Amigo de Lolo – Frases que bien valen la pena – El misterium iniquitatis

PRESENTACIÓN
Ya son algunos años los que, el que esto escribe, lleva haciendo lo propio sobre el Beato de Linares (Jaén, España) en esta casa de InfoCatólica. Siempre ha valido la pena hacer algo así y aportar, aunque sea, un granito de arena a la comprensión de un creyente tan fuerte y profundo como es Lolo.
El linarense universal, que tanta atracción espiritual tiene para quien lo conoce, no deja de producir interés en aquel que se acerca a su persona a través de su obra. Y es que, no pudiendo hacerlo ahora personalmente o, digamos, en la intimidad de la conversación entre amigos, que lo somos todos aquellos que ansiamos serlo, es seguro que acercarse a Lolo de forma cercana nos viene la mar de bien.
Lolo nos acerca a lo bueno que tiene saber que, cuando se es hijo de Dios la mejor forma de serlo es, sencillamente, siéndolo. Y él es una muestra perfecta de cómo hacer algo que, algunas veces, a muchos nos resulta difícil y a algunos… imposible. Acerquémonos, desde ahora, a la obra misma de Lolo y a su intimidad podríamos decir, con lo que vamos a ganar, seguramente, mucho y más que mucho. Y, para más abundancia de lo bueno y mejor, al final de todo esto les ponemos uno de los aforismos espirituales que publicó Lolo en su libro “Bien venido, amor“. Vamos, miel sobre hojuelas, como se dice en la Biblia pues esto, al fin y al cabo, es cosa del alma de cada cual.
Frases que bien valen la pena – El misterium iniquitatis
“Al pecado nos lleva una apetencia consciente de brutalidad, como una sed de fango y una codicia de instintos animales.” (Beato Lolo, de su libro El sillón de ruedas)
San Pablo, en su Epístola a los Romanos y, en concreto en los versículos 19 a 23 del capítulo 7 de esta nos dice esto que sigue:
“”19 puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. 20 Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí. 21 Descubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta. 22 Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, 23 pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros.”
Es decir que, muchas veces, por mucho que queramos… acabamos pecando.
Pues bien, sobre el pecado tiene Lolo muy claro cuál es el origen del mismo y aquí nos lo dice. Y eso nos quiere decir que al pecado no es que se llegue, digamos, sin saber porqué sino que hay unas causas que son bien claras y determinadas en las que solemos caer como algo hecho por costumbre…
Da la impresión de que el Beato de Linares (Jaén, España) reduce el pecado a lo que nosotros queremos hacer o, en fin, en cómo queremos ser. Y es que aquí nos habla, digamos, de un origen triple del misterium iniquitatis porque, verdaderamente y según nos dice el Apóstol de los gentiles es algo a lo que bien se le puede llamar misterioso por su origen y también por vencer nuestra voluntad con demasiada facilidad.
Eso del origen triple del que hablamos arriba es por esto que sigue.
En primer lugar, da la impresión de que a nosotros nos gusta más de la cuenta actuar con cierta brutalidad. Es más, es que casi lo hacemos inconscientemente porque tenemos arraigado en nuestro corazón hacer así las cosas que es, precisamente, a lo que se refiere San Pablo cuando dice que “ advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros.”.
De todas formas no es bueno escudarse en tal situación o circunstancia y valernos de una tal excusa para pecar algo así como si fuera imposible no hacerlo.
En segundo lugar, también da la impresión que en nuestra naturaleza humana (que, por cierto, es íntimamente pecadora desde el mismo principio del nacimiento), de que a ella le agrada más de la cuenta lo malo o peor que pueda haber en el mundo. Es decir, el “fango” del que habla Lolo. Por eso nos dice nuestro amigo que es algo así como si tuviéramos “sed de fango” y eso, como puede imaginarse, no es nada bueno para nuestra alma ni para tener una vida, digamos, apegada a la fe.
En tercer lugar, resulta bastante terrible que después de que hayan pasado algunos milenios desde que el ser humano lo es y desde, por tanto, ha dejado de formar parte del mundo “animal irracional” aún tengamos en nuestro ADN, en nuestra misma forma de ser, eso que el linarense universal llama “instintos animales”. Y es que los mismos no tienen nada que ver con el raciocinio ni con la capacidad de decidir lo que hacemos teniendo en cuenta las consecuencias de lo que podemos hacer. Es decir, que muchas veces actuamos como los animales irracionales que se dejan llevar por sus instintos. Y ya podemos imaginar las consecuencias que eso puede tener si hablamos del pecado: es más posible que llevados por ellos incurramos en diversos y múltiples pecados.
Todo eso es a lo que nos lleva el pecado. Ahora bien, como supongo que haría Lolo a lo largo de su vida, también tenemos la posibilidad de oponer resistencia a la brutalidad, al fango y a los instintos animales aunque para eso haya que tener la fuerza espiritual que tenía el Beato de Linares porque si no es así… en fin… pues eso, que ya sabemos lo que pasa y lo que, justamente, no le pasó a él.
Eleuterio Fernández Guzmán
Panecillos de meditación
Llama el Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.
Panecillo de hoy:
Entender el sufrimiento es un bien más que importante.
Aforismos de fe católica: del libro de Lolo “Bienvenido, amor" (167)
“Cada criatura tiene el amor dentro, afanándole el Reino de que es carne de nostalgia.”
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Para leer Fe y Obras.
Para leer Apostolado de la Cruz y la Vida Eterna.




Pero Dios, que no abandona nunca ni se siente desesperanzado, quiso poner remedio a la perdición en la que había caído quien había creado y mantenía con tanto amor. Y envió al mundo a su Hijo único, Cristo, el Enviado, el Ungido, el Mesías. 
Sin embargo, es posible que no fuera suficiente pues para aquellos que lo habían visto morir todo lo que estaba sucediendo les venía, en exceso, grande. Necesitaban algo más contundente que les hiciera caer de aquel caballo de incredulidad en el que aún andaban subidos. 













