(391) "La cuestión central respecto a la F.S.S.P.X" Por Mons. A. Schneider

Sin el menor ánimo de atizar polémicas, sino a fin de dar espacio en un sitio católico a un obispo católico que vuelve a interceder sobre esta cuestión que llevaría una nueva herida al Corazón de Cristo, publicamos la reciente reflexión de Mons. Schneider sobre la amenaza de excomunión por las próximas ordenaciones de la FSSPX, cuya fuente puede verse aquí.
Porque debemos admitir que muchos se apresuran a señalar el riesgo del cisma, pero sin duda éste no constituiría una posibilidad si no existiera de parte de Roma la amenaza de excomunión, que no existe ni remotamente para organizaciones francamente heréticas que campean a sus anchas por todo el orbe católico, y esta contradicción es insoportablemente lacerante para muchos hijos fieles de la Iglesia.
Por nuestra parte, rogamos sinceramente por la unidad de la Iglesia, suplicando Caridad en la verdad íntegra de la Fe revelada.
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LA CUESTIÓN CENTRAL RESPECTO A LA FRATERNIDAD SACERDOTAL SAN PÍO X
Por el Obispo Athanasius Schneider
Las preguntas y problemas relacionados con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) han sido objeto de un debate, en gran medida infructuoso, durante más de cincuenta años y ahora han culminado en las consagraciones episcopales anunciadas, que aún no han sido aprobadas por la Santa Sede. La discusión ha sido alimentada por la emoción —a menudo, literalmente cum ira et studio, y es frecuentemente llevada a cabo por personas que carecen de familiaridad directa con los documentos relevantes o de experiencia personal con la FSSPX. En muchos casos, su conocimiento es superficial y está moldeado por juicios preconcebidos. Como resultado, el debate a menudo se asemeja a un diálogo de sordos, en el que los mismos argumentos se repiten sin fin y sin ningún progreso significativo.
Además, el debate elude en gran medida el problema central planteado por la FSSPX.
Este fracaso se deriva de un error metodológico fundamental y de una falta de justificación basada en hechos, con respecto a las ambigüedades doctrinales y litúrgicas objetivas que se encuentran en el corazón de la controversia.
En su núcleo, el conflicto gira en torno a la cuestión de la verdad.
1. El Vaticano II en el contexto de los otros veinte Concilios Ecuménicos:
El primer error consiste en tratar un concilio pastoral —en este caso, el Concilio Vaticano II— como si fuera enteramente dogmático, y presuponer que todas sus declaraciones deben ser consideradas como propuestas de manera definitiva y vinculantes para todos los católicos.
Quienes lo hacen, pasan por alto que el propio Pablo VI afirmó: “Hay quienes se preguntan qué autoridad, qué calificación teológica quiso dar el Concilio a sus enseñanzas, sabiendo que evitó emitir definiciones dogmáticas solemnes que comprometieran la infalibilidad del Magisterio eclesiástico. La respuesta es conocida por quien recuerde la declaración conciliar del 6 de marzo de 1964, repetida el 16 de noviembre de 1964: dado el carácter pastoral del Concilio, evitó pronunciar, de manera extraordinaria, dogmas dotados de la nota de infalibilidad.” (Audiencia General, 12 de enero de 1966).
Esto se aplica también a las dos constituciones “dogmáticas” del Concilio, Dei Verbum y Lumen gentium, ya que el adjetivo “dogmático” posee un significado más amplio y no se limita a dogmas entendidos como enseñanzas dotadas de infalibilidad.
Entre los otros veinte concilios ecuménicos, uno encuentra numerosas declaraciones y documentos pastorales o disciplinarios que ya no son aplicables hoy en día (p. ej., el decreto del Cuarto Concilio de Letrán que establece: “Si un señor temporal descuida limpiar su territorio de la inmundicia herética, será atado con el vínculo de la excomunión”), así como declaraciones doctrinales no definitivas (p. ej., sobre la materia y forma del sacramento del Orden Sagrado del Concilio de Florencia) que fueron posteriormente corregidas por el Magisterio de la Iglesia.
