InfoCatólica / Eleuterio Fernández Guzmán / Archivos para: Mayo 2016, 23

23.05.16

Serie oraciones – expresiones de fe -Marta Robin: la gracia de la contemplación.

 OrarNo sé cómo me llamo…

Tú lo sabes, Señor.
Tú conoces el nombre
que hay en tu corazón
y es solamente mío;
el nombre que tu amor
me dará para siempre
si respondo a tu voz.
Pronuncia esa palabra
De júbilo o dolor…
¡Llámame por el nombre 
que me diste, Señor!

Este poema de Ernestina de Champurcin habla de aquella llamada que hace quien así lo entiende importante para su vida. Se dirige a Dios para que, si es su voluntad, la voz del corazón del Padre se dirija a su corazón. Y lo espera con ansia porque conoce que es el Creador quien llama y, como mucho, quien responde es su criatura.

No obstante, con el Salmo 138 también pide algo que es, en sí mismo, una prueba de amor y de entrega:

“Señor, sondéame y conoce mi corazón, 
ponme a prueba y conoce mis sentimientos, 
mira si mi camino se desvía,
guíame por el camino eterno”

Porque el camino que le lleva al definitivo Reino de Dios es, sin duda alguna, el que garantiza eternidad y el que, por eso mismo, es anhelado y soñado por todo hijo de Dios.

Sin embargo, además de ser las personas que quieren seguir una vocación cierta y segura, la de Dios, la del Hijo y la del Espíritu Santo y quieren manifestar tal voluntad perteneciendo al elegido pueblo de Dios que así lo manifiesta, también, el resto de creyentes en Dios estamos en disposición de hacer algo que puede resultar decisivo para que el Padre envíe viñadores: orar.

Orar es, por eso mismo, quizá decir esto:

-Estoy, Señor, aquí, porque no te olvido.

-Estoy, Señor, aquí, porque quiero tenerte presente.

-Estoy, Señor, aquí, porque quiero vivir el Evangelio en su plenitud. 

-Estoy, Señor, aquí, porque necesito tu impulso para compartir.

-Estoy, Señor, aquí, porque no puedo dejar de tener un corazón generoso. 

-Estoy, Señor, aquí, porque no quiero olvidar Quién es mi Creador. 

-Estoy, Señor, aquí, porque tu tienda espera para hospedarme en ella.

Pero orar es querer manifestar a Dios que creemos en nuestra filiación divina y que la tenemos como muy importante para nosotros.

Dice, a tal respecto, san Josemaría (Forja, 439) que “La oración es el arma más poderosa del cristiano. La oración nos hace eficaces. La oración nos hace felices. La oración nos da toda la fuerza necesaria, para cumplir los mandatos de Dios. —¡Sí!, toda tu vida puede y debe ser oración”.

Por tanto, el santo de lo ordinario nos dice que es muy conveniente para nosotros, hijos de Dios que sabemos que lo somos, orar: nos hace eficaces en el mundo en el que nos movemos y existimos pero, sobre todo, nos hace felices. Y nos hace felices porque nos hace conscientes de quiénes somos y qué somos de cara al Padre. Es más, por eso nos dice san Josemaría que nuestra vida, nuestra existencia, nuestro devenir no sólo “puede” sino que “debe” ser oración.

Por otra parte, decía santa Teresita del Niño Jesús (ms autob. C 25r) que, para ella la oración “es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría”.

Pero, como ejemplos de cómo ha de ser la oración, con qué perseverancia debemos llevarla a cabo, el evangelista san Lucas nos transmite tres parábolas que bien podemos considerarlas relacionadas directamente con la oración. Son a saber:

La del “amigo importuno” (cf Lc 11, 5-13) y la de la “mujer importuna” (cf. Lc 18, 1-8), donde se nos invita a una oración insistente en la confianza de a Quién se pide.

La del “fariseo y el publicano” (cf Lc 18, 9-14), que nos muestra que en la oración debemos ser humildes porque, en realidad, lo somos, recordando aquello sobre la compasión que pide el publicano a Dios cuando, encontrándose al final del templo se sabe pecador frente al fariseo que, en los primeros lugares del mismo, se alaba a sí mismo frente a Dios y no recuerda, eso parece, que es pecador.

