El fariseo soy yo
Cuando leemos los Evangelios, a menudo experimentamos una tendencia casi irrefrenable a emparejar a cada uno de los personajes evangélicos con personas o grupos de personas de nuestro entorno… y también a menudo lo hacemos fatal, proyectando nuestras neuras y rencores en el Evangelio, en lugar de dejar que el Evangelio sane esos rencores y esas neuras.
Quizá nos consuele (por aquello de que mal de muchos, consuelo de tontos) que se trata de un pasatiempo tan frecuente como inconsciente. Recuerdo un seminarista que me dijo hace mucho tiempo, completamente en serio, que los fariseos del Evangelio, en nuestra época, eran los ricos, los que tenían dinero. Como es lógico, el muchacho deducía de eso que los ricos eran los causantes de todo el mal del mundo y continuaba aplicándoles todas las invectivas de Cristo contra los fariseos: sepulcros blanqueados, nidos de víboras, etc.
En vano le señalé que en el Evangelio también aparecían ricos: los publicanos, que no eran simplemente ricos, sino además ricos malvados, timadores y sinvergüenzas, explotadores del huérfano y la viuda. Asimismo, le hice notar que, a pesar de eso, Cristo fue muy criticado por comer con ellos y por mostrarles exactamente el mismo amor y la misma llamada a la conversión que a la pecadora de la lectura de hoy y que esa frase tan escandalosa de que las prostitutas nos precederán en el Reino de los Cielos, en realidad dice que los publicanos y las prostitutas os precederán en el Reino de los Cielos. También me esforcé por explicarle que, si hay algo característico del fariseísmo, es mirar por encima del hombro a los demás, incluidos los ricos, pero en vano. Aquel seminarista (que era una buenísima persona) se había educado en una de esas tristes parroquias que han puesto “lo social” en el lugar del Evangelio y para las que “los ricos” son la quintaesencia del mal en el mundo, así que le habían inculcado desde pequeño que los malísimos fariseos sólo podían ser los ricos.

Es frecuente oír la queja de que los católicos están muy mal formados en lo referente a la fe, la Escritura, la historia de la Iglesia, la moral, la liturgia y un largo etcétera. Una queja frecuente y más que comprensible. Esa ignorancia se hace especialmente evidente si uno visita Hispanoamérica y observa los millones de católicos que se han hecho (y se están haciendo) protestantes debido en buena parte a que nunca tuvieron una formación adecuada y no sabían responder a acusaciones contra el catolicismo que, en realidad, no tienen fuerza ninguna o están basadas en malentendidos. Lo mismo podría decirse de España, con la diferencia de que los católicos mal formados dejan la Iglesia en dirección al agnosticismo más que al protestantismo.
Una de las cosas que más me han gustado de la Exhortación Amoris Laetitia del Papa Francisco es un pequeño detalle que quizá a otros les parezca nimio: su llamada a utilizar un lenguaje adecuado al hablar de los temas de la familia y de los problemas y pecados relacionados con ella.
Cuando leo alguna noticia sobre la próxima celebración del 50º aniversario de la creación de la Conferencia Episcopal Española, suelo acordarme de la parábola evangélica de los talentos. Ya saben: un Rey se va de viaje y entrega a sus sirvientes diversas cantidades (1, 2 o 5 talentos). Cuando vuelve de su viaje, el que había recibido cinco talentos le entrega al Rey diez y es felicitado; el que había recibido dos, entrega cuatro y también es felicitado; mientras que el que había recibido uno le entrega al Rey ese mismo talento, y es condenado por su cobardía y pereza.
Participante invitado: El P. Robert Longshanks es un antiguo anglo-católico que cruzó el Tíber hace cincuenta años. Conocido (a sus espaldas) por sus compañeros sacerdotes como Father “Battleaxe” Bob, se comenta que su propio obispo le tiene algo de miedo desde que le dijo que “el problema de Inglaterra ha sido siempre que sus obispos no están dispuestos a morir mártires”.