No se puede absolutizar toda forma histórica concreta de liderazgo eclesiástico, porque hacerlo eliminaría la distinción necesaria entre, por un lado, las verdades de fe inmutables y perdurables (Depositum Fidei) y, por otro, los diversos modos en que esas verdades son transmitidas (p. ej., una declaración pastoral, una declaración doctrinal no definitiva o una definición ex cathedra), cada uno de los cuales conlleva un grado diferente de autoridad y fuerza vinculante.
Hoy, sin embargo, para estar en plena comunión con la Santa Sede, uno debe aceptar aquellas afirmaciones y enseñanzas del Vaticano II que son pastorales y ciertamente no definitivas en términos de su naturaleza magisterial.
Esto plantea una pregunta importante:
¿Por qué la aceptación incondicional de los textos del Vaticano II se presenta como una conditio sine qua non para la plena comunión con la Santa Sede, mientras que no existe un requisito comparable con respecto a las enseñanzas pastorales, disciplinarias o no definitivas de los veinte Concilios Ecuménicos precedentes?
Entre las enseñanzas no definitivas del Vaticano II hay varias —particularmente aquellas relativas a la libertad religiosa, el ecumenismo, el diálogo interreligioso y la colegialidad— cuyas formulaciones son ambiguas y difíciles de reconciliar con las doctrinas enseñadas consistentemente por el Magisterio desde la era de los Padres de la Iglesia hasta el período inmediatamente anterior al Concilio. También está la cuestión de las deficiencias rituales y doctrinales del Novus Ordo Missae. Tales preocupaciones ya no pueden ser descartadas de plano, como lo demuestra, por ejemplo, el testimonio del Arquimandrita Boniface Luykx, en su libro A Wider View of Vatican II: Memories and Analysis of a Council Consultor (Angelico Press, Brooklyn, NY, 2025). Los defectos del Novus Ordo Missae siguen siendo un asunto de seria discusión y no pueden simplemente ser ignorados. Sin embargo, la Santa Sede está pidiendo a la FSSPX que acepte no solo la validez sino también la legitimidad y la bondad de la reforma litúrgica en el Novus Ordo Missae.
2. Dos excesos modernos en la vida de la Iglesia: legalismo y papocentrismo.
La resolución de la cuestión de la FSSPX se ve obstaculizada no solo por la reticencia a confrontar, con honestidad intelectual, las cuestiones doctrinales subyacentes y a reconocer la existencia de ambigüedades doctrinales que requieren corrección, sino también por una mentalidad insalubre que se ha desarrollado dentro de la Iglesia durante los últimos siglos: a saber, la primacía del legalismo o positivismo jurídico, junto con un papocentrismo excesivo que se aproxima a una cuasidivinización tanto del oficio como de la persona del Papa. Estas exageraciones modernas distorsionan y limitan la vida de la Iglesia al subordinar la primacía de la pureza y claridad de la fe y la liturgia a las demandas del legalismo y el papocentrismo, un fenómeno ajeno a los Padres de la Iglesia y a la gran tradición.
En esta forma exagerada de papocentrismo, el Papa y su magisterio, incluso cuando no son estrictamente dogmáticos o definitivos, tienden a ser tratados como si poseyeran un carácter absoluto y cuas-idivino. El clima eclesial ha sido moldeado a menudo, al menos implícitamente, por suposiciones que se aproximan a tales actitudes. La mayoría de los comentaristas de la controversia actual en torno a las consagraciones episcopales de la FSSPX siguen, a menudo sin saberlo, influenciados por los excesos del legalismo y el papocentrismo exagerado que caracterizan gran parte de la vida eclesial contemporánea.
La ley de que las consagraciones episcopales llevadas a cabo sin autorización papal —o en contra de la voluntad expresa del Papa— constituyen un acto cismático, era ajena a la era de los Padres de la Iglesia. De hecho, esta ley solo entró en vigor en el segundo milenio. El canon 1387 del Código de Derecho Canónico de 1983, que prohíbe la consagración de un obispo sin mandato pontificio, está clasificado entre los “Delitos contra los Sacramentos”, en lugar de entre los “Delitos contra la Fe y la Unidad de la Iglesia”, donde se penaliza el cisma (can. 1364). Si la consagración episcopal sin mandato pontificio fuera intrínsecamente cismática, estaría ubicada entre los delitos “contra la Unidad de la Iglesia”. El canon correspondiente en el Código de 1917 fue igualmente incluido entre los “Delitos en la Administración y Recepción de Órdenes y otros Sacramentos” (Título XVI), y no entre los “Delitos contra la Fe y la Unidad de la Iglesia” (Título XI).
