21.09.18

Lento camino hacia la fundación del Monacato en el Himalaya

himalaya

I. 

En medio de mil faenas, Dios me mostró que debo escribir esta crónica y que si no la escribo, creo que podría estar pecando ya que Él quiere que manifieste estas cosas para que Su Nombre sea más glorificado y para animar a los católicos a renunciar al miedo y a lanzarse, en Espíritu Santo y fuego, a anunciar la Buena Nueva a los cuatro vientos. Parte humana de la Iglesia visible parece caerse a pedazos por la maldita infiltración de crápulas de inveterada sodomía sostenidos (plausiblemente adredañas) desde la silla petrina, pero, al mismo tiempo, la Virgen Santa está armando doquiera su milicia que brinda davídica batalla frente a los enemigos de la Redención. Valga el anterior e ínfimo proemio, como cifrada respuesta a la crisis “puto-progresista", que nos turba y ensordece con sus atronadores reportes de iscariotismos, desfalcos y degenerados jolgorios en el lugar santo. 

He aquí que a pesar de la multitud de nuestros pecados, Dios ejecuta Su obra salvífica en el orbe todo, incluso en el Himalaya, donde inmerecidamente misionamos. Digamos, entonces, dos palabras sobre lo que está pasando en nuestra base misional himaláyica. 

II. 

Hace mucho que el Espíritu Santo nos puso en el alma el anhelo de cooperar a la fundación del Monacato, eremítico o conventual, en el Himalaya ya que, hoy que tanto se habla de adaptarse a los famosos “signos de los tiempos", el mejor modo de convertir las tribus budistas no es la panfletería bíblica (y mucho menos la acción social) sino la implementación del Monacato en las alturas del Tíbet y aldeañas zonas, lo cual aún no existe, a pesar de que, según tenemos entendido, hace un tiempo, una benémerita Abadía alemana se ofreció a osar semejante gesta, la cual no pudo concretarse ya que el obispo nepalí de entonces les negó el permiso. 

Desde la absoluta pobreza de medios -de todo tipo-, después de recibir el placet de mi padre espiritual, me lancé a la segunda experiencia eremítica en el Himalaya. La primera, tan breve como experimental, fue en la “semana de Tinieblas", en carpa, bajo inclemente lluvia. Esta vez, por sólo dos días, fue en un refugio abandonado, en el que antaño paraban pastores transhumantes. 

¿Qué me llevó a esto? La actividad sísmica local, que en nuestra aldea se manifestó en la forma de temblor, pero en otros lares no fue sino un terremoto. El temblor fue breve y pronto entendí que Dios me llamaba a retirarme a una ermita a interceder ante Dios pidiendo perdón y clemencia al Señor de los Ejércitos para que no castigue al pueblo idólatra con un nuevo terremoto (hace no mucho hubo uno, el cual generó un importante éxodo humano). 

La noche anterior al temblor, providencialemente, le había preguntado a un terrateniente budista si conocía alguna cueva propicia para retirarme a orar. El hombre, movido por Dios y contento por la caridad que tratamos de hacer en la escuelita, me autorizó gustoso a usar la cabaña de transhumantes de marras, ubicada mucho más arriba de todas las demás casas, en un ignoto y deshabitado paraje llamado “Tetmu", donde antaño dos monjes budistas fallecidos vivían al modo eremítico. 

 

 himalaya

III. 

Los nativos se enteraron y varios trataron de disuadirme explicándome los peligros de retirarme a la casita abandonada. Los riesgos eran reales: fieras salvajes (osos, zorros,…), serpientes venenosas, arañas grandes y deslizamientos de lodo, que en estos días se llevaron el puente local y destrozaron ocho partes del camino. Sabíamos que el Señor nos iba a proteger porque él no permitirá que la fe divina caiga en descrédito ante los paganos que se busca convertir. Si bien tuve el teresiano privilegio de caerme unas quince veces patinando entre rocas y espinas y de gozar la lluvia que, para contribuir a la simbólica corredentora ofrenda, generosamente se dignó entrar por los numerosos agujeros del techo del derelicto refugio. 

