Serie “El Bien, Jesucristo, el Cielo” - 3 - Jesucristo, fuente del Bien

 

Presentación

El Bien, Jesucristo, el Cielo No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien.”

 

Epístola a los Romanos 12, 21

 

En estas mismas páginas se ha publicado, en formato serie, el libro de título “El Mal, El Diablo, el Infierno”. Y, como no podía ser menos, la parte buena, la que ha de prevalecer, Cristo mismo y Dios mismo, debían tener su serie. La misma está referida al libro de título “El Bien, Jesucristo, el Cielo” que, fácilmente puede verse es, justo, lo contrario a lo otro. 

El Mal puede vencerse con el Bien. Eso es lo que la cita que hemos puesto como principal de este libro nos dice. Y San Pablo, diciéndonos tal cosa, nos auxilia ante lo que podamos estar pasando. 

No podemos, por tanto, alegar falta de socorro en estos casos pues bien sabemos que Dios nunca nos abandona y pone, en el camino de nuestra vida, a testigos de la fe que nos echan una mano. 

De todas formas, el Bien puede ser, digamos, usado contra el Mal. Y eso porque el Bien existe para mucho más que para eso que, con ser importante, no agota las posibilidades de lo bueno y mejor. 

No podemos negar, al respecto del Bien, que, para espíritus no perjudicados por el Mal, es más atractivo el primero que el segundo. Y es que no puede considerarse sana, espiritualmente hablando, la persona que esté a favor de las asechanzas del Maligno y/o de los frutos que de las mismas puedan derivarse. No. Es más seguro esperar que el común de los creyentes esté más por el Bien que por el Mal. Y eso se apoya en algo esencial: el Bien proviene de Dios Padre Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra en quien no hay falsedad ni mentira. 

No podemos negar, en beneficio nuestro, que a lo largo de la historia de la cristiandad ha habido hermanos nuestros en la fe que han considerado este tema, el del Bien, como uno que lo era muy importante, a tener en cuenta y a destacar. 

Así, por ejemplo, para los Santos Padres, era mayor la preocupación de señalar que Dios es el Bien Supremo y que, por tanto, toda criatura deriva de su Bondad. Pero también San Agustín, Boecio o la propia doctrina escolástica, con Santo Tomás de Aquino a la cabeza, han tenido a bien considerar el Bien entre sus temas básicos de conocimiento y estudio. 

Y ya, digamos que recientemente, en el Concilio habido en el seno de la Iglesia Católica (Vaticano I), la Constitución De Fide Catholica, en su capítulo I, dice esto que sigue:

 

“Éste único, solo, Dios verdadero, de su propia bondad y omnipotencia, no para el aumento de su propia felicidad, no para adquirir sino para manifestar su perfección por las bendiciones que Él otorga a las criaturas, con absoluta libertad de consejo creó desde el principio de los tiempos a la criatura tanto la espiritual como la corporal, a saber, la angélica y la mundana; y después la criatura humana.”

 

Vemos, por tanto, que el Bien no es, sólo, necesario en la vida del creyente católico (creemos que también en la de cualquier ser humano, en general y por ser especie creada por Dios) sino que es lo único que puede anhelar quien se sabe hijo del Todopoderoso. 

Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que por el bien se va al Bien mayor que es Dios mismo.

3  - Jesucristo, fuente del Bien

 

Si a un fiel católico le preguntan por la fuente del Bien o, lo que es lo mismo, de dónde emana todo lo bueno y mejor que pueda acaecer en su vida de hijo de Dios, no dudará mucho en decir que se está preguntando por Dios y, por extensión, por su hermano Jesucristo, por Aquel que quiso y admitió su padecimiento vivencial porque era la voluntad de su Padre, Dios Todopoderoso. 

Que Jesucristo sea el origen del Bien a nadie puede extrañar. Y es que siendo Dios hecho hombre, lo propio es, como decimos arriba, que lo sea. Eso, sin embargo, ¿qué significa?, porque estamos más que seguros que tal realidad espiritual ha de tener consecuencias buenas y mejores para nosotros, sus hermanos. 