3. El estado extraordinario de crisis, e incluso emergencia, en la Iglesia
Desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica ha estado experimentando un clima de ambigüedad general, vaguedad e incertidumbre con respecto a doctrinas importantes como la unicidad de Cristo Redentor, la unicidad de la Iglesia Católica, la estructura monárquica de la Iglesia divinamente establecida (a nivel universal y local), y el carácter sacrificial de la Santa Misa.
Es inequívocamente evidente que quienes han ostentado el poder administrativo en la Santa Sede durante las últimas décadas, y aún lo ostentan hoy, exigen a la FSSPX como una conditio sine qua non para la plena comunión con la Santa Sede la aceptación del clima de facto de ambigüedad y relativismo doctrinal y litúrgico, el cual ha alcanzado su punto máximo con el actual, y extremadamente confuso, proceso sinodal en toda la Iglesia.
Desde el Concilio, con algunas de las enseñanzas ambiguas mencionadas, ha estado en marcha un proceso para establecer, con la autoridad del Romano Pontífice, una supuesta “Iglesia del Vaticano II” o la “Iglesia Conciliar”. Esta tendencia, en nuestros días bajo el nuevo nombre de “Iglesia Sinodal”, pretende ser básicamente una religión relativista adaptada al mundo. Los intentos de disimular esta nueva tendencia hacia una forma ambigua, relativista y mundana de la Iglesia Católica mediante una hermenéutica de la continuidad son deshonestos y poco convincentes.
4. El dilema de conciencia de la FSSPX
La Santa Sede exige a la FSSPX que acepte doctrinas formuladas de manera ambigua y no definitivas como una conditio sine qua non para la plena comunión con la Santa Sede y para recibir la regularización canónica. Estas incluyen enseñanzas concernientes a la libertad religiosa, el ecumenismo, el diálogo interreligioso (incluyendo, p. ej., la declaración de Lumen Gentium 16 de que los musulmanes, junto con los católicos, “adoran al Dios único y misericordioso”), la colegialidad episcopal (entendida de una manera que disminuye la estructura monárquica divinamente instituida de la Iglesia) y las reformas litúrgicas asociadas con el Novus Ordo Missae.
La Santa Sede también exige a la FSSPX que reconozca formalmente las declaraciones y enseñanzas de los Papas posconciliares que pertenecen al llamado magisterio auténtico y diario. Estas incluyen, por ejemplo, ciertas afirmaciones en Amoris Laetitia que socavan gravemente e incluso contradicen la Revelación Divina; el permiso formal del Papa Francisco para que las personas divorciadas y vueltas a casar reciban la Sagrada Comunión; y la Declaración sobre las bendiciones para parejas del mismo sexo, Fiducia Supplicans.
Si se examina con honestidad intelectual la extraordinaria crisis que ha afligido a la Iglesia desde el Concilio —junto con las ambigüedades y el relativismo doctrinal, litúrgico y pastoral que la han acompañado— entonces la existencia y actividad de la FSSPX puede ser vista, desde una perspectiva a largo plazo y a la luz de los dos mil años de historia de la Iglesia, como una obra de la divina providencia y como una fuente de ayuda a la Iglesia durante una crisis de magnitud sin precedentes.
Al leer los recientes documentos emitidos por el Superior General de la FSSPX, el Padre Davide Pagliarani, en particular la Declaración de Fe Católica y su Mensaje a la Hermandad y sus fieles (adjuntos a continuación), uno no puede dejar de notar un espíritu profundamente católico, imbuido de una verdadera fe en el primado papal y de una devoción filial hacia la persona del Sumo Pontífice.
