12.11.18

Serie Venerable Marta Robin – Sobrenaturalizar

Hace mucho tiempo que hemos incardinado los comentarios acerca de la obra de la Venerable Marta Robin (francesa ella, de nacimiento y de nación) en la serie sobre la oración.  Sin embargo, es de recibo reconocer que desde hace mucho tiempo, también, no trata lo que traemos aquí de oraciones, en sí mismas consideradas (algunas veces sí, claro) sino de textos espirituales que nos pueden venir muy bien, primero, para conocer lo más posible a una hermana nuestra en la fe que supo llevar una vida, sufriente, sí, pero dada a la virtud y al amor al prójimo; y, en segundo lugar, también nos vendrá más que bien a nosotros, sus hermanos en la fe que buscamos, en ejemplos como el suyo, un espejo, el rastro de Dios en una vida ejemplar que seguir.

 

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Sobrenaturalizar

  

“Transformar todos mis actos en actos sobrenaturales y divinos; es la verdad más bella, es el más grande y último nombre del amor.”

 

Es verdad, y es difícil negarlo, que en materia de fe católica son muchas las formas que tenemos de ver lo que tiene relación con la misma, la espiritualidad que encierra creer en Dios Todopoderoso y, en fin, lo que supone ser piedra que da forma y construye la Iglesia de Cristo.

A tal respecto, la Venerable Marta Robin, que tan a gusto estaba en el seno d ella Esposa de Cristo y tanto bien hizo por ella y por muchos de sus miembros, sabe muy bien en qué consiste, por eso de la práctica que llevó a cabo en sus años de vida,  en qué consiste, decimos, lo esencial de nuestro comportamiento al respecto de una tal realidad.

Todo lo resume en una palabra que, digamos, no es sencilla de entender pero que, al fin y al cabo, es la verdad de lo que debemos hacer y llevar a cabo: sobrenaturalizar.

“Sobrenaturalizar” es un término, no lo podemos negar que  dice mucho o, para algunos, nada. De todas formas dice más que mucho para quien cree en Dios, Creador nuestro y Todopoderoso. Y, claro, para Marta Robin tenía mucho de verdad pero, sobre todo, de acto, de hacer, de ser.

¿Qué hay, pues, qué hacer?

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11.11.18

La Palabra del domingo - 11 de noviembre de 2018

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Mc 12, 38-44

“38 Decía también en su instrucción: ‘Guardaos de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, 39 ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; 40 y que devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones. Esos tendrán una sentencia más rigurosa. 41 Jesús se sentó frente al arca del Tesoro y miraba cómo echaba la gente monedas en el arca del Tesoro: muchos ricos  echaban mucho. 42 Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as.

43 Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: ‘Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro.44 Pues todos han echado de los que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir.”

 

COMENTARIO

 

Lo que más vale y sirve

 

1.-Escatología y merecimiento. Estos dos conceptos, que encierran mucho de lo que Jesús nos comunicó, tienen mucho, todo, que ver en el texto que el Calendario Litúrgico nos ofrece para hoy. Escatología y merecimiento es lo que se refleja en la actuación de la viuda y sentimiento de comprensión por parte de Jesús.

2.- En este texto de Marcos, Jesús nos aclara dos situaciones que, siempre, suelen producirse y que han de suponer, para sus discípulos, un ejemplo de lo que no puede ser y, a la vez, y al contrario, de lo que ha de ser.

En primer lugar, Jesús hace hincapié en que hay algunas personas (en este caso los escribas pero que se puede extender a otros) en las que primero, en su comportamiento, priva la apariencia sobre lo que de verdad tendría que ser su forma de actuación ya que, además de creer en Dios, eran personas notables dentro de la sociedad de la época.

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10.11.18

Serie “Al hilo de la Biblia - La Resurrección anticipada

Sagrada Biblia

Dice S. Pablo, en su Epístola a los Romanos, concretamente, en los versículos 14 y 15 del capítulo 2 que, en efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia, y los juicios contrapuestos de condenación o alabanza. Esto, que en un principio, puede dar la impresión de ser, o tener, un sentido de lógica extensión del mensaje primero del Creador y, por eso, por el hecho mismo de que Pablo lo utilice no debería dársele la mayor importancia, teniendo en cuenta su propio apostolado. Esto, claro, en una primera impresión.

Sin embargo, esta afirmación del convertido, y convencido, Saulo, encierra una verdad que va más allá de esta mención de la Ley natural que, como tal, está en el cada ser de cada persona y que, en este tiempo de verano (o de invierno o de cuando sea) no podemos olvidar.

Lo que nos dice el apóstol es que, al menos, a los que nos consideramos herederos de ese reino de amor, nos ha de “picar” (por así decirlo) esa sana curiosidad de saber dónde podemos encontrar el culmen de la sabiduría de Dios, dónde podemos encontrar el camino, ya trazado, que nos lleve a pacer en las dulces praderas del Reino del Padre.

Aquí, ahora, como en tantas otras ocasiones, hemos de acudir a lo que nos dicen aquellos que conocieron a Jesús o aquellos que recogieron, con el paso de los años, la doctrina del Jristós o enviado, por Dios a comunicarnos, a traernos, la Buena Noticia y, claro, a todo aquello que se recoge en los textos sagrados escritos antes de su advenimiento y que en las vacaciones veraniegas se ofrece con toda su fuerza y desea ser recibido en nuestros corazones sin el agobio propio de los periodos de trabajo, digamos, obligado aunque necesario. Y también, claro está, a lo que aquellos que lo precedieron fueron sembrando la Santa Escritura de huellas de lo que tenía que venir, del Mesías allí anunciado.

Por otra parte, Pedro, aquel que sería el primer Papa de la Iglesia fundada por Cristo, sabía que los discípulos del Mesías debían estar

“siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza” (1 Pe 3, 15)

Y la tal razón la encontramos intacta en cada uno de los textos que nos ofrecen estos más de 70 libros que recogen, en la Antigua y Nueva Alianza, un quicio sobre el que apoyar el edificio de nuestra vida, una piedra angular que no pueda desechar el mundo porque es la que le da forma, la que encierra respuestas a sus dudas, la que brota para hacer sucumbir nuestra falta de esperanza, esa virtud sin la cual nuestra existencia no deja de ser sino un paso vacío por un valle yerto.

La Santa Biblia es, pues, el instrumento espiritual del que podemos valernos para afrontar aquello que nos pasa. No es, sin embargo, un recetario donde se nos indican las proporciones de estas o aquellas virtudes. Sin embargo, a tenor de lo que dice Francisco Varo en su libro “¿Sabes leer la Biblia? “ (Planeta Testimonio, 2006, p. 153)

“Un Padre de la Iglesia, san Gregorio Magno, explicaba en el siglo VI al médico Teodoro qué es verdaderamente la Biblia: un carta de Dios dirigida a su criatura”. Ciertamente, es un modo de hablar. Pero se trata de una manera de decir que expresa de modo gráfico y preciso, dentro de su sencillez, qué es la Sagrada Escritura para un cristiano: una carta de Dios”.

