InfoCatólica / Eleuterio Fernández Guzmán / Archivos para: Abril 2018

30.04.18

Serie Venerable Marta Robin – A la Santísima Trinidad – Sobre la pasión en sí misma vivida

Hace mucho tiempo que hemos incardinado los comentarios acerca de la obra de la Venerable Marta Robin (francesa ella, de nacimiento y de nación) en la serie sobre la oración.  Sin embargo, es de recibo reconocer que desde hace mucho tiempo, también, no trata lo que traemos aquí de oraciones, en sí mismas consideradas (algunas veces sí, claro) sino de textos espirituales que nos pueden venir muy bien, primero, para conocer lo más posible a una hermana nuestra en la fe que supo llevar una vida, sufriente, sí, pero dada a la virtud y al amor al prójimo; y, en segundo lugar, también nos vendrá más que bien a nosotros, sus hermanos en la fe que buscamos, en ejemplos como el suyo, un espejo, el rastro de Dios en una vida ejemplar que seguir.

 

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A la Santísima Trinidad – Sobre la pasión en sí misma vivida

 

Marta Robin vivió la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo desde 1930. Y es que entre desde el jueves por la noche (21 horas) hasta el mediodía del domingo, pasó por los estados físicos que sufrió el Mesías.

Pues bien, nuestra Venerable francesa describe la íntima comunión con Jesucristo que le permite, como dice el autor del libro aquí traído, “sobrepasar el sufrimiento para encontrar el Corazón de Cristo”:

 

“El alma está en esta intimidad de Amor y de sufrimiento con Él como está en esta intimidad que contiene el deseo de su Corazón sobre las almas”.

 

Sin duda que no debe ser fácil pasar por lo que pasó Nuestro Señor Jesucristo aquellos días últimos de su vida entre sus hermanos los hombres. Pero aún debe ser peor si se considera, quien eso sufre, indigno de ser sufrido. Y eso es lo que le pasa a la Venerable Marta Robin aunque, no vaya a creer alguien que eso le hace rechazar tal bondad de parte de Dios.

Lo que aquí se trata es de ver los frutos espirituales que se pueden obtener de algo así porque los corazones débiles o mundanos no pueden ver nada bueno en padecer aquellos momentos tan terribles como fueron los que abarcaron desde la Última Cena hasta la muerte del Hijo de Dios.

¡Qué difícil es este, casi, unir, las palabras Amor y sufrimiento! Y así lo hace nuestra Venerable porque, en el caso de la Pasión de Cristo se une, ciertamente, lo que supone la entrega por el prójimo, por aquellos que Dios le había entregado con la forma de que eso sea y se haga posible. Y, en el caso del Hijo de Dios, nadie puede dudar de que amó hasta el extremo a sus hermanos y aquel extremo suponía y supuso un sufrimiento de todo el mundo conocido.

Amor, sí, y sufrimiento, también, por tanto, no aparecen aquí separados por una distancia de egoísmo sino, al contrario, por la continuidad de la existencia de un ser humano, Jesús de Nazaret, y el cumplimiento de la misión de Aquel que fue enviado al mundo para que el mundo se salvase.

Amor y sufrimiento, por tanto, las considera Marta Robin como algo tan íntimo, tan personal, que no pueden separarse y que no pueden tenerse como realidades ajenas entre si sino, justamente, al contrario: se unen en este caso especial porque muy sui generis fue la forma de ser y actuar de Aquel que quiso entregarse porque Dios quería que se entregase de aquella manera en la que el Amor y el sufrimiento se abrazaban de tal forma que no podían separarse de ninguna de las maneras.

En realidad, lo que nos dice la Venerable francesa es que cuando ella misma pasa por aquellas horas en las que sufre la Pasión de Cristo no hay separación entre sufrir y amar y que reconoce que el Mesías entregó su vida no porque no tuviera otra posibilidad (que sí tenía) sino porque era el cumplimiento de la voluntad de Dios que así sucediera sin por eso llegar a creer que era que sufriera sino que, dadas las circunstancias de su vida y según lo escrito mucho antes, perdonara a los que le estaban matando. Amor, pues, fue lo que contrapuso Jesucristo al sufrimiento recibido. Y eso es lo que nos quiere transmitir Marta Robin cuando ella misma para por aquello…

Eso, sin embargo no es todo. Y es que nuestra hermana que va camino de los altares más altos de la catolicidad y del Cielo sabía que el Amor y, con él, el sufrimiento, venía a ser como la expresión de que ella también quería, anhelaba  que el resto de seres humanos alcanzaran a Dios y allí se quedaran con el Todopoderoso. Y sería algo así porque el ansia espiritual del Hijo de Dios era que todo hermano suyo alcanzara la Bienaventuranza y la Visión Beatífica para lo cual, bien lo dijo Jesucristo, sólo sería posible cargando con la cruz, con la que cada cual cargue, claro está.

