InfoCatólica / Eleuterio Fernández Guzmán / Categoría: General

19.05.17

Una campaña en defensa de nuestros hijos o de los hijos de los demás, por extensión

Tal como se están poniendo las cosas, campañas como la que ahora traigo aquí (Centro Internacional para la Defensa de la Vida Humana) valen la pena difundirlas. Sabemos que estamos en manos de poderes fascistoides e impositores, a fuerzas de leyes y de reglamentos, de normas intrínsecamente perversas. Por eso, tal como me han enviado esta campaña, así la pongo aquí. Espero que sea de provecho.

Un aviso previo: si falla la imagen de youtube (por impericia del que esto escribe; vamos, por ignorancia) lo que no falla es la dirección puesta abajo. Entren ahí.

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18.05.17

El rincón del hermano Rafael – “Saber esperar”- Dios actúa en nosotros

“Rafael Arnáiz Barón nació el 9 de abril de 1911 en Burgos (España), donde también fue bautizado y recibió la confirmación. Allí mismo inició los estudios en el colegio de los PP. Jesuitas, recibiendo por primera vez la Eucaristía en 1919.”

Esta parte de una biografía que sobre nuestro santo la podemos encontrar en multitud de sitios de la red de redes o en los libros que sobre él se han escrito.

Hasta hace bien poco hemos dedicado este espacio a escribir sobre lo que el hermano Rafael había dejado dicho en su diario “Dios y mi alma”. Sin embargo, como es normal, terminó en su momento nuestro santo de dar forma a su pensamiento espiritual.

Sin embargo, San Rafael Arnáiz Barón había escrito mucho antes de dejar sus impresiones personales en aquel diario. Y algo de aquello es lo que vamos a traer aquí a partir de ahora.

             

Bajo el título “Saber esperar” se han recogido muchos pensamientos, divididos por temas, que manifestó el hermano Rafael. Y a los mismos vamos a tratar de referirnos en lo sucesivo.

“Saber Esperar” - Dios no actúa en nosotros

“Cuanto más nos parezca a nosotros que estamos solos, más cerca está Dios vigilante, y si nos pone obstáculo, Él mismo los quita…, no hay más que dejarle hacer.”

Quien, como hijo de Dios, quiere a tener a su Padre del Cielo alejado de sí, es más que probable que pase por momentos no demasiado buenos pero, para los cuales, no tenga (por su propia voluntad) a Quién acercarse.

En realidad, está muy bien sabernos hijos de Dios y reconocer que nuestro Creador nunca nos quiere separados sino que, al contrario, quiere que siempre estemos a su lado. Pero, no podemos negar que demasiadas veces somos tercos y no nos acabamos de creer algo que, por básico y elemental, parece que sea imposible. ¿Es que Dios, el Creador de todo, se va a ocupar de alguien tan insignificante como yo?

Fe. Lo que nos falta, la mayoría de las veces, es fe y es creernos, de verdad, lo que decimos tener por bueno y verdad.

El hermano Rafael, que conoce muy bien cómo somos los seres humanos y cómo podemos hacer que sí pero, al fin y al cabo es que no… nos muestra el camino. Otra vez nos ayuda y nos echa una mano bien grande.

Es bien cierto que momentos de soledad mala, no de la buscada como momento de tranquilidad sino de la mala de verdad, de la que agobia y hunde, podemos tener. ¿Quién no ha pasado por algún momento así? Pero, entonces, no podemos hacer como si no tuviera remedio la situación por la que pasamos. No. Nosotros sabemos, por la fe lo sabemos, que eso no es, ni puede ser, así. Y es que en una circunstancia así está muy cerca de nosotros Quien nos ha creado que, como decimos arriba, nos prefiere cercanos a sí. Pero, a veces, nuestra vida, en ella, se nos pone muchas trabas y son muchas las circunstancias en las que podemos creer que Dios nos ha abandonado. Y es que tal remedio a lo que nos pase es mal remedio porque es, esencialmente, falso. Dios, al contrario de tal forma de plantear las cosas, nunca nos ha abandonado ni nos abandona sino que está muy cerca. Es más, en las tribulaciones está más cerca que nunca.

En realidad, hasta podríamos pensar que es Él quien nos traba la vida, quien, al fin y al cabo, provee para sus hijos malas circunstancias. Y eso lo pensamos, en realidad, porque no confiamos en Quien todo lo ha hecho y todo mantiene.