IIII. 

Lo que más padecí no fue la carencia de luz sino la del binomio silla-mesa, tan elemental en la Cristiandad y tan ignorado en los lares del Buda. La realidad es que si hay algo que no me sale (ni quiero que me salga) es la pose yóguica. Necesito una silla y una mesa, de lo contrario no sólo la perseverancia en el uso de la inteligencia se vería afectada, sino que los calambres no tardarían en llegar. 

El retiro fue magnífico. Fue una lluvia de gracias, espirituales y apostólicas y me mueve a exhortar a los católicos que sueñen con vivir una experiencia mística en el Himalaya a que, con tal que tengan el placet de su confesor o padre espiritual, se retiren unos días a estas bellísimas alturas montañosas, lo cual atraerá a los paganos al gremio de nuestra santa Religión Católica, la única divinamente fundada. El día en que muchos católicos, sea por breves períodos, sea a perpetuidad, sea solos, sea en comunidad, se retiren monacalmente al Himalaya a adorar a Jesucristo (sin ningún coqueteo o concesión para con los extravíos orientalistas), muchos paganos se verán atraídos a venir al Cristianismo pues descubrirán que nuestra divina Religión no es ni biblismo puritano ni colonialismo foráneo ni asistencialismo materialista sino espiritualidad robusta y contemplativa, y no cualquier espiritualidad sino la única divinamente inspirada

V. 

¿Cuáles fueron las reacciones visibles de los paganos? Aún las estamos viendo, pero contamos lo que oímos… 

Un profesor budista dijo a su los de su casa: “el Padre fue a rezar… Ergo ya no podemos temer las catástrofes naturales”. Varios días después su hija, contenta y convencida del poder de la plegaria sacerdotal, me lo volvió a recordar. 

Un maestro budista, llamado Tektup Lepcha, soñó algo que él interpretó así: que yo era un ángel que venía a rescatar a los nativos de los demonios que venían desde la zona de enfrente. Tektup, alarmado, visitó a la profesora Repzong Lepcha (también budista), quien me lo contó feliz. Dios sabe que los Lepchas, como los islámicos, valoran grandemente los sueños y  suelen tomarlos como signos sobre o preternaturales. 

De todos modos, el argumento para implantar el Monacato en el Himalaya no es el sueño de un vecino -por más obstinadamente budista que sea- ni el comentario de otro tal, sino la urgencia de mostrarles a los tibetanos que lo más preciado que ellos tienen (el Monacato), también lo tiene el Catolicismo, mas, he aquí la esencial diferencia, no se centra en el propio yo (real o aparente) ni se apoya en las propias fuerzas (como sí lo hacen los lamas), sino que se centra en Dios y es sostenido por Su gracia. 

Nuestra módica experiencia, muchos menos exigente que un simple ejercicio ignaciano, no pasa del rango de episodio anecdótico y el sueño del vecino bien pudo haber sido un sub-producto de su sub-consciente, pero este intento, a pesar de su insignificancia, es un grano de mostaza que aspira a cooperar instrumentalmente -por vía de la súplica y la exhortación- al advenimiento del Monacato Católico en el Himalaya. 

¡Monjes y anacoretas de Dios… el Himalaya os espera! 

¡La mies está pronta! 

Padre Federico, S.E. 