Así, orar es, para nosotros, una manera de sentirnos cercanos a Dios porque, si bien es cierto que no siempre nos dirigimos a Dios sino a su propio Hijo, a su Madre o a los muchos santos y beatos que en el Cielo son y están, no es menos cierto que orando somos, sin duda alguna, mejores hijos pues manifestamos, de tal forma, una confianza sin límite en la bondad y misericordia del Todopoderoso (¡Alabado sea por siempre!).

Esta serie se dedica, por lo tanto, al orar o, mejor, a algunas de las oraciones de las que nos podemos valer en nuestra especial situación personal y pecadora.

Durante las semanas que Dios quiera vamos a traer a esta serie palabras de la Venerable Marta Robin contenidas en el libro “Ce que Marthe leur a dit” escrito por el postulador de la Causa de Canonización y por la vice postuladora, a la sazón, el sacerdote P. Bernard Peyrous y Marie-Thérèse Gille.

   

Serie Oraciones – Expresiones de fe: Marta Robin – La gracia de la contemplación

 

“¡Oh, sí, hace falta pedirle, esta gracia de la contemplación! El Señor quiere darla. Estamos todos llamados a la contemplación”.                                   

La oración de contemplación supone quedarse a solas con Dios. A tal respecto, Santa Teresa de Jesús dice sobre la misma que hay que entrar en nuestro interior porque tenemos:

“Al Emperador del cielo y de la tierra en tu casa… no ha menester alas para ir a buscarle, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí… Llámase recogimiento porque recoge el alma todas las potencias (voluntad, entendimiento, memoria) y se entra dentro de sí con su Dios".

El caso es que la contemplación es un instrumento espiritual de vital importancia para el creyente católico porque, sin la misma, algo nos falta.

Pues bien, la Venerable Marta Robin, que conoce muy bien este instrumento espiritual, no olvida que el mismo ha de estar al alcance de todos sus hermanos los hombres.

La contemplación, sin embargo, es una gracia de Dios. Se quiere decir con eso que no es algo que obtenemos, ni siquiera, con esfuerzo porque queremos como algo, simplemente, voluntarista. No. Y no lo es porque, como gracia de Dios es el Todopoderoso quien la concede y quien, en último término, gusta concederla.

La importancia de la contemplación radica, sobre todo, en permanecer cerca del corazón del Creador. Pero, como decimos, es una gracia. Por eso podemos buscar a Dios en la oración de silencio (que también se llama así a la contemplación) pero el mismo don, la gracia, de la contemplación es cosa exclusiva de Dios.

Pues bien, Marta Robin, que sabe esto, menciona esto de que sea necesario “pedir” al Señor la gracia de la contemplación. Y sabe que debemos pedirla, primero, porque nos es necesaria y, en segundo lugar, porque el Señor está dispuesto a darla con profusión… a quien se la pida.

Y es que, como ella misma dice, todos estamos llamados a la contemplación. Lo que falta es que queremos hacer uso abundante de ella y que, primero, la pidamos a Dios.

El caso es que la Venerable francesa se acoge a la bondad y misericordia del Todopoderoso que sólo quiere lo mejor para sus hijos. Por eso no ignora ella que Dios siempre está dispuesto a beneficiarnos y si es con una gracia con la de la contemplación con la que estamos más cerca de Él… no puede negarla ni, además, quiere negarla.

De todas formas, el anhelo de Marta Robin es que hagamos nuestro el contenido de lo que supone la contemplación que no es otro que descubrirla Voluntad de Dios en nuestra vida, hacernos dóciles a la misma y, por último, llegar hasta tal punto a estar unidos con el Creador que no sea nuestra voluntad la que prevalezca sino la Suya.

Al fin al cabo, sería hacer nuestro aquello de San Pablo acerca de que es Cristo quien vive en nosotros, no ya nosotros. 

 

Eleuterio Fernández Guzmán

 Nazareno

 

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Panecillos de meditación

Llama el Beato Manuel Lozano GarridoLolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

Panecillo de hoy:

Dirigirse a Dios es un privilegio que sólo tienen aquellos que creen en el Todopoderoso (¡Alabado sea por siempre!). Debemos hacer, por tanto, uso de tal instrumento espiritual siempre que seamos capaces de darnos cuenta de lo que supone.

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