modo impropio, día sí y día también, durante los cincuenta días de Pascua.  Incluso, una edición de la Biblia figura en algunas iglesias sobre un pedestal, con iluminación destacada, como si se tratase de una especie de sagrario de papel.

Nadie se atreve, nadie osa cuestionar la sensatez – o la eventual estulticia – de ciertos gestos y de ciertos signos. Algunos – gestos y signos – se quedan cortos; otros se pasan de frenada, como se dice en lenguaje coloquial.

Pero con el velo del cáliz no rige este pudor, esta reserva. No, contra el velo del cáliz vale todo. Hasta incluirlo en una lista de horrores que han de ser evitados en una diócesis del mundo, por decreto de un obispo que quizá, esa misma noche, haya dormido mejor pensando en su aportación definitiva al bien de los fieles.

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