Libro: “Vida después de la muerte – Escatología sencilla”, de Eleuterio Fernández

Portada de libro

Autor: Eleuterio Fernández Guzmán

Editorial: Lulu

Páginas: 157

Precio aprox.: 6 € papel – 1 € Libro electrónico 

ISBN: 5800106392970

Año edición: 2014

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Vida después de la muerte – Escatología sencilla, de Eleuterio Fernández Guzmán

Traemos aquí la Conclusión de este libro pues hace un repaso al contenido del mismo. Y dice lo que sigue:

“Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?”

Mt 16, 26

Después de este recorrido por una realidad muchas veces preterida, hemos llegado al final del mismo. Es bien cierto que lo aquí traído es, apenas, un apunte sobre lo que es crucial para el ser humano creyente católico (y para el resto también por más que se desconozca o se pretenda ignorar conociéndolo). Sin embargo, es más que probable que haya hecho abrir los ojos a quien los tuviera cerrados porque no se los habían abierto hasta ahora. Pero también es verdad que a otros lectores les parecerá de lo más normal que se hable y proclame, a los cuatro vientos, que estamos salvados y que la salvación no es que sea posible sino que es tan cierta como la luz del día.

Sin embargo, no es menos cierto que la salvación, además de haberla donado Dios, es necesario sea ganada por cada cual. Al menos quien sepa que eso es así no puede (digamos no debe) acudir al expediente de tener por no puesta una verdad tan importante como es aquella que dice, y estamos con San Agustín, que “Quien no te creó sin ti, no te salvará sin ti”.

En cierto modo (y en el caso de los creyentes católicos en todo el modo posible) somos nosotros mismos los que nos pondremos ante el Tribunal de Dios de una forma o de otra. Y no todo será igual ni ha sido lo mismo para aquellos que ya han pasado por sus espirituales salas donde se ve lo bueno y lo malo y donde no todo ha sido ni ha dado igual en la vida ni todo lo que se ha hecho ha tenido las mismas consecuencias de cara a la sentencia final.

De lo aquí escrito se deriva la necesidad de tener en cuenta nuestro quehacer de ahora mismo, de aquello dejado dicho por San Pablo en la Epístola a los Hebreos (13, 14) al respecto de que “No tenemos aquí ciudad permanente, sino que vamos en busca de la que ha de venir” pues, en efecto, partimos de lo que ahora somos (y seremos hasta el encuentro con nuestra hermana muerte) para ser lo que seamos cuando Dios nos juzgue.

Por eso, a lo largo de este libro hemos recorrido, digamos para que se nos entienda, una serie de etapas propias de aquello que se corresponde con nuestra vida futura.

Así, en la primera parte, dedicada a las llamadas “cuestiones preliminares”, hemos visto aquello que bien podemos entender como las “generales de la ley” pues nos hemos referido a lo que queremos ser al respecto de la vida tras la muerte, a cuántas almas van a salvarse de entre los que seres humanos ha habido, hay y habrá pero, sobre todo, acerca de lo que ahora somos y cuándo, en realidad, podemos decir que empieza lo escatológico.

Al respecto de esto último, concluimos que aquello que se refiere al más allá de esta vida no empieza, como pudiera derivarse de tal concepto y de tal realidad, cuando morimos. Esto podría parecer extraño dado el estado de la cuestión y a qué nos referimos. Sin embargo, de entender correctamente lo traído aquí y escrito por el obispo de Hipona (cuando comprendió que Dios era mucho más importante que las mundanidades a las que tanto se había acercado antes de convertirse) podremos comprender que lo que aquí hacemos, lo que, en suma, sembramos, será lo que cosechemos en un momento tan importante como será el de presentarnos ante Dios bien con las manos vacías de bienes espirituales, bien con las manos llenas de haber puesto en práctica el amor y su consecuencia la caridad.

Hay, como hemos aquí descrito, dos tipos de escatologías: la que se denomina “intermedia” y la llamada “final”.

