InfoCatólica / Espada de doble filo / Categoría: General

25.05.26

Oh feliz culpa

Cuando era niño, me fascinaba escuchar a mis abuelos hablar de mártires que ellos habían conocido.  No en el tiempo de los romanos ni en tierras exóticas de misión, sino ¡en tiempos de mis abuelos y en España! Incluso tenemos en la familia una reliquia de uno de aquellos mártires: un trocito de hueso de un sacerdote ejemplar, que fue a la muerte mansamente, como cordero llevado al matadero.

Eran historias de combate abierto entre la luz y las tinieblas, entre la fe y el mundo, entre la esperanza y la desesperación. Casi como un apocalipsis antes de tiempo. Tiempos de horror y muerte, pero también de fidelidad, heroísmo y gloria.

No me entiendan mal. Soy muy consciente de que el campo de la luz y el de las tinieblas no pueden identificarse por completo con ningún bando en guerra en ningún conflicto humano. Uno de los bandos puede ser muy preferible a otro, como en este caso, pero, aun así, las trincheras de la lucha espiritual recorren el corazón de cada ser humano, sea cual sea su bandera. Hasta el último aliento, la salvación (o la condenación) no están aseguradas para nadie.

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16.05.26

La fe en los jóvenes

Hace un rato, leí en algún lugar del vasto mundo virtual a alguien que decía: “estas cosas te hacen recuperar la fe en los jóvenes”. No sé qué reacción suscitará la frase en los lectores, pero yo inmediatamente pensé: “yo nunca la he tenido”.

Conviene señalar que el comentario original era bienintencionado e incluso piadoso. A fin de cuentas, lo que supuestamente hacía recuperar la fe en la juventud era un hecho estupendo: después de que anticatólicos furiosos destruyeran la cruz de la cumbre del Aneto, un muchacho francés talló una nueva cruz y, a pesar de su gran peso, la cargó a hombros, subió el monte y la colocó de nuevo en la cima. Sin duda, para quitarse el sombrero.

Al margen de este admirable caso concreto, la idea de tener “fe en la juventud” nunca ha dejado de chirriarme en los oídos, porque es una de las ideas difusas de nuestra época que se dan de tortas con el catolicismo.

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27.04.26

3.04.26

El árbol solitario

El árbol de la cruz es solitario. A la resurrección le salen enseguida amigos, pero la cruz tiene muy pocos. No obstante, sin muerte no hay resurrección, sin calvario no hay tumba vacía y, como decía Lope de Vega, sin “cruz no hay gloria ninguna".

Nuestra naturaleza, comprensiblemente, rechaza este árbol, porque es el resumen de todo dolor, oscuridad, angustia, fracaso y muerte. En la cruz, sin embargo, está todo auténtico consuelo, porque en ella está Cristo, que es nuestra vida, nuestra paz y nuestro paraíso. 

Para no perder las buenas costumbres de otros años, traigo hoy al blog un pobre sonetillo sobre el árbol de la cruz:

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31.03.26

El sobrenombre sobre todo sobrenombre

Creo que el estudio de la historia en los colegios cada vez versa más sobre economía, sociología y otras materias abstractas por el estilo. Es una pena, porque, con el tiempo, lo único que se sigue recordando es lo concreto. De niño, una de las cosas que más me gustaban del estudio de la historia eran los sobrenombres de reyes, papas, guerreros o teólogos, que hacían volar mi imaginación.

Había algunos gloriosos (D. Jaime el Conquistador, Alfonso el Batallador, el Cid Campeador, Gregorio Magno o el caballero sin miedo y sin tacha) y otros enigmáticos (Pedro el Ceremonioso, Carlos II el Hechizado o Pipino el Breve). También los había patéticos (Boabdil el Desdichado, Manuel el Desafortunado y el caballero de la triste figura), temibles (Pedro I el Cruel) y envidiables (Alfonso X el Sabio, Isabel la Católica, Guzmán el Bueno o Eduardo el Confesor).

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