InfoCatólica / Espada de doble filo / Categoría: Nueva Evangelización

27.08.25

Cuando ya no quede nada por salvar

“Mis amigos, mientras quede algo por salvar; con calma, con paz, con prudencia, con reflexión, con firmeza, con imploración de la luz divina, hay que hacer lo que se pueda por salvarlo. Cuando ya no quede nada por salvar, siempre y todavía hay que salvar el alma […].

Es muy posible que bajo la presión de las plagas que están cayendo sobre el mundo, y de esa nueva falsificación del catolicismo que aludí arriba, la contextura de la cristiandad occidental se siga deshaciendo en tal forma que dentro de poco no haya nada que hacer, para un verdadero cristiano, en el orden de la cosa pública.

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25.08.25

¿Me estás timando?

“La irreligión que prevalece en nuestra época ejerce una presión inconsciente y continua sobre el púlpito, induciendo a los predicadores a retraerse, en puntos doctrinales, de hacer afirmaciones que serían impopulares. El problema es que una doctrina que deja de afirmarse está condenada, como un órgano que no se usa, a la atrofia.

[…] Así, se ha tirado por la borda cada punto doctrinal que parecía cuestionable y, por lo tanto, no esencial; el infierno se ha abolido y el pecado prácticamente también; solo se menciona el Antiguo Testamento con un alud de matizaciones y los milagros con una mueca vergonzante […].

Sin embargo, al hombre común, que no va a la Iglesia, no le impresiona esta forma de actuar. A sus ojos, el cristianismo no gana nada cuando se esfuerza por no ser dogmático. No es que ese hombre común critique de forma expresa estas tentativas de acercamiento: simplemente las ignora […] Los dogmas salen por la ventana, pero los fieles no entran por la puerta. […] ¿De verdad se trata de una buena inversión (se pregunta el hombre común, con su estilo comercial), si los que la ofrecen están tan deseosos de colocar el producto a cualquier precio?”.

Ronald A. Knox, La fe de los católicos, 1927

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13.08.25

¿Somos capaces de decir lo mismo?

Aunque a los hispanohablantes nos queda algo lejos, a los lectores probablemente les sonará que Utah es el estado mormón por excelencia. Su capital, Salt Lake City, fue fundada por Brigham Young, el segundo presidente de los mormones tras el linchamiento de Joseph Smith. Más de la mitad de la población del estado es mormona y el centro mundial de la religión está en Salt Lake City, donde se reúnen la “Primera Presidencia” y el “Quórum de los Doce Apóstoles”.

Se pueden decir muchas cosas del mormonismo, al que podríamos dedicar varios artículos, pero lo principal es que se trata de una religión seudocristiana y ocultamente politeísta basada en las supuestas revelaciones a Joseph Smith del “ángel Moroni”, en forma de planchas de oro que contenían el Libro de Mormón. Por eso, en lo alto de los templos mormones (se puede ver uno en el madrileño barrio de Moratalaz) hay una estatua dorada de Moroni, tocando una gran trompeta.

Cuento esto porque es necesario para entender un significativo y curioso detalle de la catedral católica de Salt Lake City, dedicada a Santa María Magdalena. Los católicos son una minoría en el estado y solo constituyen en torno al 10% de la población, cifra que era mucho menor cuando se construyó la catedral, a principios del siglo XX. El estilo del templo es una mezcla de neoclásico y neogótico, pero bonito y piadoso, como era la norma hasta mediados del siglo pasado, y las paredes están cubiertas de frescos y frases de la Escritura.

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26.05.25

La caída de Occidente

Volviendo el otro día de llevar a algunos de mis hijos al colegio, vi a una chica con el mismo uniforme que caminaba en dirección contraria al centro escolar. Al cabo de unos instantes, se encontró con un chico de otro colegio cercano, que parecía estar esperándola, y se marcharon los dos juntos. Me pareció estar viendo la caída de Occidente.

No me refiero, claro está, al hecho de que un chico y una chica se saltaran las clases, que es algo que habrá sucedido infinidad de veces a lo largo de la historia, sino a lo que no sucedió. O mejor dicho, a lo que yo no hice: no les dije nada y seguí mi camino en el coche. Es decir, lo mismo que habría hecho cualquier otro.

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27.04.25

Cristo en las empresas

Todos somos hijos de nuestro tiempo, al menos en cierta medida. Es inevitable. Como los peces no notan el agua, nosotros apenas notamos la omnipresente ideología de nuestra época, que nos empuja por todos lados, desde que nacemos, en cada momento de nuestras vidas y sin descanso para que actuemos “como todo el mundo”, para que no nos salgamos de lo admisible, de lo políticamente correcto.

Uno de los grandes dogmas de esa ideología es la privatización de la fe: la fe católica resulta admisible para nuestra época siempre que permanezca en el ámbito de lo privado y no se manifieste públicamente ni afecte en nada a la vida social económica o política. Es decir, el ideal es una fe vergonzante, guardada como un secreto culpable o un polvoriento y arcaico traje regional en el armario, que no moleste ni pretenda ser relevante para nadie más que para el propio interesado e incluso para él solo sentimentalmente.

En ese contexto, me alegró conocer no hace mucho a un argentino, Gabriel Manrique, que estaba de viaje por España con su familia. No solo me alegró por la agradabilísima conversación que mantuvimos, sino en particular porque me contó algo políticamente incorrecto, pero muy esperanzador.

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