(109) La Madre de Dios no es "una cualquiera"!
Más de una vez he sostenido que el acostumbramiento es una de las más graves amenazas que sufre la Iglesia, cuando los católicos creen que deben amoldarse a todo, comprender todo, agachar la cabeza ante todo y todos, porque todo es comprensible, justificable, perdonable, digno de ser mirado con indulgencia… Pero en medio de la “volteada”, muchos se van cansando, y urge que alguien tenga misericordia de aquellos que se cansan.
Un ejemplo que ilustra lo que decimos arriba es el caso de un anciano sacerdote salesiano, Pedro Marano s.d.b., de la diócesis de San Miguel, a quien “le gusta” oficiar las misas de modo cuasi payasesco, que comete regularmente abusos litúrgicos de diverso tenor (tomar gaseosa en medio de la misa, no usar la casulla ni en broma, permanecer sentado mientras un ministro es quien distribuye la comunión -sin impedimento para estar de pie el resto de la Misa-, y hasta –alguna vez he sido testigo- cambiar la lectura del Evangelio por una glosa “campechana” relatada por él mismo, aduciendo que el texto bíblico era “complicado”…) , pero que junto a una supuesta gran devoción por la Madre de Dios, se goza en la insistencia sobre su condición humilde…y con este pretexto, llega a decir barbaridades blasfemas, que si no escandalizan, al menos confunden gravemente a los fieles, habituándolos a un lenguaje completamente inapropiado para referirse a Ella.


No se sorprenda el lector. Si ha habido tantos “honorables invitados” a este Sínodo que nos han dejado con la boca abierta, y tantos personajes que uno creería que no podrían haber estado jamás como consejeros papales, y sin embargo, siguen soltando ocurrencias a cuál más mundana sin que se los haya hecho callar, porque lo importante era el diálogo sincero... Si ni siquiera tuvieron empacho en recibir al Papa en la sala Pablo VI hace unos días, al son de “Heal the Word”, (himno de Michael Jackson cuya elocuente letra por un mundo unido pueden ver
Si por algo se viene caracterizando hace unas décadas la Iglesia en Argentina es por la sensación de formar una suerte de “iglesia nacional”, en la que no sólo se hace lo que a cada uno le place en materia de liturgia, sino que también el calendario se va acomodando “a piacere”, eso sí: siempre anteponiendo excusas relativas a un presunto carácter misionero, como si éste se pudiera contraponer al sentir católico-universal.
Una y otra vez, cuando miramos a nuestro alrededor y nos oprimen el pecho muchas situaciones desgraciadas, muchas tormentas y desvíos, muchas cruces que se alzan en lo alto del Calvario de la Iglesia, surge la misma pregunta: ¿qué hacer?… gritar, llorar, correr… Las respuestas serán variadas, según lo que Dios haya dado a cada uno, pero hay una actitud que es irrenunciable, porque Nuestra Señora nos la señala, inquebrantable: