InfoCatólica / Espada de doble filo / Categoría: Liturgia

19.03.26

Que no se nos olvide

Uno de los títulos más hermosos de San José es el de patrono de la buena muerte. En efecto, es difícil imaginar una muerte mejor que la suya: acompañado por el cariño y la intercesión de nuestra Señora y de Cristo, después de toda una vida al servicio de los designios de Dios para la salvación del mundo. No hay mejor imagen del cumplimiento de esa oración que rezamos todos los días a la Virgen: ruega por nosotros en la hora de nuestra muerte.

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24.02.26

¿Dios no quiere sacrificios?

Hay errores tan burdos que uno tiende a pensar, equivocadamente, que no es necesario refutarlos. Digo equivocadamente porque lo cierto es que no hay error tan absurdo que no tenga defensores. Es más, a veces parece que cuanto más tontorrón y absurdo sea un error, más defensores tiene.

Ya que estamos en Cuaresma, vamos a recordar un error completamente disparatado pero que rebrota como una mala hierba todos los años por estas fechas: la idea de que Dios no quiere que hagamos sacrificios, ni ayunar, ni abstinencia, ni nada por el estilo.

“¡Está claro!”, dicen los defensores de esa extraña idea. “Lo dice Dios en la Biblia: misericordia quiero y no sacrificios”.

Y ya está. Ese y no otro, aparte del difuso buenismo tontorrón actual, es el único fundamento de este error: una cita bíblica aislada e inevitablemente entendida al revés por personas cuyo monumental desconocimiento de la Escritura se une a una sorprendente confianza ciega en sus propias opiniones. Aparentemente, no les llama la atención que la Iglesia conozca perfectamente esa frase bíblica y, aun así, haya aconsejado a sus fieles hacer sacrificios durante dos milenios.

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23.02.26

El criterio de una buena Cuaresma

“Podemos pensar en la Cuaresma como un tiempo para erradicar el mal o cultivar la virtud, como un tiempo para arrancar la cizaña o para plantar buenas semillas. Está claro cuál es el mejor enfoque, porque el ideal cristiano siempre es positivo más que negativo. Una persona se hace grande no por la ferocidad de su ocio al mal, sino por la intensidad de su amor a Dios.

El ascetismo y la mortificación no son los fines de la vida cristiana, sino solo los medios. El fin es la caridad. La penitencia solo abre una grieta en nuestro ego para que la luz de Dios pueda irrumpir en él. A medida que nos deshinchamos, Dios nos llena. Y es la llegada de Dios lo que es importante”.

Venerable Fulton Sheen

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Esta cita del próximamente beato Fulton Sheen tiene su interés de cara a la Cuaresma, especialmente para los que podríamos llamar “cristianos normalitos”. Ya sabemos que, para los cristianos tibios o no practicantes, la Cuaresma no se diferencia en nada del resto del año; que, para los cristianos progresistas, es el tiempo en que toca hablar de que el ayuno no vale para nada y de que lo importante son los pobres o que las mujeres sean sacerdotes; y que, a los cristianos más santos, no hace falta decirles mucho porque ya se ocupan ellos solitos de correr con pie ligero y corazón ardiente por el camino que lleva hacia Dios.

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18.02.26

¿Por qué ayunamos?

Ayunamos para cumplir las palabras de nuestro Señor Jesucristo: llegarán días en que el novio ya no estará con ellos y, entonces, ayunarán.

Ayunamos por pura supervivencia, para librarnos de los demonios que nos oprimen, porque algunos de ellos solo pueden expulsarse con oración y ayuno.

Ayunamos porque así lo hizo el mismo Cristo en el desierto durante cuarenta días.

Ayunamos porque así lo hicieron Moisés, los apóstoles y los santos de todas las épocas.

Ayunamos recordando que Adán nuestro padre, por comer del fruto prohibido, perdió el paraíso para toda su descendencia.

Ayunamos para proclamar que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

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1.12.25

¿Banquete o sacrificio?

Una de las polémicas que siempre me han parecido más extrañas es la de si la Eucaristía es un banquete o un sacrificio. Aparentemente, a algunos lo primero les parece una modernez y a otros lo segundo ni siquiera les suena ya.

Lo cierto es que, a cualquier antiguo israelita, y también a cualquier pagano de la época, le habría costado sobremanera entender siquiera donde estaba el problema. En cierto modo es como si les hubieran preguntado si el fuego quemaba o alumbraba.

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