Misionero en el Himalaya 

16-20/IX/18 

 

16.09.18

Del modo en que la Madre de Dios convirtió a la tribu Cospe

TRIBU  COSME

En el año 1591, los Misioneros que habitaban cerca de la ciudad de Guanare fueron visitados por un español acompañado de un grupo de indios Cospes, encabezados por su cacique, llamado Coromoto. El español, de nombre Juan Sánchez, les contó que días antes pasaba casualmente por un sitio y el dicho grupo de indios fue a su encuentro y les dijo que “una señora blanca de belleza extraordinaria había encontrado al cacique y a su mujer cerca de un río y les dijo que fueran donde los blancos para que les echaran agua sobre la cabeza para poder ir al reino de su Hijo”. El español les dijo que los iba a llevar donde los blancos que los prepararían para el bautismo y por eso fueron allí. Así comenzó la evangelización de esos aborígenes, en un período en el que resultaba muy difícil.

El cacique Coromoto, al tiempo, se cansó de la misión, y decide escapar sin haberse bautizado, pero la Virgen, siempre activa para salvar a sus hijos, fue a su encuentro, a su choza, donde estaba con su mujer, una cuñada y un sobrino de ella, mas el cacique (ignaro de teologías) intentó matar a la Virgen Santísima de un flechazo porque él había dejado la selva, donde era jefe y no debía obedecer a nadie. La Virgen Sacrosanta, entonces, desapareció pero, con dulzura maternal, le dejó en la mano un delicado pergamino con su imagen: una mujer blanca coronada al estilo aborigen con un Niño en su regazo, que sostiene el mundo.

 TRIBU  COSME

Los españoles guardaron la celestial imagen, luego de acercarse al sitio de tan graciosísima aparición, pero Coromoto, el indio que intentó consumar el (imposible) virginicidio, huyó a la selva. Como sintetizando la muerte de Judas y el pecado adámico, el cacique virginicida intentó suicidarse dejándose morder por una serpiente. Pero, por misericordia de Dios, se arrepintió y pidió el santo bautismo a gritos, que le fue administrado por un transeúnte que providencialmente pasaba por ahí. Coromoto milagrosamente recobró la salud y se convirtió en un gran Apóstol de los indios: ninguno de sus indios se separó de la Misión y todos fueron bautizados, como Dios manda.

A raíz de esta gesta de la Reina de los Cielos, Ella, bajo la advocación de Nuestra Señora de Coromoto, se convirtió en la Patrona de Venezuela, tierra de los Cospes. Nótese el abismo de la Misericordia de Dios, quien, desde toda la Eternidad, previó que la principal advocación de Su Madre en Venezuela no fuese sino la de un “virginicida” converso, lo cual nos remite al primer canonizado de la Historia, que no fue sino un ladrón subversivo. 

 Se conserva su gloriosa reliquia, que ha sido estudiada científicamente con grande seriedad, y mostró resultados sorprendentes, para mayor esplendor de la divina Gloria y confusión de los letrados ateos.

TRIBU  COSpE

Supliquemos a la Virgen Sacrosanta que, así como hizo con los agraciadísimos Cospes, siga llamando a las tribus paganas a que vayan a donde los católicos a que les echen agua sobre la cabeza para poder ir al Reino de su Hijo. Quizás esta es una de las vías que Dios tiene reservadas para que se conviertan algunos de los tantos pueblos paganos que aún moran en este destierro.

 

¡Viva la Virgen!

 

Padre Federico, S.E.

Misionero en el Himalaya

15/IX/18, Ntra. Sra. de los Dolores

(Este escrito fue elaborado tomando como base un texto que el venezolano Luis P. Paz generosamente aportó a nuestro blog)

 

         

8.09.18

¿Bautizar a los niños o dejar que decidan cuando crezcan?

Sem. Dr. Fernando del Carpio-Marek, S.E.

Se escucha con creciente frecuencia a padres de familia decir, con aires de sensatez, progresismo y apertura de mente, que no bautizarán a sus hijos, porque prefieren dejar que ellos mismos elijan la religión de su preferencia cuando tengan la madurez para hacerlo, sin la influencia de los padres… Olvidan estas personas que el mismo proceso de maduración de los hijos, el concepto que estos se formen de la realidad –y por consiguiente las decisiones que tomen en sus vidas–, está sujeto a una fuerte influencia de sus padres, y de otros individuos, algunos tal vez de influencia deseable, otros no tanto.