Pues bien, en tal “carta” podemos encontrar muchas cosas que nos pueden venir muy bien para conocer mejor, al fin y al cabo, nuestra propia historia como pueblo elegido por Dios para transmitir su Palabra y llevarla allí donde no es conocida o donde, si bien se conocida, no es apreciada en cuanto vale.

Por tanto, vamos a traer de traer, a esta serie de título “Al hilo de la Biblia”, aquello que está unido entre sí por haber sido inspirado por Dios mismo a través del Espíritu Santo y, por eso mismo, a nosotros mismos, por ser sus destinatarios últimos.

La Resurrección anticipada

 

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Jn 2, 22

 

Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

 

Había pasado mucho en aquella conversación que mantiene el Hijo del hombre. Y es que había quien no quería comprender las palabras de Cristo. Sin embargo, lo que aquí traemos nos muestra que sabía muy bien lo que iba a pasar y que era plenamente consciente de su naturaleza y realidad divinas.

Hay quien, por hacer de menos a Jesucristo, le imputa que no sabía que era el Hijo de Dios. Y eso se desmiente (porque es más que falso) a lo largo de la Sagrada Escritura porque muchas veces dice, expresamente, por ejemplo, que sólo el Hijo ha visto al Padre o cosas similares. Es más, ¿cuántas veces (que sepamos por lo escrito) dijo que iba a morir, dónde y cuándo)

En fin… que, como dice él mismo, no hay más ciego que quien no quiere ver (y no querían ver) y más sordo que quien no quiere oír (ha había muchos que no querían ni oír ni escuchar)

El caso es que sí, que resucitó, como bien sabemos. Y eso tuvo un efecto demoledor entre sus discípulos. Mucho más entre los más allegados, los Apóstoles.

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9.11.18

Serie "De Resurrección a Pentecostés" - 3 - Primera aparición de Cristo a las mujeres

De Resurrección a Pentecostés Antes de dar comienzo a la reproducción del libro de título “De Resurrección a Pentecostés”, expliquemos esto.

Como es más que conocido por cualquiera que tenga alguna noción de fe católica, cuando Cristo resucitó no se dedicó a no hacer nada sino, justamente, a todo lo contrario. Estuvo unas cuantas semanas acabando de instruir a sus Apóstoles para, en Pentecostés, enviarlos a que su Iglesia se hiciera realidad. Y eso, el tiempo que va desde que resucitó el Hijo de Dios hasta aquel de Pentecostés, es lo que recoge este libro del que ahora ponemos, aquí mismo, la Introducción del mismo que es, digamos, la continuación de “De Ramos a Resurrección” y que, al contrario de lo que suele decirse, aquí segundas partes sí fueron buenas. Y no por lo escrito, claro está, sino por lo que pasó y supusieron para la historia de la humanidad aquellos cincuenta días.

 

 

Cuando Jesucristo murió, a sus discípulos más allegados se les cayó el mundo encima. Todo lo que se habían propuesto llevar a cabo se les vino abajo en el mismo momento en el que Judas besó al Maestro.

Nadie podía negar que pudieran tener miedo. Y es que conocían las costumbres de aquellos sus mayores espirituales y a la situación a la que habían llevado al pueblo. Por eso son consecuentes con sus creencias y, por decirlo así, dar la cara en ese momento era la forma más directa para que se la rompieran. Y Jesús les había dicho en alguna ocasión que había que ser astutos como serpientes. Es más, había tratado de librarlos de ser apresados cuando, en Getsemaní, se identificó como Jesús y dijo a sus perseguidores que dejaran al resto marcharse.

Por eso, en tal sentido, lo que hicieron entonces sus apóstoles era lo mejor.

Aquella Pascua había sido muy especial para todos. Jesús se había entregado para hacerse cordero, el Cordero Pascual que iba a ser sacrificado para la salvación del mundo. Pero aquel sacrificio les iba a servir para mucho porque el mismo había sido precedido por la instauración de la Santa Misa (“haced esto en memoria mía”, les dijo el Maestro) y, también, la del sacerdocio a través del Sacramento del Orden. Jesús, pues, el Maestro y el Señor, les había hecho mucho bien tan sólo con arremangarse y lavarles los pies antes de empezar a celebrar la Pascua judía. Luego, todo cambió y cuando salieron Pedro, Santiago y Juan de aquella sala, en la que se había preparado la cena, acompañando a Jesús hacia el Huerto de los Olivos algo así como un gran cambio se había producido en sus corazones.

Pero ahora tenían miedo. Y estaban escondidos porque apenas unas horas después del entierro de Jesús los discípulos a los que había confiado lo más íntimo de su doctrina no podían hacer otra cosa que lo que hacían.

De todas formas, muchas sorpresas les tenía preparadas el Maestro. Si ellos creían que todo había terminado, muy pronto se iban a dar cuenta de que lo que pasaba era que todo comenzaba.

En realidad, aquel comienzo se estaba cimentando en el Amor de Dios y en la voluntad del Todopoderoso de querer que su nuevo pueblo, el ahora elegido, construyera su vida espiritual sobre el sacrificio de su Hijo y limpiara sus pecados en la sangre de aquel santo Cordero.

Decimos, pues, que todo iba a empezar. Y es que desde el momento en el que María de Magdala acudiera corriendo a decirles que el cuerpo del Maestro no estaba donde lo habían dejado el viernes tras el bajarlo de la cruz, todo lo que hasta entonces habían llevado a sus corazones devino algo distinto.

El caso es que los apóstoles y María, la Madre, habían visto cómo se abría ante sí una puerta grande. Era lo que Jesús les mostró cuando, estando escondidos por miedo a los judíos, se apareció aquel primer domingo de la nueva era, la cristiana. Entonces, los presentes (no estaba con ellos Tomás, llamado el Mellizo) se asustaron. En un primer momento no estaban seguros de lo que veían pudiese ser verdad. Aún no se les habían abierto los ojos y su corazón era reacio en admitir que su Maestro estaba allí, ante ellos y, además, les daba la paz y les hablaba. Todos, en un principio, actuaron como luego haría Tomás.

Todo, pues, empezaba. Y para ellos una gran luz los iluminaba en las tinieblas en las que creían estar. Por eso lo que pasó desde aquel momento hasta que llegó el día de Pentecostés fue como una oportunidad de acabar de comprender (en realidad, empezar a comprender) lo que tantas veces les había dicho Jesús en aquellos momentos en los que se retiraba con ellos para que la multitud no le impidiese enseñar lo que era muy importante que comprendieran. Pues bien, entonces no habían sido capaces de entender mucho porque su corazón no lo tenían preparado. Ahora, sin embargo, las cosas iban a ser muy distintas. Y lo iban a ser porque Jesús había confirmado con hechos   lo que les había anunciado con sus palabras y cuando le dijo a Tomás que metiera su mano en las heridas de su Pasión supieron que no era un fantasma lo que estaban viendo sino  al Maestro… en cuerpo y alma.

