Revista “Fe y Obras” - Número 1 - Adviento

 

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Así también la fe, si no tiene obras,

está realmente muerta” (St 2, 17)

 

Dando gracias a Dios por la inspiración y por la posibilidad de poder llevar a cabo un proyecto largamente acariciado por este que escribe, traemos hoy a esta casa el primer número de una Revista católica de título “Fe y Obras”. Y aunque sea adelantar algo del contenido de la misma, decimos que esperamos que tenga (en principio) carácter cuatrimestral.

  

ÍNDICE

  

Carta del Director 

Magisterio 

Desde la fe 

Nuestros mayores en la fe dicen 

Habla el Catecismo de la Iglesia Católica 

Camino, Verdad y Vida 

El libro del cuatrimestre 

Oremos 

Hasta que Dios quiera 

 

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Carta del Director

 

Estimados lectores:

 

Es bien cierto que todos los principios o, lo que es lo mismo, cuando algo da comienzo, abren expectativas. Es decir, quien empieza algo quiere que tenga un nacimiento y que se vaya desarrollando. No desea, por tanto, que muera antes de haber visto la luz por falta de iniciativa o de interés o que, en otro caso, tras haber sido dado al mundo perezca por inanición. 

Ciertamente, cuando alguien se plantea la posibilidad de elaborar una revista católica sabe que, de no ser experto en tales lides, muchos pueden ser los fallos. Cuenta, sin embargo, con la misericordia y la bondad de los posibles lectores que, como hermanos que lo son en la fe (y aquellos que puedan no serlo) han de ver en tal intento una voluntad de cumplir con la misión que pueda entender Dios le ha puesto ante sus ojos. Y eso es lo que ahora hacemos. 

¿Con qué intención nace  Fe y Obras

Nada se trata aquí de grandes grandilocuencias ni de obras que sobrepasen la posibilidad de quien esto escribe. No. En todo caso se trata, digamos, de expresar lo que en materia de fe católica concierte tanto a la misma como a la consecuencia que la misma tiene en la vida del hijo de Dios que constituye, como piedra vida, la Esposa de Cristo. Es decir, se trata de hacer posible lo que encabeza esta revista y que hemos traído aquí con el texto del Apóstol Santiago y que queremos sea el frontispicio de todo esto que ahora damos a la luz pública. 

Nos ha parecido bien, con una intención puramente espiritual, que esta Revista católica tenga una estructura básica fácil de comprender: la de los Tiempos Litúrgicos. Por tanto, cada número que, en principio tendrá el carácter de cuatrimestral, vendrá referido a uno de aquellos. Así, el primero está dedicado, especialmente, al Adviento, tiempo que comienza muy pronto, el próximo 2 de diciembre. 

Todo lo demás, como se diría, se nos dará por añadidura si hacemos las cosas bien pidiendo la correspondiente ayuda y auxilio a Dios, Padre y Creador nuestro. Nosotros, por nuestra parte, quedamos a disposición de ustedes que, con su amabilidad y paciencia, tomarán nota (para bien, esperamos) de lo que aquí digamos o traigamos que hayan dicho. 

En Cristo y María,

 

Eleuterio Fernández Guzmán

 

 

***

 

Magisterio

 

En el siguiente texto, propio de la Homilía del I Domingo de Adviento de 2006, el entonces Santo Padre (y ahora emérito), Benedicto XVI, nos da muchas claves para comprender este tiempo espiritual tan importante en el casi nos encontramos:

 

La primera antífona de esta celebración vespertina se presenta como apertura del tiempo de Adviento y resuena como antífona de todo el Año litúrgico: ‘Anunciad a todos los pueblos y decidles: Mirad, Dios viene, nuestro Salvador” (…) Detengámonos un momento a reflexionar: no usa el pasado -Dios ha venido- ni el futuro, -Dios vendrá-, sino el presente: “Dios viene”. Como podemos comprobar, se trata de un presente continuo, es decir, de una acción que se realiza siempre: está ocurriendo, ocurre ahora y ocurrirá también en el futuro. En todo momento “Dios viene”.

