Serie tradición y conservadurismo – Dar gracias a Dios

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 Nos hacemos conservadores a medida que envejecemos, eso es cierto. Pero no nos volvemos conservadores porque hayamos descubierto tantas cosas nuevas que  eran espurias. Nos volvemos conservadores porque hemos descubierto tantas cosas viejas que eran genuinas.

G.K. Chesterton

  

La expresión “estos son otros tiempos” se puede utilizar para zaherir al cristianismo. No sin error por parte de quien así lo hace. Sin embargo, se argumenta, a partir de ella, acerca de la poca adaptación que quieren aplicar en su vida ciertos cristianos a los que se llama “carcas”, “anticuados” o sea la que sea la expresión referida y que supone, digamos, la poca adaptación a lo que hoy pasa o viene pasando desde hace un par de siglos…

En realidad, siempre son otros tiempos porque el hombre, creación de Dios a imagen y semejanza Suya, no se quedó parado ni siquiera cuando fue expulsado del Paraíso (entonces, menos, claro) Es más, entonces empezó a caminar como desterrado y aún no lo ha dejado de hacer ni lo dejará hasta que descanse en Dios y habite las praderas de su definitivo Reino al que llamamos Cielo por no tener mejor palabra que defina la Bienaventuranza y la Visión Beatífica que allí se gozan.

Sin embargo, nos referimos a tal expresión en materia de nuestra fe cristiana, aquí no referida sino a la que tenemos los discípulos de Cristo aunque, como bien sabemos, haya muchas diferencias (o puede haberlas) entre unas y otras consideraciones eclesiales de nuestra fe.

Bien sabemos que la cosa no es así sino que se han desmadrado, salido de madre (o, aquí, de Padre del Cielo) muchas personas que han hecho de su capa un sayo, se han olvidado del Todopoderoso y están queriendo hacer un mundo donde de Dios nada se sepa (lo cual es imposible), nada se pueda decir (entonces hablarían las piedras) y, en fin, de Quien lo mucho que se sostenga es que es un recuerdo del pasado (¿?)

Nosotros, los cristianos, más que alejados de unas consideraciones tan equivocadas y torticeras como las aquí apenas citadas, sabemos que debemos dar las gracias a Dios.

Dar gracias, en general, es buena cosa para el alma porque supone, en primer lugar, que reconocemos que se nos ha hecho determinado bien (sea el que sea) y, luego, que sabemos reconocer que se nos ha hecho pues no son pocas las ocasiones en las que miramos para otro lado cuando alguien nos favorece, algo así, como si tuviera la obligación de favorecernos.

Dios, como sabemos muy bien, nada nos debe porque es el Creador de todo y Quien todo mantiene. Y eso supone que debemos ser, aún, más agradecidos ante su bondad pues es posible que alguien nos beneficie en algo esperando algo a cambio (el famoso doy para que des) pero, en el caso del Todopoderoso no podemos decir lo mismo pues, como sostenemos arriba, nada nos debe Quien nos ha creado.

Ciertamente, existe una clara diferencia entre Quien da y quien recibe. Y por eso, mostraríamos un corazón de los que se dice que progresa adecuadamente cuando, al mirarnos, nos diéramos cuenta de que todo lo que somos lo somos gracias a Dios, nunca mejor dicho.

Y sí, es bien cierto que también hay una clara diferencia entre el dónde de Dios y el de nosotros mismos.

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Nosotros, a tal respecto estamos aquí. Pero Dios está allí, en el Cielo y también aquí, en el corazón de cada uno de sus hijos.

Nosotros, eso es, estamos aquí pero ¿por qué estamos aquí? Y no es una pregunta, seguramente, fácil de contestar pero, al menos, sí resulta fácil de hacer pues revela que queremos saber y que nos conviene, y muy mucho, saber la respuesta.

Cuando decimos aquí queremos decir vivos, en el mundo, en el siglo. Es cierto que el mundo y el siglo (expresiones de lo hodierno) no son siempre favorables a lo que creemos los cristianos. Es más, lo normal es que sean absolutamente opuestos. No viene, de todas formas, eso al caso. Y no viene porque de lo que se trata es de darnos cuenta de que existimos y de las causas de tal existencia trata esto.

Sabemos eso que dice que “de bien nacidos es ser agradecidos”. Queremos decir con tal expresión que merece agradecimiento quien a nosotros nos haya hecho algo que consideramos bueno, como hemos dicho arriba. Decimos bueno aunque, a lo mejor, es malo. Nosotros, de todas formas, lo consideramos bueno y damos las gracias. Así de sencillo y de simple. Y no hay en esto demasiada complicación personal: “gracias” se dan cuando alguien las merece.