Nosotros afirmamos, con la Santa Madre Iglesia, que los padres católicos deben dar el bautismo a sus hijos poco después de su nacimiento, cuanto antes mejor, y que tienen la grave responsabilidad de formar a sus hijos en la fe católica. Pero antes de argumentar esta afirmación, preguntémonos, ¿qué es lo que motiva cada vez a más padres, que vienen de familias católicas, a pensar que es mejor dejar que sus hijos elijan por ellos mismos su religión? La respuesta parece encontrarse en dos causas, necesariamente vinculadas: la primera es que estos padres no tienen fe; la segunda consiste en un falso concepto de libertad.

Cuando los padres carecen de fe, bien porque la perdieron al no haber recibido el alimento de la sana doctrina católica y de los sacramentos, o bien porque en realidad nunca llegaron a creer al no haber sido movidos a ello por sus padres (o por quienes tuvieron la responsabilidad de educarlos), presentan una gran dificultad para ver que los hombres, hijos de Adán, tienen, por el pecado de este, la naturaleza caída, sometida a la debilidad, a la ignorancia y al poder de las tinieblas, e inclinada al pecado; de igual manera, la falta de fe dificulta, o imposibilita, a estos padres ver el bien infinito que recibe un alma por la gracia santificante.

La segunda causa, decíamos, radica en un falso concepto de libertad, según el cual se comprende a esta como la independencia de cualquier influencia previa o inclinación, de manera que, mientras más indiferente y ajena de toda inclinación sea una persona, más libre es; sin embargo el hombre no es libre cuando es independiente de inclinaciones, sino cuando es capaz de seguir aquellas inclinaciones que son acordes con la verdad de su ser, y la verdad del ser del hombre tiene su cumplimiento en la vocación por la que Dios lo ha creado: la filiación divina, ser hijo de Dios, que no está al alcance de las determinaciones ni esfuerzos humanos, sino que es un don absolutamente gratuito de Dios, sin ningún mérito previo de nuestra parte («Porque Dios es el que produce en ustedes el querer y el hacer, conforme a su designio de amor», Flp 2,13), y que Él ha dispuesto dárnoslo a través de la Iglesia por los méritos de Su Hijo Único, Jesucristo, Cabeza de la Iglesia («Porque en Él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad, y ustedes participan de esa plenitud de Cristo, que es la Cabeza», Col 2,9). Solo existe una voluntad absolutamente libre, que es la de Dios; luego, la voluntad del hombre será tanto más libre cuanto mayor sea su disposición a unirse a la voluntad de Dios, y esta disposición será mayor cuando sea más fiel a su conciencia y esta esté más iluminada por la verdad, ya que la voluntad de Dios actúa siempre según la verdad, o sea que cuanto más acostumbrada esté el alma a Dios, más libre es, y este “acostumbramiento” a Dios, a Su voluntad, nos es dado, por disposición Suya, en un orden sobrenatural por el Bautismo, por el que pasamos a participar de la misma naturaleza de Dios, del amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo.

En las consideraciones precedentes ya podemos vislumbrar parte de la argumentación de por qué se debe bautizar a un niño lo más inmediatamente posible después de su nacimiento, y también los motivos por los que una tal argumentación, aunque sea clara en los conceptos y su concatenación lógica, resultará oscura a quien carece de fe y de un correcto concepto de la libertad del hombre. Pasemos, pues, a comentar los argumentos que nos ofrece el Catecismo (numerales 1250-1252):

  1. «Puesto que nacen con una naturaleza humana caída y manchada por el pecado original [el pecado de nuestros primeros padres, Adán y Eva], los niños necesitan también el nuevo nacimiento en el Bautismo para ser librados del poder de las tinieblas y ser trasladados al dominio de la libertad de los hijos de Dios.»

