
Hay errores tan burdos que uno tiende a pensar, equivocadamente, que no es necesario refutarlos. Digo equivocadamente porque lo cierto es que no hay error tan absurdo que no tenga defensores. Es más, a veces parece que cuanto más tontorrón y absurdo sea un error, más defensores tiene.
Ya que estamos en Cuaresma, vamos a recordar un error completamente disparatado pero que rebrota como una mala hierba todos los años por estas fechas: la idea de que Dios no quiere que hagamos sacrificios, ni ayunar, ni abstinencia, ni nada por el estilo.
“¡Está claro!”, dicen los defensores de esa extraña idea. “Lo dice Dios en la Biblia: misericordia quiero y no sacrificios”.
Y ya está. Ese y no otro, aparte del difuso buenismo tontorrón actual, es el único fundamento de este error: una cita bíblica aislada e inevitablemente entendida al revés por personas cuyo monumental desconocimiento de la Escritura se une a una sorprendente confianza ciega en sus propias opiniones. Aparentemente, no les llama la atención que la Iglesia conozca perfectamente esa frase bíblica y, aun así, haya aconsejado a sus fieles hacer sacrificios durante dos milenios.
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