 

El Adviento invita a los creyentes a tomar conciencia de esta verdad y a actuar coherentemente. Resuena como un llamamiento saludable que se repite con el paso de los días, de las semanas, de los meses: Despierta. Recuerda que Dios viene. No ayer, no mañana, sino hoy, ahora.

 

El único verdadero Dios, “el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob” no es un Dios que está en el cielo, desinteresándose de nosotros y de nuestra historia, sino que es el Dios-que-viene. Es un Padre que nunca deja de pensar en nosotros y, respetando totalmente nuestra libertad, desea encontrase con nosotros y visitarnos; quiere venir, vivir en medio de nosotros, permanecer en nosotros. Viene porque desea liberarnos del mal y de la muerte, de todo lo que impide nuestra verdadera felicidad, Dios viene a salvarnos.

 

De una forma que sólo él conoce, la comunidad cristiana puede apresurar la venida final, ayudando a la humanidad a salir al encuentro del Señor que viene. Y lo hace ante todo, pero no sólo, con la oración. “

 

 

***

 

Desde la fe

  

El próximo domingo, 2 de diciembre, da comienzo, de nuevo, el gozoso tiempo del Adviento y da, entonces, inicio el año litúrgico. Digamos que es el comienzo espiritual del católico. 

Por eso, para un fiel católico, el tiempo de Adviento en el que muy pronto nos vamos a encontrar no es un tiempo cualquiera como tampoco lo es cualquiera del resto de los que son litúrgicos, claro está. Pero el que viene es muy especial porque sólo naciendo Dios el resto de la historia de la salvación se cumplió. 

Sabemos, y lo sabemos con certeza de verdad, que esperamos a Quien Dios envió, en su día, para que nosotros, sus hijos amados, pudiésemos alcanzar el Cielo. Y sabemos, también, que la esperanza que supone eso, tal espera y tal fin, nos viene la mar de bien para colmar un ansia tan inmensa como es la que supone la vida eterna, alcanzarla, llegar a ella.

Pero este tiempo también es uno que lo es de luces. Es decir, hay sobre lo que sustentar una vida y una existencia que, demasiadas veces, es muy material y está alejada de lo espiritual y del Espíritu de Dios.

Es un tiempo, decimos, de luces: 

-Como luz es Quien va a nacer. Y lo es porque es, fue y será, la Verdad, el Camino y la Vida. Y eso supone una gran iluminación que nos saca de nuestras tinieblas. 

-Como luz es aquella joven de nombre María que supo y quiso decir sí al recado que el Ángel Gabriel le daba de parte de Dios. Y es luz porque su corazón ilumina el nuestro con una tal acción y con su posterior proceder. 

-Como es luz aquel hombre que supo aceptar, José, el embarazo de su desposada María. Y es luz porque nos sirve de ejemplo, ilumina así nuestra vida, y nos conduce mejor por el camino recto que lleva al definitivo Reino de Dios. 

-Como son luz aquellos profetas que hicieron ver a la humanidad creyente de su tiempo que Dios cumpliría su promesa y enviaría al Mesías para que el mundo se salvase. Y son luz porque aquellas palabras manifiestan lo que pasaría, lo que iba a pasar, lo que pasó. 

-Como son luz aquellos hombres que, llegados de lejanas tierras, acudirían Belén para postrarse ante el Niño-Dios. Y son luz porque muestran que podemos aceptar, en nuestra vida, la existencia diminuta del recién nacido y hacerlo nuestro.

-Como son luz aquellos pastores que, en su pobreza y sencillez, supieron escuchar la voz del Ángel y acudieron a Belén en busca del Niño que se les había anunciado. Y son luz porque fueron fieles en la escucha y no dudaron lo más mínimo.

-Como es luz todo aquel que, viendo lo que estaba pasando, se postró ante un Niño que parecía ser tan especial que todos los presentes le adoraban. Y es luz porque es demostración de qué debemos hacer con Dios, con aquel recién nacido que, siendo el Creador hecho hombre, supo ser, en todo momento, lo que debía ser. 

