9.05.26

¿Literatura de terror? Edgar Allan Poe y Bram Stoker

         «Una historia de fantasmas». Obra de George Housman Thomas (1824-1868).

 
 

 

 

«La ficción de terror (…) puede ofrecer un foro seguro para examinar, y quizás iluminar, la oscuridad. Las historias de terror proporcionan un patio de recreo en el que los niños (y los adultos) pueden jugar a tener miedo. Y, al final, estarán a salvo y, con suerte, reconfortados».

Robert Hood. Un patio de recreo para el miedo: ficción de terror para niños.

 

«Me volví loco, con largos intervalos de horrible cordura».

Edgar Allan Poe. El corazón delator.

       

             
«Es maravilloso que aquí, al borde de la mayor tristeza del mundo, el mundo parezca lleno de hombres buenos, incluso si hay monstruos en él».

Bram Stoker. Drácula.

 

 

 

Como les dije en la entrada anterior, debemos descender de las abstracciones a lo concreto, y en estos casos con mayor motivo. Como vimos, no todo el terror literario tiene la misma raíz filosófica. Su impacto en el alma del joven lector dependerá en gran medida de la cosmovisión del autor.

Un error moderno muy común consiste en pensar que la ficción es moralmente neutra porque «no es real». Sin embargo, esa conclusión es superficial. Lo imaginario no es real como lo externo, cierto, pero sí lo es en cuanto a su impacto espiritual, en esa parte que no se ve —pero que es tan real como la parte material, la palpable—, es decir, el interior del alma. Y el alma se modela también por lo imaginado.

Santo Tomás nos enseña, mejor que cualquier psicología moderna, que los sentidos internos importan en la vida moral; e importan porque las pasiones pueden ser excitadas e incitadas por representaciones, por los phantasmata (imágenes mentales) que creamos con nuestra imaginación . Por ello, el hombre puede disponerse bien o mal en razón de aquello que alimenta su intelecto y su imaginación.

Así que la pregunta no es solo si el autor enseña una proposición falsa o fingida, sino a qué tiende su obra: si su universo vuelve al lector más lúcido o más sombrío, si lo alimenta con esperanza o lo desalienta con desesperanza, si resulta tras la lectura más fuerte o más impresionable, y si termina más cerca de la verdad o más fascinado por lo oscuro y lo morboso.

Para tratar de dilucidar algunas de estas cuestiones, me propongo examinar, someramente y a modo de ejemplo, a cuatro autores clásicos de sobra conocidos y, por ello, seguramente más proclives a caer en las manos de nuestros hijos. Hablaremos de Edgar Allan Poe, Bram Stoker, H. P. Lovecraft y monseñor Robert Hugh Benson, dejando a estos últimos para la próxima entrada.


EDGAR ALLAN POE (1809-1849)

Poe era un genio. Pero con los genios hay que andar con tiento, porque su talento puede ser enormemente seductor. Chesterton —cuya opinión me merece atención siempre— nos dice en Ortodoxia que, para él, Poe cae en la categoría de los poetas mórbidos, aquellos que de ordinario tienen algún punto débil de racionalidad en su cerebro; concretamente, la morbosidad de Poe nacía de ser especialmente analítico. Según Chesterton, incluso el ajedrez era demasiado poético para él; le desagradaba porque estaba lleno de caballos y castillos, como un poema.

Para el escritor inglés, la atmósfera y la arquitectura de Poe nos sumergen en «una sensación de decadencia indefinida e infinita», «sentimos que todo se está descomponiendo, incluidos nosotros mismos»: esa es la atmósfera de Edgar Allan Poe; una especie de rica podredumbre de descomposición, con algo espeso y narcótico en el aire mismo». ¿Es, por tanto, conveniente leerlo a temprana edad?

Poe es, sin duda, el padre del cuento de horror psicológico. Pero, desde un punto de vista cristiano, su horror, presentado en esa atmósfera de descomposición de la que habla Chesterton, carece del elemento que lo haría verdaderamente grande: la esperanza. Ello podría ser suficiente para dejarlo a un lado. Ahora bien, aparte de la excelencia artística de su estilo y su forma (que por sí sola no sería suficiente para frecuentarlo, pero que es un valor indudable, aunque de menor orden), Poe puede ofrecer algo más de valor.

Como he dicho, el escritor norteamericano es un maestro a la hora de presentarnos el interior más oscuro del alma humana: la culpa, la obsesión, la paranoia. Sus protagonistas no glorifican esos estados alterados de la psique, y por ello podrían ser mostrados como ejemplos de cómo el vicio (la crueldad, el alcohol, la soberbia) descompone la mente, y cómo la culpa persigue sin descanso, anidada siempre en un resto de conciencia, a aquel que decide aventurarse en los caminos del mal. Incluso, a veces, la justicia triunfa (como en El corazón delator), pero sin alegría. En relatos como el ya citado El corazón delator, o El gato negro, El barril de amontillado y El demonio de la perversidad, Poe actúa casi como un moralista lúgubre y quizá involuntario: demuestra implacablemente cómo el pecado carcome la conciencia humana hasta destruirla. Leer a Poe puede ser instructivo para mostrar a un joven que el mal moral destruye el alma humana, pero debe complementarse con lecturas que ofrezcan la esperanza de la redención, que Poe realmente no ofrece .

Hay un riesgo, claro: la delectación en lo morboso y la fascinación por la aberración, que podría inclinar a algunos espíritus «sensibles» y proclives hacia lo siniestro.