Digamos, por ejemplo, que:

 

1. Cristo está cerca de nosotros. 

2. Cristo nos ama sobremanera. 

3. Cristo nos lo ha dicho todo. 

4. Cristo sabe que necesitamos su Bien. 

5. Cristo quiere que nos salvemos. 

6. Cristo quiere que permanezcamos en Él. 

7. Cristo quiere que aceptemos el Bien.

 

Vemos, por tanto, que, por lo apenas dicho, el Hijo de Dios anhela, para nosotros, sus hermanos, lo mejor. Por eso se convirtió en fuente del Bien y, por tanto, en el origen perfecto de lo que nos conviene como hijos de Dios.

Sabemos que en Jesucristo no puede haber falsedad y que nada de lo que dijo, a lo largo de su vida pública, puede suponer, para nosotros, engaño alguno. Por eso creemos que estar atentos a sus palabras es, en si mismo, un Bien grande y ofrecido para ser aprovechado (entiéndase esto del aprovechamiento), incluso, de forma egoísta siendo, aquí, egoísmo espiritual del que hablamos. 

Por otra parte, si bueno, lo bueno, es aquello que nos viene bien porque nos hace bien, no podemos negar que la cercanía que Jesucristo muestra con nosotros es tan grande que, en primer lugar, nunca nos abandona y, en segundo, quiere que nosotros tampoco lo abandonemos. Por eso, el Bien se nos da gratuitamente con la única, digamos, obligación por nuestra parte, de hacer uso del mismo y, si somos capaces, no esconderlo debajo de ningún celemín por miedo, egoísmo o cualquier otra excusa mal traída.

 

No. El Bien que es Jesucristo nos es dado porque Dios quiere que nos sea dado. Y mirarlo a Él como quiere su Padre que lo miremos ya fue dicho cuando se transfiguró en el monte ante Santiago, Juan y Pedro (cf. Mt 17,5). Por eso nunca se aleja Quien fue enviado al mundo para que quien creyese en Él se salvase para siempre. 

Pero también sabemos que el amor que tiene Jesucristo por sus hermanos los hombres es tan grande que supo dar su vida por sus amigos. A nosotros nos llama amigos y no esclavos porque todo nos lo ha dicho. Y un amor así sólo puede tener un fin bien determinado: entregarnos una tal forma de ser y de actuar, un corazón de carne y limpio de pecado porque quiere que nosotros también lo tengamos de carne y limpio del misterium iniquitatis. Por eso, el Bien, que es Cristo, quiere, para nosotros, un estado espiritual del cual sólo pueda emanar lo que quiere Dios que emane y que no es otra cosa que la caridad, el amor, sin el cual nada de lo que hagamos tendrá la trascendencia espiritual que tiene si parte del amor, se conduce con el amor y concluye con la caridad que es amor. 

Sobre el hecho acerca del cual decimos que Jesucristo es el Bien por excelencia podemos decir que tenemos una prueba que apunta, precisamente y no por casualidad (que nunca existe en materia de fe ni en ninguna otra sino sólo la Providencia de Dios): no nos ha ocultado nada. 

Que el Hijo de Dios, enviado al mundo para que nos salváramos, cuando tuvo la ocasión de transmitir una santa doctrina y lo hizo sin preocuparse de su cansancio personal, lo hizo a conciencia de lo que debía hacer, es una verdad grande y comprobable. Es más, Él mismo nos lo dice (Jn 15,15):

 

“Nos os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”.

 

Vemos que Jesucristo no dice, por ejemplo, “os he dicho sólo esto o lo otro porque no lo podríais soportar”. No, dice que lo que Él ha oído de Dios Padre se lo ha transmitido a sus hermanos los hombres. Y eso es muestra de Amor pero, también, de voluntad tendente a que entendamos lo que nos conviene que entendamos porque va en ello nuestra salvación eterna. 

El caso es que Jesucristo, que no ignoraba el ser del hombre (por ser Dios mismo) sabía que, necesariamente, necesitábamos de su persona, de su Palabra (que es la de Dios) y, en fin, de todo aquello que pudiera salir de su corazón. 