Sería mucho, pues, lo que pasaría en un tiempo no demasiado extenso desde que el Hijo de Dios volvió de los infiernos hasta que el Espíritu Santo iluminara los corazones y las almas de los allí reunidos. Era, pues, aquello que sucedió entre Resurrección y Pentecostés.” 

3. Primera aparición de Cristo a las mujeres

 

“Estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: ‘Mujer, ¿por qué lloras?’ Ella les respondió: ‘Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.’ Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: ‘Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?’ Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: ‘Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré.’ Jesús le dice: ‘María.’ Ella se vuelve y le dice en hebreo: ‘Rabbuní’ - que quiere decir: ‘Maestro’ -. Dícele Jesús: ‘No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.’ Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras” (Jn 20, 11-18).

“Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a comunicar la noticia a los que habían vivido con él, que estaban tristes y llorosos. Ellos, al oír que vivía y que había sido visto por ella, no creyeron” (Mc 16, 9-11).

“El Ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: ‘Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho. Venid, ved el lugar donde estaba.  Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos: ‘Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis.’ Ya os lo he dicho.’ Ellas partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: ‘¡Dios os guarde!’ Y ellas, acercándose, se asieron de sus pies y le adoraron. Entonces les dice Jesús: ‘No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán’” (Mt 28, 5-10).

“Regresando del sepulcro, anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás. Las que decían estas cosas a los apóstoles eran María Magdalena, Juana y María la de Santiago y las demás que estaban con ellas” (Lc 24, 9-10).

Estos son los textos bíblicos en los que se recoge explícitamente la aparición del Resucitado a las mujeres que habían acudido a su sepulcro muy de mañana aquel primer domingo. En el último de ellos, el de San Lucas, es cierto que no se recogen las palabras de Jesús a ellas pero sí quiénes eran aquellas mujeres entre las que se encontraba María Magdalena.

Pues bien, aquellas mujeres, que tanto amor habían mostrado por su Maestro a tal punto que, obviando las dificultades que iban a tener (y de las que hemos hecho referencia arriba) acudieron al lugar donde habían depositado el cuerpo de Cristo, fueron las primeras en ver al Hijo de Dios.

Esto, así dicho, rompe con alguna teoría que sostiene que los evangelios son libros, más o menos, inventados por sus autores. Y lo rompe porque supondría tirar piedras contra su propio tejado si un judío recoge que a las primeras personas a las que se aparece el Emmanuel son aquellas por las que tan poco aprecio se mostraba en aquel tiempo (eso junto a los niños por quien Cristo también muestra una predilección manifiesta y manifestada: cf. Mc 10-14-15). Es decir, que no iban a dejar por escrito que su Maestro había desdicho lo hasta entonces practicado a no ser que, efectivamente, todo aquello fue cierto y verdad y Jesús, precisamente por su propia predicación y doctrina quiso privilegiar a las mujeres con una muestra tan evidente de amor y consideración.

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8.11.18

El rincón del hermano Rafael - "Saber esperar" - Lo que quiere Cristo

“Rafael Arnáiz Barón nació el 9 de abril de 1911 en Burgos (España), donde también fue bautizado y recibió la confirmación. Allí mismo inició los estudios en el colegio de los PP. Jesuitas, recibiendo por primera vez la Eucaristía en 1919.”

Esta parte de una biografía que sobre nuestro santo la podemos encontrar en multitud de sitios de la red de redes o en los libros que sobre él se han escrito.

Hasta hace bien poco hemos dedicado este espacio a escribir sobre lo que el hermano Rafael había dejado dicho en su diario “Dios y mi alma”. Sin embargo, como es normal, terminó en su momento nuestro santo de dar forma a su pensamiento espiritual.

Sin embargo, San Rafael Arnáiz Barón había escrito mucho antes de dejar sus impresiones personales en aquel diario. Y algo de aquello es lo que vamos a traer aquí a partir de ahora.

             

Bajo el título “Saber esperar” se han recogido muchos pensamientos, divididos por temas, que manifestó el hermano Rafael. Y a los mismos vamos a tratar de referirnos en lo sucesivo.

 

“Saber Esperar” – Lo que quiere Cristo

 

“No necesita Él de mi libertad, ni de mi salud, ni de mis alabanzas al contemplar las obras de sus manos; le basta mi admiración profunda nacida ante la vista de su Sagrario escondido humildemente entre piedras de la tierra y entre el barro de los hombres.”

 

Es bien cierto y verdad que conocer la verdad de las cosas es, en materia espiritual, no sólo fuente de gozo sino semilla de no equivocarse en tal aspecto. Y queremos decir con esto que así como conocerlo todo bien conocido (sin errores ni dudas innecesarias) nos viene muy bien el caso es que nos viene muy bien porque evita que caigamos en formas de ver las tales realidades que no nos vienen nada bien.

El hermano Rafael, que conoce muy bien cómo somos (y cómo es él, para empezar) sabe perfectamente que no debemos caer en ciertos comportamientos que son fatales para nuestro devenir que tiene que con el tercer Reino de Dios que es el del Cielo donde se hace posible tanto la Visión Beatífica como la Bienaventuranza.

Por eso decimos que es crucial conocer, saber. Y lo primero que necesitamos tener en cuenta es saber qué necesidades tiene Dios al respecto de sus hijos.

Ninguna. No necesita ninguna de parte de nosotros. Y eso porque es Todopoderoso y, en realidad, crea y mantiene y, por tanto, ¿qué va a necesitar de nosotros?

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7.11.18

Serie “Gozos y sombras del alma” - Gozos - La Luz de Dios

 

Gozos y sombras del alma

Cuando alguien dice que tiene fe (ahora decimos sea la que sea) sabe que eso ha de  tener algún significado y que no se trata de algo así como mantener una fachada de cara a la sociedad. Es cierto que la sociedad actual no tiene por muy bueno ni la fe ni la creencia en algo superior. Sin embargo, como el ser humano es, por origen y creación, un ser religioso (¿Alguien no quiere saber de dónde viene, adónde va?) a la fuerza sabe que la verdad (que cree en lo que sea superior a sí mismo) ha de existir. 

Aquí no vamos a sostener, de ninguna de las maneras, que todas las creencias son iguales. Y no lo podemos mantener porque no puede ser lo mismo tener fe en Dios Todopoderoso, Creador y Eterno que en cualquier ser humano que haya fundado algo significativamente religioso. No. Y es que sabemos que Dios hecho hombre fue quien fundó la religión que, con el tiempo se dio en llamar “católica” (por universal) y que entregó las llaves de su Iglesia a un tal Cefas (a quien llamó Pedro por ser piedra sobre la que edificarla). Y, desde entonces, han ido caminando las piedras vivas que la han constituido hacia el definitivo Reino de Dios donde anhelan estar las almas que Dios infunde a cada uno de sus hijos cuando los crea. 