Así que mi conclusión es que Poe puede ser leído por jóvenes a partir de los 16 o 17 años, instruidos en la visión de su obra como un drama moral de la culpa, no como «estética del abismo» (la contemplación fascinada del mal por el mal mismo).. En todo caso, debe ser una lectura supervisada y acompañada de conversaciones e intercambio de pareceres, antes, durante y tras la lectura.


BRAM STOKER (1847-1912)

El caso de Bram Stoker es diferente. El autor irlandés es mundialmente famoso por su novela Drácula (1897), donde coloca el mito vampírico (de profundas y lejanas raíces) dentro de la concepción cristiana del pecado, la gracia y la redención. En el relato de Stoker, el conde Drácula había maldecido a Dios y, por lo tanto, había caído en un estado infernal. Mientras el mundo moderno avanza a toda velocidad, confiando en cámaras Kodak, máquinas de escribir, fonógrafos, trenes y taquigrafía, desde los bosques de Transilvania, el temible conde Drácula emerge, tras siglos de espera, y se dirige a Inglaterra, viento en popa. Así comienza la novela: llena de sangre, pasión y horror. La historia es hábilmente narrada a través de una colección de documentos, principalmente entradas de diario, cartas y transcripciones de grabaciones de fonógrafo. El profesor Van Helsing, un científico y devoto creyente de piedad marcadamente católica , conduce la novela a su justo final.

A lo largo del relato, la simbología y los temas católicos abundan: la Eucaristía, el crucifijo, la vida eterna, entre otros, aunque a veces malinterpretados. Algunos críticos la han considerado incluso que es una novela católica. No creo que sea cierto. Y no solo porque Stoker fuera anglicano (aunque su esposa se convirtió al catolicismo después de publicarse la novela).

La teología subyacente a la novela resulta, sin embargo, difícil de definir: es una mezcolanza de creencias cristianas (algunas católicas —las ya citadas—, y a la manera de Stoker), folclore y supersticiones, y las propias ideas del autor. Eso sí, los buenos son muy buenos y los malos son muy malos, lo cual, en tiempos de confusión como estos, es de agradecer.

Este es el marco donde el conde Drácula se nos presenta como el perfecto antagonista, como el arquetipo del Anticristo, representante notorio del mal, en contraste con las modernas representaciones —especialmente fílmicas— de un personaje deconstruido que nos es mostrado como romántico e incluso enamorado. Pero la novela es clara a este respecto. Stoker nos muestra al vampiro en contraste con Cristo, particularmente en lo que respecta al papel simbólico y literal de la sangre para la inmortalidad en ambas figuras; pero su lugar está en un inframundo, oscuro y corrupto, como parodia adulterada que es: reflejo deformado e inverso del Salvador del mundo, y quizá por ello carente de reflejo especular. Drácula, el vampiro, es una representación más del mono de Dios: la perfección del no ser es la mentira, y la perfección del no muerto es la muerte en vida, la parodia de la bienaventuranza.

La novela, a pesar de sumergirse en las profundidades del abismo oscuro, traza una línea clara entre lo sagrado y lo profano, lo puro y lo impuro, lo divino y lo demoníaco, incluso entre lo civilizado y lo primitivo o supersticioso; y al hacerlo ayuda a poner en su sitio categorías un tanto desordenadas hoy.

¿Mi recomendación? A pesar de que hay depredación, contaminación, oscuridad y terrorífica fascinación, la novela podría ser leída por jóvenes a partir de los 17 años, pero, como en el caso de Poe, con una guía y un seguimiento. La historia se desarrolla en un microcosmos moral: el mal es real, pero resistible y vencible; hay signos (cruz, sacramentos, aunque presentados de forma heterodoxa) y cooperación moral. Por ello, su lectura guiada podría enseñar al joven que el mal seduce y parasita, pero puede y debe ser vencido; y que en esta batalla son importantes la pureza, la templanza, la lealtad, la perseverancia y la amistad.

          

CONCLUSIÓN

En definitiva, este particular «patio de recreo» del miedo no es, ni mucho menos, un terreno estéril ni moralmente neutro. Si el alma se modela por lo imaginado, adentrarse en la oscuridad literaria bajo la luz adecuada permite a los más jóvenes ensayar la virtud frente al abismo. Poe nos advierte del poder destructor del pecado en la psique; Stoker nos recuerda que el mal es constatable, pero que la gracia y las virtudes heroicas tienen el poder de derrotarlo.

Hasta aquí, hemos examinado dos autores que, con sus limitaciones, mantienen cierto anclaje moral, pero, ¿qué ocurre cuando el terror literario abandona el drama moral humano y se adentra en el nihilismo cósmico, o cuando lo preternatural y lo sobrenatural tratan de parasitar la fe? De esa otra oscuridad, encarnada en la desesperanza materialista de H. P. Lovecraft y en la aguda visión de monseñor Robert Hugh Benson, hablaremos, si Dios quiere, en la próxima entrada.

28.04.26

¿Literatura de terror?

                      «La pesadilla». Obra de Johann Heinrich Füssli (1741-1825).



                              

                              

                    

«Es posible que al limitar a su hijo a historias irreprochables sobre la vida infantil en las que no ocurre nada alarmante, usted no lograría desterrar los terrores, sino que lograría desterrar todo lo que puede ennoblecerlos o hacerlos soportables. Porque en los cuentos de hadas, junto a las figuras terribles, encontramos a los inmemoriales consoladores y protectores».

C. S. Lewis

    


«Es con justicia considerado como la mayor excelencia del arte el imitar a la naturaleza; pero es necesario distinguir qué partes de la naturaleza son las más apropiadas para ser imitadas». 