Esto que decimos no lo hacemos porque creamos que Jesucristo actuara de forma acaparadora ni nada por el estilo. Y es que su misión era la propia de quien es enviado para cumplir con una grave obligación y tal enviado… ¡la cumple a rajatabla pese a quien pese!: cumple porque debe cumplir, hace porque debe hacer, podríamos decir. 

Cristo, decimos, sabe qué es lo que necesitamos nosotros, sus pecadores hermanos que en el mundo han sido, son y serán hasta su segunda venida. Por eso nos procura lo mejor, que es Él mismo, el Bien supremo y por excelencia. Y por eso, precisamente por eso, se quedó en la Santa Eucaristía, acción de gracias a Dios por un tan gran don, y por eso quiso que recordáramos dónde estaba y dónde permanecía para que no olvidáramos nunca que nada de lo que hizo lo llevó a cabo en vano sino con plena razón, con pleno corazón y en total acuerdo con su Padre, Dios. 

Arriba hemos dicho que Cristo quiere que permanezcamos en Él. Y eso lo dice porque, como bien sabemos por propia experiencia, nada podemos hacer sin Quien se entregó por nosotros (cf. Jn 15, 5) de una tal forma y manera. 

Supone, tal permanencia, no olvidar nunca ni qué hizo Jesucristo ni qué quiso hacer con eso. Es decir, sabemos que murió en una cruz y que eso ha supuesto, nada más y nada menos, que la apertura del Cielo a la salvación eterna de la semejanza de Dios, el hombre. Pero también sabemos que eso no es cosa que se consiga sin más, sin nuestra colaboración. Y es que ya dejó dicho San Agustín hace muchos siglos eso de que “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Y eso supone, seguro que lo supone, una actividad por nuestra parte tendente a salvarnos. Es decir, no podemos quedarnos sentados esperando la salvación que Dios quiere para nosotros y que Jesucristo pagó con su sangre. No. Requiere nuestro hermano Emmanuel que queramos salvarnos y, luego como consecuencia, que actuemos en tal sentido. Y por eso permanece junto a nosotros porque sabe que somos demasiado olvidadizos y que tenemos una tendencia más que enfermiza a salirnos del camino trazado (¡Es que está trazado por Dios!), a mirar para otro lado y a actuar como si nuestra salvación dependiera, tan sólo, de que Dios quiera que nos salvemos. No. Nuestra salvación depende de que aceptemos, en nuestro corazón y, así, en nuestra vida, el Bien que es Jesucristo y que lo pongamos por obra. ¡Por obra y no lo dejemos en mera teoría espiritual infructuosa!

 

Sobre esto, sabemos que una fuente es el lugar de donde emana algo. Si hablamos de agua… sale agua que podemos aprovechar. Pero si hablamos de materia espiritual, una fuente es el origen de algo de donde podemos valernos para regar nuestro corazón.

Así, por ejemplo, aquella mujer que iba al pozo de Sicar a buscar agua, quería el líquido que allí había. Y era el comportamiento ordinario de un ser humano como otro cualquiera que, ante una necesidad, busca dar solución a la misma. Sin embargo, se encontró con el Agua Viva que lleva a la vida eterna. Y ella, que se dio cuenta de que había encontrado al Mesías, prefirió la segunda antes que la primera (cf. Jn 4, 5-15):

 

“Le dice la mujer: ‘Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla”.

 

Aquella mujer sí supo, a la perfección, aceptar el Bien que le era ofrecido a través de aquella Agua Viva. 

Tenemos, pues, a Jesucristo como el Bien Supremo que se nos ofrece con la única exigencia (¡qué menos!) de que aceptemos que es el Hijo de Dios. Debemos, por tanto, confesar que lo es. Y es que, además, es la única forma de poder salvarnos porque, quien murió por todos (todo ser humano es hermano suyo) bien sabía que no todos iban a aceptar que era Quien era. Pero nosotros bien sabemos que sí, que es Dios hecho hombre y que se nos ha dado, Dios nos lo dio, para que camináramos seguros y firmes hacia su definitivo Reino. Ahora bien, eso no sucederá si no lo aceptamos como fuente del Bien, como Bien por excelencia o, en fin, como Dios mismo que, origen de todo bien, es el Bien mismo.

Eleuterio Fernández Guzmán

Nazareno

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