El caso es que nosotros, por lo que aquí decimos, tenemos un alma. Es más, que sin el alma no somos nada lo prueba nuestra propia fe católica que sostiene que de los dos elementos de los que estamos constituidos, a saber, cuerpo y alma, el primero de ellos tornará al polvo del que salió y sólo la segunda vivirá para siempre. 

Ahora bien, es bien cierto que tenemos por bueno y verdad que la vida que será para siempre y de la que gozará el alma puede tener un sentido bueno y mejor o malo y peor. El primero de ellos es si, al morir el cuerpo, es el Cielo donde tiene su destino el alma o, en todo caso, el Purgatorio-Purificatorio como paso previo a la Casa del Padre; el segundo de ellos es, francamente, mucho peor que todo lo peor que podamos imaginar. Y lo llamamos Infierno porque sólo puede ser eso estar separado, para siempre jamás, de Quien nos ha creado y, además, soportar un castigo que no terminará nunca. 

Sentado, como hemos hecho, que el alma forma parte de nuestro propio ser, no es poco cierto que la misma necesita, también, vida porque también puede morir. Ya en vida del cuerpo el alma no puede ser preterida, olvidada, como si se tratase de realidad espiritual de poca importancia. Y es que hacer eso nos garantiza, con total seguridad, que tras el Juicio particular al que somos sometidos en el mismo instante de nuestra muerte (y esto es un misterio más que grande y que sólo entenderemos cuando llegue, precisamente, tal momento) el destino de la misma sólo puede ser el llanto y el rechinar de dientes… 

Pues bien, el alma, nuestra alma, necesita, por lo dicho, nutrición. La misma ha de ser espiritual lo mismo que el cuerpo necesita la que lo es material. Y tal nutrición puede ser recibida, por su origen, como buena o, al contrario, como mala cosa que nos induzca al daño y a la perdición. 

Nosotros sabemos, a tal respecto, que el alma goza. También sabemos que sufre. Y a esto segundo lo llamamos sombras porque son, en tal sentido, oscuridades que nos introducen en la tiniebla y nos desvían del camino que lleva, recto, al definitivo Reino de Dios Todopoderoso. 

En cuanto a los gozos que pueden enriquecer la vida de nuestra alma, los que vamos a traer aquí es bien cierto que son, al menos, algunos de los que pueden dar forma y vida al componente espiritual del que todo ser humano está hecho; en cuanto a las sombras, también es más que cierto que muchos de los que, ahora mismo, puedan estar leyendo esto, podrían hacer una lista mucho más larga. 

Al fin al cabo, lo único que aquí tratamos de hacer es, al menos, apuntar hacia lo que nos conviene y es bueno conocer para bien de nuestra alma; también hacia lo que no nos conviene para nada pero en lo que, podemos asegurar, es más que probable que caigamos en más de una ocasión. 

Digamos, ya para terminar, que es muy bueno saber que Dios da, a su semejanza y descendencia, libertad para escoger entre una cosa y otra. También sabemos, sin embargo, que no es lo mismo escoger realidades puramente materiales (querer esta o aquella cosa o tomar tal o cual decisión en ese sentido) que cuando hacemos lo propio con aquellas que son espirituales y que, al estar relacionadas con el alma, tocan más que de cerca el tema esencial que debería ser el objeto, causa y sentido de nuestra vida: la vida eterna. Y entonces, sólo entonces, somos capaces de comprender que cuando el alma, la nuestra, se nutre del alimento imperecedero ella misma nunca morirá. No aquí (que no muerte) sino allá, donde el tiempo no cuenta para nada (por ser ilimitado) y donde Dios ha querido que permanezcan, para siempre, las que son propias de aquellos que han preferido la vida eterna a la muerte, también, eterna. 

Y eso, por decirlo pronto, es una posibilidad que se enmarca, a la perfección, en el amplio mundo y campo de los gozos y las sombras del alma. De la nuestra, no lo olvidemos.

Serie Gozos y sombras del alma : Gozos - La luz de Dios

 

 

Todo se nos va en la grosería del engaste

u cerca de este castillo, que son estos cuerpos”

 

Sta. Teresa de Jesús

Las moradas del castillo interior.

Moradas Primeras, capítulo primero

 

Cuando el padre Abrahám dijo sí a Dios y abandonó la seguridad politeísta en la que vivía, seguramente tenía muchas dudas. Era un hombre que, sin embargo, entendió que aquella luz que calentaba su corazón era buena para su vida y para la de su familia. 

Y aquella luz duró, al menos, 40 años y, desde entonces… hasta ahora ha seguido iluminando el camino que los hijos de Dios escogemos seguir. 

Pero no siempre ha sido así ni, sobre todo, hoy mismo siempre es así. 

Podemos, por ejemplo, dejarnos convencer por las facilidades que nos ofrece el mundo, vender nuestro presente sin darnos cuenta de lo que supone esa dejación de la responsabilidad que tenemos como Hijos de Dios que somos. 

Que quede claro, por otra parte, que la realidad de la filiación divina (de ser hijos de Dios) no es algo que dependa de nuestra voluntad. O sea, no podemos decir que, como no creemos en Dios, esa filiación la olvidamos y hacemos como si no existiera. Esto es, simplemente, imposible porque una cosa es no aceptar la religión y otro, muy distinto, es que ese re-ligare, ese unir al hombre con Dios, se pueda evitar. No es cuestión de aceptación, pues la realidad, la Verdad, no puede elegirse a gusto de cada cual y es como es. 

Esas facilidades nos impelen a casi todos a hacer uso de ellas, entregándonos y produciéndonos una dispersión de afectos de la que sólo puede derivarse una pérdida de los valores esenciales que constituyen nuestra personalidad como personas, seres salidos de la mano de Dios. 

Nos puede molestar la luz de Dios porque no nos permite dejarnos vencer por tales facilidades y, como seres humanos, no siempre somos capaces de no sucumbir a la tentación.

¿Podemos encontrar solución a tal situación en nuestro ordinario vivir? 

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6.11.18

Un amigo de Lolo – "Lolo, libro a libro"- Tan cerca de Dios

Presentación

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Yo soy amigo de Lolo. Manuel Lozano Garrido, Beato de la Iglesia católica y periodista vivió su fe desde un punto de vista gozoso como sólo pueden hacerlo los grandes. Y la vivió en el dolor que le infligían sus muchas dolencias físicas. Sentado en una silla de ruedas desde muy joven y ciego los últimos nueve años de su vida, simboliza, por la forma de enfrentarse a su enfermedad, lo que un cristiano, hijo de Dios que se sabe heredero de un gran Reino, puede llegar a demostrar con un ánimo como el que tuvo Lolo.