Doctor Samuel Johnson

 

 

 

Cuando llega la adolescencia y los gustos y preferencias de los jóvenes comienzan a cambiar, surge en muchos padres el siguiente dilema (que, en el fondo, nos persigue toda la vida aplicado a nosotros mismos): ¿Es conveniente que se asomen a los abismos del terror literario? ¿Deben –debemos– explorarlos o, más bien, evitarlos? Como escribía Eugenio Trías, ¿conviene evitar ese «feudo de misterios que, debiendo permanecer ocultos, producen en nosotros, al revelarse, el sentimiento de lo siniestro»? Y, si debiéramos adentrarnos en ellos, ¿cuándo y cómo hacerlo?

Ya hemos hablado anteriormente de la visión cristiana de la existencia y del papel que juega en ella la profunda herida que el pecado ha traído al hombre y al mundo. Este hecho cohabita con el misterio del existir, del que todo hombre consciente no puede desprenderse sin abandonar su humanidad. Lo literario —como archivo de la experiencia humana, a decir del cardenal Newman— no es ajeno a ello. El literato católico ha de tratar con esta realidad de forma prioritaria. El poeta católico Dana Gioia lo expresa así: 

«Tienden a ver a la humanidad luchando en un mundo caído. Combinan un anhelo de gracia y redención con una profunda sensación de imperfección humana y pecado. El mal existe, pero el mundo físico no es malo. La naturaleza es sacramental, brillante, con signos de cosas sagradas. De hecho, toda realidad está misteriosamente cargada con la presencia invisible de Dios».

Y continúa diciendo: 

«Perciben el sufrimiento como redentor, teniendo como referencia la pasión y muerte de Cristo, miran hacia la eternidad, gozan de un sentido místico de continuidad entre los vivos y los muertos y su sentido del pecado les somete, a ellos y a sus personajes, a un recurrente examen de conciencia, arrepentimiento y contrición».

En ellos habita, por razón de su fe, una pasión por la verdad que les lleva a explorar plenamente, a fondo y sin reservas, la naturaleza humana y el mundo todo, tanto en su bondad y belleza como en su horror y maldad.

¿Puede decirse lo mismo de los lectores? ¿Y de los más jóvenes?

El cristianismo admite el misterio, pero no el absurdo ontológico; admite lo tremendo, pero no la soberanía del caos; admite la pequeñez del hombre, pero dentro de una creación inteligible, providente y llena de esperanza. Por eso, una imaginación cristiana ha de ser educada dentro de estos márgenes (que, por cierto, son muy amplios). Sin embargo, cuando nos acercamos a alguno de los límites de ese cercado —como el miedo o el terror, sea físico o numinoso—, habrá que andar con tiento para no caer en el abismo: el trato indiscriminado con el miedo y aquello que lo causa puede desviarse hacia la morbosidad y la desesperanza. Al enfrentar esta cuestión desde la virtud de la prudencia, topamos con dos hechos fundamentales.

Por un lado, sabemos que el conocimiento intelectual depende de los sentidos y, especialmente, de la imaginación (clasificada como sentido interno por Santo Tomás). El Aquinate advierte que el intelecto necesita imágenes (phantasmata) para pensar. Siendo así, es fácil concluir que, cuando la imaginación de un joven se alimenta exclusivamente de fealdad, horror y desesperación, su intelecto tendrá dificultades para elevarse a la contemplación de la Verdad, la Belleza y la Bondad.

Sin embargo, por otro lado, tenemos al miedo, una pasión del apetito irascible ante un mal arduo o difícil de evitar. Por ello, no es malo en sí mismo; de hecho, es la ausencia total de miedo lo que constituye un vicio (la temeridad), y aprender a dominarlo y a enfrentarse a él lo que representa la esencia de una virtud (la fortaleza).

¿Puede jugar aquí la literatura algún papel? Algunos de nuestros sabios de referencia han intentado clarificar esta oscura cuestión.

Teniendo siempre presente ese fin y el efecto en el alma del lector presidido por la prudencia, ya en el siglo XVIII, justo antes de la aparición de lo gótico en la literatura, el doctor Samuel Johnson exigía que las ficciones temibles se subordinasen a la rectitud moral y a la comprensión de la naturaleza humana. Bajo esta misma premisa, Chesterton, Tolkien y C.S. Lewis nos mostraron que lo monstruoso y temible puede ser conveniente para la correcta formación y control de nuestras pasiones; pues al presentar el mal —que no es sino una privación del bien— como una entidad que debe ser combatida, este tipo de narración proveen a la mente de los “fantasmas/imágenes” (como diría Aquino) necesarios para ejercitar la virtud cardinal de la fortaleza, disponiendo además al alma para comprender la victoria final de la gracia (o eucatástrofe, en términos de Tolkien). Esta recta ordenación de las pasiones encuentra pleno eco en pensadores hispanos tan recientes como inesperados, como Borges, Savater, Llopis y Cortázar, quienes, combatiendo el error del reduccionismo racionalista que mutila la dimensión trascendente y numinosa del hombre, confirman que el miedo literario puede llegar a ser una sana catarsis.

De todo lo dicho podemos extraer una enseñanza: la literatura de terror, tomada con prudencia, cumple una función purificadora análoga a la que Aristóteles asociaba a la tragedia. Experimentar el miedo y el temor en el entorno seguro y controlado de la ficción literaria podría permitir al niño, adolescente o joven “entrenar” sus pasiones, preparándolas para los combates morales del mundo real. G.K. Chesterton en una de sus más famosas intuiciones nos dejó dicho aquello de que los cuentos de hadas no les enseñan a los niños que existen los dragones —los niños conocen el miedo y el dragón desde siempre—, sino que existe un San Jorge que puede derrotarlos.