-Como es luz…

En fin, es fácil ver que tenemos muchas luces con las que alumbrar nuestro paso. Por tanto, no podemos argumentar que no sabemos por dónde caminamos ni cuál es nuestro destino, que estamos confundidos y que, por decirlo así, no hayamos en quién fijar nuestra mirada. Estamos, en tal sentido, cegados por la negrura de una tiniebla cuando, en realidad, el Adviento (el presente que viene y todos los que han sido y serán) es una luz, la Luz que Dios envía al mundo para que el mundo se salve.

Sin embargo, nosotros, los creyentes católicos, sabemos a la perfección que la Luz a la que debemos acudir siempre es la de Dios y que está más que bien representada en esto que, apenas, hemos traído aquí. Y es que nosotros, los fieles hijos del Creador que militamos en el seno de la Esposa de Cristo, llamada también Iglesia católica, la única que es verdadera, nos miramos en aquel Niño que pronto nacerá, que entonces nació, y confirmamos, total y absolutamente, que las promesas de Dios se cumplieron y cumplen día a día y que, por eso mismo, a nada tememos sino a nuestras dudas y a las asechanzas del Maligno. 

Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado… Pues eso, en Él, nuestro Buen Pastor, en Él tenemos la luz suprema.

 

Eleuterio Fernández Guzmán

 

 

***

 

Nuestros mayores en la fe católica dicen

 

“En preparación para la Navidad del Señor, purifiquemos nuestra conciencia de toda mancha, llenemos sus tesoros con la abundancia de diversos dones, para que sea santo y glorioso el día en el que los peregrinos sean acogidos, las viudas sean alimentadas y los pobres sean vestidos.”

 

San Máximo de Turín

Patrología Latina 57:224:234

 

Lo que nos propone San Máximo de Turín es, al fin y al cabo, que nos procuremos para la conciencia (digamos también alma) una limpieza tal que, cuando llegue el momento en el que volvamos a traer al presente, el nacimiento del Hijo de Dios, nuestro corazón lo reciba de tal forma que pueda hacer, del mismo, un hogar limpio y gozoso. Y es que no otra cosa es hacer como nos dice el Obispo de aquella ciudad italiana: actuar como Dios quiere que actuemos en bien, además, nuestro.

 

 

***

 

Habla el Catecismo de la Iglesia Católica

 

Como no puede ser menos, el instrumento fundamental de nuestra fe, aquel que contiene lo esencial y sobre el cual debe discurrir nuestra vida de hijos de Dios que forman parte de la Esposa de Cristo, contempla el tiempo litúrgico del Adviento como algo muy importante. Así, por ejemplo, en el número 524 nos dice esto que sigue: 

“Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida (cf. ap 22, 17)”. 

Es cierto que aquí se habla de “liturgia” y pudiera parecer que se trata de cumplir una serie de ritos sin los cuales, según esto, no tendría sentido el Adviento. Sin embargo, se nos dice que lo que se hace es actualizar lo que significa que Cristo ha de volver, en su Parusía. Diríase que se trata, este tiempo de espera de la (recordamos) primera venida del Hijo de Dios al mundo, como un, a modo, de ansia de la segunda Venida.

  

***

 

Camino, Verdad y Vida

 

En aquel primer Adviento ponemos en el corazón del Emmanuel unas palabras, una intención, un corazón tierno: 

 

“Ellos no saben lo que les espera. En verdad, creen que voy a ser un niño más y que creceré, me haré fuerte, viviré y moriré. Y eso es cierto: también voy a nacer, me voy a hacer fuerte delante de Dios, voy a vivir y voy a morir. Sin embargo, ellos, mis hermanos, no conocen muy bien a Quien me ha puesto aquí, al Espíritu de mi Padre. Creen que el Mesías ha de dar señales muy fuertes de que ha venido, de que va a derrotar al invasor romano. Pero mi reino no va a ser uno de violencia sino de amor, de paz y de gozo al entregar la vida por el amigo, hasta el extremo. En realidad, todo está escrito y dicho por mi Padre pero hay muchos que no conocen bien su santísima Voluntad. Otros, eso sí, me mirarán con amor, creerán en mí y tendrán la esperanza en el corazón porque, con ella, todo bien será posible y, teniéndome como el Hijo de Dios (¡Qué dirán si saben que soy Dios mismo que voy a nacer!) podrán salvarse y alcanzar, cuando eso quiera mi Padre del Cielo, algunas de las mansiones que iré a construirles cuando sea llamado a estar en la derecha de Quien todo lo ha hecho y mantiene. 