El caso es que no se trata de realidades distintas de tal manera así entendidas que se pudieran separar de forma irremediable sino de un estadio espiritual, digamos, visto y llevado a cabo en dos fases: una primera, tras el Juicio particular; otra, tras el Juicio final. Lo que no cambia es el hecho de que es nuestra alma la que, al fin y al cabo, pasa por tales estadios pues, tras la muerte, se someterá al primer Juicio y tras la llegada de Cristo y la resurrección de la carne, al segundo con la subsiguiente unión al cuerpo con el que había formado unidad en la vida terrena. Y, así, todo se habrá cumplido.

Vale la pena, pues, no tener por poco importante nuestro ser y nuestro hacer. Decimos esto porque lo escatológico es fruto. Y, para que se entienda esto no queremos decir que no sea si no queremos que sea (como una especie de buenismo espiritual) sino que será porque Dios así lo quiere pero que, por nuestra parte, recogeremos lo que merezcamos recoger. Y es que éste, el presente, es un tiempo de merecimiento de cara a nuestra vida futura que, como hemos dicho a lo largo de estos capítulos, existe y es tan real (mucho más por ser la definitiva) que ésta en la que ahora vivimos, nos movemos y existimos (San Lucas dixit, en Hechos 17, 28, acerca de Dios y nosotros) y, por eso mismo, toda siembra en el buen sentido hecha y todo merecer en lo bueno y mejor de cara a la voluntad de Dios, será bueno y mejor cuando llegue el momento de tenerlo en cuenta.

Esto de arriba lo decimos porque lo que ahora vivimos, con ser importante para nosotros porque es lo que ahora vivimos, ha de tener una importancia relativa. Queremos decir que estamos creados para estar siempre con Dios y eso sólo será posible en el definitivo Reino del Padre (que lo es por estar, ya, viviendo el Reino del Creador al haberlo traído Cristo al mundo tras su Encarnación y haber predicado acerca de la conversión necesaria para habitarlo). Por tanto, sólo teniendo en cuenta lo que dijo Cristo acerca de la polilla que aquí todo lo corroe (cf. Mt 6, 19) y la necesidad de acumular para el cielo (cf. Mt 6, 20) donde, no por casualidad, no hay polilla ni herrumbre que todo lo eche a perder, actuaremos de forma adecuada a nuestra necesidad intrínseca y primordial que consiste en gozar de la visión beatífica. Y eso sólo lo alcanzaremos con una actitud que tenga muy en cuenta lo que es más conveniente para nuestros (digámoslo así) egoísmos, también, espirituales. Y es que de los mismos, si sabemos lo que nos conviene, se derivará un hacer, un ser, menos mundano y más cercano a Dios.

En realidad, todo lo aquí escrito y traído lo ha sido para que nos demos cuenta (o confirmemos lo que ya conocemos al respecto) que cuando llegue el momento de nuestra muerte no la afrontemos con temor sino como aquel que sabe que, tras el paso hacia la otra vida, nos espera una que es eterna y que, como dejó dicho Santa Teresa de Jesús, dura para siempre, siempre, siempre. Al fin y al cabo esto consiste, esencialmente, en que aceptemos que, como dice el P. Royo Marín (tantas veces citado aquí por su valiosa “Teología de la salvación”, p. 627) se acerque (la muerte) como “ángel del Señor que trae en sus manos resplandecientes la llave de oro que ha de abrirnos la puerta de la verdadera vida en la ciudad de los bienaventurados”. Por eso en estas páginas la hemos llamado “hermana” por muy duro que esto pueda parecer a más de un corazón políticamente correcto.

Y es que, gracias a Dios, tenemos un Creador que siempre nos tiene en cuenta y hasta nos facilita el paso hacia un tal Reino.

Eleuterio Fernández Guzmán

Panecillos de meditación

Llama el Beato Manuel Lozano GarridoLolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

Panecillo de hoy:

Tras la muerte nos espera Dios. Actuemos en consecuencia.

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Para leer Fe y Obras.

Para leer Apostolado de la Cruz y la Vida Eterna.
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