InfoCatólica / Eleuterio Fernández Guzmán / Archivos para: Marzo 2019

15.03.19

Ventana a la Tierra Media – Beren y Lúthien

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Edith Mary Tolkien – Lúthien (1889-1971)

John Ronald Reuel Tolkien – Beren (1892-1973)

 

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Esto es para aquellos que no conozcan la historia, tan personal y particular que hubo entre el autor de El Señor de los Anillos y la que fuera su esposa, Edith Mary. De todas formas, es más que posible que pueda interesar a los que sí la conocen y tienen información más que suficiente sobre estos personajes porque, al fin y al cabo, los Tolkien han devenido, también, en personajes a través de los libros que, publicados, dan información de sus vidas. Y son personajes, también, de las nuestras: personas, pues, como seres humanos que han nacido, vivido y muerto y, luego, personajes como propios de una historia, la suya, de amor que es bien tierna. 

Decimos que los nombres de los aquí citados y sus fechas de nacimiento y de fallecimiento son los que constan en la tumba de ambos como puede verse en la imagen de arriba. 

En una carta (de la que no podemos poner texto porque no tengo, aún, el permiso para hacerlo…) que Tolkien envía a su hijo Christopher le dice, tras la muerte de la esposa del primero y madre del segundo, que para el primero Edith había sido siempre su Lúthien aunque, en verdad (como reconoce él) nunca la llamó así. 

Que J.R.R. Tolkien dejara escrito eso y dedicara un elogio tan grande hacia su esposa (muy a pesar de que, en sus vidas, todo no fueran rosas, como podemos imaginar y es lógico, también, esperar) es algo que debe movernos a reflexión y a meditación. 

Es más que cierto, a tal respecto, que no es poco común idealizar a la persona que vive a nuestro lado y tenerla, a lo mejor, por mucho mejor de lo que es. Es decir, que lo que pensamos sobre la misma nos lleva a atribuirle virtudes que sí, es posible que tenga, pero que es posible no sean como  nosotros creemos que son. 

El amor, de todas formas, es como es y a nadie se le va a negar la posibilidad de vivir en su mundo si su mundo entiende que es mejor que el que es real. 

De todas formas, no queremos decir con esto que Tolkien, esposo, viviera en Babia o, sencillamente, alejado de la realidad sino que tenía a su Esposa por alguien a quien no sólo admiraba sino que había subcreado hacía mucho, pero que muchos años: Lúthien, hija de Thingol (como se suele decir en los libros del profesor), llamada por Beren (el personaje) “Tinúviel” o, lo que es lo mismo, ruiseñor. 

Sabemos que Lúthien era elfa o, lo que es lo mismo, que formaba parte de los Primeros Nacidos; también que Beren (aunque creemos recordar en una versión anterior de la definitiva era, también, elfo) era de la raza de los hombres. Había, por tanto, una gran diferencia entre ella y él. Y es que en este caso, como pasa en otros de la obra de Tolkien, el tema de la elección libre juega un papel más que importante. Y lo decimos porque Tinúviel escogió ser, también, humana como Beren a sabiendas de lo que la mortalidad supondría para ella. Pero pudo el amor. 

En esto vemos que, como hizo en la narración Lúthien, también Edith tuvo que escoger entre quien había sido su novio (John) y aquel con quien, tras esperar mucho tiempo desde que nuestro autor siguiera las instrucciones del P. Morgan (quien había cuidado de él desde la muerte de su madre a modo de tutor legal) de no mantener ningún tipo de relación con Edith hasta la mayoría de edad (21 años), se comprometió. Y nos referimos a George Field, a la sazón hermano de Molly, compañera de escuela de Edith. 

