Angiolino, una obra maestra de la gracia de Dios

Una de las cosas de nuestra fe que más chocan al mundo de hoy y en las que más tenemos que dar testimonio los cristianos es el valor del sufrimiento ofrecido y santificado. Para nuestra sociedad paganizada, el dolor no tiene ningún sentido y lo único que hay que hacer es evitarlo a cualquier precio.
Especialmente Europa, que en otro tiempo podía haberse llamado el continente de las cruces, hoy no entiende la cruz y huye de ella. Por eso se muere, porque la cruz es el árbol de la vida y, al renunciar a ese árbol, solo es posible crear una cultura de la muerte y la desesperanza.
Estos días he estado pensando en ello, porque me ha tocado traducir los prólogos y apéndices de un librito que acaba de publicarse: Angiolino, una obra maestra de la gracia de Dios. Se trata de un libro sorprendentemente alegre y ameno, si tenemos en cuenta que relata la vida de un niño enfermo de cáncer que murió con solo catorce años.


Los seres humanos somos una obra maravillosa de Dios. Somos seres racionales, pero no nos quedamos en la mera razón, como si fuésemos un ordenador. Si a uno le preguntasen por qué quiere a su mujer, sin duda recordaría razones y momentos importantes: la entrega mutua, el haber permanecido juntos en momentos difíciles, la generosidad al dar la vida por los hijos… Pero, si uno es sincero, también hablaría de cosas pequeñas o incluso insignificantes que están unidas indisolublemente a ese amor por su mujer: el color de sus mejillas a la luz de la tarde, el vestido que llevaba en aquella ocasión, el placer de que ella tenga razón y uno esté equivocado, las pequeñas bromas compartidas…




