De feminismos y feminismos
Me ha llamado la atención leer, en distintos blogs de este mismo portal, cómo a veces se critica durísimamente al feminismo y otras se ensalza al mismo como un gran logro de nuestro tiempo. Es una contradicción curiosa y creo que conviene analizarla un poco.
Bien, como es lógico, las palabras sólo son palabras, aunque algunas arrastren una historia accidentada. En sí no son buenas ni malas. Las nueve letras de esta palabra no son mejores ni peores que las demás. Lo que importa es el significado que se da al término en cuestión. Y creo que es evidente que la palabra “feminismo” no significa lo mismo para todo el mundo. Bajo el paraguas del término feminismo, coexisten multitud de interpretaciones de la vida, del ser humano, de lo que es la mujer y de su relación con Dios y con los varones. Algunas de esas interpretaciones son compatibles con la fe católica, mientras que otras muchas son claramente inadmisibles para un católico, lo cual crea una gran confusión.
Precisamente por esa confusión, hacen falta criterios sencillos para distinguir lo que es católico de lo que no puede serlo nunca. He recogido brevemente diez características que hacen que una determinada postura feminista sea contraria a la visión católica del mundo. Quizá los lectores puedan aportar otras. A mi juicio, si una postura que se autodenomina “feminista” rechaza estas características será en principio aceptable para un católico, al margen de que nos guste más o menos el término en sí.

Estoy convencido de que una de las cosas estupendas que nos esperan en el Cielo, si Dios quiere, es enterarnos de todas las gracias y milagros que Dios ha ido poniendo a nuestro alrededor sin que nos diéramos cuenta. Allí entenderemos por qué tuvimos estos padres, esta mujer o estos hijos y no otros, por qué sufrimos esa enfermedad o por qué tuvimos que ir a trabajar a otro país. Todo formaba parte del plan de Dios para nosotros, de su Historia de Salvación con nosotros, aunque no nos diéramos cuenta de ello.
Hoy he pasado el día en el hospital, con uno de mis hijos. Gracias a Dios, ya está mucho mejor. Tiene un problema crónico y, aunque normalmente está controlado, de vez en cuando se le junta con una gastroenteritis o alguna otra cosa similar y hay que llevarle al hospital y, a veces, ingresarle unos días. El pobre, como ya sabe que en el hospital le van a pinchar y hacer perrerías, suele poner mala cara o echarse a llorar en cuanto ve una bata blanca.
Religión en Libertad inició hace tiempo una meritoria campaña para pedir al Rey que no firmase la futura Ley del Aborto, que convierte esta barbarie sangrienta en un derecho. Como es lógico, no podría estar más de acuerdo en que el Rey, como monarca, como cristiano y como ser humano, no debe firmar esta Ley inicua y repugnante (más aún, si cabe, que la que actualmente está en vigor).
Un lector, Norberto, me envía una oración que ha inventado. Es un segundo ángelus, porque se refiere a la “segunda anunciación”.



