La secta del “porno yoga”, al descubierto en Portugal

El punto de partida fue una escuela de yoga y tantra aparentemente normal en Lisboa. Gregorian Bivolaru (a la derecha en la foto superior), líder de la secta, huyó de la policía durante años, pero fue detenido en 2023 y aún está a la espera de juicio. Así empieza el largo reportaje que ha publicado el diario portugués Observador, firmado por Mariana Marques Tiago y Tânia Pereirinha, y que reproduciremos en dos partes en el blog de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas (RIES).

La detención del gurú prófugo

Son poco más de las 6 de la mañana. Es el 28 de noviembre de 2023 y en París, a pocos kilómetros de la Torre Eiffel, más de un centenar de agentes de la Policía Judicial francesa están ocultos, esperando la orden de avanzar. Llevan esperando este momento alrededor de un año y medio: su misión es detener a un hombre buscado desde hace mucho tiempo por las policías de varios países.

Gregorian Bivolaru es sospechoso de tráfico de seres humanos, secuestro y «abuso de personas vulnerables». Algunas de sus presuntas víctimas eran jóvenes portuguesas, reclutadas en una escuela de yoga en el centro de Lisboa. Sus historias se cuentan ahora en el nuevo Podcast Plus de Observador, «Os Segredos da Seita do Yoga» (Los secretos de la secta del yoga).

Desde 2022, el gurú del yoga estaba siendo investigado por la MIVILUDES, la agencia gubernamental francesa encargada de vigilar y combatir las derivas sectarias, supervisar el crecimiento de fenómenos de intolerancia o grupos extremistas.

En el verano de ese año, la organización recibió denuncias de 12 exmiembros del movimiento MISA (Movimiento de Integración Espiritual en el Absoluto), la organización creada por Gregorian Bivolaru en 1990. Denunciaban haber sido víctimas de abusos y explotación por parte de Bivolaru y su movimiento en los últimos años.

A partir de ahí, las autoridades francesas se centraron en capturar al gurú y, en la operación de noviembre de 2023, finalmente lo consiguieron. En un ataque sincronizado, los agentes entraron simultáneamente en ocho lugares de la capital francesa y en uno de ellos, un apartamento de dos habitaciones con el número 228, encontraron a Gregorian Bivolaru.

El gurú, junto con 40 de sus seguidores, fue detenido y puesto en prisión preventiva, donde permanece hoy en día, ya que en Francia esta medida coercitiva puede aplicarse durante cuatro años. Ahora tiene 73 años y sigue a la espera de la acusación formal y el juicio.

Una secta activa en Portugal

Las ramificaciones de Gregorian Bivolaru (o Grieg, como algunos seguidores lo llamaban) y del movimiento internacional de yoga que fundó llegaron a Portugal 14 años antes de que el gurú fuera detenido. Corría el año 2009 cuando se inauguró en el centro de Lisboa Natha – Escuela Espiritual de Yoga y Tantra.

Vera (nombre ficticio) entra en este espacio poco después. Había terminado recientemente la carrera, pero se encontraba en una situación delicada, recuperándose de un agotamiento. Provenía de una familia desestructurada y, cuando el hombre con el que hablaba en un foro de espiritualidad la lleva a conocer este espacio, Vera encuentra un lugar de paz, donde se siente verdaderamente acogida.

Lara (nombre ficticio) tuvo la misma sensación cuando, unos años más tarde, también se unió a Natha. «El ambiente era siempre muy acogedor y amistoso» y sentía «que había encontrado un lugar que era como un pequeño… paraíso, un lugar muy diferente», cuenta. Lo que Lara y Vera no sabían en ese momento, y tardarían algunos años en comprender, es que eso sólo sería el comienzo de una serie de pasos que, con el tiempo, las llevarían a integrarse en una secta.