Parece pues que deberemos equilibrar dos aspectos: el tipo de alimento que proporcionamos a la imaginación y la intensidad de la emoción que ello provoca. Porque, aquello que consumamos alimentará de igual manera nuestra alma; y la emoción de temor que experimentemos podrá en ocasiones ser demasiado intensa y perturbadora. En función de lo que prudencialmente estimemos, habremos de obrar en consecuencia. Enfrentarse pues a la denominada literatura del miedo o el terror es una cuestión prudencial que no posee una sola respuesta, pero si algunas pautas para discernir si debe leerse, y en su caso, qué, cuándo y cómo leerse:

1. El momento madurativo: Como siempre les he dicho, el joven debe tener ya cierta formación de la sindéresis (el hábito de los primeros principios morales). No se le debe exponer al terror cuando aún no sabe distinguir con firmeza el bien del mal, incluso cuando la obra sea clara a este respecto.

2. El objetivo lector: Este tipo de lecturas deben abordarse con un propósito –incluso si el propósito no está en la conciencia del lector; pero, desde luego, sí que habrá de estar en la de sus padres o preceptores–. Si el descenso a las tinieblas de la novela o relato sirve para encarecer el valor de la luz, el heroísmo, la lealtad y el orden racional, o incluso, la mera existencia de un orden sobre o preternatural, la lectura será provechosa. Si la obra propone que el mal es invencible o que la vida es absurda, pervertirá el intelecto.

3. El acompañamiento activo en cada lectura: Dividido en tres etapas, como ya les he señalado en otras ocasiones: antes de iniciar la lectura, guiando la elección del libro, despertando la curiosidad, y dando llamadas de atención sobre cuestiones delicadas; durante la misma para, no solo resolver dudas y compartir el entusiasmo del proceso, sino, sobre todo, para advertir a tiempo lecturas que puedan incitar al chico a deslizarse por una pendiente peligrosa; y después, fomentando la reflexión crítica y la conexión personal con la historia. En definitiva, una charla literaria como un acto de acogida, guía y cuidado que, además, transformará una experiencia individual en una vivencia social y acompañada, lo que es especialmente importante en el caso de lecturas que provoquen emociones intensas, como esta del temor. Este tipo de charla nos ayudará a prevenir y abortar lecturas que puedan causar efectos no deseados en el joven.

4. El seguimiento continuo: Deberemos estar atentos a los efectos que estas lecturas puedan estar causando en el joven lector; pero esto va más allá de le seguimiento activo de una lectura determinada, extendiéndose a los efectos a medio o largo plazo que un conjunto de obras de este tipo puedan estar causando en el joven. Debernos preguntarnos: ¿Estas lecturas fortalecen el amor a la verdad o vuelven al joven más impresionable? ¿Le ayudan a ser consciente del mal o acrecientan su gusto por lo morboso?

5. La dosificación: Santo Tomás prescribía el descanso, la música y el disfrute de la belleza natural para sanar la melancolía del alma. Una dieta literaria compuesta ”exclusivamente” de terror o miedo tiende a ensombrecer el espíritu. Estas lecturas deben ser la sal, no el plato principal.

En definitiva, permitir que un joven lea historias de este tipo no es empujarle al mal, sino invitarle a visitar la armería y a ejercitarse en la destreza de la lucha. Haciéndose consciente de lo espantoso que es el abismo —el vampiro, el monstruo, la locura, lo demoníaco, el mal encarnado—, su voluntad libre podrá decantarse con mayor fundamento en la decisión a la que al final se reduce nuestra vida: que puedan decir con firmeza y claridad lo que Chesterton en su lecho de muerte: «La cuestión ahora está bastante clara. Es entre la luz y la oscuridad, y cada uno debe elegir su bando»; y que, por supuesto, elijan la Luz.

Como responsables de su educación y formación, deberemos acompañarles en ese viaje, guiándoles y aconsejándoles, pero también será nuestro deber asegurarles a la cintura una cuerda invisible para poder sacarlos de ese abismo si fuera necesario, y siempre recordándoles que, por muy oscuro que sea el relato, Cristo ya ha vencido (Juan 16, 33), Él ya ha derrotado al dragón y a la muerte.

La segunda gran cuestión es tratar de títulos y autores concretos. Antes enumeré lo que podría ser una clasificación elemental de tipos y/o temas: el vampiro, el monstruo, la locura, lo demoníaco o el mal encarnado en un hombre concreto. Pero de esto trataré en un próximo artículo al que les remito.

21.04.26

¿Paraíso en la Tierra?

                                 «Monje en oración». J. Ferrer y Pallejà (1846-1946).

                    

                                               

                              

  

«Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

San Agustín

                                                            

                              

                                                            

                                                              

Recientemente, el magnate tecnológico y aeroespacial Elon Musk, al resumir hacia dónde parece dirigirnos la explosión irreprimible de la Inteligencia Artificial, dijo lo siguiente:

«Un ingreso universal alto mediante cheques del gobierno federal es la mejor manera de lidiar con el desempleo causado por la IA.

La IA/robótica producirá bienes y servicios en exceso que aumentará la oferta monetaria, por lo que no habrá inflación».

