Reseña: Este no es tiempo de "Lolos". Salvados por el sufrimiento
Autor: Eleuterio Fernández Guzmán
Editorial: Createspace, Amazon
Páginas: 113
Precio aprox. 4,42 €
ISBN Amazon: 979-8191336640
Año edición: 2026
Lo puedes adquirir en Amazon
Otros libros del autor. Y más libros, aquí
Don Vicente Alejandro Guillamón, periodista, que Dios tenga en su Gloria, dio a la luz un artículo de título “Qué fue de la Salve Regina” en el que reflexionaba sobre el destino que se le ha dado a la oración que titulaba el artículo y que no ha sido, precisamente, edificante.
Pues bien, entre lo que escribía había algo que llamaba la atención por lo verdadero de la cosa y es que el tiempo que nos ha tocado vivir no es tiempo de “Lolos”. Se refería, él mismo lo dice, al Beato Manuel Lozano Garrido, que mostrando un ser que sobrenaturalizada el dolor que, sin duda, padecía, lo transformaba en gozo y en mirada a Dios.
Y decía, el autor del artículo, que los tiempos de hoy, más bien hedonistas, no son, en efecto, tiempos de personas como Lolo.
El artículo dice, en concreto, esto:
“Rebuscaba en fechas recientes entre los numerosos carnetes de mis pertenencias múltiples –académicas, sindicales, asociativas, políticas, apostólicas, etc.- aquellos que me permitiesen acreditar mi condición de periodista –graduado en la antigua Escuela Oficial de Periodismo y con sesenta años largos de ejercicio profesional a cuestas-, y me tropecé con la tarjetas, foto incluida, de “aspirante” y luego miembro de la Juventud de Acción Católica. Al releerlas, algo se removió en mi interior, pero no tanto por la lejanía de una edad quieras que no añorada, sino por la pérdida de ciertas prácticas o devociones piadosas que los vientos desérticos postonciliares se llevaron por delante.
En los lejanísimos años de mi “militancia” –palabra horrorosa de resabios marxista- en la JAC, raro era el acto piadoso o litúrgico que no rematáramos con el canto de la “Salve Regina”, entonces en latín, como era casi toda la liturgia. “Salve, Regina, Mater misericoridiae; vita dulcendo et espes nostra, salve…” Tal vez no entendiéramos exactamente todo lo que decíamos, pero nuestro corazón lo comprendía perfectamente, en especial su sentido balsámico y suplicante.
Cierto que la Salve es una oración algo tremendista, apropiada para tiempos tremendos, angustiosos (…”a ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”…). De incierto origen medieval, venía a ser refugio o remanso de almas dolientes, agobiadas por acontecimientos más externos que íntimos, más sociales que personales.
Quiero recordar de haber leído alguna vez en alguna parte, que la plegaria original la creó un monje de un monasterio gallego en plena y furiosa invasión musulmana. Tiempos rudos y violentos aquellos, pero históricos, es decir, para nosotros, no actuales, más para otros cristianos de áreas más orientales, por desgracia, plenamente vigentes.
De todos modos, para los católicos del mundo cultural en el que vivimos, la Salve nos parece un tanto irreal, extemporánea, casi fastidiosa. Hoy las gentes no están por el sufrimiento, por la resignación ante las adversidades, por la fatalidad que el rodar de la vida nos asigna a cada uno.
Ciertamente no es época de “Lolos”, de santos sufrientes aunque siempre alegres, al modo del beato jienense Manuel Lozano Garrido. Ahora lo que prevalece es el hedonismo, el pasarlo pipa, la buena vida, el goce sin límite del cuerpo más que del alma.
Tras el Concilio Vaticano II, no pocos de sus intérpretes quisieron poner el reloj de la Iglesia tan a la hora del mundo secular, que hasta se dejaron contagiar por algunos pecados de la sociedad secularizada. Parte del entrañable devocionismo mariano dejó paso a una cierta piedad hirsuta, supuestamente esencialista, más propia del luteranismo o de otras confesiones protestantes que católicas.