Pero el profesor (aún no era, claro, aunque para nosotros siempre lo será) no se iba a rendir tan fácilmente. Y concertó un encuentro con Edith a quien convenció de que su relación iría y seguiría por buen camino. Y tal fue así que contrajeron matrimonio muy poco tiempo antes de que John marchara, nada más y nada menos, que a la sangrienta I Guerra Mundial o, seguramente, por lo que se veía venir… 

Por otra parte, el amor entre Beren y Lúthien pudo contra todos los contratiempos que les acaecieron e, incluso, fue capaz de sobreponerse a la muerte del primero de ellos por la elección personal, otra vez, de parte de Lúthien, de hacer intervenir al mismo Eru (Creador y Único) que dio posibilidad de escoger a Tinúviel la cual cambió radicalmente su mismo ser para ser, ahora, mortal y habitar junto a Beren hasta su muerte propia de los de la raza de los hombres. Y también, en un sentido similar, el amor entre Edith y John pudo contra todos los contratiempos que les salieron al camino el menor de los cuales no fue, precisamente, el de la misma Guerra en la que estaba inmerso el profesor. Y no es que Beren-John acudiera a las trincheras a quitar un silmaril a Morgoth (misión por la cual se ganó la mano de  Tinúviel el personaje literario) sino que, en cierto modo algo parecido era, haría todo lo posible (dentro de sus posibilidades) para que el Mal dejara de reinar en el mundo, en aquel mundo de muerte innecesaria y donde acabó desapareciendo, casi en su totalidad, toda una generación de jóvenes… en este caso de lo más granado de la juventud inglesa pues, por ejemplo, de los 3.000 miembros con que contaba la Universidad de Oxford antes del comienzo de la Guerra de 1914 apenas quedaron -entre lisiados y demasiado mayores- 350 cuando terminó la contienda en 1918… 

Beren y Lúthien es una historia que llena el corazón de quien se la lleva al mismo. Y lo hace porque muestra hasta dónde es posible llegar si se ama de verdad y qué obstáculos se pueden llegar a saltar en tal caso. Y algo parecido pasó a nuestros particulares personajes humanos, reales como la vida misma y como hemos tratado de decir aquí. 

Por cierto, ignoramos con qué melodía fue capaz Lúthien-Edith de enamorar el corazón de Beren-John. Pero nos gusta creer que fue una que contenía los más bellos cantos élficos creados por aquel a quien iban, precisamente, destinados. Eso sí, tocada al piano. 

Y es que, al fin y al cabo, y como dijo aquel, la vida es sueño y hay sueños, como éste, que vienen de más allá del mundo real y arraigan, ya para siempre, en el corazón de los que así sueñan.

 

¡Alabado sea Eru, que nos permite creer esto!

 

 

Eleuterio Fernández GuzmánErkenbrand de Edhellond

  

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Panecillos de meditación

Llama el Beato Manuel Lozano GarridoLolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

Panecillo de hoy:

 

Hay mundos que, sin duda alguna, nos llevan más lejos del que vivimos, nos movemos y existimos.

 

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Para leer Fe y Obras.

Para leer Apostolado de la Cruz y la Vida Eterna.

 

13.03.19

Un amigo de Lolo – "Lolo, libro a libro" – La siembra de Satanás

Presentación

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Yo soy amigo de Lolo. Manuel Lozano Garrido, Beato de la Iglesia católica y periodista vivió su fe desde un punto de vista gozoso como sólo pueden hacerlo los grandes. Y la vivió en el dolor que le infligían sus muchas dolencias físicas. Sentado en una silla de ruedas desde muy joven y ciego los últimos nueve años de su vida, simboliza, por la forma de enfrentarse a su enfermedad, lo que un cristiano, hijo de Dios que se sabe heredero de un gran Reino, puede llegar a demostrar con un ánimo como el que tuvo Lolo.

Sean, las palabras que puedan quedar aquí escritas, un pequeño y sentido homenaje a cristiano tan cabal y tan franco.

 

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Continuamos con el traer aquí textos del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo. Lo hacemos ahora con “El sillón de ruedas”.

La siembra de Satanás

 

“Un Dios ‘duro’ abona el rencor y el imperio del hombre bestia. Y de lo que se trata en realidad es de que haya siempre quien perpetúe en el tiempo la soberbia de un ángel destronado.” (El sillón de ruedas, p. 93)

 

Hay siempre excusas. Es decir, el ser humano, y hablamos del creyente católica, puede poner sobre la mesa cualquier cosa, cualquier expresión de su pensamiento para llevar el agua a su molino, como se dice popularmente. El caso es que por “h” o por “b” las cosas, al parecer, han de ser como nosotros queremos que sean.