    

Eleuterio Fernández Guzmán

Nazareno

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Llama el Beato Manuel Lozano GarridoLolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

Panecillo de hoy:

La Venerable Marta Robin es buen ejemplo de lo que se puede llegar a ser: hija de Dios.

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29.04.18

La Palabra del Domingo - 29 de abril de 2018

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Jn 15, 1-8

“1 ‘Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. 3 Vosotros estáis ya limpios  gracias a la Palabra que os he anunciado.4 Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. 5 Yo soy la vid;  vosotros los sarmientos.  El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. 6 Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento,  y se seca; luego los recogen, los echan al fuego  y arden. 7 Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros,  pedid lo que queráis  y lo conseguiréis. 8 La gloria de mi Padre está  en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos.’”

COMENTARIO

 

Vid y sarmientos; Cristo y discípulos

 

Quizá lo que propone Jesús, en esta parte del Evangelio de Juan, sea una de las imágenes más clarificadoras de las que mostró a lo largo de su corta, pero profunda, predicación: la vid y el viñador, los sarmientos y el fuego que los quema, el seguimiento a la vid y el fruto que podemos obtener y dar de ese seguir al Enviado.

Como en tantas otras ocasiones, el Mesías ofrece un ejemplo cercano, una forma, simple a primera vista, y en el fondo, honda, de hacerse comprender. Todo lo relacionado con la tierra, con sus frutos, su cultura y el resultado de ese proceso, identifica, perfectamente, lo que Cristo pretendía que entendieran, entonces, los que le seguían y, ahora, los que detrás de aquella estela y luminaria, optamos, y optan, por mirar sus huellas por el mundo dejadas y reconocemos, en ellas, el único camino bueno que seguir, ávidos de una vida eterna que, con Él, ya podemos disfrutar en este momento, en este ahora que es nuestra vida.

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28.04.18

Serie “Al hilo de la Biblia- Y Jesús dijo…” – ¿Estamos sordos? Estamos sordos

Sagrada Biblia

Dice S. Pablo, en su Epístola a los Romanos, concretamente, en los versículos 14 y 15 del capítulo 2 que, en efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia, y los juicios contrapuestos de condenación o alabanza. Esto, que en un principio, puede dar la impresión de ser, o tener, un sentido de lógica extensión del mensaje primero del Creador y, por eso, por el hecho mismo de que Pablo lo utilice no debería dársele la mayor importancia, teniendo en cuenta su propio apostolado. Esto, claro, en una primera impresión.

Sin embargo, esta afirmación del convertido, y convencido, Saulo, encierra una verdad que va más allá de esta mención de la Ley natural que, como tal, está en el cada ser de cada persona y que, en este tiempo de verano (o de invierno o de cuando sea) no podemos olvidar.

Lo que nos dice el apóstol es que, al menos, a los que nos consideramos herederos de ese reino de amor, nos ha de “picar” (por así decirlo) esa sana curiosidad de saber dónde podemos encontrar el culmen de la sabiduría de Dios, dónde podemos encontrar el camino, ya trazado, que nos lleve a pacer en las dulces praderas del Reino del Padre.

Aquí, ahora, como en tantas otras ocasiones, hemos de acudir a lo que nos dicen aquellos que conocieron a Jesús o aquellos que recogieron, con el paso de los años, la doctrina del Jristós o enviado, por Dios a comunicarnos, a traernos, la Buena Noticia y, claro, a todo aquello que se recoge en los textos sagrados escritos antes de su advenimiento y que en las vacaciones veraniegas se ofrece con toda su fuerza y desea ser recibido en nuestros corazones sin el agobio propio de los periodos de trabajo, digamos, obligado aunque necesario. Y también, claro está, a lo que aquellos que lo precedieron fueron sembrando la Santa Escritura de huellas de lo que tenía que venir, del Mesías allí anunciado.