El mensaje pronostica un futuro que hasta hace poco parecía utópico (en mi opinión, sigue siéndolo): uno en que los hombres no tendrán que trabajar y podrán dedicarse a un ocio difuso y nebuloso, supuestamente feliz. ¿Quién no ha soñado con algo así?

La pregunta aquí no es si esto será posible (quizá estemos más cerca que nunca; o quizá no), sino si será realmente bueno para el hombre o, por el contrario, un sucedáneo de paraíso con rasgos infernales. El trabajo no es una maldición en sí, y un ocio desvinculado de él podría degenerar en acedía, ese hastío espiritual que es vicio capital.

Numerosos han sido los intentos humanos por establecer un paraíso terrenal; por encontrar las condiciones ideales para alcanzar la felicidad plena y permanente. Eso pretenden la mayor parte de las ideologías: engatusar a incautos prometiendo algo inalcanzable plenamente en esta vida.

El comunismo es una de ellas. Prometía –y promete– una sociedad utópica, libre de sufrimiento, en la que el proletariado se haría con los medios de producción y, tras una breve dictadura proletaria (que siempre fue una dictadura de unos pocos que jamás fueron proletarios), se abriría la puerta a un paraíso terrenal; lo ilustra un párrafo de Karl Marx y F. Engels en La ideología alemana (1845/46):

«[…] en la sociedad comunista, donde cada cual no tiene acotado un círculo exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus aptitudes en la rama que mejor le parezca, la sociedad se encarga de regular la producción general, con lo que me permite hacer hoy una cosa y mañana otra, cazar por la mañana, pescar por la tarde, criar ganado al anochecer y criticar después de la cena, según mis deseos, sin convertirme en cazador, pescador, pastor o crítico».

Lo imaginado por Marx es parecido a lo de Musk, aunque por un camino diferente. Hay otros muchos que no conducen a parte alguna. Todos fallan en su planteamiento.

Salvo el cristianismo, que ofrece una perspectiva diferente, pues no identifica la plenitud con un orden técnico o político. Desde la óptica cristiana, que la felicidad plena sea imposible en la tierra no es un error de diseño, sino una señal (aunque aquí pueda haber felicidad verdadera, pero imperfecta). San Agustín lo expresó así: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

Como esta vida terrenal es provisional y caduca (puede, a lo sumo y excepcionalmente, llegar al centenar de años), bastaría este hecho bruto, incompatible con esa idea de felicidad que nos persigue y se niega a abandonarnos, para advertir no solo su imposibilidad, sino también su inconveniencia. Como dice esa frase que se atribuye a Hilaire Belloc: «Siempre pasa algo. Alguien muere. Todo se acaba». 

La literatura puede ayudarnos aquí. Otros hombres ya se hicieron estas preguntas y algunos nos han dado, mediante su talento poético, sus respuestas en novelas que nos ponen cara a cara con esas vivencias utópicas, alejándonos de especulaciones donde el juego de la razón, alejado de la imaginación, se muestra frío y distante.

Varias novelas exploran esta cuestión.

Sumerjámonos en ellas.

MEMORIAS DEL SUBSUELO (1864)

A finales del siglo XIX habitaba en Rusia un hombre de extraordinaria inteligencia y excepcional talento literario: Fiódor M. Dostojevski. El escritor ruso estudió las nuevas ideas marxistas que comenzaban por entonces a difundirse, y, tras considerarlas nefastas, decidió demolerlas en varias novelas. Los hermanos Karamázov es quizá la más destacada. Pero hoy me detengo en otra donde dicha labor de derribo también se percibe claramente: Memorias del subsuelo.

La historia sigue al «hombre del subsuelo», un antihéroe: misántropo amargado, inteligente y pusilánime, rencoroso y solitario (casi el perfil de ciertos jóvenes actuales sumergidos en la tecnología, encerrados en los sótanos paternos hasta avanzada edad, con actitudes antisociales y misóginas; los hikikomori o basement dwellers). Pasa sus días obsesionado con sus pensamientos, rumiando rencor en su sótano, furioso con el mundo.

Alienado y angustiado, odia todo: las mujeres, los hombres más exitosos, y especialmente la sociedad en la que vive y su utopismo. Como he dicho, entonces en Rusia comenzaban a infiltrarse las ideas comunistas: el sueño de una sociedad perfecta que aboliera el sufrimiento humano.

Dostojevski nos muestra, mediante la reflexión obsesiva del protagonista, el error basal del comunismo—común a toda ideología—: un error sobre la naturaleza humana. Se dice en la novela:

«Derrama sobre el hombre todas las bendiciones terrenales, sumérgelo en la felicidad, para que no le quede nada más que dormir, comer pastel y procrear…».

¿Cómo reaccionaría el hombre en tales circunstancias?

El protagonista nos responde: «Por ingratitud, haría alguna mala jugada, inventaría el caos, infligiría sufrimiento … ¡Solo para demostrar que sigue siendo hombre y no una tecla de piano!»

Dostojevski lo sabe: aunque se construyera un mundo de felicidad idílica, el hombre lo terminaría destruyendo. Los hombres buscarían sufrimiento y pruebas… ¿Por qué? Porque el hombre fue creado para la felicidad, pero no para una felicidad meramente terrena. El error de las ideologías es pretender alcanzarla en esta vida y por medios técnicos o políticos. El placer separado de la virtud y buscado como fin en sí mismo desordena el alma y la aparta de su fin.


