12 recomendaciones de formación de seminaristas para reír o llorar

El mes pasado, el Instituto McGrath para la Vida Eclesial de la Universidad de Notre Dame publicó doce recomendaciones clave para mejorar la formación de los seminaristas. Doce como los doce apóstoles. O los doce del patíbulo, quizá.
A la luz del colapso del número de católicos en las últimas décadas, el desplome de las vocaciones sacerdotales, las cuantiosas cifras de abandono del ministerio sacerdotal y la crisis de los abusos clericales, sin duda es muy necesario mejorar la formación de los seminaristas. El problema es que, aparte de algunas consideraciones de sentido común, no está muy claro que estas recomendaciones de Notre Dame vayan a conseguirlo. Es más, al leerlas, uno no sabe si reír o llorar.
La primera propuesta es que los seminaristas no deberían someterse a una evaluación psicológica, sino a dos. La segunda es que esa evaluación psicológica la usen los formadores del seminario. Teniendo en cuenta que uno de los dos autores es psicólogo, no extrañará a nadie que su propuesta sea dar más importancia a los psicólogos y que, por favor, por favor, por favor, les hagan caso.
Como tercera propuesta, los seminarios deben contar con un “director de servicios psicológicos interno a tiempo completo“. Vaya, también una gran sorpresa: más psicólogos. La cuarta es que los seminarios distingan “la psicoterapia ordinaria y periódica” de las “necesidades de tratamiento más intensivas” que pueden requerir interrumpir la formación para el tratamiento. Otra vez más psicólogos. Por otro lado, si un seminarista necesita interrumpir sus años de seminario para recibir tratamiento psicológico intensivo, ¿no sería eso señal de que quizá debería dedicarse a otra cosa en vez de que la diócesis contrate un psicólogo a tiempo completo para él?
La quinta, que también supone mayor participación de los psicólogos, es además una barbaridad: que el psicólogo anime al seminarista a introducir en el “ámbito externo” (las conversaciones con los formadores) las cuestiones personales del “ámbito interno” (es decir, las propias del confesor/director espiritual). ¡Horror! Mezclar esas dos cosas está prohibido por razones muy poderosas.
Como sexta medida, se propone que las diócesis de todo el país desarrollen una “calidad uniforme en las evaluaciones psicológicas” en colaboración con “expertos en psicología”. Este informe no deja de sorprendernos. La mitad de las medidas y todas han consistido en contratar a más psicólogos.
Asombrosamente, la séptima propuesta se refiere a “candidatos con necesidades especiales” y consiste en elaborar recursos para apoyar a seminaristas autistas y con enfermedades similares, “incluidos aquellos diagnosticados con un déficit clínicamente significativo en la empatía cognitiva”. ¿De verdad? Si alguien necesita tratamiento para su autismo, ¿conviene que sea sacerdote?
Por si el autismo fuera poco, como octava propuesta se insta a tener en cuenta que los medicamentos para el trastorno por déficit de atención e hiperactividad y el trastorno obsesivo-compulsivo “pueden coexistir con el ministerio sacerdotal”, aunque los seminaristas deban tomarlos de por vida. Otra vez, uno se pregunta: ¿de verdad? ¿La idea es tener sacerdotes autistas u obsesivo-compulsivos crónicos y medicados hasta las cejas? ¿Tan desesperados estamos?
La novena propuesta del informe afirmó que los seminarios “deben priorizar la obtención de los recursos necesarios para abordar las deficiencias formativas”. O sea, que consigan dinero para mejorar la formación. Debieron de quedarse calvos de tanto pensar. Más curioso es lo que consideran “deficiencias formativas”, que incluyen “luchas persistentes relacionadas con el uso de pornografía o la masturbación”. Francamente, si un seminarista usa pornografía o se masturba persistentemente, lo que hay que hacer es señalarle dónde está la puerta.
En cualquier caso, esto nos introduce las tres últimas recomendaciones del informe, que tienen relación con la castidad y el celibato. En la décima propuesta, se dice que, al pasar a la tercera fase de la formación sacerdotal, los seminaristas deberían haber sido “sexualmente continentes”, es decir, sin “indulgencia ni actividad sexual”, durante “al menos varios meses” sin recaída, “ya sea deliberada, semideliberada o por compulsión”. Y antes de su ordenación como diaconado, ese período debería ser de 12 meses o más sin recaída, según el informe.
Uno se pregunta si los autores se molestaron en leer lo que ellos mismos habían escrito. A un señor que ha estado acostándose con quien sea o masturbándose o viendo pornografía durante cuatro años de seminario, cuando todo le ayuda para que no lo haga, ¿se le puede ordenar simplemente si ya no lo hace el último año? ¿Alguien cree que ese señor está preparado para vivir el celibato? Eso solo puede llevar a la doble vida, a escándalos terribles e, inevitablemente, a sacerdotes que terminan rechazando la moral de la Iglesia.
En cuanto a la prohibición de admitir seminaristas con tendencias de atracción por el mismo sexo “profundamente arraigadas” (Congregación para la Educación Católica, 2005), el informe de pronto empieza a hablar de todo y nada, que si sí, que si no, que si hay que “impulsar a la Iglesia hacia un discernimiento más unificado sobre cómo el Espíritu Santo nos guía en esta cuestión” y vaguedades similares.