Sean, las palabras que puedan quedar aquí escritas, un pequeño y sentido homenaje a cristiano tan cabal y tan franco.

 

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Continuamos con el traer aquí textos del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo. Lo hacemos ahora con “El sillón de ruedas”.

Tan cerca Dios

 

“Hasta los más leves poros de la criatura en sitio nos encauzan, al fin, el morse de  un apelativo a Dios.”

 

Es bien cierto que Dios no se manifiesta a sus hijos, por lo general, de forma ostentosa. Es decir, no deberíamos esperar que se presentara ante nosotros así como así o que nos preparara algún tipo de gran elocuencia.

El caso es que, al contrario de lo que pueda pensarse, la presencia del Creador en nuestra vida, en la de cada una de sus hijos, es más íntima, por así decirlo, de lo que pudiéramos pensar nosotros, su imagen y semejanza.

El Beato Manuel Lozano Garrido, que tan poco dado era a grandes actos, por decirlo y que se nos entienda, heroicos (humanamente hablando aunque sí se nos referimos a lo espiritual) sí lo era al conocimiento de su corazón y, por tanto, a la verdad de su misma vida.

De todas formas, una cosa es lo que, a nivel teórico conocemos y otra, muy distinta, lo que podemos apreciar. Y es que nosotros debemos conocernos para, así, llegar al fondo de nuestro ser. Y eso es lo que hace el Beato de Linares (Jaén, España). Y nos lo dice para que nos “aprovechemos” de una tan gran verdad.

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5.11.18

Serie Venerable Marta Robin – Comprender lo que significa la Santa Comunión

Hace mucho tiempo que hemos incardinado los comentarios acerca de la obra de la Venerable Marta Robin (francesa ella, de nacimiento y de nación) en la serie sobre la oración.  Sin embargo, es de recibo reconocer que desde hace mucho tiempo, también, no trata lo que traemos aquí de oraciones, en sí mismas consideradas (algunas veces sí, claro) sino de textos espirituales que nos pueden venir muy bien, primero, para conocer lo más posible a una hermana nuestra en la fe que supo llevar una vida, sufriente, sí, pero dada a la virtud y al amor al prójimo; y, en segundo lugar, también nos vendrá más que bien a nosotros, sus hermanos en la fe que buscamos, en ejemplos como el suyo, un espejo, el rastro de Dios en una vida ejemplar que seguir.

 

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Sobre la pasión en sí misma vivida – Comprender lo que significa la Santa Comunión

 

Marta Robin vivió la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo desde 1930. Y es que entre desde el jueves por la noche (21 horas) hasta el mediodía del domingo, pasó por los estados físicos que sufrió el Mesías.

Pues bien, nuestra Venerable francesa describe la íntima comunión con Jesucristo que le permite, como dice el autor del libro aquí traído, “sobrepasar el sufrimiento para encontrar el Corazón de Cristo”:

 

Comprender lo que significa la Santa Comunión

 

“Santa Comunión (…) ¡Oh!, que feliz que soy, mi alma lleva en su cáliz a Jesús.”

 

Es bien cierto que, somo suele decirse, hay de todo en la viña del Señor. Y eso muestra bien a las claras que cada cual somos como somos y que eso, en materia de fe católica, tiene validez absoluta.

Ciertamente, hay realidades espirituales de las que no debe dudarse a no ser que queremos demostrar que de católicos tenemos sólo el nombre pero poco más.

Hay una que es esencial, básica, elemental. Y tiene que ver con Aquel que quiso venir al mundo, entregarse en vida por el prójimo y, finalmente, morir para que Dios perdonase al caído ser humano. Y sí, nos referimos a Jesucristo, Hijo de Dios, Dios mismo hecho hombre y, por eso, hermano nuestro.

Sabemos que quiso quedarse entre nosotros. Y no lo hizo, por decirlo así, de forma presencial. Es decir, nosotros no podemos ver a Cristo-hombre cuando queramos o cuando tengamos acceso a Él. Y, seguramente, pudiéndolo hacer no lo hizo. Pero hizo otra cosa que, aunque misteriosa, es lo elemental de nuestra fe católica: se quedó en un trozo de pan que, tras la consiguiente consagración se convierte en su Cuerpo; lo hizo en el vino que, tras la misma consagración se convierte en su Sangre.

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4.11.18

La Palabra del domingo - 4 de noviembre de 2018

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Mc 12, 28b-34

 “’¿Cuál  es el primero de todos los mandamientos?’ 29 Jesús le contestó: ‘El primero es:  ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor,  30  y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y  con todas tus fuerzas. 31 El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo.  No existe otro mandamiento mayor que éstos.’ 32 Le dijo el escriba: ‘Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que  Él es único y que no hay otro fuera de Él,  33 y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.’ 34    Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: ‘No estás lejos del Reino de Dios.’ Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.”

COMENTARIO

 

La verdadera Ley de Dios

 

Muchas de las personas que seguían a Jesús y muchas de las que le perseguían le hacían preguntas. En unas ocasiones era para del Maestro y otras para ver si contestaba de forma que se le pudiera acusar de no seguir la Ley de Dios. Eran, pues, muchas veces, una simple y vulgar trampa en la que, no lo olvidemos, caían los que la habían tratado de plantear.

Pero la pregunta que le hacen a Jesús y que trae aquí el evangelio de San Marcos es clave. Como para ver si conocía la Ley de Dios esa clase de inquisición podía aclarar muchas cosas para sus presentes oyentes y para los que, en un futuro, conocerían de su doctrina y mensaje. Si la norma divina, en general, estaba constituida por los diez mandamientos que Dios entregada a Moisés, saber cuál es el más importante, el primero, no dejaba de tener importancia. Aunque, claro, el escriba ya sabía la respuesta. Quizá se tratara de una prueba de fe.

Como siempre, Jesús sorprende a todos. Y parece mentira que aún no lo conocieran lo suficiente como para saber que ciertas preguntas no se le debían hacer. Y es que no sólo les refiere cuál es el primero de los mandamientos sino, por estar totalmente ligado a él, también se segundo: Dios y prójimo, esos son los ejes por donde ha de ir el corazón del hombre como hijo de Dios.

Al primero de ellos, Jesús contesta con una respuesta que era de esperar: el Shema :Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt 6, 4-5) en el que se expresa, con meridiana claridad, cuál es el más importante de los mandatos divinos, que nuestro Dios es el único Dios. Pero no sólo dice esto. Dice algo que da contenido a esa unicidad de Dios: no sólo es el único Dios sino que, por eso, y por ser hijos suyos, tenemos que amarlo con todo nuestro, su, corazón y con toda nuestra, su, alma y con todo nuestro, su, espíritu y con todas nuestras, sus, fuerzas.

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3.11.18

Lolo subió al Cielo: La espiritualidad orante, en el dolor, del Beato Manuel Lozano Garrido.

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El dolor es como una espuela, que levanta y, aquel que se pone de pie, vuelve a estar nuevamente cerca del Cielo, de cara a la realidad del Padre.