Todo, sin embargo, tiene su remedio y, en cuanto a Dios, tiene su cómo. Hay, sin embargo, algo que nunca deberíamos olvidar si es que no primara en nosotros el egoísmo.

Debemos, para que eso se pueda llevar a cabo, dejar que el Todopoderoso actúe en nosotros y no debemos, al contrario, cerrar nuestro corazón al suyo. Y es que, aunque sea cierto que muchas veces nos arregla el ser a costa de cortar, de poder, ciertas deficiencias nuestras que tenemos por buena cosa… decimos que si es cierto eso, no es menos cierto que eso redunda en nuestro beneficio espiritual.

Basta, como si eso fuera siempre fácil, dejar hacer a Dios. Seguro que no se equivoca. 

Eleuterio Fernández Guzmán 

 Nazareno

Para entrar en la Liga de Defensa Católica

INFORMACIÓN DE ÚLTIMA HORA

A la venta la 2ª edición del libro inédito del beato Lolo

Segunda edición del libro inédito del beato Lolo

Ya está disponible la 2ª edición de Las siete vidas del hombre de la calle, libro inédito de nuestro querido beato Lolo. La acogida ha sido tal que hemos tenido que reeditarlo para atender la creciente demanda del mismo: amigos de Lolo y su obra, para regalar, para centros de lectura y bibliotecas, librerías,… innumerables destinos para los hemos realizado una segunda edición de hermoso e inédito libro.


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portada del libro Las siete vidas del hombre de la calle, segunda edición, del beato Lolo

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Por la libertad de Asia Bibi. 

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Por el respeto a la libertad religiosa.

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Enlace a Libros y otros textos.

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Panecillos de meditación

Llama el Beato Manuel Lozano GarridoLolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

Panecillo de hoy:

Sólo Dios es expresión de saber Quién es el Padre y a Quién se ama.

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Para leer Fe y Obras.

Para leer Apostolado de la Cruz y la Vida Eterna.

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17.05.17

Serie “Santos y Beatos” - San José Sánchez del Río - El niño cristero

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En su infinita Sabiduría, el Padre Dios ha sabido suscitar, a lo largo de los siglos, de entre sus hijos, a una cantidad relativamente significativa de los mismos para demostrarnos que no es imposible ser fieles a su Voluntad. Tales de entre nosotros han subido a los altares y, bien como santos bien como Beatos, nos muestran un camino a seguir.

Debemos decir, como es bien conocido y para que nadie se lleve a engaño, que los Santos y Beatos que a lo largo de la historia de la catolicidad han sido tales no siempre han llevado una vida perfecta porque como hombres o mujeres han podido tener sus momentos espirituales de cierta caída. Al fin y al cabo también eran pecadores.

Pues bien, el emérito Papa Benedicto XVI, en la Audiencia General del 13 de abril de 2011 dijo esto que sigue acerca de la santidad:

“La santidad, la plenitud de la vida cristiana no consiste en realizar empresas extraordinarias, sino en unirse a Cristo, en vivir sus misterios, en hacer nuestras sus actitudes, sus pensamientos, sus comportamientos. La santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya. Es ser semejantes a Jesús, como afirma san Pablo: ‘Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo’ (Rm 8, 29). Y san Agustín exclama: ‘Viva será mi vida llena de ti’ (Confesiones, 10, 28). El concilio Vaticano II, en la constitución sobre la Iglesia, habla con claridad de la llamada universal a la santidad, afirmando que nadie está excluido de ella: ‘En los diversos géneros de vida y ocupación, todos cultivan la misma santidad. En efecto, todos, por la acción del Espíritu de Dios, siguen a Cristo pobre, humilde y con la cruz a cuestas para merecer tener parte en su gloria’ (Lumen gentium, n. 41).”

Pues bien, aquellos hermanos nuestros que vamos a traer aquí han sabido cumplir lo mejor posible lo que nos dice el Papa. Seamos, nosotros mismos, fieles en lo poco para poder serlo en lo mucho.

 

San José Sánchez del Río - El niño cristero

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Como hemos dicho en otro artículo, aquel niño de pocos años tenía una fe católica bien sentada en su corazón. Por eso, no es de extrañar que albergara la voluntad de seguir a los que habían declarado la guerra al gobierno federal mexicano. 