Si los padres entendiesen la realidad del pecado original, y las consecuencias de éste para el alma, entenderían que postergar el bautismo de su hijo hasta que este pueda decidir, significa dejarlo desnudo de la gracia santificante, privado del vestido del mismo Cristo de quien somos revestidos en las aguas bautismales. Curiosamente, no se escucha a ningún papá decir que, puesto que no desea influir sobre los gustos de ropa de su hijo, lo dejará desnudo hasta que este pueda escoger por sí mismo las vestimentas de su preferencia.

  1. «La pura gratuidad de la gracia de la salvación se manifiesta particularmente en el bautismo de niños.»

Este argumento se relaciona con el falso concepto de libertad que explicamos más arriba. Cuando un papá quiere que su hijo sea libre para escoger su religión cuando tenga consciencia y conocimiento, es como pretender que sea libre para escoger a sus padres cuando tenga consciencia y conocimiento. Esa supuesta libertad es un engaño. El niño no necesita conocer varios candidatos a papás, y conseguirse el amor de alguno de ellos con ciertos méritos de su parte; él ya tiene papás desde el mismo momento en que ha sido concebido, y normalmente ya tiene garantizado el amor de estos, no necesita hacer méritos para ganarse su amor. Este es el caso con Dios, quien ha creado al hombre, y le ofrece Su amor y la salvación gratuitamente, pues todo acto meritorio de amor que puede hacer el hombre ya es un don de la gracia divina.

  1. «Los padres cristianos deben reconocer que esta práctica corresponde también a su misión de alimentar la vida que Dios les ha confiado.»

Cuando los padres reciben un hijo, no reciben solo un cuerpo, reciben una persona, que es una unión indivisible de cuerpo y alma. Por eso la responsabilidad de cuidarlo no implica solamente proveerle alimento material, sino también el espiritual. Uno dudaría del buen estado mental de un papá que se propusiera privar de alimento a su niño, aduciendo que prefiere esperar a que este tenga edad suficiente para decidir por sí mismo los tipos de alimentos de su preferencia, o que no le enseñase a hablar pensando que respeta mejor la libertad de su hijo si espera a que este tenga la edad suficiente para escoger por cuenta propia la lengua en la que desea comunicarse.

  1. «La práctica de bautizar a los niños pequeños es una tradición inmemorial de la Iglesia está atestiguada explícitamente desde el siglo II. Sin embargo, es muy posible que, desde el comienzo de la predicación apostólica, cuando “casas” enteras recibieron el Bautismo (Cf. Hch 16,15.33; 18,8; 1Co 1,16), se haya bautizado también a los niños.»

Finalmente el Catecismo nos presenta aquí el argumento que para un católico es el de mayor peso: el testimonio de la Tradición de la Iglesia, fuente auténtica de la revelación divina. Siendo esta una práctica desde los comienzos del cristianismo, significa que fue instruida por nuestro Señor Jesucristo a los apóstoles, y que estos la transmitieron a la Iglesia, particularmente a los obispos que instituyeron para continuar el mandato del Señor de ir hasta los confines de la tierra, haciendo que todos los pueblos sean sus discípulos, bautizándolos en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28,19), pues «el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios.» (Jn 3,5).

            Así como uno no puede escoger, cuando ya es joven, una pareja de padres para ser sus progenitores, y entonces comenzar a ser hijo, tampoco puede escoger un Dios para que sea su Creador y Salvador, y así como desde el nacimiento el niño necesita los cuidados y atención de sus padres, también desde el nacimiento el alma de ese niño necesita los cuidados y atención de su Padre y Salvador que es Dios, y de su Madre que es la Iglesia instituida por Dios. Si el cuerpo comenzase a tener alma recién de joven o adulto, o se pudiese escoger, entre varios dioses, de cuál recibir el alma, entonces coincidimos que sería muy sensato esperar a que el hijo tuviese el conocimiento y la madurez necesarias para hacer la mejor elección, como puede ocurrir con la vocación matrimonial o religiosa, por ejemplo. Concluimos con una cita de San Basilio, uno de los más grandes Padres de la Iglesia:

Hay un tiempo conveniente para cada cosa: un tiempo para el sueño y otro para la vigilia, un tiempo para la guerra y un tiempo para la paz. Sin embargo, el tiempo del bautismo absorbe toda la vida del hombre. Si no es posible al cuerpo vivir sin respirar, mucho menos lo será para el alma subsistir sin conocer a su creador. La ignorancia de Dios es la muerte del alma. Aquel que no ha sido bautizado tampoco ha sido iluminado. Así como sin luz, la vista no puede examinar aquello que le interesa, del mismo modo, el alma no puede contemplar a Dios sin el bautismo.

11.08.18

De la bendición sacerdotal que frenó a los demonios

Los últimos meses, a mi pesar, estuve escribiendo muy poco (tanto crónicas como respuestas a los comentarios) ya que el ritmo misional es muy intenso, aunque, de algun modo, compensé la falta de crónicas escritas con las crónicas orales (filmadas) que me pidieron dar en España, las cuales ya compartí con los Amigos de la Misión. 

La misión, al menos la que me toca vivir, no tiene nada de “vida cotidiana”, de monótono día a día ni de gris aburrimiento. Quien quiera vivir una vida ordinaria o santificarse en rutinarias pequeñeces domésticas, que no venga a misionar. Es más, en la misión pasan tantas cosas extraordinarias que bien podría haber un voluntario cuyo único oficio sea el de ser cronista, el cual deje constancia de la obra que Dios, a pesar de la infidelidad de sus instrumentos, va haciendo en la misión y de los ataques que el demonio emprende contra la obra divina. 

Lo dicho bien sirve como prólogo a una de las tantísimas cosas que quiero contar, pero que no cuento porque el tiempo no me alcanza. 

Me referiré al poder de la bendición sacerdotal relatando un episodio que vivimos hace unos días. Tipeando en el celular que engancha internet de modo intermitente, entro en tema ya que si sigo con las introducciones me iré por la tangente y aun por la hipotenusa.

Nuestra base misional sigue siendo la aldea de Naga-Namgor, donde no sé cuánto tiempo podré seguir estando ya que ayer el “cacique” local (un cacique de saco y corbata, no de plumas y taparrabos) llamó a un sacerdote amigo que vive en Francia para decirle que no me quiere más acá. El mismo personaje me amenazó hace unos días diciendo que me está buscando la Interpol, lo cual es un reverendo disparate…

Bueno, me fuí un poco de tema. Decíamos que la base misional sigue siendo Naga-Namgor, una pequeña aldea, luego de la cual, no se puede seguir adelante salvo que se cuente con un permiso especialísimo que no se concede por más de cinco días ya que es la frontera, muy militarizada, de cuatro países. 

En la aldea, hay dos escuelas, una es la católica que, después de varias idas y venidas, quedó bajo el patronazgo de nuestro glorioso Patriarca San Elías. 

Arriba de la escuelita, hay un caserío, el caserío de Rel Ward, donde el Padre Celestial, suaviter et fortiter, está enviando al Espíritu Santo. 

Ahora bien, el hombre más pobre del caserío y sus alrededores se llama Rayes. Él es campesino, siervo de un gran señor rabiosamente budista -que es publícamente bígamo-, quien le paga  (por caridad, dice) la magra cifra de 27 euros al mes. Rayes está casado con Monu, que es mucho más joven, con quien tuvo dos hijos. El pintoresco caserío de Rel Ward profesa un intransigente budismo tibetano que rechaza tocar siquiera un crucifijo. Es un caserío donde hay fobia a Jesucristo, por el simple hecho de que ellos creen en Buda. No aceptan ningún tipo de diálogo con la Cruz, a la cual no le harán ninguna concesión. Allí sólo hay un par de casas que devinieron protestantes o que siendo protestantes se trasladaron allí  (están doquiera, hay que decirlo en voz alta, ¡y están doquiera porque proselitizan!).