(“Reportajes desde la cumbre”)

 

Hoy, 3 de noviembre, celebramos (porque hay que celebrarlo) que Manuel Lozano Garrido, Lolo, luego Beato de la Iglesia Católica, fue llamado por Dios. Era un día como hoy pero del año 1971 y, después de pasar largos años sufriendo físicamente y gozando espiritualmente de una vida llena de amor, de esperanza y de caridad por el prójimo a quien tanto ayudó y ayuda con el ejemplo de su vida.

Nada mejor (por nuestra parte) que traer aquí un artículo que Acción Católica (de la que era miembro nuestro Beato)  publicó al que esto escribe hace, ya, cuatro años (Revista “Signo“, número 57, de junio de 2014). Y lo hacemos porque Manuel Lozano Garrido tenía, en la oración, algo más que un refugio; tenía, por decirlo así, una fuente de Agua Viva de donde sacar lo que le mantenía con vida el alma.

Dice, pues, aquello escrito entonces, esto que sigue:

“Que el Padre Dios ama mucho a su descendencia lo demuestra el hecho de que escoge, de entre sus hijos, a un puñado de los mismos para que sean ejemplo de hasta dónde se puede llegar teniendo en cuenta lo que supone saber que se tiene una filiación divina y que, por tanto, el Creador es nuestro Padre.

Nosotros, hijos de Dios como somos, sabemos que nuestro Creador nunca nos abandona pero no alcanzamos a comprender hasta qué punto ama a su descendencia ni qué puede significar, en nuestra vida y para nuestra existencia, que siempre esté esperando la llamada de nuestro corazón al suyo. Por eso nos relacionamos con el Padre a través de la oración cuando somos capaces de bajarnos de nuestro egoísmo y lo miramos con humildad y con mansedumbre.

Por otra parte, es cierto que a lo largo de nuestra vida no siempre todo va a ser de color de rosa sino que, con casi toda seguridad, el sufrimiento nos atenazará y múltiples causas nos abocarán a preguntarnos acerca del mismo cuando no a rechazarlo abiertamente sin obtener provecho alguno de tales momentos.

Pues bien, como hemos dicho arriba, hay personas, creyentes, hermanos en la fe, que muestran que lo son con hechos y, muchas veces, también con palabras. Uno de ellos es Manuel Lozano Garrido, más conocido como “Lolo”, Beato de la Iglesia católica desde el 12 de junio de 2010.

Lolo era muy joven cuando sintió que la fe le atraía con una fuerza que no podía resistir y que, es más, no quería oponerse a que Dios lo llamase a según qué deberes y según qué quehaceres.

A cualquier persona que no tuviera un buen fondo espiritual y no tuviera la cabeza, como suele decirse, bien amueblada a base de principios eternos, la cosa se le hubiera hecho muy cuesta arriba. Es más, pocas personas podrían manifestar un ser tan opuesto a lo que se sufre (que era mucho en el caso de Lolo) y parecer que, al contrario, se lleva una vida totalmente sana de cuerpo a la vista de quien quiera verlo.

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Y esto pudo alcanzarlo el Beato de Linares porque Lolo era hombre de oración.

Decir esto pudiera parecer algo que podría estar de más pues es de pensar que un creyente es persona de oración. Sin embargo, si conocemos (como son más que conocidas) sus circunstancias personales y cómo, a este respecto, se desenvolvió en la vida, nos acercaremos a comprender cómo era Lolo si hablamos de su ser, su persona y el hecho mismo de orar. Por eso, acerca de tal verdad, deja escrito en “Mesa redonda con Dios” que

La plegaria es, pues, como una segunda Encarnación, de vuelta; como una semilla de hombre que se hace raíz en el Belén del corazón de Dios y allí se nutre de su vitalidad. Rezar es la gran panacea contra el vértigo y la problemática de nuestra hora y, como la oración va al hilo de los pasos de los hombres, he aquí que por entre las hileras de rascacielos se abren camino esas plataformas rodantes que son las almas con posibilidad de oración. Ni el ascensor, ni la escalerilla del avión, ni el paraninfo, ni los supermercados dejan de tener la oportunidad de un penacho divino que busca todas las frentes que se alzan con nobleza.

Sabía, por tanto, que orar, en su vida, era algo más, mucho más, que un acto de voluntad tendente a ser escuchado por Dios. Y lo era porque quería manifestarle al Creador que su existencia la estaba gozando muy a pesar de sus múltiples acaecimientos dolorosos. Por eso dice (en “Cartas con la señal de la cruz”) que

Para mí, el misterio más sublime y doloroso es el Getsemaní. En tus momentos de desánimo di mucho que “sí”, sólo “sí”. Esfuérzate en desechar los pensamientos tristes y ya verás cómo en medio de tu tribulación, aunque no se desaparezca, has de empezar a sentir al fondo un algo que anima y conforta: es la alegría de la aceptación, el consuelo de la fe.

A este respecto, el postulador de la causa de beatificación (y ahora de canonización) el P. Rafael Higueras Álamo (que lo conoció muy bien a Manuel Lozano en los últimos años de su vida), nos dice (en su libro “La alegría vivida en el dolor”), acerca de la oración en la vida del Beato Lolo, que

La oración, practicada en silencio y a solas, era un ejercicio continuo, de varias horas al día, dedicando fundamentalmente a eso las horas de la madrugada y el comienzo de la tarde, antes de continuar su trabajo diario. Era una oración extraordinaria y contemplativa, a la vez que sencilla y apoyada en lo visible, que constituía su alimento, en la que reflexionaba los mensajes que luego vertía en sus escritos y de la que extraía la experiencia de gracia necesaria para tener fuerza en la prueba y contagiar alegría a los demás.

Y es que, como Lolo mismo reconoce (en “El sillón de ruedas”) “Al atardecer, revuela un enjambre de avemarías…; a la noche hay que ponerle a Dios la vida entre las manos”. Oración acorde con su propia situación, oración de ser que sufre pero que goza. O, como dice en el punto 580 de “Bien venido, amor”:

La oración es como el pan de cada día: uno no come y se muere; uno no reza y el alma se va desangelando”

Pero lo bien cierto es que el tiempo que nos ha tocado vivir no es tiempo de gozo en el dolor sino, muy al contrario, de huida del mismo y, también, de intento vano de esconder que existe y que, como seres humanos, caminamos por un valle de lágrimas. Mucho menos, seguramente, que el dolor procuremos sanarlo con la oración. Por eso, Manuel Lozano, Lolo, se dirige al Señor porque sabe cómo es él mismo y, orando, le dice (en “Las golondrinas nunca saben la hora”):

¿Y conmigo, Señor, tan pobre como soy, dando siempre estúpidos bandazos, como los pavos, teniendo en cambio pegadas a los costados las alas de ese brillante ángel del dolor, que me cedes cada día? Por favor, Cristo mío, sé indulgente y no te canses nunca de mí. Tan pobre soy, Señor, que tengo conciencia de que nunca podré remontarme por mi propio impulso. De seguro que nunca habrás puesto los ojos en un manojo de tantas debilidades. Así y todo, olvida mi ficha y dame aliento. Haz como esos pájaros hembras que ilusionan a los gorriones a que se lancen al revoloteo.