En realidad, San José Sánchez del Río había nacido en una región muy católica. Por tanto, que el seguimiento cristero fuera el orden a seguir era lo que cualquiera hubiera esperado. Y así fue. Por eso en aquella parte del occidente de Michoacán los hombres y mujeres que la habitaban, pronto se unieron (de una forma o de otra) al movimiento que se había iniciado en defensa de su fe católica sufriendo, precisamente por eso, muchos atropellos por parte de los soldados del Ejecutivo de Calles. 

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16.05.17

Un amigo de Lolo – Todos somos de Dios hijos

Presentación

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Yo soy amigo de Lolo. Manuel Lozano Garrido, Beato de la Iglesia católica y periodista vivió su fe desde un punto de vista gozoso como sólo pueden hacerlo los grandes. Y la vivió en el dolor que le infligían sus muchas dolencias físicas. Sentado en una silla de ruedas desde muy joven y ciego los últimos nueve años de su vida, simboliza, por la forma de enfrentarse a su enfermedad, lo que un cristiano, hijo de Dios que se sabe heredero de un gran Reino, puede llegar a demostrar con un ánimo como el que tuvo Lolo.

Sean, las palabras que puedan quedar aquí escritas, un pequeño y sentido homenaje a cristiano tan cabal y tan franco.

 

Libro de oración

 

En el libro “Rezar con el Beato Manuel Lozano, Lolo” (Publicado por Editorial Cobel, www.cobelediciones.com ) se hace referencia a una serie de textos del Beato de Linares (Jaén-España) en el que refleja la fe de nuestro amigo. Vamos a traer una selección de los mismos.

Todos somos de Dios hijos 

“Estamos tan unidos los unos a los otros que sólo puede desarraigarnos el frenazo definitivo al corazón. Cuando la criatura primera dejaba de ser barro, en su pecho ya hubo una cosilla que se le escapaba buscando la sociabilidad. Aún el más egoísta, jamás podrá llevar su pasión al límite de un experimento radical, absoluto. Siempre habrá un pedazo de pan fabricado por alguien, un antibiótico o cualquier puñado de lana donde reposar la cabeza."  ("Un mundo que no abandonáis“, de "Desde este lado de la tapia").

 

Que somos hijos de Dios todos los seres humanos es algo que no duda nadie que se diga, eso, hijo de Dios y así se vea y crea. Y tal realidad, claro está, ha de suponer algo en nuestra vida. 

Las relaciones que los seres humanos establecemos con otros seres humanos no son debidas a ningún tipo de obligación impuesta sino que parte desde el mismo principio de nuestra creación. Y es que Dios no creó a un hombre solo sino que, acto seguido, hizo lo propio con la mujer naciendo, así, esa pequeña sociedad llamada familia humana. 

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15.05.17

Serie oraciones – expresiones de fe - Venerable Marta Robin - Lo que Dios espera de nosotros

 

OrarNo sé cómo me llamo…

Tú lo sabes, Señor.
Tú conoces el nombre
que hay en tu corazón
y es solamente mío;
el nombre que tu amor
me dará para siempre
si respondo a tu voz.
Pronuncia esa palabra
De júbilo o dolor…
¡Llámame por el nombre 
que me diste, Señor!

Este poema de Ernestina de Champurcin habla de aquella llamada que hace quien así lo entiende importante para su vida. Se dirige a Dios para que, si es su voluntad, la voz del corazón del Padre se dirija a su corazón. Y lo espera con ansia porque conoce que es el Creador quien llama y, como mucho, quien responde es su criatura.

No obstante, con el Salmo 138 también pide algo que es, en sí mismo, una prueba de amor y de entrega:

“Señor, sondéame y conoce mi corazón, 
ponme a prueba y conoce mis sentimientos, 
mira si mi camino se desvía,
guíame por el camino eterno”

Porque el camino que le lleva al definitivo Reino de Dios es, sin duda alguna, el que garantiza eternidad y el que, por eso mismo, es anhelado y soñado por todo hijo de Dios.

Sin embargo, además de ser las personas que quieren seguir una vocación cierta y segura, la de Dios, la del Hijo y la del Espíritu Santo y quieren manifestar tal voluntad perteneciendo al elegido pueblo de Dios que así lo manifiesta, también, el resto de creyentes en Dios estamos en disposición de hacer algo que puede resultar decisivo para que el Padre envíe viñadores: orar.