Sí, seguro que hay quien no cree en mí pero, por eso mismo, voy, pronto, estaré con vosotros; esperad, llamadme”.

 

 

***

El libro del cuatrimestre

 

“Meditaciones de Adviento”,  de Eleuterio Fernández Guzmán

Meditaciones de Adviento      Meditaciones de Adviento

 

Traemos a este apartado del la Revista Fe y Obras un libro que, con el título de Meditaciones de Adviento” escribió y publicó el que esto suscribe. Pertenece, el mismo, a la colección Fe sencilla y, del mismo, les ponemos aquí a ustedes la “Presentación” del mismo.

 

El Adviento es, más que nada, un tiempo de esperanza porque, conociendo a Quien esperamos (Jesucristo) es bien cierto, como dice San Josemaría en la Homilía del primer domingo de Adviento de 1951, que “Hemos de echar fuera todas las preocupaciones que nos aparten de Él, y así Cristo en tu inteligencia, Cristo en tus labios, Cristo en tu corazón, Cristo en tus obras”. 

Así, recibiremos a Jesús cuando vuelva a venir, tras el nuevo Adviento, como luz que ilumina nuestra existencia, como estrella perenne y eterna que nos deja su aliento. 

El 20 de diciembre de 1978, San Juan Pablo II, impartía una Catequesis (a modo de meditación) sobre el Adviento. Se refería, en ella, al sentido esencial de tal tiempo espiritual: Dios viene. Y viene “porque ha creado al mundo y al hombre por amor, y con él ha establecido el orden de la gracia”. 

Sin embargo, además, la venida de Dios tiene una causa que no deberíamos olvidar: el pecado. Por eso dice el que fuera Papa que “por causa del pecado”, viene “a pesar del pecado”, viene “para quitar el pecado”. 

Viene, pues, Dios; y, haciéndose hombre, cumple con su propia voluntad que consiste, sobre todo, en que “la gracia, es decir, la voluntad de Dios para salvar al hombre, es más poderosa que el pecado” siendo, éste, el principal motivo que separa al Creador de su criatura. 

Por lo dicho hasta ahora el Adviento es, básicamente, un tiempo de Jesucristo. En este sentido, dos son los momentos, incluso, históricos (uno real, otro escatológico), que determinan la importancia absoluta de Cristo: 

1.-La Navidad misma. 

2.-La Parusía.

En cuanto Navidad, el Marana-Tha (Ven Señor) que tantas veces proclamamos en la liturgia o en las plegarias particulares, se hace real, efectivo, a modo de recordatorio de aquel momento en que María cumplió la promesa, en forma de Fiat, que le hizo a Dios. 

Y así Jesús, en su pequeñez de niño, viene. Y está aquí, entre nosotros. 

En cuanto a Parusía, no es poco cierto que cada vez que recordamos que Cristo nace, se acerca el momento de la segunda venida del Hijo de Dios. Por eso, el Mesías, al nacer, cumple la Misericordia del Padre que, otra vez más, vuelve a perdonar al pueblo que eligió y le ofrece la posibilidad de aceptar a su Hijo para ser salvado a través de un sacrificio que, ya, por ejemplo, había profetizado el profeta Isaías (cf. capítulo 53). 

Sabemos que muchos no aceptaron que aquel hijo de un carpintero de Nazaret llamado José fuera lo que parecía que era. Sin embargo, los que le creyeron (aunque tuvieran que esperar a la Resurrección para comprenderlo todo) nos transmitieron lo que, desde entonces, sabemos: en aquel establo de Belén Dios dijo “perdono”. 

Es, por eso, tiempo de Adviento, del que viene, del que está entre nosotros. 

