La primera vez
La primera vez que vemos o hacemos algo tiene siempre una fuerza especial para impresionarnos. La novedad llama nuestra atención y hace que nos fijemos en todo, que estemos alerta ante los más pequeños detalles y que grabemos la ocasión en nuestra memoria.
Luego, por desgracia, esa fuerza va siendo combatida por el efecto de la costumbre, que nos va insensibilizando ante lo que vemos. Como es lógico, esas “primeras veces” son especialmente frecuentes de niños: los primeros pasos, el primer día de colegio, la primera vez que se ve el mar… A medida que pasan los años, la frecuencia de esas primeras veces disminuye y, quizás por eso, las apreciamos de una forma especial. Hoy ha sido para mí una de esas ocasiones de “primera vez” para mí en la liturgia.

Hay cosas que no entiendo. Por suerte, como cuento con un grupo de lectores inteligentes, cultos y enterados (y que no se dejan influir por la adulación), puedo acudir a ellos para ver si me explican algunas de esas cosas.
Como hace poco que celebramos Pentecostés, me ha parecido oportuno traducir el siguiente texto de San Gregorio de Agrigento, un obispo siciliano del S. VII.
He leído en el
Al estudiar Historia, es frecuente reírse de los conquistadores españoles y los mitos que perseguían ingenuamente: el Dorado, las amazonas, el país de la canela… Así Ponce de León, según se cuenta, descubrió la Florida buscando la legendaria fuente de la eterna juventud. Desde nuestra suficiencia moderna, nos resulta fácil reírnos de él y, sin embargo, si surgiese hoy un rumor de que la eterna juventud puede conseguirse, por ejemplo, en lo hondo de la Fosa de las Marianas, veríamos a innumerables personas por las calles con aletas, gafas de bucear y bañadores a rayas, a la caza de un buen atlas que les dijera dónde está exactamente ese abismo marino y cómo llegar a él. Hoy, como ayer, los hombres irían y, de hecho, van al fin del mundo a buscar la juventud.