ALBA TRIUNFANTE (1911)

A inicios del siglo XX, monseñor Robert Hugh Benson nos dio una respuesta mediante una parábola a contrario de su más famosa novela, El señor del mundo: Alba triunfante. La historia oscila entre un bosquejo del reinado de mil años de Cristo (algo más que un Amilenarismo y algo menos que un Milenarismo) y un mensaje –menos evidente– sobre la inconveniencia o más bien, la incongruencia con el cristianismo, de un paraíso en esta tierra. Un párrafo final apuntaría a la segunda tesis:

«El efecto era hallarse preso entre garras que ofendían todo su sentir […]. Porque faltaba lo más característico del cristianismo, lo que le imprime el sello divino: su paciencia celestial y disposición al sufrimiento».

Como escribe Juan Manuel de Prada: «Benson es consciente de la separación entre dogma católico y formas políticas; y de las tensiones en un mundo donde la Iglesia se hubiese convertido en gobierno triunfante que dejó de cargar la cruz. Masterman teme que “el mundo y la Iglesia hubieran trocado papeles"».

Eso quiso decirnos Benson: cómo sería el mundo si «el pensamiento antiguo» prevaleciese sobre el modernismo religioso de su tiempo: «He escrito estos dos libros para rastrear los efectos que experimentaría cada bando si el otro se volviera dominante». Y su conclusión es clara: el encuentro pleno con Cristo y la visión beatífica con su infinita felicidad no son para este mundo. Por algo el Credo termina con la promesa de la «vida futura».

UN MUNDO FELIZ (1932)

Aldous Huxley presenta en esta famosa novela una distopía de sociedad regida por el placer, con castas biológicamente diseñadas, ocio planificado y consumo perpetuo. Huxley profetiza irónicamente un “fantástico” mundo futuro, donde el hombre ha perdido el sentido de la vida, bajo una “felicidad” artificial controlada por unos pocos.

Hay un diálogo muy expresivo en la novela que no me resisto a reproducir:

«—Pues yo no quiero comodidad. Yo quiero a Dios, quiero poesía, quiero peligro real, quiero libertad, quiero bondad, quiero pecado.

—En suma —dijo Mustafá Mond⁠—, usted reclama el derecho a ser infeliz.

—Muy bien, de acuerdo —dijo el Salvaje, en tono de reto—. Reclamo el derecho a ser infeliz».

Este es el argumento central de Huxley: la felicidad sin verdad, sin virtud, sin libertad real (con la posibilidad del error y del pecado), no es felicidad humana. Es algo maligno que deshumaniza.

Las tres obras plantean lo que Santo Tomás llamaría la sustitución de la verdadera felicidad (beatitudo vera), que requiere el ejercicio de las virtudes y la visión de Dios, por una felicidad aparente (beatitudo apparens) basada en el placer sensible. Ningún bien finito puede saciar el deseo del corazón humano, que solo halla descanso en Dios.

La ideología en Dostojevski o el soma en Huxley (hoy el consumo banal, el sexo sin límites o las drogas legales) no perfeccionan al hombre, lo anestesian. Y una humanidad anestesiada no es feliz; simplemente deja de sufrir, que no es lo mismo.

El sufrimiento solo es soportable si podemos apreciar su valor: Cristo lo transformó, dándole sentido redentor al unirlo a su Cruz. Además, el dolor actúa como “megáfono” que Dios permite para despertar a un mundo sordo. Como dijo C. S. Lewis, «Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero grita en nuestros dolores». El cristianismo no sacraliza el dolor, lo ilumina y lo hace trascendente.

El comunismo prometía –y todavía promete– el paraíso por la economía; Musk lo sugiere a través de la técnica: un pelagianismo ideológico y tecnológico que busca abolir el sufrimiento sin averiguar su sentido. Pretender abolirlo mediante algoritmos y rentas universales no construye el paraíso, sino que vacía de sentido la condición humana. Ahí estas novelas se convierten en advertencia.

Porque, como nos recuerda Santo Tomás, la beatitud perfecta no se alcanza en esta vida porque fuimos hechos para más: para la comunión eterna con Dios. El corazón humano es capaz de Dios (capax Dei), y solo Él puede saciarlo.

14.04.26

Series de novelas: el encanto de la repetición

                          «Encantamiento». Obra de Hilda Fearon (1878-1917).



                    

                    

          

«La repetición es la realidad y la seriedad de la existencia».

Søren Kierkegaard

                              

                    

                    

Quizá pueda decirse, aunque con cierta prevención, que el éxito de las series de novelas con unos mismos personajes visitando, una y otra vez, nuestra imaginación, no es una rendición ante un capricho del mercado, sino más bien una confesión del alma humana. Y, como toda confesión humana, muestra más de lo que pretendía revelar.

En una época que se vanagloria de estar enamorada de la novedad, que cambia de ropa, ideas y hasta de pecados con una rapidez alienante, cualquier cosa que apunte a una repetición, a una cierta continuidad de las cosas, parecerá una herejía y será asociada con un sonoro fracaso.

Sin embargo, a pesar de todo eso y contra todo pronóstico, las series de libros continúan siendo una preferencia entre los gustos de los lectores; y ello a pesar de que en ellas casi todo vuelve. Lo vemos en el Londres victoriano de Sherlock Holmes y su apartamento en Baker Street, en los paisajes mágicos de Narnia, en la convulsa Tierra Media, en los rústicos cobertizos, reunidos con Guillermo y sus proscritos, o en las grandes mansiones señoriales con las heroínas de Austen o enfrascados en las investigaciones de Hércules Poirot. Vuelve el mismo detective, el mismo internado, la misma ciudad, incluso la misma casa, el mismo grupo de amigos o el mismo mundo de fantasía e imaginación.

