Reseña: “En la arena he dejado mi barca. Sobre la vida consagrada”

 

             

 

Título: En la arena he dejado mi barca. Sobre la vida consagrada

Autor: Eleuterio Fernández Guzmán

Editorial: Lulu

Páginas: 74

Precio aprox.: 3. 99 € en papel – 1 € formato electrónico.

ISBN: 5800124567428 papel; 978-0-244-93645-7 electrónico.

Año edición: 2017

 

Los puedes adquirir en Lulu.

“En la arena he dejado mi barca. Sobre la vida consagrada” - de Eleuterio Fernández Guzmán.

 

Continuamos con la publicación de textos dentro de la Colección Fe sencilla. Este libro pertenece al apartado de título Vida consagrada.

 

Vayamos, pues, con la reseña. Y, para eso, reproducimos la “Presentación” del libro.

 

Tú, en cambio, hombre de Dios, huye de estas cosas; corre al alcance de la justicia, de la piedad, de la fe, de la caridad, de la paciencia en el sufrimiento, de la dulzura

 

1 Tm 6, 11

 

Este libro es, sobre todo, de agradecimiento. En primer lugar, a Dios y, después, a nuestros hermanos consagrados en la vida sacerdotal o religiosa. Ya sabemos el dicho que sostiene que es de bien nacidos ser agradecidos y habiendo sido creados por Dios… ¡qué menos que agradecer lo que nos da!

Pues bien, el ahora emérito Benedicto XVI, se dirigió a los participantes de la Plenaria de la Congregación para el Clero, en marzo de 2009, diciéndoles que “Dios es la única riqueza que, en definitiva, los hombres desean encontrar en un sacerdote”.

Pero, además, “La misión es ‘comunional” porque tiene lugar en una unidad y comunión que sólo de forma secundaria tiene también aspectos relevantes de visibilidad social”.

Las misiones que el presbítero ha de llevar a cabo son, además, de la “comunional” citada, son, a saber:

1.-Eclesial.

2.-Jerárquica.

3.-Doctrinal.

A través de la misión “eclesial” el sacerdote ha de ser consciente de que la labor que lleva a cabo lo es para que el resto de humanidad conozca a Dios; llevar, por tanto, Al Padre, al mundo porque el mundo necesita conocer a quien lo Creó. Por eso la eclesialidad redunda en beneficio común de la comunidad cristiana.

Por otra parte, las misiones jerárquica y doctrinal suponen, por una parte, tener en cuenta que la disciplina juega un papel muy importante en la vida sacerdotal y, por otra parte, la necesidad de formación en materia doctrinal.

Por todo lo dicho se comprende mejor el hecho de que el sacerdote sea representante de Dios en la tierra porque tiene asignado una doble potestad:

1.-Absolver a los fieles de sus pecados

2.-Consagrar la Sagrada Eucaristía

Además, por la propia naturaleza de a Quien representa, es Cristo quien habla y obra cuando el sacerdote habla y obra. De aquí que el Decreto Presbyterorum ordinis, del Concilio Vaticano II, dejara dicho que:

 

“El sacerdocio es fundamentalmente configuración una transformación sacramental y misteriosa del cristiano en Cristo Sumo y Eterno sacerdote, único Mediador. El Sacerdote no es más cristiano que los demás fieles, pero es más sacerdote, e incluso lo es de un modo esencialmente distinto” (PO 12) Por eso en la Primera Epístola a los Corintios, San Pablo indica que era “preciso que los hombres vean en nosotros a los ministros de Cristo y a los administradores de los misterios de Dios” (1 Cor 4:1)

También, San Juan Pablo II, en su Exhortación apostólica Pastores dabo vobis (nº 15) nos dejó dicho que

“Los presbíteros son llamados a prolongar la presencia de Cristo, único y supremo Pastor, siguiendo su estilo de vida y siendo como una transparencia suya en medio del rebaño que les ha sido confiado.”

Y tal confianza que hemos de mostrar los hijos de Dios hacia nuestros sacerdotes no ha de menguar porque, de ser así, haríamos de menos a Dios mismo.

