InfoCatólica / Espada de doble filo / Categoría: Iglesia en el mundo

13.07.23

¿Qué vamos a hacer con el Sínodo?

En el siempre interesante blog Caminante Wanderer, se publicó ayer un post titulado “Nosotros ¿qué haremos?”. El bloguero se preguntaba por lo que vamos a hacer los católicos si, como parece probable, en el Sínodo de la Sinodalidad se aprueban las bendiciones a parejas del mismo sexo, como piden tantos obispos alemanes y de otros países. Las reflexiones me resultaron fascinantes, no solo por la incisiva pregunta del título y el habitual análisis certero de los problemas de la Iglesia, sino ante todo por lo que no se preguntaba. El elefante en la habitación, como dicen los anglosajones.

Intentaré explicarme. A mi juicio, la pregunta importante no es tanto qué vamos a hacer si en el Sínodo de la sinodalidad se aprueba algo contrario a la fe. Más bien, lo que debemos preguntarnos es qué hemos hecho durante varios años en respuesta a declaraciones y documentos vaticanos con graves afirmaciones contrarias a la fe. Porque, desgraciadamente, eso es lo que viene sucediendo desde hace más de una década y todos lo sabemos. De hecho, tanto en este blog como en el del Wanderer se han discutido muchas veces esos errores. Sin embargo, el torbellino informativo tan propio de nuestra época hace que en la práctica nos olvidemos de lo que ha sucedido recientemente ante el asalto constante de nuevos acontecimientos que nos abruman, como, en esta ocasión, el Sínodo de la Sinodalidad.

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13.06.23

El enemigo de la familia

“Conviene repetir a tiempo y a destiempo que quien ha destruido la familia en el mundo moderno ha sido el capitalismo. Sin duda, podría haberlo hecho el comunismo, si hubiera tenido la oportunidad de hacerlo, fuera del desierto cuasimongol en el que florece actualmente. No obstante, en lo que nos concierne a nosotros, quien ha quebrado los hogares, fomenta los divorcios y trata las viejas virtudes domésticas cada vez con más desprecio es la época y el poder del capitalismo. Ha sido el capitalismo quien ha impuesto una lucha moral y una competencia comercial entre los sexos, quien ha arrancado a los hombres de sus hogares para que busquen trabajo, quien les ha obligado a vivir cerca de sus fábricas o empresas en vez de cerca de sus familias,  y, sobre todo, quien ha fomentado, por motivos comerciales, un desfile de publicidad y de estridentes novedades que, por su propia naturaleza, acarrean la muerte de todo lo que componía la dignidad y la modestia de nuestras madres y nuestros padres. No ha sido el bolchevique, sino el jefe, el publicista, el vendedor y el anunciante quienes, como una horda desenfrenada de bárbaros, han derribado y pisoteado la antigua estatua romana de Verecundia [es decir, de la modestia]”.

G. K. Chesterton, The Well and the Shallows, 1935

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El enemigo está dentro. Tirad sobre nosotros”, transmitieron por radio desde el cuartel de Simancas, en Gijón, al comienzo de la guerra civil. Algo similar deberíamos retransmitir nosotros desde nuestras casas, porque, como señalaba Chesterton con su habitual clarividencia, el enemigo está en ellas. Ni siquiera hemos opuesto una resistencia numantina, como los valientes defensores del cuartel, sino que hemos dejado entrar al enemigo por nuestra propia voluntad.

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8.06.23

El placebo ecológico

Hace muchos años, viajando con un amigo por Europa con las mochilas al hombro, por casualidad vimos una iglesia anglicana. Llevábamos varias horas caminando por una ciudad belga u holandesa, ya no me acuerdo cuál, cuando me fijé en que, según el mapa, había una iglesia anglicana en un parque cercano. Decidimos acercarnos a echar un vistazo, intrigados por aquella herencia de Enrique VIII tan fuera de lugar en un parque de Flandes. Además, las iglesias anglicanas suelen ser bonitas.

Aquella iglesia anglicana en particular era fea con ganas y además estaba cerrada, así que el paseo fue en vano, pero allí vi algo que no he olvidado en todos estos años. Junto a la puerta había un panel de corcho informativo y en él lo único que ponía, el único mensaje que aquellos anglicanos se habían asegurado de transmitir incluso cuando el templo estaba cerrado, era una serie de consideraciones sobre lo importante que era reducir la huella de carbono y sobre las medidas que estaban tomando en ese sentido.

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17.05.23

¿De cura a papa?

El otro día, comentando la novela Yo fui secretario de León XIV, un lector preguntaba si se había dado alguna vez el caso de que un simple párroco o sacerdote fuera elegido papa, como el protagonista de la novela. No es extraño que se lo preguntase e incluso podría haberse preguntado si un mero obispo podría ser elegido papa, porque lo cierto es que ha pasado medio milenio desde la última vez que se eligió papa a alguien que no fuera cardenal.

En la historia de la Iglesia hay prácticamente de todo, como corresponde a una institución con unos dos mil años de vida y que ha tenido a miles de millones de personas por hijos. Los sacerdotes que han pasado directamente a ser papas, sin embargo, no son un caso extraordinario, sino en cierto modo lo normal. De hecho, esa era la práctica habitual en los primeros siglos, en los que el papa era elegido de entre el clero de Roma.

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15.05.23

Las galletas y el pecado original

Mi hija menor, que es una magnífica repostera, horneó galletas caseras hace unos días. Esas galletas en particular se preparaban en dos fases, así que tuvo que dejarlas reposar varias horas en la encimera de la cocina mientras se enfriaban, antes de poder aplicar el recubrimiento de naranja. Para que nadie se “equivocase” sin querer queriendo y se comiese las galletas inacabadas durante esas horas en que estarían desvalidas y sin protección, mi hija puso junto a ellas un papel que decía “NO TOCAR”.  

Hasta ahí, una escena cotidiana y repetida muchas veces en nuestro hogar y en innumerables otros, pero, al pasar junto a las galletas, me di cuenta de un detalle especial, que hizo que me riera con ganas. En una esquina del papel, había escrito también, escuetamente, “22”. Conocedora por amargas experiencias de lo que suele suceder en estos casos, la repostera se había asegurado de dejar claro que sabía exactamente cuántas galletas había en el plato, de modo que (esto se sobreentendía), su justa ira caería como arcángel vengador sobre cualquier miembro de la familia que pensara que, si se comía solo una o dos, nadie lo iba a notar.

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