¿Por qué, entonces, perseguimos lo que permanece?

Se encierra aquí una doble paradoja: volvemos, reiteramos las visitas a lugares y personas —sea una ciudad, un paisaje o un protagonista— que continúan ahí y que, por eso, a su vez, vuelven también a nosotros con constancia y fidelidad.

¿Por qué esa obstinación nuestra en el reencuentro?

El hombre no es simplemente un animal en busca de estímulos y sensaciones (aunque hoy lo parezca), sino un ser que busca significado y permanencia. Y esto precisa de continuidad, de memoria, de identidad frente al caos y la nada. Un personaje que reaparece, conservando su nombre y su temperamento, es una pequeña victoria metafísica contra el caos; es un «alguien» que se resiste a convertirse en un «algo».

Tampoco es ajena a esa soterrada e innata querencia nuestra, el afán por hacernos con un hogar, un lugar estable y cálido al que poder volver. Una novela aislada cae sobre nosotros fugaz, como un relámpago; pero una serie de novelas es como una lámpara en la ventana. En la primera, el lector la atraviesa; en la segunda, el lector la habita. De esta manera, no nos importa ya tanto «saber qué pasa», sino «saber con quién pasa» y «dónde pasa». Y así, las series nos dan menos emociones, pero lo hacen a cambio de ofrecernos más compañía.

Esto es algo profundamente humano: no amamos a nuestros amigos porque cada día sean distintos, sino porque, en lo esencial, siguen siendo ellos mismos. Tampoco deseamos volver cada día a nuestro hogar porque ignoremos con qué vamos a encontrarnos, sino por todo lo contrario: porque nos aguarda allí lo conocido.

Por eso las series producen un placer que no es meramente narrativo ni novedoso, así como tampoco sorprendente o asombroso, sino casi doméstico: leyendo estas novelas volvemos «a nuestra casa».

En los niños, sin embargo, descubrimos una razón adicional. Una razón muy poderosa que camufla las otras dos: el apetito por la repetición y la alegría del reconocimiento.

Pensamos que los niños piden que se les cuente o se les lea la misma historia una y otra vez porque ellos «no se cansan». Pero no es así; es al revés: la piden, la desean porque ¡claro que se cansan!, pero aquello de lo que se cansan es de la incertidumbre. El niño, recién aterrizado en medio de un mundo que le asombra y le atemoriza por igual, necesita seguridades, necesita agarres, puntos fijos en ese nuevo tiempo y espacio.

De esta manera, la repetición no es monotonía para el niño; es la celebración de que la vida tiene un orden. Y así, los niños adoran la repetición; es más, la necesitan. Chesterton nos dice que los niños no se cansan nunca de ella:

«[…] cuando descubren un juego o una broma que les proporciona especial alegría. Un niño se golpea rítmicamente los talones a causa de un desborde y no de una carencia de vida. Porque los niños rebosan vitalidad por ser en espíritu libres y altivos; de ahí que quieran las cosas repetidas y sin cambios. Siempre dicen “hazlo otra vez"; y el grande vuelve a hacerlo aproximadamente hasta que se siente morir. Porque la gente grande no es suficientemente fuerte para regocijarse en la monotonía».

Y las series de libros les permiten disfrutar de ese monótono regocijo.

De todas maneras, si preguntásemos a santo Tomás —como aconsejaba el papa Pío XI— «¿qué es lo más constante, lo que nunca cambia?», nos diría sin dudar que el Ser: «Ipsum Esse Subsistens». Así que, modestamente, creo que la razón más poderosa por la que nos gustan las series de libros, con su constancia, con su repetición, es porque, en el fondo de nuestro corazón, amamos el Ser, anhelamos contemplar el Ser.

     

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ELOGIO DE LA REPETICIÓN

27.03.26

Internet y los buenos libros: el regalo envenenado y su antídoto

«Joven leyendo». Alfred Stevens. (1823-1906).

   

                                                  

                                                  

                                                  

                                                                 

                                        

                                 

 ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en la información? 

T. S. Eliot, Coros de «La Roca» (1934)

          



«Algunos libros son probados, otros devorados, poquísimos masticados y digeridos».

Francis Bacon, De los estudios (1597)

 

       

 

 

EL REGALO ENVENENADO

Una de las paradojas de nuestro tiempo es que cada vez conocemos más datos (tenemos más información), pero a cada paso que damos comprendemos menos (tenemos menos sabiduría). Como dijo Eliot, la sabiduría se diluye en el conocimiento y el conocimiento en pura información. Y hoy esa dilución tiene un escenario privilegiado: Internet, con su promesa de acceso instantáneo a casi todo y su tendencia, a la vez, a disolver nuestra atención.

Internet da acceso a una acumulación tal de datos, noticias, informaciones y opiniones que no hay vida suficiente para abarcarla. De este modo, en lugar de asistir a un florecimiento de sabios, contemplamos el crecimiento del desinformado: nunca tantos han poseído más información y se han revelado tan ignorantes. Entrar en esa biblioteca de Alejandría que es Internet es, a menudo, perderse en la insustancialidad: la deambulación intelectual, el tráfico obsesivo de datos y la persecución de lo intrascendente. Cierto que la red ha facilitado enormemente el acceso a grandes y buenos libros, cursos, bibliotecas y comunidades lectoras; pero también es cierto que su poder de seducción la convierte en un regalo envenenado, al afectar a nuestra atención y capacidad de concentración, incitar a la recompensa inmediata y sumergirnos en un scroll infinito.

