InfoCatólica / Espada de doble filo / Categoría: General

3.04.26

El árbol solitario

El árbol de la cruz es solitario. A la resurrección le salen enseguida amigos, pero la cruz tiene muy pocos. No obstante, sin muerte no hay resurrección, sin calvario no hay tumba vacía y, como decía Lope de Vega, sin “cruz no hay gloria ninguna".

Nuestra naturaleza, comprensiblemente, rechaza este árbol, porque es el resumen de todo dolor, oscuridad, angustia, fracaso y muerte. En la cruz, sin embargo, está todo auténtico consuelo, porque en ella está Cristo, que es nuestra vida, nuestra paz y nuestro paraíso. 

Para no perder las buenas costumbres de otros años, traigo hoy al blog un pobre sonetillo sobre el árbol de la cruz:

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31.03.26

El sobrenombre sobre todo sobrenombre

Creo que el estudio de la historia en los colegios cada vez versa más sobre economía, sociología y otras materias abstractas por el estilo. Es una pena, porque, con el tiempo, lo único que se sigue recordando es lo concreto. De niño, una de las cosas que más me gustaban del estudio de la historia eran los sobrenombres de reyes, papas, guerreros o teólogos, que hacían volar mi imaginación.

Había algunos gloriosos (D. Jaime el Conquistador, Alfonso el Batallador, el Cid Campeador, Gregorio Magno o el caballero sin miedo y sin tacha) y otros enigmáticos (Pedro el Ceremonioso, Carlos II el Hechizado o Pipino el Breve). También los había patéticos (Boabdil el Desdichado, Manuel el Desafortunado y el caballero de la triste figura), temibles (Pedro I el Cruel) y envidiables (Alfonso X el Sabio, Isabel la Católica, Guzmán el Bueno o Eduardo el Confesor).

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9.03.26

Pues claro que fuera de la Iglesia no hay salvación

El viejo adagio de extra ecclesiam nulla salus, fuera de la Iglesia no hay salvación, se pone a menudo como ejemplo de algo que es difícil o imposible de creer o, peor aún, de algo que la Iglesia creyó ingenuamente en algún momento, pero hace tiempo que ya no cree. Eso, me temo, dice muy poco sobre el adagio y mucho sobre nuestra desoladora falta de fe posmoderna.

Cuando alguien rechaza la verdad de que fuera de la Iglesia no hay salvación, en realidad lo que sucede es que no tiene fe. Extra ecclesiam nulla salus solo es una forma alternativa o indirecta de enunciar el núcleo mismo de la fe católica. Ese núcleo de la fe, su anuncio esencial o kerigma, es que Dios envió a su Hijo hecho carne para nuestra salvación y, por lo tanto, no se nos ha dado otro nombre bajo el cielo que pueda salvarnos.

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24.02.26

¿Dios no quiere sacrificios?

Hay errores tan burdos que uno tiende a pensar, equivocadamente, que no es necesario refutarlos. Digo equivocadamente porque lo cierto es que no hay error tan absurdo que no tenga defensores. Es más, a veces parece que cuanto más tontorrón y absurdo sea un error, más defensores tiene.

Ya que estamos en Cuaresma, vamos a recordar un error completamente disparatado pero que rebrota como una mala hierba todos los años por estas fechas: la idea de que Dios no quiere que hagamos sacrificios, ni ayunar, ni abstinencia, ni nada por el estilo.

“¡Está claro!”, dicen los defensores de esa extraña idea. “Lo dice Dios en la Biblia: misericordia quiero y no sacrificios”.

Y ya está. Ese y no otro, aparte del difuso buenismo tontorrón actual, es el único fundamento de este error: una cita bíblica aislada e inevitablemente entendida al revés por personas cuyo monumental desconocimiento de la Escritura se une a una sorprendente confianza ciega en sus propias opiniones. Aparentemente, no les llama la atención que la Iglesia conozca perfectamente esa frase bíblica y, aun así, haya aconsejado a sus fieles hacer sacrificios durante dos milenios.

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18.02.26

¿Por qué ayunamos?

Ayunamos para cumplir las palabras de nuestro Señor Jesucristo: llegarán días en que el novio ya no estará con ellos y, entonces, ayunarán.

Ayunamos por pura supervivencia, para librarnos de los demonios que nos oprimen, porque algunos de ellos solo pueden expulsarse con oración y ayuno.

Ayunamos porque así lo hizo el mismo Cristo en el desierto durante cuarenta días.

Ayunamos porque así lo hicieron Moisés, los apóstoles y los santos de todas las épocas.

Ayunamos recordando que Adán nuestro padre, por comer del fruto prohibido, perdió el paraíso para toda su descendencia.

Ayunamos para proclamar que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

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