Decíamos que la familia más pobre es la de la Rayes, quien llevado de su miseria se refugia consuetudinariamente en la botella y así fue que hace no mucho se cayó derrumbado en la puerta de mi casa, a la vista de los indiferentes transeúntes, a los cuales casi nada los sacará de la apatía en la que, por influencia del budismo, viven.

Para evitar que se muera de frío en la puerta de mi casa, tuve que levantarlo y acostarlo en una de las dos camas de mi casa, la cual quedó mugrienta por razones que no hace falta explicar. Se la pasó varias horas gritando en nepalí, lo cual fue una penitencia espantosa.

Al otro día, el pobre hombre quedó admirado de que alguien lo había ayudado. Es que la caridad acá no existe  (como mucho existe el “social work” de parte de algún potentado). Para nosotros, católicos por la gracia de Dios, la caridad es algo normal. Acá no. Acá es una novedad. Incluso, la caridad elemental como la levantar a un ebrio para que no se muera congelado o ahogado.

Poco después del episodio del desmayo, lo visité al rancho, a él y a su esposa, Monu, quien está quemada desde el labio inferior hasta la cintura. Resulta que un día ellos, que son hindúes, celebraron la fiesta de “Divali”  (que debería ser llamada “Diaboli"), la cual es una de las más importantes del calendario hindú, y después de idolatrar  (supongo) y de cenar le pasó algo misterioso que nadie sabe que es (aunque su hijo dice haber visto un espíritu malvado) lo cual la llevó, estando sobria, a rociar su propio cuerpo con kerosen. 

Lo cierto es que todo el caserío de Rel Ward, según testimonio de los nativos (incluso de una profesora muy culta que allí vive), incluido la casa de Rayes, sufre habitualmente “fenómenos paranormales” (según expresión de un profesor), que, en realidad, son fenómenos diabólicos ya que los monjes budistas, previo pago, se la pasan haciendo rituales de “aplacamiento” de demonios, los cuales no sólo no los aplacan sino que aumentan las acechanzas infernales empíricamente constatables.

La casita del pobre Rayes no era una excepción. Frecuentemente, sufrían los “fenómenos paranormales” (pasos, gritos, voces o cosas por el estilo).

Ahora bien, cuando visité su casa, después de su desmayo alcohólico, les ofrecí bendecirles la casa, aceptaron y la bendije. Fue la bendición más sencilla. En ese momento, no tenía ornamentos ni ritual ni crucifijo ni sal ni fórmula exorcística alguna. Bendije la casa y me fui.

Fue una bendición tan simple que no lo retuve en la memoria ya que no tuvo nada de extraordinario. 

 Pasaron unos días y yo me olvidé que le había bendecido la casa a Rayes, pero la bendición no fue inútil (nunca lo es). ¿Qué pasó?

Pasó que dos meses después de la bendición, volví a visitar la casa de Rayes. Fui con los scouts franceses que habían venido a ayudarme. Bastó que llegáramos para que Rayes le dijera a Repzong  (una vecina culta) que desde que yo le bendije la casa, la misma no tiene más fenómenos “paranormales". Los scouts oyeron esto. También el suscripto. 

Ese día aprendí que una mera bendición sacerdotal, aun en tierras paganas de idolatría y satanismo (budista o lo que sea), destruye las obras de los demonios, que huyen espantados como quien huye del fuego.

¡Que Dios destruya las obras de los demonios!

¡Viva la Misión!

Padre Federico, S.E.

Misionero (por gracia de Dios) en el Himalaya 

11-VIII-18, Naga

2.08.18