InfoCatólica / Espada de doble filo / Archivos para: 2021

21.05.21

Fuego del cielo

“En el Antiguo Testamento se habla varias veces del «fuego del cielo», que quemaba los sacrificios presentados por los hombres. Por analogía se puede decir que el Espíritu Santo es el «fuego del cielo» que actúa en lo más profundo del misterio de la Cruz. Proviniendo del Padre, ofrece al Padre el sacrificio del Hijo, introduciéndolo en la divina realidad de la comunión trinitaria. Si el pecado ha engendrado el sufrimiento, ahora el dolor de Dios en Cristo crucificado recibe su plena expresión humana por medio del Espíritu Santo. Se da así un paradójico misterio de amor: en Cristo sufre Dios rechazado por la propia criatura: «No creen en mí»; pero, a la vez, desde lo más hondo de este sufrimiento —e indirectamente desde lo hondo del mismo pecado «de no haber creído»— el Espíritu saca una nueva dimensión del don hecho al hombre y a la creación desde el principio. En lo más hondo del misterio de la Cruz actúa el amor, que lleva de nuevo al hombre a participar de la vida, que está en Dios mismo.

El Espíritu Santo, como amor y don, desciende, en cierto modo, al centro mismo del sacrificio que se ofrece en la Cruz. Refiriéndonos a la tradición bíblica podemos decir: él consuma este sacrificio con el fuego del amor, que une al Hijo con el Padre en la comunión trinitaria. Y dado que el sacrificio de la Cruz es un acto propio de Cristo, también en este sacrificio él « recibe » el Espíritu Santo. Lo recibe de tal manera que después —él solo con Dios Padre— puede « darlo » a los apóstoles, a la Iglesia y a la humanidad”.

Dominum et vivificantem, Juan Pablo II, 1986

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Hoy, viernes antes de Pentecostés, me ha parecido oportuno traer al blog estos párrafos profundísimos de la encíclica de Juan Pablo II, sobre el Espíritu Santo. Creo que pueden ayudarnos a entender un aspecto que no solemos tener en cuenta de la acción del Espíritu Santo en nuestra vida.

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14.05.21

Brevísima novena al Espíritu Santo

Solo faltan nueve días para Pentecostés y es el momento de empezar una novena para pedir el Espíritu Santo. Como lo bueno, si breve y sustancioso, es dos veces bueno, traigo hoy al blog una novena brevísima y al alcance de todos.

Hay muchas novenas por ahí, estupendas y requetemaravillosas, así que, si el lector ya está rezando una de ellas, puede ahorrarse el resto del post. En cambio, para los lectores que siempre se olvidan de rezar la novena al Espíritu Santo, los desmemoriados que la empiezan al cuarto día, los que la empiezan y solo la rezan dos días de los nueve, los que pierden la novena a la mitad, los que se cansan cuando una novena es larga, los perezosos, los inconstantes, los muy ocupados en no hacer nada y, en resumen, para los lectores torpes como el autor es torpe, traigo una novena brevísima, de una sola línea:

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12.05.21

Para entender lo sucedido en Alemania

Ahora que ya todo el mundo se ha enterado del bochornoso espectáculo protagonizado el otro día por uno o dos centenares de sacerdotes alemanes, me gustaría señalar dos cosas que deben tenerse en cuenta a la hora de interpretar lo que ha sucedido. Son dos observaciones muy sencillas, pero sin ellas es imposible comprender de verdad la naturaleza y la importancia de este hecho.

Lo primero que hay que saber es que lo que sucedió este lunes no es nada nuevo. Lleva sucediendo públicamente en Alemania y otros países centroeuropeos muchos, muchos años. Las bendiciones a parejas del mismo sexo, de divorciados o de hecho son habituales por allí y no llaman la atención. Desde hace bastantes décadas, en multitud de parroquias, seminarios y curias diocesanas de Alemania y los países cercanos se promueven el fin del celibato (y mientras tanto el arrejuntamiento de los sacerdotes), la homosexualidad (incluidos los sacerdotes y los miembros de consejos parroquiales), la ordenación de las mujeres (y, mientras tanto, su presencia en el altar revestidas, para acostumbrar a los fieles), los anticonceptivos, el divorcio, etcétera.

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26.04.21

22.04.21

Hablan como políticos

Confieso que no suelo leer los documentos, declaraciones y cartas de los obispos (con honrosas excepciones, gracias a Dios), porque sé por experiencia que no voy a sacar provecho de ellos y lo único que voy a conseguir es enfadarme. A pesar de esa saludable práctica habitual, en ocasiones caigo en la tentación de leer uno de esos documentos, como me ha sucedido hoy con una carta del Cardenal Osoro sobre los migrantes. Y, una vez más, lo único que he conseguido con ello ha sido enfadarme.

Con todo el respeto por el cardenal y sus buenas intenciones, resulta muy difícil de soportar ese fondo de buenismo tan absurdo (y tan contrario a la fe) que considera que todos los emigrantes son buenos por el hecho de ser emigrantes (como si no existiera el pecado original), que todas las diferencias son respetables (como si los pecados y errores no existieran), que todo el mundo enriquece a la comunidad en la que vive (como si nadie dañase a los demás) y que hay que acoger a todos indiscriminadamente (olvidando las innumerables veces que la Escritura dice lo contrario). Basta aplicar esas mismas ideas a cualquier otro grupo para ver que no tienen ni pies ni cabeza y nadie en su sano juicio, incluidos los mismos obispos que dicen estas cosas, las pone en práctica con ningún grupo social, empezando por los más cercanos. 

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