Por otra parte, Pedro, aquel que sería el primer Papa de la Iglesia fundada por Cristo, sabía que los discípulos del Mesías debían estar

“siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza” (1 Pe 3, 15)

Y la tal razón la encontramos intacta en cada uno de los textos que nos ofrecen estos más de 70 libros que recogen, en la Antigua y Nueva Alianza, un quicio sobre el que apoyar el edificio de nuestra vida, una piedra angular que no pueda desechar el mundo porque es la que le da forma, la que encierra respuestas a sus dudas, la que brota para hacer sucumbir nuestra falta de esperanza, esa virtud sin la cual nuestra existencia no deja de ser sino un paso vacío por un valle yerto.

La Santa Biblia es, pues, el instrumento espiritual del que podemos valernos para afrontar aquello que nos pasa. No es, sin embargo, un recetario donde se nos indican las proporciones de estas o aquellas virtudes. Sin embargo, a tenor de lo que dice Francisco Varo en su libro “¿Sabes leer la Biblia? “ (Planeta Testimonio, 2006, p. 153)

“Un Padre de la Iglesia, san Gregorio Magno, explicaba en el siglo VI al médico Teodoro qué es verdaderamente la Biblia: un carta de Dios dirigida a su criatura”. Ciertamente, es un modo de hablar. Pero se trata de una manera de decir que expresa de modo gráfico y preciso, dentro de su sencillez, qué es la Sagrada Escritura para un cristiano: una carta de Dios”.

Pues bien, en tal “carta” podemos encontrar muchas cosas que nos pueden venir muy bien para conocer mejor, al fin y al cabo, nuestra propia historia como pueblo elegido por Dios para transmitir su Palabra y llevarla allí donde no es conocida o donde, si bien se conocida, no es apreciada en cuanto vale.

Por tanto, vamos a traer de traer, a esta serie de título “Al hilo de la Biblia”, aquello que está unido entre sí por haber sido inspirado por Dios mismo a través del Espíritu Santo y, por eso mismo, a nosotros mismos, por ser sus destinatarios últimos.

Por otra parte, es bien cierto que Jesucristo, a lo largo de la llamada “vida pública” se dirigió en múltiples ocasiones a los que querían escucharle e, incluso, a los que preferían tenerlo lejos porque no gustaban con lo que le oían decir.

Sin embargo, en muchas ocasiones Jesús decía lo que era muy importante que se supiera y lo que, sobre todo, sus discípulos tenían que comprender y, también, aprender para luego transmitirlo a los demás.

Vamos, pues, a traer a esta serie sobre la Santa Biblia parte de aquellos momentos en los que, precisamente, Jesús dijo.

 

¿Estamos sordos? Estamos sordos

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Y Jesús dijo… (Mc 7,16)

 

“Quien tenga oídos para oír, que oiga”

 

Resulta muy difícil decir tanto con tan pocas palabras aunque, sabiendo que es el Hijo de  Dios quien esto dice, es  fácil explicarnos que eso es posible…

A lo largo de la vida que, por lo común y según lo establecido, llamamos pública, el Hijo de Dios tuvo muchas ocasiones para hablar. Queremos decir que su predicación era, sobre todo, oral y que, que se sepa, no dejó nada escrito de su puño y letra lo cual, por cierto, no es nada extraño pues ya hubo quien recogió lo que hizo y dijo.

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26.04.18

El rincón del hermano Rafael - "Saber esperar" - Ansia de la muerte

“Rafael Arnáiz Barón nació el 9 de abril de 1911 en Burgos (España), donde también fue bautizado y recibió la confirmación. Allí mismo inició los estudios en el colegio de los PP. Jesuitas, recibiendo por primera vez la Eucaristía en 1919.”

Esta parte de una biografía que sobre nuestro santo la podemos encontrar en multitud de sitios de la red de redes o en los libros que sobre él se han escrito.

Hasta hace bien poco hemos dedicado este espacio a escribir sobre lo que el hermano Rafael había dejado dicho en su diario “Dios y mi alma”. Sin embargo, como es normal, terminó en su momento nuestro santo de dar forma a su pensamiento espiritual.

Sin embargo, San Rafael Arnáiz Barón había escrito mucho antes de dejar sus impresiones personales en aquel diario. Y algo de aquello es lo que vamos a traer aquí a partir de ahora.

             

Bajo el título “Saber esperar” se han recogido muchos pensamientos, divididos por temas, que manifestó el hermano Rafael. Y a los mismos vamos a tratar de referirnos en lo sucesivo.

 

“Saber Esperar”  -  Ansia de la muerte

 

“Es inútil volar con cadenas, y cadena fría es la vida para el alma. Ansia de morir, deseos de libertad y de amor a Dios.” (“Saber esperar”, punto 163).