Cuando me veas que por fin remonto aunque sea un palmo de tierra, pon tu palma debajo y me levantas en el aire hasta que me emborrache de azul perpetuamente.

En realidad, Manuel Lozano Garrido era un tipo de persona muy especial que tenía la impresión de que su sufrimiento tenía un sentido que debía difundir a través de su vida y de sus escritos. Por eso escribiría, en su libro “El sillón de ruedas” que

Sin duda el dolor es una de esas piezas aparentemente oscuras e inexplicables. Tiene mucho de misterio, pero no hasta el punto de velarnos todos sus ángulos de la luz. 

Pero es en el Prólogo de “Cartas con la señal de la cruz” (título, ya, simbólico y significativo) donde apunta hacia el sentido de su vida. Nos dice, en aquella dedicatoria:

A Angelita Gómez, que nunca ha sabido lo que es la salud y ‘vive siempre esperando, con el corazón vestido de fiestas y las lámparas ardidas’ porque ‘el Amor se lo endulza todo”. Y continúa diciendo que “En ti mi admiración por todos los que, en silencio, dan un vivo testimonio de la actividad redentora del sufrimiento”

Y escribe, Lolo, de lo que puede suponer el sufrimiento como actividad redentora porque bien lo estaba experimentando en su persona.

De todas formas, sabemos que, al contrario de lo que se dice, nadie tiene la vida que se merece sino la que las circunstancias le han llevado a sufrir y gozar o a gozar y sufrir. Por eso Manuel Lozano Garrido, creyente entregado al servicio del prójimo y de la Iglesia católica, no cejó en defender que cuando sufría (todo el tiempo desde que la enfermedad lo cogió a los 22 años y, sin soltarle, lo llevó a la Casa del Padre) tenía sentido que así fuera. Por eso su confianza en Dios y en su Providencia le bastaban para seguir adelante por el empinado camino que la vida le había deparado y por eso se apoyó en la oración pues buscó, orando, acercarse a Quien todo lo puede.

Y eso porque sabía que el dolor y el sufrimiento debían ser llevados con el ánimo de quien sabe que, como hijo de Dios, el Padre le espera para acogerlo en sus brazos. Por eso en sus “Cartas con la señal de la Cruz” nos dice que

En el Calvario no se vieron los ángeles y aún el espectáculo de la tierra y el cielo agitados se dio después de la agonía. Cristo se expuso desnudo como un testimonio de la radical desnudez del corazón con que hay que vivir el sufrimiento.

 

Comprender, pues, el sufrimiento y llegar, incluso, a saber aprovecharlo como fuente de vida espiritual profunda que llega hasta donde sólo puede llegar quien ha comprendido y, así, ha amado, resultó crucial en la vida de oración de Lolo: dolor-sufrimiento-oración-gozo entregado al Padre. Por eso nos dice en su maravilloso “Credo del sufrimiento”:

Creo en el sufrimiento como en una elección y quiero hacer, de cada latido, un sí de correspondencia al amor.

CREO que el sacrificio es un telegrama a Dios con respuesta segura de Gracia.

CREO en la misión redentora del sufrimiento.

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Bien está, pues, que recordemos que hubo y hay personas que, como Manuel Lozano Garrido, dando su vida de la forma que la dieron y dan, fueron y son un ejemplo de por dónde ha de caminar un hijo de Dios hacia el definitivo Reino del Padre.

Al fin y al cabo, así lo expresa a la perfección el beato de Linares (también en “Cartas con la señal de la Cruz”):

Sobre todo, lo que vale es que el sufrimiento redime, personal y comunitariamente y que puede quedar en infecundo sin la previa aceptación.

Aceptar, entonces, el dolor, y saber sobrenaturalizarlo, es cosa de hijos de Dios que saben que lo son y lo que representa la filiación divina. Y Lolo, sin duda alguna, demostró que lo fue y, por supuesto, que lo es, ahora, en el Cielo con el Padre Dios. Podríamos decir, y decimos, que su oración fue como una fuente de agua que nos llena el corazón de aquello que, en verdad, vale la pena: amar a Dios sobre todas las cosas y sobre todas las circunstancias sufrientes de nuestra vida. Y dirigirnos, en oración, como hizo Lolo, todo oración y todo dación de gracias, a Quien todo lo creó y mantiene. Por eso, en “Dios habla todos los días” manifiesta un gran gozo cuando opone, al sufrimiento, la esperanza en Dios Padre:

Dicen que las canas salen de sufrir y que, cuando un hombre tiene la cabeza blanca, es porque un mundo de tribulaciones y lamentos le ha ido amasando durante la ancianidad. Con un profundo desconcierto hago memoria de estas ideas, mientras voy repasando ese cráneo de nieve del amigo y mis cabellos, sorprendentemente vitalizados; su mundo tibio, ancho, oficial y evidentemente feliz y éste otro mío circunscrito, en el que el dolor ha ido enredándose agobiadoramente como una hiedra maligna. Y pienso que, afortunadamente, Tú no eres un ente formulario y rigorista y reparas también, dichosamente, estas agudas peripecias de los hombres con sentencia, pomposamente arrinconados.

O, esto otro que escribe en “Cartas con la señal de la Cruz”:

Al principio parecía que el sufrimiento viniese con facha de segador. Por el contrario, lo que hizo fue sembrar en esperanza. Como me debo en sinceridad así digo que sólo él pudo hacer viables mi vocación humana y mis sueños espirituales”.

Todo, para él, debería ser tiniebla según los cánones del mundo moderno que es el lugar donde se equipara bondad física con alegría y gozo. Sin embargo, su absoluta confianza en la Providencia de Dios le hace ver las cosas, las tan terriblemente suyas, como algo de lo que puede gozar.

Es más, quiere, y así lo pide en oración a Dios, que su dolor, que su sufrimiento, no cause otros dolores u otros sufrimientos sino que le afecte a él solo, Siervo del Creador que sabe que lo es. Es, un a modo, de querer que cuando sufra nadie más sufra con él, que no tenga que compartir su sufrimiento diario. Por eso, en “El sillón de ruedas” se dirige al Todopoderoso, que sabe que le escucha porque sabe, él, escuchar a Quien todo lo sabe, y le dice

Señor: Me pregunto si es posible un dolor con escafandra, que abarquille sus tentáculos sobre un corazón mientras los mismos labios dan a partir, sencillamente, el precio  de una corbata o el calor que se nos echa de pronto. Si sufro, me gustaría oír mi grito caracoleando dentro de una coraza de carne petrificada, revestida de amianto, mientras al otro lado se ríe, se canta y se paladea pura y gozosamente el regalo frondoso de la vida. 