En cierta ocasión visité, invitado por un buen amigo anglicano, al obispo de la Iglesia reformada episcopaliana española, don Ramón Taibo, fallecido hace unos diez años, que vivía frente a lo que hoy es el disparatado Tribunal Constitucional, y oficiaba en la Iglesia de esta denominación de la calle de la Beneficencia de Madrid. Don Ramón, que sería un santo varón, digo yo, en las primeras de cambio de nuestra conversación me soltó: “Ustedes, los mariólatras”. Me mordí la lengua para no contestarle como se merecía, pero obviamente, no volví a visitarle. A veces, sin embargo, me pregunto si nuestra devoción a María no ha sido arrinconada, por algunos curitas, al cuarto de los trastos viejos de las sacristías. Desde luego, nada de cantar la Salve, Regina, al final de los actos litúrgicos o piadosos. ¿Se trata de una oración de viejos nostálgicos?”
Y, en efecto, la vida, el tiempo, que nos ha tocado vivir, no es tiempo de gozo en el dolor sino, muy al contrario, de huida de este y, también, de intento vano de esconder que existe el dolor y que, como seres humanos, caminamos por un valle de lágrimas.
Pero Manuel Lozano Garrido era un tipo de persona muy especial que tenía la impresión de que su sufrimiento tenía un sentido que debía difundir a través de su vida y de sus escritos.
Sabemos que, al contrario de lo que se dice, nadie tiene la vida que se merece sino la que las circunstancias le han llevado a gozar y sufrir. Por eso Manuel Lozano Garrido, creyente entregado al servicio del prójimo y de la Iglesia católica, no cejó en defender que cuando sufría (todo el tiempo desde que la enfermedad lo cogió a los 22 años y, sin soltarle, lo llevó a la Casa del Padre) tenía sentido que así fuera.
Seguramente no entendía cuál era pero su confianza en Dios y en su Providencia le bastaban para seguir adelante por el empinado camino que la vida le había deparado.
Por eso, si bien este no es tiempo de “Lolos” sino, al contrario, de hedonistas y de personas ajenas a la verdad de las cosas, bien está que recordemos que hubo y hay personas que, como Manuel Lozano Garrido, dando su vida de la forma que la dieron y dan, fueron y son un ejemplo de por dónde ha de caminar un hijo de Dios hacia el definitivo Reino del Padre.
Sólo nos queda decir que la idea de escribir este libro es del año 2012 y que mucho ha pasado desde entonces. Lo que no ha pasado y no pasará nunca es el sentido salvífico que Lolo tenía del dolor y del sufrimiento, el que es puramente santificante y santificador.
Por otra parte, el tema del sufrimiento tiene mucho que ver con nuestra vida de hombres, de seres creados por una voluntad santa cuyo dueño es Dios mismo, Creador y Todopoderoso.
Todos sufrimos. Queremos decir que en determinados momentos de nuestra vida somos visitados por alguien a quien no quisiéramos recibir pero que se presenta y no hay forma humana de deshacerse de él. Está presente y no podemos negar que muchas veces se hacer notar y de qué manera.
El caso es que para el ser humano común el dolor es expresión de un mal momento. Así, cuando una persona se ve sometida por los influjos de la enfermedad no parece que pase por el mejor momento de su vida. Lo físico, en el hombre, es componente esencial de su existencia.
Pero hay muchas formas de ver la enfermedad y de enfrentarse a ella. No todo es decaimiento y pensamiento negativo al respecto del momento por el que se está pasando. Y así lo han entendido muchos creyentes que han sabido obtener, para su vida, lo que parecía imposible.
Dice San Josemaría, en el número 208 de “Camino”, “Bendito sea el dolor. —Amado sea el dolor. —Santificado sea el dolor… ¡Glorificado sea el dolor!” porque entiende que no es sólo fuente de perjuicio físico sino que el mismo puede ser causa de santificación del hijo de Dios.
Por eso en “Surco” dice el santo de lo ordinario algo que es muy importante:
“Al pensar en todo lo de tu vida que se quedará sin valor, por no haberlo ofrecido a Dios, deberías sentirte avaro: ansioso de recogerlo todo, también de no desaprovechar ningún dolor. —Porque, si el dolor acompaña a la criatura, ¿qué es sino necedad el desperdiciarlo?”
Por lo tanto, no vale la pena deshacerse en maledicencias contra lo que padecemos. Espiritualmente, el dolor puede ser fuente de provecho para nuestra alma y para nuestro corazón; el sufrimiento, una forma de tener el alma más limpia.