Y qué decir de aquellos que han decidido seguir una vida religiosa en alguna de las órdenes que la Iglesia católica tiene y que, como sabemos, son muchas. Y es lo que damos en llamar “Vida contemplativa” o aquella que, no siéndolo (en tal exclusivo sentido) tiene la misión especial de orar por las criaturas creadas por Dios a su imagen y semejanza. 

Las personas que han decidido llevar una vida contemplativa han tomado tal decisión, según suelen decir, porque han sentido una especial llamada de Dios que les ha facilitado la toma de tal decisión.

Por eso, clamar ¡Abba! Padre es lo que su corazón les pide. Además, tal posición espiritual nos beneficia a las personas que, en el siglo, vivimos y amamos al mismo Dios. De aquí que los que oran en una tal vida espiritual responden a la llamada a la oración de Cristo. Y es que cuando oraba a Su Padre, nos decía que hiciéramos lo mismo (recordemos el Padre Nuestro ante la demanda de los Apóstoles de aprender a orar) Y tales creyentes católicos responden, con predilección y gozo, a tal llamada.

El clamor del Hijo de Dios lo asumen reconociendo, en el mismo, la llamada del Creador y Padre que reclama, de nosotros, una especial relación a través de ese hilo espiritual que es la oración.

Tales creyentes, muy al contrario de lo que suele pensar y sostener, no se apartan del mundo porque no quieran estar en él o le tengan odio o algo por el estilo. No. Hacen eso porque quieren orar por el mundo, por las necesidades de sus hermanos los hombres y, por fin, porque se sienten muy especialmente llamados por Dios para cumplir una tal labor. 

Vemos, en las palabras con las que hemos dado comienzo a esta Presentación, que San Pablo tenía más que claro cuál era, digamos, la ocupación de quien sigue, especialmente, a Dios, de quien ha sabido responder a la llamada que su Creador le ha hecho de las más diversas formas y en las más variadas circunstancias personales. 

Valga, pues, esta Presentación, primero, para agradecer a Dios el don del sacerdocio y de la vida consagrada y, luego, para hacer lo propio con aquellos hermanos nuestros en la fe que han decidido no mirar para otro lado cuando, de una manera o de otra, han sido llamados por Dios. 

El Creador, como Padre nuestro, no podía dejar abandonada a su descendencia. Por eso nos hizo un regalo que nunca seremos capaces de agradecer bastante: mostrarnos a quienes han sido capaces de ver a Dios en el mundo y lo han seguido… de verdad. 

No podemos negar que este libro ha surgido a partir de una canción, de uso común en la Santa Misa. Se titula la misma “Tú has venido a la orilla” (cuya letra hemos traído aquí y hemos puesto al final de este libro) y, como puede comprobarse fácilmente, vamos a seguir el espíritu de la letra de la misma. Y es que las cosas están ya inventadas y, aunque se podría decir que tal letra podría aplicarse a cualquier creyente católico que se sienta llamado a confesar su fe, hemos querido referirla, muy especialmente, a quien ha escuchado y, luego, ha respondido seguir a Jesucristo y a Dios (siendo lo mismo) como no todos somos capaces de hacerlo. 

Damos gracias a Dios, también, por eso porque merece que se las demos Quien ha querido que, de entre sus hijos, algunos de ellos (más en unos tiempos y menos en otros) se dediquen, como buenos samaritanos, a auxiliar a los que necesitamos ser auxiliados. 

Por otra parte, les ponemos aquí el Índice de este libro:

Presentación.  

            

1. Una norma general de la Ley: Dios escoge.

 

2. Dios conoce a quien elige.

 

3. Dios quiere sus manos.

 

3.1. Sacerdocio.

3.2 Vida consagrada.

 

4. Dios los llama amigos.

 

5. Responder sí o no.

 

Un necesario Epílogo.

                   

Tú has venido a la orilla.             

 

Títulos de la colección “Fe sencilla”

 

Seguramente, nunca daremos suficientes gracias a Dios por los sacerdotes o por los miembros de la vida consagrada. Al menos, la podemos dar ahora mismo… que algo es algo.    

 

 Eleuterio Fernández Guzmán 

 Nazareno

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Panecillo de hoy:

Dar gracias a Dios por nuestros hermanos consagrados siempre será poco. 

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