El problema que enfrenta la FSSPX no es difícil de entender. La Santa Sede exige que la FSSPX acepte, sin objeción sustancial, ciertas enseñanzas del Concilio Vaticano II objetivamente ambiguas y no definitivas, declaraciones ambiguas del magisterio papal posconciliar y fallas doctrinales y rituales objetivas en el Novus Ordo. Sin embargo, Dios nunca ha exigido la aceptación de doctrinas que son poco claras o están formuladas de manera ambigua, y a lo largo de su historia la Iglesia siempre ha actuado en consecuencia.
La FSSPX considera como una de sus razones esenciales de existencia hacer un llamado, con parresía, a un retorno a la absoluta claridad y pureza de la doctrina que la Iglesia siempre ha buscado preservar a lo largo de los siglos. En el pasado, los Romanos Pontífices soportaron persecución, martirio e incluso cismas antes que tolerar la más mínima ambigüedad en la expresión de la fe. Entre los ejemplos más notables se encuentran el rechazo del término ambiguo homoiousios; el rechazo del Henotikon, que, aunque no era formalmente herético, socavaba la claridad de la doctrina cristológica y facilitaba la propagación del monofisismo; y el rechazo de las ambiguas formulaciones cristológicas del Papa Honorio I (+638). Varios Papas condenaron a Honorio I póstumamente, no por herejía, sino por ambigüedad doctrinal y por haber ayudado a la propagación de la misma.
La unidad no es, en sí misma, el criterio último de la verdad. La historia de la Iglesia conoce numerosas situaciones en las que existieron tensiones entre la tradición y el ejercicio real de la autoridad eclesiástica. El mero hecho de que ciertas enseñanzas del Concilio Vaticano II, junto con la reforma litúrgica, hayan dado lugar —y sigan dando lugar, tanto en la teoría como en la práctica— a un debilitamiento de la claridad doctrinal obliga al Papa, siguiendo el ejemplo de muchos de sus heroicos predecesores, a aclarar y, donde sea necesario, enmendar estas enseñanzas. Esto debería hacerse con una precisión y claridad doctrinal renovadas de tal modo que no quede espacio para interpretaciones ambiguas o erróneas. A este respecto, el siguiente principio, que ha guiado durante mucho tiempo a los Romanos Pontífices, sigue siendo más relevante que nunca:
“La ambigüedad nunca puede ser tolerada en un Sínodo (Concilio), cuya principal gloria consiste sobre todo en enseñar la verdad con claridad y excluir todo peligro de error” (Pío VI, Auctorem fidei).
La tragedia de la situación actual es que la Santa Sede exige a la FSSPX que acepte el estado existente de ambigüedad doctrinal y litúrgica como una conditio sine qua non para la plena comunión y la regularización canónica.
Durante la controversia monotelita, cuando el Papa Honorio I adoptó una postura ambigua, el santo Patriarca Sofronio de Jerusalén envió a su sufragáneo, Esteban, Obispo de Dor, a Roma, instruyéndolo para que fuera a la Sede Apostólica, donde se encuentran los fundamentos de la doctrina ortodoxa, y que no cesara de rezar y pedir hasta que las autoridades examinaran y condenaran el novedoso error. El obispo Esteban permaneció en Roma durante diez años, perseverando en esta misión hasta que presenció la condena de la herejía por el Papa Martín I en el Concilio de Letrán del 649.
En cierto sentido, la FSSPX está cumpliendo un papel similar hoy, instando incesantemente a la Santa Sede a poner fin a la situación de ambigüedad e incertidumbre doctrinal y litúrgica. La FSSPX ha declarado en repetidas ocasiones que no tiene otra intención que formar a las almas encomendadas a su cuidado pastoral como buenos cristianos y verdaderos hijos e hijas de la Iglesia Romana. En última instancia, uno debería estar agradecido a la FSSPX por este papel; los futuros Papas ciertamente lo estarán.