En el sentido aquí expuesto abundaba el Papa Benedicto XVI cuando, en una ocasión, en el momento del rezo del Ángelus, dijo que
“Sigue siendo cierto que la enfermedad es una condición típicamente humana, en la cual experimentamos realmente que no somos autosuficientes, sino que necesitamos de los demás. En este sentido podríamos decir, de modo paradójico, que la enfermedad puede ser un momento que restaura, en el cual experimentar la atención de los otros y ¡prestar atención a los otros! Sin embargo, esta será siempre una prueba, que puede llegar a ser larga y difícil.”
Sin embargo, en determinados momentos y enfermedades, el hecho mismo de salir bien parado de la misma no es cosa fácil y se nos pone a prueba para algo más que para soportar lo que nos está pasando.
Entonces,
“Cuando la curación no llega y el sufrimiento se alarga, podemos permanecer como abrumados, aislados, y entonces nuestra vida se deprime y se deshumaniza. ¿Cómo debemos reaccionar ante este ataque del mal? Por supuesto que con la cura apropiada –la medicina en las últimas décadas ha dado grandes pasos, y estamos agradecidos–, pero la Palabra de Dios nos enseña que hay una actitud determinante y de fondo para hacer frente a la enfermedad, y es la fe en Dios, en su bondad. Lo repite siempre Jesús a la gente que sana: Tu fe te ha salvado (cf. Mc 5,34.36). Incluso de frente a la muerte, la fe puede hacer posible lo que es humanamente imposible. ¿Pero fe en qué? En el amor de Dios. He aquí la respuesta verdadera, que derrota radicalmente al mal. Así como Jesús se enfrentó al Maligno con la fuerza del amor que viene del Padre, así nosotros podemos afrontar y vencer la prueba de la enfermedad, teniendo nuestro corazón inmerso en el amor de Dios.”
Fe en Dios. Recomienda el Papa Alemán que no olvidemos lo único que nos puede sustentar en los momentos difíciles de nuestra vida y, siendo la enfermedad uno de los más destacados, no podemos dejar de lado lo que nos une con nuestro Creador.
En realidad, lo que nos viene muy bien a la hora de poder soportar con gozo el dolor es el hecho de que nos sirva para comprender que somos muy limitados y que, en cuanto a la naturaleza, con poco nos venimos abajo físicamente. Nuestra perfección corporal (creación de la inteligencia superior de Dios) tiene, también, sus límites que no debemos olvidar.
Pero también el dolor puede servirnos para humanizarnos y alcanzar un grado de solidaridad social que antes no teníamos. Así, ver la situación en la que nos encontramos puede resultar crucial para, por ejemplo, pedir en oración por el resto de las personas enfermas que en el mundo padecen diversos males físicos o espirituales.
Es bien cierto que la humanidad sufre y que, cada uno de nosotros, en determinados momentos, vamos a pasar por enfermedades o simples dolores que es posible disminuyan nuestra capacidad material. Sin embargo, no deberíamos dejar pasar la oportunidad que se nos brinda para, en primer lugar, revisar nuestra vida por si acaso actuamos llevados por nuestro egoísmo y, en segundo lugar, tener en cuenta a los que también sufren.
Y si, acaso, no comprendemos lo que aquí se quiere decir, bastará con conocer al Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo, como para darnos cuenta de lo que en verdad hacemos negando, si así lo hacemos: el bien que podemos hacernos al gozar del dolor o hacer, del mismo, algo gozoso.
Sufrimos: sí. ¿Podemos cambiar el negativo peso de espada de Damocles sobre nuestra vida que tiene el sufrimiento por liberación del alma?: también podemos responder a esto afirmativamente. Pero no podemos negar, ni queremos, que no es cosa fácil y que es más que probable que nos dejemos ir por el camino con una carga muy pesada. De todas formas, es seguro que podemos caminar mucho mejor sabiendo que tal carga la comparte con nosotros nuestro hermano Jesucristo. No miraremos, así, para otro lado y afrontaremos las circunstancias según las afrontaba el Mesías: de cara para no darles nunca la espalda.
Les dejó aquí el Índice:
Presentación
1. El dolor según el mundo de hoy
2. El dolor según el Beato Manuel Lozano
Garrido, “Lolo”
3. Todo sufrimiento es igual
4. Dios y el sufrimiento del hombre
5. Hacer frente al sufrimiento
6. El fruto del sufrimiento
7. La fe y el sufrimiento
8. Oración y sufrimiento
Un necesario Epílogo
Acerca del autor
Y les dejamos con el apartado titulado
Un necesario Epílogo
A lo largo de las páginas de este pequeño libro hemos podido aportar aquello que, referido al sufrimiento y el dolor, es aceptado o no por el mundo y, luego, por una visión tan espiritual como es la del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo.