Lolo quiere que cuando ora su súplica no consista en pedir esto o lo otro que no tenga más sentido que para él mismo. Al contrario es la verdad porque, servidor del prójimo hasta un extremo tan entregado, se sabe indigno de causar dolor o sufrimiento al otro, al hermano, al hijo de Dios. Por eso pide sufrir solo, en silencio o, como dice él mismo, que su dolor sea “con escafandra”.

De aquí, que enLas golondrinas no saben la horatambién ore al Padre pidiendo lo que sólo un alma grande puede pedir en cuanto al propio sufrimiento se refiere:

Fíjate y ten en cuenta, Señor, las torpezas de mi aprendizaje.  Marchar por el camino de las tinieblas es como arrastrar una zarza por un sendero, que a todos hiere. Ven Tú y que yo me agarre a tu hombro de lazarillo para que el dolor de esta hora sea un secreto que queda a medias entre ambos.

Y es que Manuel Lozano necesita, en la situación de sufrimiento físico por la que pasa muchos años de su vida, saber que el Creador tiene puesta su mirada, también, en él, humilde hijo de un tan gran Padre. Por eso, a Él se dirige directamente en “El sillón de ruedas

Oye, pues, el S.O.S. de las criaturas sin cielo,

con lacra, con cicatrices.

Toma nota y fíjate:

queremos la soledad fecunda, adorar y ser reconocidos.

Y, como cumbre del ansia, arráncanos la bondad hasta llegar a una perfección “standard”;

santos a manojillos: los municipales, las mujeres que van a la compra, las mecanógrafas, las telefonistas y los pobres hombres en sillón de ruedas.

Que la oigas, Cristo. Que nos oigas, Que me oigas.

Lo que Lolo quiere, lo que anhela con las fuerzas todas que su santa alma le proporciona, es que su sufrimiento no quede más que en sufrimiento y a nada conduzca. Lo que pretende, y logra, es que de lo malo salga lo bueno por la voluntad poderosa de quien se sabe con posibilidad de liberar, desde su corazón, una savia que el Espíritu Santo (que allí mora) ha depositado allí, por don y gracia de Dios, y que de hacerla rendir puede iluminar la existencia de los que viven en tinieblas y en sombra de muerte espiritual.

Lolo es, por eso mismo, quien consigue que vivifique lo que podría estar muerto a ojos del siglo y que sea existencia, ser, lo que para otros muchos (quizá para la gran mayoría de desavisados en esto) sólo es vacío y hundimiento del espíritu. Y lo logra porque se sabe capaz de hacerlo, con la esperanza intacta aún después (sobre todo por eso) de darse cuenta de que lo que le queda es mucho más importante que lo que ha perdido. Eso le hace decir (en la “Novena campanada” para recibir un nuevo año que refiere en “Las golondrinas nunca saben la hora”) que

El dolor, desde Ti, ya no tiene pasado ni futuro, es sólo realidad, fluir de savia, arborescencia y redención. No quiero pensar ni en la noche ni en el alba, sino estarme contigo a las doce de la mañana, cuando las penalidades zumban alegres, como abejas laboriosas.

Y es que Manuel Lozano Garrido no es hombre pesimista sino, al contrario, hombre que ve las cosas de una forma tan especial que lo hacen, sin duda, muy especial a él mismo. Casi, se puede decir, que se ríe de aquello que pasa (¡Increíble, esto, a ojos del mundo de entonces y de ahora!) y de lo que pudiera entristecer su alma. Y ora pidiendo, nada más y nada menos, que esto (en “Dios habla todos los días”):

Que sepa la tristeza que a cada minuto de angustia le corresponde una liberación. Por un hombre que acepta, cinco más son liberados. Cada lágrima, vale por una carcajada; un dolor, por un consuelo; la noche, por un mediodía; el silencio, por el clamor íntimo de una ternura que tiene tu raíz palpitante. Así es la fe que mendigo.

Nada puede, en su oración, contra su alma santa e inocente; nada contra su ser hijo del Creador que sabe que su Padre es su Pastor y que nada puede temer. Y es inocente su alma porque se sabe, se quiere, niño con el corazón limpio de cara a Dios. Por eso no extraña nada que en “Cartas con la señal de la cruz” ore pidiendo ser como un infante. Y lo haga preguntando

¿Quieres ser pequeño? Pues ponte a caminar sin hacerle preguntas a Dios. Si el minuto que viene te trae un desengaño el que le sigue una ingratitud,  el siguiente antepone un dolor, tú cierra la boca y apenas la abras más que  para darle conformidad a tu destino.  Ser niño es no tener corazón de gallito, ni descascarillarse de las ilusiones su fulgor. Notar que la vida se pone oscura y, no obstante, levantar la cabeza, aunque nos resbale la lluvia por la cara, porque se sabe que Dios refulge por encima de las nubes. Ser niño es purificar el pensamiento de letreros de alquitrán. Los espíritus alegres son niños; los  que sonríen, los generosos, los amables, los optimistas, niños también.

Y, es más, pide una fe así, como la busca, como la quiere, porque sabe que es la única que, de verdad, le puede acercar a Dios, al Padre a quien tanto ama y, a la vez, anhela tener cerca.

Por eso Lolo, sin duda alguna, es un espejo donde puede mirarse todo aquel que sufra o esté pasando un mal momento. Seguramente, al verse reflejado en aquel hombre santo que, desde un sillón de ruedas, evangelizó sobre y con el dolor, se dé cuenta de que lo suyo es poco, nada, y que, de todas formas, nunca Dios permite que suframos más de lo que somos capaces de soportar.

Y eso Lolo bien que lo demostró cargando con su propia cruz en su caminar hacia el definitivo Reino de Dios y dándonos a entender que lo bueno de ser hijo del Creador es saber llevar nuestra vida por el camino recto que el Todopoderoso ha trazado para nosotros aunque haya muchos tropiezos en el trayecto o nos acechen las espinas.”

Ciertamente, podemos imaginar a Lolo en el Cielo alegrando la vida del Padre haciéndole ver que sus hijos, al fin y al cabo, no son tan malos sino que a veces están muy perdidos. Y Dios, que debe mirar a nuestro Beato con el Amor de Aquel que lo ha visto sufrir y gozar, a la vez, de la inmensidad del Todopoderoso, seguros estamos de que escuchará sus súplicas: “Padre”, le dirá, “que sepan sobrenadar sobre los males del mundo y que te miren con amor, como yo hice cuando estuve con ellos”.

 

Beato Manuel Lozano Garrido, ruega por nosotros.

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Eleuterio Fernández Guzmán

Nazareno

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Llama el Beato Manuel Lozano GarridoLolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

Panecillo de hoy:

Dios no puede querer ciertas costumbres bárbaras.

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