Erasmo y Lutero según Stefan Zweig

Siempre resulta agradable leer los libros de Stefan Zweig (Viena 1881 – Petrópolis 1942). Es un narrador brillante que penetra en la psicología de los personajes. En su ensayo “Erasmo de Rotterdam. Triunfo y tragedia de un humanista” nos acerca a la figura eminente de Erasmo (1466-1536) estableciendo un inevitable contraste entre el holandés y el iniciador de la reforma protestante, Martín Lutero (1483-1546).
Ambos eran sacerdotes, habían profesado en la misma orden – la de San Agustín – y compartían el afán de renovación de la Iglesia, volviendo a la pureza del Evangelio. Entre las innumerables cartas recibidas por Erasmo, se encuentra una de 1516, remitida por Spalatin, secretario del príncipe de Sajonia, donde le cuenta al brillante humanista que hay en la ciudad un joven monje agustino que lo respeta mucho, pero que discrepa de él en la cuestión del pecado original. No cree que uno sea justo cuando actúa de manera justa, sino que solo siendo justo se está en condiciones de actuar justamente: “Lo primero es la persona y después vendrán las obras”. El joven monje no es otro que Martín Lutero.


Lo más común es que en la capital de una nación habite el jefe de Estado de ese país; como es el caso del rey de España en Madrid o del presidente de Portugal en Lisboa. Roma es, en esto como en muchas otras cosas, una ciudad excepcional. En ella moran tres jefes de Estado: el papa, el gran maestre de la Soberana Orden Militar de Malta y el presidente de la República Italiana. Esta concentración de poderes hace que la Ciudad Eterna esté plagada de representantes diplomáticos.
Las abejas son unos insectos muy singulares, productores de cera y de miel. En sentido figurado, se le llama “abeja” a una persona laboriosa y previsora. El gran poeta romano Virgilio (70-19 a.C.), de origen campesino, crecido entre los bosques y los árboles, formado entre trabajadores, en una Lombardía húmeda y brumosa, mantiene a lo largo de su vida el apego a la vida sencilla, a los pequeños placeres y a los animales, cultivando una simpatía que extiende a toda la naturaleza. Desde el año 54 estudió elocuencia en Roma y se interesó por la filosofía y por la poesía. A partir de un determinado momento, vivirá asiduamente en la Campania, donde compone, entre el 37 y el 30, un poema acerca del cultivo de la tierra, las “Geórgicas”, antes de dedicarse durante unos 10 años a escribir la “Eneida”. El cuarto canto de las “Geórgicas” versa sobre la apicultura, tema de enorme importancia, pues la miel – “rocío del aire y don del cielo” – se usaba, sobre todo, para endulzar.
En el “Catecismo de la Iglesia Católica” leemos que “todo en la vida de Jesús es signo de su misterio. A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que ‘en él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente’ (Col 2,9). Su humanidad aparece así como el ‘sacramento’, es decir, el signo y el instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora” (n. 515).






