30.08.19

No confundamos la gimnasia con la magnesia

Una buena norma tanto para los químicos como para los profesores de educación física es no confundir la gimnasia con la magnesia, confusión que podría tener hilarantes consecuencias. Quizá, de manera similar, podríamos decir que, para los obispos y otros clérigos, sería especialmente aconsejable no confundir las metáforas con la realidad.

Digo esto porque la moda ecológica que sacude la Iglesia desde hace unos años ha llegado ya a unas cotas everésticas, hasta el punto de que las antiguas metáforas poéticas, como el “hermano sol” y la “hermana luna” de San Francisco, que bellamente hacían referencia al carácter creado de esos astros, han dado paso a verdaderos absurdos pseudoteológicos, que apenas pueden diferenciarse ya de burdos panteísmos, misticismos, paganismos y simples metepatismos. Veamos algunos ejemplos.

El Presidente de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos, el cardenal DiNardo, junto con otros obispos, publicó anteayer un comunicado en el que decía: “Mientras nuestra Iglesia comienza una ‘Estación de Creación’ que culminará el 4 de octubre, la fiesta de San Francisco de Asís, consideremos todos las obras de misericordia espirituales y corporales para con nuestra casa común y los que viven en ella”.

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27.08.19

Quevedo, el profeta

No creo que sea una casualidad que poeta rime con profeta. Siempre me ha parecido que los poetas, si son buenos, nos anuncian de algún modo una palabra que viene de Dios, permitiéndonos oír, aunque sea de lejos, la música callada que mueve el universo. Hasta me gusta pensar que quizá haya algún ángel feliz encargado de inspirar a los poetas, como decían los antiguos griegos que hacían las musas.

No digo esto porque sí, ni por ponerme lírico, sino porque en muchas ocasiones he notado que hay poemas proféticos que, con palabras humanas, pero a imagen de la Palabra de Dios, son como espada de doble filo que penetra hasta la división entre alma y espíritu y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Uno de estos poemas, a mi juicio, es el famoso soneto de Quevedo sobre la ciudad de Roma, titulado “Buscas en Roma a Roma”:

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20.08.19

Un toque de gloria

El sábado por la mañana fui a una parroquia cercana a confesarme.  Mientras esperaba, vi a un grupo que rezaba el rosario, claramente con la costumbre de hacerlo a aquella hora, en la que normalmente no hay nadie en la iglesia.

Más que un grupo se trataba de un grupito. Apenas eran media docena de viejecillas y un anciano tan encorvado que parecía estar en continua adoración. Sentados en los últimos bancos de la Iglesia, repetían palabras que debían de haber dicho innumerables veces, gastadas suavemente como el brocal de un pozo por el roce persistente de la cuerda. En el templo vacío y silencioso, daba la impresión de que estaban solos en el mundo, sin necesidad ni deseo alguno de tener espectadores a los que dar buen ejemplo, sin fines prácticos, sin preocupaciones ecológicas, políticas o filantrópicas. Un acto de pura adoración, solo para Dios, de la mano de nuestra Señora.

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13.08.19

¿Te preguntas qué aprenderán tus hijos en clase de religión?

No sé si los lectores se harán alguna vez la pregunta de qué aprenderán sus hijos en clase de religión, pero, si no lo hacen deberían hacerlo. Y si se lo preguntan, quizá lo mejor sea acudir a la Conferencia Episcopal Española para encontrar la respuesta.

Veamos lo que acaba de responder la página de Facebook de la Conferencia Episcopal: “¿Te preguntas qué aprenderán tus hijos en clase de Religión? Aprenderán una visión plural de la sociedad, donde podrán hablar, debatir y dialogar sobre diferentes temas“.

Y, por si quedaba alguna duda, lo ilustran con el típico dibujito relativista de igualdad de todas las religiones, campo abonado del agnosticismo religioso y de los que disimulan su rechazo al cristianismo con la pobre excusa de que todas las religiones son verdaderas (y, por lo tanto, puesto que dicen cosas completamente incompatibles, ninguna lo es).

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9.08.19

Aprovechemos mientras todavía no está prohibido

“Soy cristiano católico, y no de aquellos que andan mendigando la fe verdadera entre opiniones”.

Miguel de Cervantes, Los trabajos de Persiles y Segismunda

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Algún día, me temo, se prohibirá leer a Cervantes, Calderón, Lope, Garcilaso, Manrique, por supuesto a San Juan de la Cruz o Santa Teresa y a tantísimos otros grandes escritores de la historia de España, porque leerlos es recibir una catequesis de auténtica fe católica. Incluso el pobre Lorca, Galdós, Antonio Machado, Unamuno, Clarín y otros escritores más o menos anticlericales o agnósticos, estaban impregnados de catolicismo y su crítica a la Iglesia o a la fe era (de algún modo y en ocasiones profundamente) católica.

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