Orar es, por eso mismo, quizá decir esto:

-Estoy, Señor, aquí, porque no te olvido.

-Estoy, Señor, aquí, porque quiero tenerte presente.

-Estoy, Señor, aquí, porque quiero vivir el Evangelio en su plenitud. 

-Estoy, Señor, aquí, porque necesito tu impulso para compartir.

-Estoy, Señor, aquí, porque no puedo dejar de tener un corazón generoso. 

-Estoy, Señor, aquí, porque no quiero olvidar Quién es mi Creador. 

-Estoy, Señor, aquí, porque tu tienda espera para hospedarme en ella.

Pero orar es querer manifestar a Dios que creemos en nuestra filiación divina y que la tenemos como muy importante para nosotros.

Dice, a tal respecto, san Josemaría (Forja, 439) que “La oración es el arma más poderosa del cristiano. La oración nos hace eficaces. La oración nos hace felices. La oración nos da toda la fuerza necesaria, para cumplir los mandatos de Dios. —¡Sí!, toda tu vida puede y debe ser oración”.

Por tanto, el santo de lo ordinario nos dice que es muy conveniente para nosotros, hijos de Dios que sabemos que lo somos, orar: nos hace eficaces en el mundo en el que nos movemos y existimos pero, sobre todo, nos hace felices. Y nos hace felices porque nos hace conscientes de quiénes somos y qué somos de cara al Padre. Es más, por eso nos dice san Josemaría que nuestra vida, nuestra existencia, nuestro devenir no sólo “puede” sino que “debe” ser oración.

Por otra parte, decía santa Teresita del Niño Jesús (ms autob. C 25r) que, para ella la oración “es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría”.

Pero, como ejemplos de cómo ha de ser la oración, con qué perseverancia debemos llevarla a cabo, el evangelista san Lucas nos transmite tres parábolas que bien podemos considerarlas relacionadas directamente con la oración. Son a saber:

La del “amigo importuno” (cf Lc 11, 5-13) y la de la “mujer importuna” (cf. Lc 18, 1-8), donde se nos invita a una oración insistente en la confianza de a Quién se pide.

La del “fariseo y el publicano” (cf Lc 18, 9-14), que nos muestra que en la oración debemos ser humildes porque, en realidad, lo somos, recordando aquello sobre la compasión que pide el publicano a Dios cuando, encontrándose al final del templo se sabe pecador frente al fariseo que, en los primeros lugares del mismo, se alaba a sí mismo frente a Dios y no recuerda, eso parece, que es pecador.

Así, orar es, para nosotros, una manera de sentirnos cercanos a Dios porque, si bien es cierto que no siempre nos dirigimos a Dios sino a su propio Hijo, a su Madre o a los muchos santos y beatos que en el Cielo son y están, no es menos cierto que orando somos, sin duda alguna, mejores hijos pues manifestamos, de tal forma, una confianza sin límite en la bondad y misericordia del Todopoderoso (¡Alabado sea por siempre!).

Esta serie se dedica, por lo tanto, al orar o, mejor, a algunas de las oraciones de las que nos podemos valer en nuestra especial situación personal y pecadora.

Durante las semanas que Dios quiera vamos a traer a esta serie palabras de la Venerable Marta Robin contenidas en el libro “Ce que Marthe leur a dit” escrito por el postulador de la Causa de Canonización y por la vice postuladora, a la sazón, el sacerdote P. Bernard Peyrous y Marie-Thérèse Gille.

   

Lo que Dios espera de nosotros 

“Es en la fidelidad a Dios y en la oración donde descubres lo que espera de ti.”

No es poco cierto que aquellos creyentes que sabemos que somos hijos de Dios no pocas veces ignoramos de forma absoluta qué es lo quiere nuestro Creador de nosotros.

Ciertamente, existen las llamadas “generales de la ley” que es lo mismo que decir un “sustrato” de nuestra fe que nos dice, en líneas generales, qué debemos hacer. Pero, para cada uno de nosotros, no puede haber nada mejor que conocer, personal e intransferiblemente, lo que nos corresponde, como hijos, llevar a cabo o no llevar a cabo.

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