Pensadores como Marshall McLuhan (Comprender los medios de comunicación, 1964), su discípulo Neil Postman (Tecnópolis: La Rendición de la Cultura a la Tecnología, 1992), Edward S. Reed (La necesidad de la experiencia, 1996), o Byung-Chul Han (No-cosas: Quiebras del mundo de hoy, 2021), han advertido de este efecto disolutorio. Divulgadores como Nicholas Carr (Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes, 2010) alertan de que herramientas como Google erosionan gravemente nuestra capacidad de pensamiento profundo. Somos, indiscutiblemente, la cultura de la distracción: el reposo y la reflexión —el tiempo que antaño se dedicaba a digerir lo aprendido— han desaparecido bajo la avalancha de datos a los que la red nos conduce con tiránica suavidad. Pero sin reflexión no hay saber ni sabiduría: en último término, lo que queda es la nada disfrazada del todo

Esta manera de proceder de «picaflor» tiene consecuencias: la mente se fragmenta, la atención se dispersa, y uno se vuelve incapaz de elaborar un discurso coherente. Como señalaba Jean Baudrillard, la sobredosis de saberes virtuales nos condena a un limbo que anula el acto mismo de pensar. Leemos todo el tiempo (titulares, correos, tuits, WhatsApp), pero esa lectura es fugaz e irreflexiva. Un estudio del University College de Londres afirma que muchos usuarios han abandonado la lectura tradicional en favor de un rastreo horizontal y ansioso a través de Internet en busca de recompensas rápidas; «casi parece que se conectan a la red para evitar la lectura en el sentido tradicional», concluye lastimosamente.

Porque, no nos engañemos, los hechos no digeridos no constituyen un conocimiento estructurado y, mucho menos, algún tipo de sabiduría; y la distracción y la inconstancia nunca han sido amigas del saber. La sabiduría no es acumular contenidos, sino ordenar lo que sabemos (y lo que deseamos) hacia lo bueno, lo bello y lo verdadero. Y para hacerlo, no solo hay que devorar y tragar la información, sino, como decía Bacon masticarla y digerirla, es decir, tras averiguar primero los hechos –probándolos–, evaluarlos críticamente –tragándolos–, y luego formar una opinión sobre ellos –masticándolos y digiriéndolos–, con la meditación y la reflexión. La pregunta decisiva, por lo tanto, no es cuánta información acumulamos, sino si recuperamos la capacidad de detenernos, contemplar, ordenar y comprender.

Y esto, como estamos lastimosamente constatando, no nos lo da la Red. Más bien, nos lo quita; engatusándonos con encanto y fascinación, sí, pero empobreciendo nuestra alma.


EL ANTÍDOTO

Frente a este veneno espiritual podemos acudir a su antídoto: la lectura profunda de un buen libro, un tipo de atención sostenida que obliga a detenerse, a interpretar, a recordar, a ordenar. Porque los buenos libros son capaces de reeducar las emociones y alimentar nuestra alma.

Así, la lectura de los verdaderos libros puede brindarnos la ocasión de entrenar nuestra capacidad de concentración, de seguimiento de razonamientos más o menos complejos, de reflexión, análisis y crítica.

Además, los libros pueden regalarnos tiempo (el tiempo que se emplea en leerlos), el tiempo justo y necesario para poder realizar todas estas funciones de la inteligencia a las que me he referido; para rescatar nuestro pensamiento de ese «suspenso indefinido» del que habla Baudrillard. Porque, debido a su naturaleza, los libros proscriben todas esas urgencias, distracciones y fragmentaciones que la maravillosa Internet trae consigo, y pueden conducirnos a una vida intelectual rica, profunda y más humana.

Y, sobre todo, si se trata de un buen libro (en el sentido de que contenga algo de verdad, belleza y bondad), podrá ayudarnos a tratar de comprender el mundo y sus misterios y, quizá, acercarnos a la verdadera contemplación.

Por último, no debemos olvidar que en el acto mismo de leer de esa manera hay algo transformador y virtuoso; algo que tiende al bien. Así, la atención necesaria para ese tipo de lectura profunda requiere paciencia y determinación. La necesaria interpretación y valoración de lo leído requiere prudencia y circunspección. La mera decisión de reservar tiempo para leer en un mundo lleno de tantas distracciones requiere una especie de templanza y sacrificio. La reivindicación pública de la condición de lector —sobre todo hoy entre los más jóvenes— exige, sin duda, un cierto nivel de fortaleza y de coraje. En suma, el esfuerzo que requiere mantenerse en nuestros días como lector pone de manifiesto un evidente acto de amor: un amor y una pasión por los libros, y por aquello que los libros nos ofrecen. Y todo eso es bueno y conduce a lo bueno.

Porque lo que leemos nos define y puede hacernos crecer como personas; por el contrario, la inmediatez digital debilita nuestra humanidad. Por ello, los libros impresos y la lectura profunda son hoy más necesarios que nunca.

Pero no debemos llevarnos a engaño: esta no es una tarea fácil. Cualquier rescate es un lance duro en el que hay que poner empeño y voluntad. Con la lectura profunda de los buenos libros libramos un rescate en toda regla de nuestra atención y de nuestro intelecto. Alguien los ha secuestrado y hay que salvarlos. ¿El culpable? Ya lo hemos señalado: nosotros mismos. Y por ello, en nosotros mismos radica, al menos en parte, la solución.

Pónganse ustedes a ello sin demora: tomen a sus hijos de la mano, pertréchense de buenos libros y aplíquense todos a la tarea de leer; ahí está el comienzo.