Está más que claro que hoy día el dolor o el sufrimiento no es aceptado por el mundo. Es decir, no es que no se acepte como tal pues resulta de todo imposible no hacerlo sino que se busca todo el remedio posible.
En principio, es cierto y verdad que buscar todo el remedio posible al dolor o al sufrimiento (digamos, físico) no es nada malo pues está en el ser del hombre buscar su bienestar. Hasta ahí no podemos decir nada en contra pues el mismo Manuel Lozano Garrido buscaba mitigación a sus muchos dolores en la ciencia de su tiempo (Fue llevado a la Casa del Padre el 3 de noviembre de 1971) y no podemos achacarle ningún tipo de conducta que vaya, en eso, contra la fe.
El caso es que buscar solución a los problemas que causan las enfermedades no es nada malo desde el punto de vista cristiano. Lo que sí podemos decir que lo es la intención de hacer eso.
En realidad, se busca todo alejamiento del dolor y el sufrimiento pero se hace por factores como, por ejemplo, la busca de la felicidad obligatoria donde se exige mostrar una vida perfecta y se tiene por común el culto al cuerpo sin tener para nada en cuenta lo que el factor espiritual puede jugar en la vida de una persona.
Además, el mundo suele considerar el sufrimiento como un obstáculo para alcanzar la felicidad personal y ahí se queda…
Sin embargo, hay una visión que tiene más que ver con la que, para un cristiano, es la adecuada. Así, autores como Víktor Frankl considera que se puede hallar un propósito en el dolor y en el sufrimiento que los transforme en madurez y crecimiento personal que es lo que el mundo no comprende pero, sobre todo, no acepta y como nosotros no somos de este mundo (Cristo dixit en Juan 17, 14: “Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo” o, luego, en el versículo 16: “Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo") pues ya sabemos lo que nos corresponde tener como bueno y verdad.
Por otra parte, tenemos por verdad que el sufrimiento es redentor porque es el mismo Hijo de Dios quien nos lo demostró con su muerte y resurrección. Y es que, como dijo San Pablo en la Epístola a los Colosenses (1, 24)
“Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia.”
Además, decimos con convencimiento que el sufrimiento no es en vano sino que se convierte en una vía de purificación espiritual y, en resumidas cuentas, de una maduración de la fe.
Sobre todo esto, el Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo, mostró que lo que decimos acerca de la consideración del dolor y del sufrimiento para un católico es posible llevarlo a cabo pues, a lo largo de su vida, fueron muchos los malos momentos por los que pasó y siempre supo sobrenaturalizar tanto el dolor como el sufrimiento “sobrenadando” sobre ellos y poniendo en su vida la importancia en lo que, verdaderamente, tenía importancia.
En resumidas cuentas, una cosa es lo que el mundo considera acerca del dolor y del sufrimiento y otra lo que nosotros, los que nos consideramos hijos de Dios, consideramos sobre unos aspectos de nuestra vida que pueden ser tratados, en el fondo, de forma muy distinta a lo que el mundo pretende y, de hecho, hace. Y eso porque nosotros bien sabemos que todo lo que aquí hacemos tiene un eco en la eternidad.
De todas formas, en las palabras del Apóstol de los gentiles que hemos traído aquí radica toda nuestra fe al respecto del dolor y del sufrimiento. Y con eso nos quedamos y con lo más elemental de todo: nosotros no somos de este mundo.
Y siguiendo el valioso principio que dice que debemos dar gratis lo que hemos recibido gratis, desde ahora mismo quedo a disposición de quien así lo desee y le enviaré, a vuelta de correo, copia del libro en formato pdf de forma totalmente gratuita. Sólo hay que hacer la petición al correo electrónico [email protected].
Eleuterio Fernández Guzmán
Panecillos de meditación
Llama el Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.
Panecillo de hoy:
Ese gran regalo de Dios que es el alma nuestra.
Aforismos de fe católica: del libro de Lolo “Bienvenido, amor” (339)
“Cuanto más pura es una ofrenda tanto más resplandece su testimonio“
……………………………
Para leer Fe y Obras.
Para leer Apostolado de la Cruz y la Vida Eterna.