En organizaciones como la que creó Gregorian Bivolaru, el love bombing (o bombardeo de amor, en español) inicial es «demasiado evidente» y tiene como objetivo atraer a nuevas personas al grupo y retenerlas allí, explica António Madaleno. Este especialista portugués en sectas destructivas detalla que esta es la primera de muchas fases a las que se someten las personas cuando entran en una secta.

Una entidad que rehúye la transparencia

En el contexto de esta investigación periodística, Observador se puso en contacto con Natha — Escuela Espiritual de Yoga y Tantra. La dirección de la escuela rechazó la solicitud de entrevista. Más tarde, aceptó responder a varias preguntas, pero sólo por escrito, a través del correo electrónico.

Observador también intentó hablar con Gregorian Bivolaru a través de sus representantes legales, pero nunca obtuvo respuesta. También contactó con la Federación Atman, la organización internacional creada por Bivolaru, que agrupa a las escuelas de yoga repartidas por varios países.

La Federación no respondió directamente a las preguntas que se le plantearon, optando por enviar un comunicado. En dicho texto, refuta «todas las acusaciones formuladas contra miembros afiliados, profesores y alumnos». Recuerda además que «la investigación aún está en curso y que no existe ninguna acusación, y mucho menos una condena».

Aún hoy, Gregorian Bivolaru es mencionado en la página web de la escuela de yoga y tantra de Lisboa como «un ser absolutamente excepcional, un verdadero maestro espiritual vivo». En respuesta a las preguntas de Observador, la escuela reconoce que sigue varias de las enseñanzas de Bivolaru. Y declara que «la mención ‘maestro espiritual vivo’ debe entenderse en ese contexto filosófico y espiritual, y no como una validación personal de comportamientos o acontecimientos ajenos a la práctica y las enseñanzas del yoga».

Del yoga a las posturas sexuales

La mayoría de los alumnos que se unían a Natha comenzaban inscribiéndose en clases de yoga, donde se les enseñaban posturas (llamadas «asanas») y también algo de teoría. Pero era casi inevitable que, tarde o temprano, muchos acabaran inscribiéndose en clases de tantra, consideradas como un complemento.

Al igual que el yoga, el tantra es también una práctica milenaria. Se describe como una filosofía de vida que busca la expansión de la conciencia y que acepta el cuerpo y el placer como caminos sagrados para la unión con lo divino.

En las clases de tantra se enseñaban más posturas y más teoría, así como técnicas que los alumnos debían poner en práctica con sus respectivas parejas, siempre en privado. También se enseñaban las primeras reglas: no se permitía el sexo.

Los alumnos sólo podían hacer el amor, nunca sexo. Es decir, las relaciones sexuales sólo debían tener lugar entre personas que tuvieran una conexión emocional o amorosa. Además, todos debían practicar la llamada contención sexual, evitando eyacular y preservando así la energía considerada vital.

“Había muchas reglas”

Pero para los alumnos que realmente querían evolucionar espiritualmente, el paso más adecuado era unirse al ashram, una casa donde los hombres y mujeres miembros de la escuela vivían en comunidad. Y allí sí, «había muchas, muchas reglas», dice Vera.

Cuenta que había, por ejemplo, «un cuaderno donde figuraba cada día del mes y el nombre de todas las personas que vivían allí»: «Teníamos que anotar cuántas horas de yoga hacíamos al día. A quien hiciera menos de dos horas al día le llamaban la atención».

Además, no podían comer carne ni pescado, no podían fumar, beber café ni consumir drogas. De lo contrario, se les advertía de que estaban «bajando el egregor de la clase».

Algunos alumnos tenían acceso a determinadas técnicas, transmitidas por los profesores en iniciaciones secretas. Pero había un detalle: cada iniciación debía ir precedida obligatoriamente de un juramento sobre la Biblia, lo que normalizaba la costumbre de guardar secretos sobre todo.