Vamos, pues, uniendo una cosa y la otra: estamos vivos y sabemos gracias a Quien estamos vivos.

Alguno dirá que estamos vivos gracias a que un hombre y una mujer pusieron lo que les correspondía poner para que nosotros hayamos nacido. Y eso es cierto. Y es cierto aunque hoy día se pretenda pervertir el orden natural (originario, por tanto) de las cosas relativas al nacimiento del ser humano con las técnicas peor empleadas desde que el ser humano descubrió la ciencia y lo científico pues somos de la creencia que todo está puesto por Dios y el ser humano lo único que hace es, eso, descubrirlo con el don de la inteligencia que también le ha donado su Creador.

De todas formas, aunque sea bien cierto que son nuestro padre y nuestra madre los que, como suele decirse, nos han traído al mundo, no por eso vamos a dejar de dar un paso más: ¿Y a ellos, quién les dio la capacidad de hacer posible que un nuevo ser humano venga al mundo?

Nosotros no creemos, queremos decir los creyentes cristianos, que por el paso de miles de años “algo” que no se sabe qué ni cómo fue uniéndose con otro “algo” y, formando células originales acabaron dando lugar, no se sabe cómo (al parecer) a un ser humano. Y de ahí, ¡Hala!, todo lo que vino luego. Y es que esto no pasa de ser una teoría que carece de sentido pues no es posible lo que resulta imposible que sea, por decirlo así.

No, nosotros creemos algo que, además, es lo más lógico y lo más natural: creemos que un ser de inteligencia superior, muy superior, creó todo lo existente. Y no se trata de rebatir lo que pueda decir la ciencia a tal respecto sino de constatar algo tan elemental como el funcionamiento de todo. Y, cuando queremos decir de todo… queremos decir de todo, todo. ¿No es demasiado perfecto todo lo creado? ¿No parece responder a un “algo”  que desconocemos pero que ha de existir? ¿La casualidad o el azar puede ser el origen de todo lo existente?

Bien. Sabemos que pensar así, de forma contrario a lo último dicho, es manifestar un pensamiento, simplemente, ridículo.  Sólo el empecinamiento de aquellos que se creen por encima del bien y del mal puede hacer sostener que la creación no fue creada sino que se creó a sí misma por no se sabe qué combinaciones, durante no se sabe qué cantidad de tiempo y, en fin, con un fin que tampoco se sabe…

Estamos, pues, donde queríamos estar: Dios nos ha creado a través de nuestros padres. Y todo lo ha creado. Por eso todo funciona la mar de bien y sólo el actuar maléfico del hombre estropea lo que hay estropeado y sobre lo cual se hace innecesario poner ejemplos pues cualquiera puede verlo con, tan solo, mirar a su alrededor y, si puede, más allá. Y siendo bien cierto que habría otras muchas formas de actuar que no estropearan la creación… el caso es que hay lo que hay y sólo aprendiendo de nuestros errores seremos capaces de respetar lo que se nos ha entregado en depósito (o sea, para entregar a otros si es posible no destrozado e, incluso, mejorado…) para devolverlo a las generaciones venideras.

Por tanto: como Dios nos ha creado podríamos preguntarnos cuántas veces al día damos gracias al Todopoderoso por haber hecho las cosas como las ha hecho y no de otra manera. Y decimos de otra manera porque estamos aquí, vivos, en el siglo o mundo, porque Dios ha hecho las cosas así, porque podía hacerlas así y, en fin, porque quería hacerlas así y no de otra manera que, por cierto, hubiera sido igual de válida pero, ¡qué le vamos a hacer!, quiso hacerlo todo como lo hizo y, pues…, lo mismo si hablamos de su imagen y semejanza que somos cada uno de los seres humanos que, a lo largo de los siglos, han/hemos pisado el suelo terrestre llamado corteza pues es lo exterior de un mundo mucho más grande situado en el interior de la casa que Dios nos dio cuando quiso darla y a quien quiso dársela.

¿Somos, por tanto, bien nacidos? Y tal pregunta es una que debemos hacernos más que a menudo para no caer en situaciones de las que se pueda predicar que, en verdad, no lo somos.

Esto lo decimos porque ya dijo Cristo una pregunta terrible: “Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?” (Lc 18,8)

El caso es que la pregunta es, decimos, terrible pero la respuesta, seguramente, sea más terrible aún. 

Eleuterio Fernández Guzmán

 

  

Panecillos de meditación

Llama el Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

 

Panecillo de hoy:

 

Sólo lo bien hecho ha valido y vale la pena.

 

Para leer Fe y Obras.

 

Para leer Apostolado de la Cruz y la Vida Eterna.  

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