 

Es bien cierto que no es el primero el hermano Rafael en expresar el deseo de morir por parte de un discípulo de Cristo. Esto, claro, entendido como debe ser entendido para que nadie se lleve a engaño.

No. Nadie, que sea católico, entiende que el ansia de morir supone una especie de enfermedad espiritual sino, justamente, lo contrario. El caso es que gozar de la vida eterna y estar con Dios en el Cielo sólo se puede hacer tras la muerte y, sobre todo, tras haber merecido tan gran regalo. Por eso, el ansia de morir no es propia de alguien que opte al suicidio sino de quien sabe lo que le conviene.

El hermano Rafael sabía perfectamente lo que suponía esto que decimos. Por eso establece, por así decirlo, los límites a partir de los cuales nosotros, hijos de Dios conscientes de serlo en el seno de la Esposa de Cristo, podremos alcanzar la vida eterna.

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25.04.18

Serie “Los barros y los lodos”- Los barros – 7 - Lo que debemos aprender de aquello

 

“De aquellos barros vienen estos lodos”. 

Esta expresión de la sabiduría popular nos viene más que bien para el tema que traemos a este libro de temática bíblica. 

Aunque el subtítulo del mismo, “Sobre el pecado original”, debería hacer posible que esto, esta Presentación, terminara aquí mismo (podemos imaginar qué son los barros y qué los lodos) no lo vamos a hacer tan sencillo sino que vamos a presentar lo que fue aquello y lo que es hoy el resultado de tal aquello. 

¿Quién no se ha preguntado alguna vez que sería, ahora, de nosotros, sin “aquello”?

“Aquello” fue, para quienes sus protagonistas fueron, un acontecimiento terrible que les cambió tanto la vida que, bien podemos decir, que hay un antes y un después del pecado original. 

La vida, antes de eso, era bien sencilla. Y es que vivían en el Paraíso terrenal donde Dios los había puesto. Nada debían sufrir porque tenían los dones que Dios les había dado: la inmortalidad, la integridad y la impasibilidad o, lo que es lo mismo, no morían (como entendemos hoy el morir), dominaban completamente sus pasiones y no sufrían nada de nada, ni física ni moralmente. 

A más de una persona que esté leyendo ahora esto se le deben estar poniendo los dientes largos. Y es que ¿todo eso se perdió por el pecado original? 

En efecto. Cuando Dios crea al hombre a su imagen y semejanza, lo dota de una serie de bienes que lo hacen, por decirlo pronto y claro, un ser muy especial. Es más, es el único que tiene dones como los citados arriba. Y de eso gozaron el tiempo que duró la alegría de no querer ser como Dios… 

Lo que no valía era la traición a lo dicho por el Creador. Y es que lo dijo con toda claridad: podéis comer de todo menos de esto. Y tal “esto” ni era una manzana ni sabemos qué era. Lo de la manzana es una atribución natural hecha mucho tiempo después. Sin embargo, no importa lo más mínimo que fuera una fruta, un tubérculo o, simplemente, que Dios hubiera dicho, por ejemplo, “no paséis de este punto del Paraíso” porque, de pasar, será la muerte y el pecado: primero, lo segundo; lo primero, segundo. 

¡La muerte y el pecado! 

Estas dos realidades eran la “promesa negra” que Dios les había hecho si incumplían aquello que no parecía tan difícil de entender. Es decir, no era un castigo que el Creador destinaba a su especial creación pero lo era si no hacían lo que les decía que debían hacer. Si no lo incumplían, el Paraíso terrenal no se cerraría y ellos no serían expulsados del mismo. 

Y se cerró. El Paraíso terrenal se cerró. 

Los barros – 7 - Lo que debemos aprender de aquello

  

Es bien cierto que nuestros primeros Padres, Adán y Eva, pecaron porque fueron egoístas y, digámoslo ya, bastante tontos. Y es que alguien avisado de que Dios lo ve todo y que a ellos mismos en el paraíso los ha puesto, en fin, pues no puede dejarse embaucar tanto por un reptil con ánimos injuriosos e inconfesables aunque sepamos a Quién quería injuriar y en qué consistían los mismos. 

Sin embargo, a nosotros, que nada podemos hacer a tal respecto (de lo que pasó, queremos decir) nos viene muy bien (entiéndase esto, por favor) lo que entonces pasó. Bueno, nos viene bien porque, a lo mejor, podemos aprender algo de aquel comportamiento. 

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