Haciendo uso de tal posibilidad (que, además, se apoya en la libertad donada por Dios a sus hijos) podemos valernos de nuestra falta de fe para justificar lo injustificable.

El Beato Manuel Lozano Garrido nos habla, en este corto de texto de su “Sillón de ruedas”, de algo muy importante y que, de no tomarlo por poca cosa, nos librará de según qué pensamientos que poco tienen que ver con la verdad.

Decimos que sí, que es posible creer lo que queremos creer. Pero no es posible hacer como si Dios fuera inflexible o, por decirlo pronto, un poco rencoroso con nosotros. Y no lo puede ser porque, en primer lugar, nos ha creado y no va a hacer algo así con quien no quiera y es que, en segundo lugar, sí nos quiere y nos ama. Por eso no puede ser como algunos hermanos creen que es.

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11.03.19

Serie Venerable Marta Robin – El fin de la santificación

Hace mucho tiempo que hemos incardinado los comentarios acerca de la obra de la Venerable Marta Robin (francesa ella, de nacimiento y de nación) en la serie sobre la oración.  Sin embargo, es de recibo reconocer que desde hace mucho tiempo, también, no trata lo que traemos aquí de oraciones, en sí mismas consideradas (algunas veces sí, claro) sino de textos espirituales que nos pueden venir muy bien, primero, para conocer lo más posible a una hermana nuestra en la fe que supo llevar una vida, sufriente, sí, pero dada a la virtud y al amor al prójimo; y, en segundo lugar, también nos vendrá más que bien a nosotros, sus hermanos en la fe que buscamos, en ejemplos como el suyo, un espejo, el rastro de Dios en una vida ejemplar que seguir.

 

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Por eso, nos vamos a acercar a su obra espiritual a través del contenido del libro “Journal. Décembre 1929, Novembre 1932) publicado en 2013 por Editions Foyer de Charité y que recoge, como su nombre indica, el contenido del Diario íntimo y personal de la Venerable Marta Robin entre las fechas que se indican en el título del mismo.

    

El fin de la santificación

 

De los Consejos para avanzar en la vida de perfección, nos dice la Venerable Marta Robin esto que sigue:

 

“En todas las cosas, en todas nuestras obras, no tengamos en cuenta más que nuestra santificación y la gloria de Dios; sin esto no recogeremos ni provecho, ni avance ni mérito.“ (Consejo número 10)

 

Es verdad que, como suele decirse, llevamos una vida ordinaria muy ajetreada. Es decir, no es poco lo que llevamos a cabo y también es cierto que no tenemos tiempo para todo lo que quisiéramos hacer.

Bien. Así están las cosas, digamos, ordinarias. Sin embargo, aunque a nosotros eso nos pueda parecer lo más importante de nuestra vida, hay algo que va mucho más allá de tales cosas y, en una medida más que cierta, tan acá que llega al mismísimo corazón.

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10.03.19

La Palabra del domingo - 10 de marzo de 2019

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Lc 4, 1-13                    

 

“1 Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto, 2 durante cuarenta días, tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre. 3 Entonces el diablo le dijo: ‘Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan.’    4 Jesús le respondió: ‘Esta escrito: = No sólo de pan vive el hombre.’ = 5 Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; 6 y le dijo el diablo: ‘Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. 7 Si, pues, me adoras, toda será tuya.’ 8 Jesús le respondió: ‘Esta escrito: = Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto.’ = 9 Le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el alero del Templo, y le dijo: ‘Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; 10 porque está escrito: = A sus ángeles te encomendará  para que te guarden. = 11 Y: = En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna.’ = 12 Jesús le respondió: ‘Está dicho: = No tentarás al Señor tu Dios.’ = 13 Acabada toda tentación, el diablo se alejó de él hasta un tiempo oportuno.”

