España se muere
Hace unos días, se aprobó definitivamente en el Senado la nueva ley del aborto, que no hace sino empeorar aún más, si cabe, la repugnante ley anterior sobre esa misma materia. Después de haber hablado tanto contra la barbarie del aborto, casi no me quedan ya indignación ni epítetos para calificar este despropósito.
Siento ahora una gran tristeza. Veo que España se muere, que ha perdido hace tiempo su razón de ser. No es extraño que surjan por todas partes nacionalismos disgregadores, que en una ley tras otra se desproteja a los inocentes, que el mismo seno sagrado de las madres se haya convertido en un lugar de muerte y destrucción, que el Estado y la sociedad desprecien el matrimonio y la castidad, que se enseñe a los escolares que deben avergonzarse de nuestras raíces, que los animales tengan más derechos que los niños, que la venerable vejez se considere una carga para la sociedad, que a todo el mundo le parezca normal que los políticos mientan, que los Jefes de Estado hayan olvidado por completo que su cargo equivale a ser defensores de la Justicia y de los débiles…

Desgraciadamente, la más evidente, extendida y persistente de las tradiciones protestantes es el anti-catolicismo. Como muestra, me ha parecido interesante traducir este artículo de la Repubblica, del 26 de febrero de 2010, firmado por Vera Schiavazzi y titulado “Los valdenses y la contrainformación”.
A riesgo de defraudar a algunos lectores, comenzaré diciendo que el texto que propongo hoy es escandaloso pero en el buen sentido. “Escándalo", etimológicamente, significa algo que hace tropezar. Y, como es lógico, tropezar es malo si vamos por buen camino, pero cuando vamos por la senda equivocada un tropiezo nos puede ayudar a ver que hay que cambiar de dirección. El mismo Cristo fue “piedra de escándalo” para los hombres de su tiempo.
Noto con curiosidad que algunos medios de comunicación califican a InfoCatólica y a los que aquí escribimos de “ultracatólicos” y “extremistas”. Por el contexto, está claro que quienes así se expresan lo hacen con una intención despectiva o, incluso, en ocasiones, como un pobre sustituto de verdaderos argumentos.