Sin embargo, no podemos olvidar que también es un tiempo de María Madre, porque de dos formas María nos trae, cada Adviento: como presencia y como ejemplaridad.

Así, el estar de aquella joven que aceptó la propuesta hecha por Gabriel, nos sirve para traer, al ahora mismo, lo que ella quiso hacer y lo que eso supuso para la humanidad y que, como ejemplo, le sirve a la Iglesia como imagen de entrega a la voluntad de Dios porque hizo posible (y hace, cada Navidad, cada momento) que el Hijo del Creador entrara en la historia de su semejanza. 

No podemos olvidar que, además de todo lo dicho, también el Adviento es tiempo de la misma Iglesia, Esposa del que viene. 

También aquí hay que tener en cuenta dos aspectos: la Iglesia como misionera y la Iglesia como peregrina. 

La misión de la Iglesia recibe un impulso cada vez que nace Jesús y que recordamos que nació. Tal nacimiento no es, sólo, el momento en que comienza el año, digamos, espiritual sino que, además, supone la confirmación de lo hecho entonces por Cristo. El reinicio, por tanto, de la misión, justifica esfuerzos y denuedos. 

Pero también la Iglesia, en cada Adviento, se reafirma en su peregrinación hacia el definitivo Reino de Dios sabiendo que tiene siempre la compañía de Cristo, como Él mismo prometió. 

Es, éste, pues, un tiempo de clara esperanza, de reconocimiento de Dios en nuestra vida, de saber que también nosotros, en la fe y en un sentido más que cierto, volveremos a nacer. 

Las Meditaciones que, tras esta Presentación, hemos procurado escribir, con la ayuda de Dios, tratan de establecer una visión amplia de este tiempo de esperanza que es el Adviento y, si eso es posible, que puedan dar algo de luz que nos sirva para orientarnos hacia el definitivo Reino de Dios con la ayuda de su Hijo que, ahora también, viene para salvarnos. 

Por cierto, no se tenga por olvido o por falta de ganas que no hayamos traído aquí las meditaciones para los domingos de Adviento. En realidad, lo hacemos porque cambian de un año litúrgico a otro según se trate del Ciclo A, del B o del C y, por decirlo de alguna forma que se nos entienda, el resto de días de la semana, de lunes a sábado, no sucede eso sino que, en un sentido general y a nivel de “meditación”, las meditaciones pueden ser de uso común.

 

Por otra parte, les ponemos aquí el Índice de este libro:

 

Presentación                

I Semana de Adviento

Lunes                               

Martes                              

Miércoles                    

Jueves                                            

Viernes                       

Sábado        

        

II Semana de Adviento

Lunes                               

Martes                              

Miércoles                    

Jueves                              

Viernes                             

Sábado                       

 

III Semana de Adviento

Lunes                               

Martes                              

Miércoles                    

Jueves                              

Viernes                       

Sábado                             

 

Epílogo                              

 

Títulos de la colección Fe sencilla”   

  

***

 

Oremos

 

Dios, Padre nuestro

que diste a María el amor

en grado sumo,

que con ella quisiste

entregarnos la salvación eterna

a través de Tu hijo,

permanece en nosotros

para que no olvidemos

que en Adviento naces de nuevo. 

Dios, Padre Eterno,

que quisiste ver, en nosotros,

una esperanza en la difusión

de tu Reino,

que llegas siempre tras Adviento,

que de la felicidad nos das

el nombre de Cristo,

y entre todo nombre el nombre

ante quien toda rodilla se doble,

quédate con nosotros

y llenando de gozo el corazón

de Ti sediento,

que sea, ya para siempre,

Adviento y, luego, venga a nosotros

Tu Sangre y Cuerpo.

 

Amén.

 

***

 

Hasta que Dios quiera

 

Y nos despedimos hasta que Dios quiera porque es posible alguien pueda creer que no es hasta que Dios quiera pero nosotros bien sabemos que es, exactamente, hasta que la Voluntad de Dios así lo exprese y nosotros seamos capaces de poner, por obra, nuestra fe.

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Eleuterio Fernández Guzmán

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