                                      

COMENTARIO 

Ser  tentado y (no) dejarse tentar

 

El Ángel caído por antonomasia, aquel que odia a Dios más que nadie y que busca hacer daño a su descendencia, no podía hacer otra cosa que tratar de que el Hijo del Todopoderoso cayera en sus tentaciones. Era, además, una forma de manifestar un poder que, si bien se le había dado para ser Príncipe del mundo no así, como aquí se ve, parar poder ejercerlo sobre Quien, precisamente, era Enviado del Creador y no iba a consentir según qué cosas. 

Jesús, desde que fue bautizado, se deja conducir por el Espíritu Santo lo cual, por otra parte, no es nada extraño por ser Dios quien eso hacía. Sin embargo, es de notar que en cuanto sale del Jordán sabe que debe ir, nada más y nada menos, que al inhóspito desierto. 

El desierto, por mucho que se diga, es un lugar no demasiado apto para llevar una vida, siquiera, medianamente admisible. Y es que debe ser duro encontrarse donde no hay, siquiera, agua que lo mantenga vivo a uno. Pero Jesús iba allí, primero, porque así lo determinaba Dios mismo y, luego, porque era un momento muy oportuno para enfrentarse a quien quería hacerle mucho daño. 

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8.03.19

Ventana a la Tierra Media – "La caída de Gondolin": un comentario

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Nota previa: como es bien conocido por muchos, las personas que se adhieren, de forma especial, a la obra de J.R.R. Tolkien suelen adoptar un pseudónimo que los identifica. Y el que esto escribe, una vez meditada la cosa  (pues no es tan fácil como pudiera pensarse) ha escogido el de Erkenbrand de Edhellond. Ha escogido el primero de ellos por ser de la raza de los hombres que se enfrentó  a Saruman (el Mal mismo corrompido por el Mal) en la Batalla de los Vados del Isen. A eso se ha añadido “de Edhellond” por haber estado ya escogido el nombre de Erkenbrand y pertenecer, el que esto escribe, al Smial de Edhlellond (a la sazón, Valencia, España). Es, digamos, una forma de diferenciar pseudónimos que permite hacer uso vario de los nombres que se quieran escoger.

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 Y, sin nada más que decir (que no es poco) ahí va el artículo de hoy referido a una narración muy antigua de J.R.R. Tolkien (seguramente, la más antigua de todas y la que dio origen al El Silmarillion) y a una ciudad que fue, antes de su destrucción, algo más que maravillosa: Gondolin. 

Recientemente, la editorial Minotauro ha publicado la traducción de la obra preparada por el hijo de J.R.R. Tolkien, Christopher, de título “La caída de Gondolin”. Y nosotros, a modo de comentario, ofrecemos lo que sigue. Esto, sin embargo, no es una recensión (aún no hemos leído el libro como es fácil suponer) sino, más bien, expresión de gozo particular pero, seguramente, universal. 

No podemos negar que este libro requiere el conocimiento de algo más que el simple texto. Es decir, que es recomendable tener ciertas lecturas propias, por ejemplo, del Silmarillion, pero no podemos dejar de reconocer que también se puede leer este nuevo libro del profesor de Oxford, al menos, para conocer lo que paso en aquella maravillosa ciudad.

 

En primer lugar, Turgon, el Rey de Gondolin (digamos, escondido) quiere mantener un estado de gozo en la vida que se puede ver interrumpido. Ya le avisa Tuor, otro personaje a tener muy en cuenta en aquellas circunstancias, en el momento oportuno. Pero no lo acaba de aceptar hasta que le llegan noticias de que sí, de que el Oscuro, el Enemigo, se acerca. Pero entonces la suerte ya estaba echada sobre Gondolin. Y es que la traición anidaba en su propio seno a manos de un envidioso (de poder y por amor a Idril, hija del Rey) llamado Meglin (de cuyos orígenes no vamos a hablar aquí ahora y porque no queremos dar, siquiera, noticia grande de tan miserable y traidor ser), a la sazón príncipe de Gondobar por gozar de la confianza del Rey al ser sobrino suyo. 

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