Asimismo, se protesta porque eso de “tendencias profundamente arraigadas” se desarrolló en documentos eclesiales y “no proviene del ámbito de la salud mental”. Y se termina recomendando encontrar “una forma más significativa” de definir la atracción entre personas del mismo sexo. Es decir, pensando mal, que se busque la forma de oscurecer todo lo posible la cuestión para que esta prohibición, al final, no signifique nada.
La última recomendación es monumental: reconocer la necesidad constante de formar a los formadores de los seminarios. Es decir, una obviedad difícilmente superable. No sé qué haría la Iglesia si no tuviera estas recomendaciones.
En fin, por suerte ya hemos terminado. Otro día quizá podríamos hablar de lo que habría que cambiar en la formación sacerdotal, pero hay algo que tengo muy claro: la solución no está en estas doce propuestas de Notre Dame.
17 comentarios
Saludos cordiales.
Lo explico en mi folleto ¨El Cerebro Mágico no es un juego¨, Edit. Moria, 6800 páginas, Viena, 1939.
¡Qué clarividencia! Ha dado con el gran fallo de las propuestas: la ausencia de esos superpsicólogos de los tiempos modernos que son los parapsicólogos. No pueden faltar en un seminario católico. El que no recoge con ellos, desparrama.
No, yo diría que más bien son estos psicólogos los que están desesperados, procurando a toda costa comer tres veces al dia, aunque sea con métodos tan rastreros.
En mi diócesis, no participar (luego de señalar los errores) de un grupo de jóvenes en el cual se les enseña doctrina contraria a la Iglesia, se considera, romper la unidad de la Iglesia... Peor aún, nuestros "catequistas" no saben un comino no ya de Teología, sino del Catecismo mismo, y nada... Es muy triste, demasiado triste. Igual, seguiremos dando batalla. Saludos, Bruno, y gracias.
1. Menos psicólogo y más confesonario (una vez por semana sería lo ideal). Para eso, confesores. Por lo menos cuatro, que vayan al seminario una vez por semana y que los seminaristas puedan elegir libremente. Y que puedan elegir confesarse con otro, si quieren.
2. Director espiritual para cada seminarista (que cada uno elija el que quiera, pero que sea un sacerdote -parece obvio decirlo, pero no lo es- y que sea un sacerdote sabio, santo y experimentado. Je).
3. Que el rector y formadores sean también sabios y experimentados. Y santos, en la medida de lo posible. Por lo menos, piadosos, estudiosos y laboriosos, que ya es mucho pedir.
4. Que se enseñe la doctrina de la Iglesia y no herejías. Para eso propongo dos textos base: la Suma Teológica y el Catecismo de la Iglesia Católica. A partir de ahí, los profesores podrán agregar la bibliografía que quieran, pero si no está de acuerdo con esos dos textos, no es doctrina de la Iglesia.
5. Que el plan de formación sea firme: que no cambie cada dos años. Que el que entra al seminario sepa que en 7 años se ordena, salvo que lo echen. Y qué cosas va a estudiar y aprender, y hacer.
6. Que los seminaristas vivan en el Seminario, por lo menos 6 días de la semana; el apostolado (en esa etapa) no es tan importante. Que el horario sea firme y constante, y exigente; que haya disciplina para forjar el carácter: como en un monasterio.
7. Que los formadores sean de lo mejor del clero del lugar (o de otros lados, si hace falta). Pero que no sean laicos, ni pocos sacerdotes: se necesitan muchos ojos para evaluar la idoneidad de alguien tan importante como un candidato al sacerdocio.
8. Si el clero del lugar es escaso, o poco capaz, deberían juntarse varias diócesis para unir fuerzas: y destinar lo más granado del clero al seminario. En Argentina, donde hay 480 seminaristas en total, con cuatro seminarios es más que suficiente: y se ahorraría mucho dinero y esfuerzo.
9. Ya lo dije, pero el seminario es una casa de estudio. Si un candidato no quiere estudiar, que no se ordene: para burros ya somos muchos. El cura de Ars era corto, pero no ignorante: y estudiaba hasta el agotamiento. Denme un cura que no duerma para preparar un sermón y lo ordeno.
10. También es una casa de oración (y silencio). Que haya tiempos de silencio y de estudio, y también la oración bien organizada y regulada: con Adoración al Santísimo Sacramento, Misa y Liturgia bien celebrada (de acuerdo con las normas de la Iglesia), Liturgia de las Horas obligatoria... Y Rosario, por supuesto. Parece obvio pero no lo es.
11. Lo mismo la vestimenta y la educación humana: limpieza, urbanidad y cortesía, modestia en el hablar, el moverse, el comer, etc. Pobres, sí; brutos, no. (Ah, y que se les permita usar sotana, por lo menos a los que ya están admitidos).
12. Todo esto sin menoscabo de la eutrapelia y el cuidado de la salud, deportes, etc. Pero sin aniñar a los seminaristas, porque a veces parecen inmaduros a propósito.
No puedo decir nada de los homosexuales, pero bueno: entra dentro de una categoría que debería ser "que el rector tenga la autoridad (respaldada por el obispo) -parece obvio pero no lo es- para echar a todos los que falten a la moral católica". Pero sería un punto 13, aunque el 12 se puede reemplazar por el más básico sentido común... que es el menos común de los sentidos.
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