Un ritmo vital frenético

Quienes vivían en el ashram también tenían que desempeñar diferentes funciones, que se dividían en una escala. Las tareas incluían el trabajo doméstico, hacer las compras para el grupo, estar de servicio en la recepción de la escuela y traducir libros o artículos.

Y antes de acostarse tenían que asistir a la llamada meditación familiar. Todo esto, además de los trabajos que algunos tenían fuera de la escuela (y que muchos acababan dejando).

La gestión familiar también se hacía cada vez más difícil: «¡Era imposible tener vida personal! Ni siquiera para la familia quedaba mucho tiempo. Los fines de semana siempre había un retiro o un curso», recuerda Vera.

El aislamiento social al que se sometía deliberadamente a los alumnos era sólo otra forma de controlarlos, afirma António Madaleno. «La vida gira las 24 horas del día en torno al propio grupo» y lo cierto es que al ser humano le gusta sentirse incluido, «no queremos desentonar del grupo en el que estamos».

Y explica que «en estas situaciones, el sentido crítico de las personas comienza a disminuir». «La persona empieza a creer que sólo ese grupo tiene el conocimiento que puede ayudarla a crecer (…) y todo ello hará que la persona se involucre cada vez más con el grupo», añade.

Se sometían a “hacer cualquier cosa” para evolucionar espiritualmente

El mismo año en que Lara se une a la escuela, Beatriz (nombre ficticio) también lo hace, pero por motivos diferentes: cree que hay más en la vida que el camino habitual de casarse y tener hijos, por lo que intenta profundizar sus conocimientos en yoga, viéndolo como un «camino espiritual». Es la tercera mujer portuguesa que cuenta su historia en el podcast.

A medida que asistía a las clases en Natha, Beatriz se sentía cada vez más encantada con todas las enseñanzas, por lo que no tardó en querer unirse al ashram. Dice que la escuela despertó en ella el deseo de aprender cada vez más.

«Al principio, juntas algunas técnicas [de yoga], entrenas, ves los efectos y te maravillas. Quieres más, quieres profundizar cada vez más en tu experiencia», cuenta, y explica que cualquier aprendizaje siempre tenía una conexión con el tantra, lo que, en su opinión, lo hacía todo aún más «cautivador».

El problema es que, para ir siempre más allá y profundizar cada vez más en sus conocimientos, las personas acababan «sometiéndose a hacer cualquier cosa». Y aquí es donde surge la idea de las iniciaciones secretas, técnicas a las que sólo determinadas personas —previamente elegidas— podían tener acceso, y que eran transmitidas por profesores o por el propio gurú.

Se les decía que habían sido elegidas por ser «especiales» y que las iniciaciones permitían la evolución espiritual. Al principio, se hacían para cosas más simples, como dar abrazos o aprender a relajarse. Pero había un detalle: cada iniciación debía ir precedida obligatoriamente de un juramento sobre la Biblia.

Y así, los alumnos, desde los primeros días, empezaban a crear el hábito de guardar secretos. Las alumnas hacían juramentos para cualquier técnica y, si se atrevían a contar lo que habían aprendido, «todos los monstruos y demonios vendrían tras ellas para hacerles todo el mal de la vida», recuerda Beatriz.

El juramento decía que «si alguna vez contaba lo que había pasado, era una mujer larval e ignorante. Y mi evolución espiritual se detendría y tendría problemas de salud», añade Lara. La antigua alumna admite que durante mucho tiempo temió sufrir de alguna manera por haber roto sus juramentos.

Vera reconoce ahora que «las peores cosas que suceden en este mundo comienzan con un secreto y un juramento». Porque a partir del momento en que los juramentos y los secretos se normalizaron, se abrió la puerta a la falta de comunicación entre compañeros y quienes compartían habitación. Y de repente, los alumnos encontraban cada vez más normal no hacer preguntas sobre nada, ni siquiera sobre la ausencia de determinados miembros.

[Continuará en la segunda parte]

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