5. La solución pastoral del Papa al problema de la FSSPX
La Santa Sede debería dar la debida consideración a la Declaración de Fe Católica y al Mensaje a los Fieles emitidos por el Superior General de la FSSPX, y debería reconocer estos documentos y actos como suficientes, y que satisfacen las condiciones mínimas, para la comunión eclesial. Una excomunión en el momento actual abriría una nueva herida, innecesaria y evitable, en el Cuerpo Místico de Cristo. A la luz de estos documentos y actos de la FSSPX, el Papa, con su corazón paterno, podría hacer una excepción y permitir las consagraciones episcopales a través de un gesto pastoral verdaderamente generoso. Al imponer una excomunión a los obispos consagrantes y consagrados, el Supremo Pontífice estaría castigando implícitamente también a los fieles de la FSSPX —una porción de su rebaño— que lo aman y reconocen sinceramente, pero que, a causa de lo que perciben como un genuino dilema de conciencia, no ven otra alternativa que seguir siendo asistidos pastoralmente por la FSSPX, para cuya existencia el episcopado sigue siendo indispensable, particularmente para la administración de los sacramentos del Orden Sagrado y la Confirmación.
Por lo tanto, únicamente por el bien de las almas y el bien de la Iglesia, la FSSPX está pidiendo que el Supremo Pontífice muestre comprensión, bajo las presentes circunstancias, por su necesidad de tener obispos y permita las consagraciones episcopales. Lamentablemente, a pesar de lo que esta considera un dilema de conciencia objetivo, la FSSPX es, en su mayor parte, caracterizada como cismática y orgullosa. Con espíritu de magnanimidad, el Supremo Pontífice, como verdadero padre, podría tender un puente hacia la FSSPX, esta porción de su rebaño, y permitir las consagraciones episcopales de forma excepcional con el fin de fomentar un clima en el que, mediante una mayor confianza mutua, pueda encontrarse paciente y gradualmente una solución a las cuestiones doctrinales y a los correspondientes arreglos jurídicos. La Iglesia sinodal de nuestros días debería ser capaz de tal amplitud y generosidad pastoral. A la luz de las muchas y generosas declaraciones e iniciativas ecuménicas de las últimas décadas, debería asimismo demostrar su capacidad para abordar un grave problema eclesial mediante el diálogo, la paciencia y la comprensión dentro de la Iglesia Católica.
Recientemente, el cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado del Vaticano, afirmó que, con respecto a las desviaciones de los obispos alemanes, la Santa Sede no desea que las divisiones escalen a medidas punitivas, enfatizando que los problemas dentro de la Iglesia deben, siempre que sea posible, resolverse pacíficamente. ¿Por qué este enfoque no habría de aplicarse también a la FSSPX, que no niega ningún dogma, reconoce la primacía del Papa, reza por él y le profesa devoción filial, mientras preserva únicamente lo que la Iglesia creyó y celebró universalmente hasta el Concilio? Al mismo tiempo, el Camino Sinodal alemán ha avanzado en claras desviaciones doctrinales que promueven herejías de facto e incluso posiciones blasfemas. ¿Por qué, entonces, deberían enfatizarse la reconciliación y el diálogo paciente en un caso, pero no en el otro?
Si, este año, el Papa pronunciara una excomunión, un nuevo anatema, sobre los obispos consagrantes y consagrados, pasaría a la historia de la Iglesia como un error de excesiva severidad pastoral. Las generaciones futuras y los futuros Papas llegarían a lamentarlo. ¿Por qué debería hacer el Papa hoy lo que las generaciones futuras podrían lamentar mañana? ¿Acaso no deberíamos aprender de la historia? ¿No está el Papa, como Supremo Pontífice, llamado por sobre todo a ser un constructor de puentes?
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Archivos adjuntos: 1) Entrevista con el Superior General de la Hermandad Sacerdotal San Pío X del 5 de febrero de 2026; https://fsspx.news/en/news/interview-superior-general-priestly-society-saint-pius-x-57064 2) Un Mensaje a los Fieles y Amigos de la Hermandad Sacerdotal San Pío X del 7 de marzo de 2026: https://fsspx.org/en/news/episcopal-consecrations-what-fr-pagliarani-told-members-society-saint-pius-x-59250 3) Declaración de Fe Católica dirigida a Su Santidad el Papa León XIV por el P. Davide Pagliarani Superior General de la Hermandad Sacerdotal San Pío X del 14 de mayo de 2026: https://sspx.org/sites/default/files/documents/2026-05-14_declaration_of_catholic_faith_en.pdf
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