Eppur si muove - ¿Son los novísimos tan viejísimos y pasados?

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El Eclesiástico dice, en el versículo 36 de su capítulo 7 lo siguiente: “Acuérdate de tus novísimos y no pecarás jamás” y, aunque en otras versiones dice “Acuérdate de tu fin”, el sentido viene a ser el mismo que no es otro que aquello que sucede tras la muerte de las criaturas visibles porque, sin duda alguna, no somos aquí para luego no ser nada sino que Dios nos ha creado para no olvidarse de nosotros nunca.

Por lo tanto, tanto al cielo (estar junto a Dios), al infierno (no estar nunca junto al Padre), al purgatorio (gozo de saberse salvado en espera de estar junto al Creador) o al juicio (inexorable presentación ante el tribunal de Dios) que a cada uno nos corresponde sufrir o gozar se les llama novísimos o, también, postrimerías, últimas cosas o teológicamente hablando “escatología” (lo último, lo que está más allá, el έσχατον griego) en el entendido que también se encuentra la misma muerte, puente entre esta vida y la otra de la que Charles Arminjon, en su libro “El fin del mundo y los misterios de la vida futura”, p. 134, Ed. Gaudete) dice que “Hoy intentamos comprender que ella no es el obstáculo sino el medio; ella es la transición y la pascua que conduce del reino de las sombras al de las realidades, de la vida transitoria a la vida inmutable e indefectible”.

Estos temas, aún lo apenas dicho, deberían ser considerados por un católico como esenciales para su vida y de los cuales nunca, pero nunca, debería hacer dejación de conocimiento porque le va la vida en ellos y teniendo en cuenta qué vida le va, la eterna, olvidarse de los mismos como si no tuvieran importancia es algo que solo se puede perdonar con un exceso de caridad cristiana.

Y, sin embargo, son temas de los que se habla poco y de los que poco se dice en las homilías de las muchas Santas Misas que, a lo largo del día y del año se celebran en España. Y no es que el que esto escriba, claro está, esté en todas pero es de suponer que si en la que asiste pasa algo parecido lo mismo sucederá en más de muchas. Además, es el sentir general que, al respecto, existe y no es nada descabellado pensar que ciertos son los toros y que algo tendrá el agua cuando la bendicen.

A este respecto, el beato Juan Pablo II en su “Cruzando el umbral de la Esperanza” dejó escrito algo que, tristemente, es cierto y que no es otra cosa que “El hombre en una cierta medida está perdido, se han perdido también los predicadores, los catequistas, los educadores, porque han perdido el coraje de ‘amenazar con el infierno’. Y quizá hasta quien los escuche haya dejado de tenerle miedo” porque, en realidad, hacer tal tipo de amenaza responde a lo recogido arriba en el Eclesiástico al respecto de que pensando en nuestro fin (lo que está más allá de esta vida) no deberíamos pecar.

Y por eso mismo, para abundar en la verdad de las cosas, Benedicto XVI, durante un encuentro con los sacerdotes de la Diócesis de Roma dijo que “quizá hoy en la Iglesia se habla demasiado poco del pecado, del Paraíso y del Infierno” porque “quien no conoce el Juicio definitivo no conoce la posibilidad del fracaso y la necesidad de la redención. Quien no trabaja buscando el Paraíso, no trabaja siquiera para el bien de los hombres en la tierra“.

Por otra parte, y refiriéndose a lo que la muerte supone para una criatura humana, dice San Josemaría en “Surco” (879) que “La muerte llegará inexorable. Por lo tanto, ¡qué hueca vanidad centrar la existencia en esta vida! Mira cómo padecen tantas y tantos. A unos, porque se acaba, les duele dejarla; a otros, porque dura, les aburre… No cabe, en ningún caso, el errado sentido de justificar nuestro paso por la tierra como un fin. Hay que salirse de esa lógica, y anclarse en la otra: en la eterna. Se necesita un cambio total: un vaciarse de sí mismo, de los motivos egocéntricos, que son caducos, para renacer en Cristo, que es eterno”.

¿Por qué, entonces, se habla tan poco de estos temas que son, como sabemos, tan importantes?

Quizá sea por miedo al momento mismo de la muerte porque no se ha comprendido que no es el final sino el principio de la vida eterna; quizá por mantener un lenguaje políticamente correcto en el que no gusta lo que se entiende como malo o negativo para la persona.; quizá por un exceso de hedonismo o quizá, simplemente, por no hacer ver a quien no quiera verlo la realidad de las cosas y olvidar que por culpa del pecado original tenemos una muerte que se considera terrible porque supone el final de la existencia que conocemos.

Por eso, los novísimos no son ni viejísimos (valga esta contraposición entre palabras pero no entre sentidos) ni nada por el estilo sino tan actuales, para nosotros, como el ahora mismo.

Y, sin embargo, los cristianos sabemos y estamos en la seguridad de que la Resurrección de Cristo, centro de nuestra fe, nos abrió el cielo y que, por eso mismo, tener presente, ahora, lo que nos puede suceder es muestra de saber lo que nos conviene. Y que lo tengan también presente nuestros pastores para llevar a cabo una completa función sacerdotal o episcopal debería ser algo de lo cual no tuviéramos que preocuparnos para no permanecer, además, ignorantes sobre lo que más nos importa.

Eleuterio Fernández Guzmán

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1 comentario

  
rastri

- De entre todas las carreras de la vida del hombre y contra todo ese su incontenible deseo de aprender, investigar, decubrir y correr superando obstáculos para llegar el primero; En nuestra última y más transcencente de las carreas, donde la meta es el morir. ¿Porqué esta última, la que siendo obligada, es la menos tenida y considerada; y peor investigada?

¿Porqué? Pues porque no a todos los hombres les es dado el buen lado de la correcta y transcendental investigación. De aquí que se pueda decir,

-¿De qué le sirve al hombre conocer los intermedios de las cosas si por estos menosprecia el principio y el fin de los mismo?



11/11/11 6:04 PM

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