La envidia es poco

El domingo pasado, se leyó en Misa la parábola de los jornaleros que son contratados a diferentes horas por el dueño de la viña. Como suele suceder cuando se proclama esa lectura, la homilía me supo a poco, la verdad.
El sacerdote predicó sobre la envidia. Lo cual está muy bien, no me entiendan mal. Haría falta hablar mucho más sobre la envidia, que es uno de los pecados más comunes y que más destruyen la caridad en el alma. Aun así, sin embargo, me dio la impresión de que se estaba dejando en el tintero lo mejor.
Tenemos la idea de que las parábolas son una fábula con una moraleja al final, como las de Esopo o Samaniego, es decir, una especie de exhortación moral a ser buenos. Se lee la parábola de los jornaleros y el sacerdote nos explica que la parábola significa que no hay que ser envidiosos; se lee la del hijo pródigo y se nos dice que la enseñanza es que hay que ser misericordiosos; con la del hombre que construyó almacenes nuevos, nos aseguran que debemos ser desprendidos, y así con todas las parábolas.
¡No, no, no y mil veces no! Las parábolas no son simples consejitos morales para perfeccionar nuestro carácter, como los que podemos encontrar en Marco Aurelio, en Buda o en un libro de autoayuda, sino infinitamente más. Cada parábola pone ante nuestros ojos una visión sobrecogedora, un drama celestial en el que Dios mismo interviene por sorpresa para dar la vuelta de golpe a toda la trama.
Los consejos morales son estupendos, pero también son más de lo mismo, lo que ya sabíamos, aunque no lo cumpliéramos. En cambio, las parábolas son, literalmente, evangelio: algo nuevo, una noticia, una buena noticia. Jesucristo se ha encarnado y ya nada será igual, ni en la historia humana ni en nuestra propia historia. La parábola de los jornaleros plasma de forma concreta, para que todos lo entiendan, el cambio que ha supuesto Jesucristo en la historia de la humanidad, hasta el punto de dividirla en dos partes, antes y después de Cristo.
Tanto esta parábola como la de los viñadores homicidas se refiere, en primer lugar, a la apertura de la salvación a los gentiles. Durante siglos y siglos, el pueblo de Israel había sido el pueblo de Dios. Dios había elegido a los israelitas, se había revelado a ellos y solo a ellos y fuera de ese pueblo únicamente había oscuridad. Defiéndeme y líbrame de la mano de los extranjeros, cuya boca dice falsedades, cuya diestra jura en falso, dice el Salmista. Sin embargo, desde que Cristo se encarnó y murió por todos, ya nada es igual: la salvación se ofrece a todos los hombres.
Para entender esto, basta ver que a los oyentes originales la parábola no les dejó indiferentes, como habría pasado si Cristo se hubiera limitado a decir que había que ser buenos. Los doctores de la ley, los sumos sacerdotes y los fariseos, al escuchar la parábola, entendieron perfectamente la noticia y la rechazaron. Como explica el evangelio en la parábola paralela de los viñadores homicidas, los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos. Y trataban de detenerle. El pueblo judío ya no era el único pueblo de Dios y no podían soportarlo. ¡Ellos no habían servido a Dios desde el principio! ¿Quién era ese hombre para abrir la salvación a los gentiles, como si fueran hijos de Abraham?
La elección de Israel en el Antiguo Testamento, además, estaba unida a la Ley revelada por Dios en el Horeb. La Ley era una bendición, pero sin algo más, se convertía en maldición, porque pronto los israelitas se dieron cuenta de que no eran capaces de cumplirla. Es maravilloso conocer la voluntad de Dios, pero ¿qué pasa si la conozco y no soy capaz de llevarla a cabo? La ley es buena para los buenos, pero ¿y los pecadores, los malos, los débiles, que en última instancia somos todos? ¿Cómo vamos a salvarnos?
Además de señalar el paso del pueblo de Israel al nuevo Israel, que es la Iglesia, la parábola también anuncia el paso de la Ley a la gracia. La Ley se dio por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. Dios no se limita a señalarnos su voluntad, sino que, por pura gracia, nos transforma, nos convierte en hijos suyos y hombres nuevos que viven de una manera nueva. No porque lo merezcamos o nos lo hayamos ganado, sino porque nos ama. La salvación es para pobres, ciegos, cojos, pecadores, torpes y débiles. Se cumple así lo anunciado por el profeta: Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde.
Cuando escuchamos las lecturas de la Misa, todo eso se nos anuncia con la parábola de los jornaleros y, como la palabra de Dios es eficaz, se hace realidad en nosotros. Dios nos elige y nos llama por nuestro nombre, como en el día de nuestro bautismo, para ser sus hijos y hermanos de Jesucristo, a pesar de no formar parte de la descendencia de Abraham según la carne. Nos ofrece gratis la salvación y el perdón de los pecados, a pesar de que sabe perfectamente que no lo merecemos.
¿Qué tal está esto como giro dramático de la historia? El personaje insignificante, incapaz, torpe y desastroso, que no caía bien a nadie y por el que nadie daba dos duros, es decir, tú o yo, de pronto y por sorpresa se convierte en personaje principal. ¡El mendigo es ahora un príncipe; el esclavo, un hijo; el gentil, descendencia de Abraham! La historia no acaba como tenía que acabar, como era inevitable que acabase, sino que se abre ante nosotros un final feliz. Cuando se lee esta lectura evangélica, debería resonar un hurra o un canto de victoria de toda la asamblea. Ahora que lo pienso, eso es justo lo que sucede: ¡gloria a ti, Señor Jesús!
¿Hay que tratar de no ser envidiosos? Por supuesto. Dios quiere que no seamos envidiosos y, sin duda, puede extraerse esa enseñanza de la parábola, como segunda o tercera derivada. Pero no nos perdamos lo más importante.
16 comentarios
No se puede exagerar lo mala que es la envidia, y eso concediendo que ese sacerdote la haya definido bien, porque hoy hay muchos errores al respecto.
Una de las más importantes es que habla de la Naturaleza de Dios y es que nos hemos empeñado en afirmar que Dios es "Justo" y es cierto, lo que asa es que Dios llama justicia a una cosa y nosotros a otra-
Y lo manifiesta en muchas parábolas (El buen pastor, el padre misericordioso y su hijo pródigo, etc...) e incluso en algunos de sus actos como su comportamiento ante la mujer sorprendida en adulterio (Uno de los mas tergiversados por el tradicionalismo)-
Dios no es justo en el sentido de "equitativo" sino en e sentido de que cumple sus promesas
La justicia de Dios no se basa en el cumplimiento de la ley (La ley hay que cumplirla, eso nadie lo pone en duda) sino en que si retornamos a él el cumplirá independientemente de que lo hagamos durante toda la vida o que lo hagamos al final
En esta parábola, los últimos jornaleros no son responsables de llegar al final y el amo les cumple. En la del Hijo Prodigo, ni siquiera esta falto de culpa, pero llega arrepentido y el padre no le deja ni arrodillarse porque da igual la razón, el hecho e que ha vuelto, y en el buen pastor llega a dar la vida por un oveja descarriada.
Dios no es justicia (en el sentido de los hombres) es solo amor y como tal se comporta
Como dicen en Taizé; "Nuestro Dios es Ternura"
Al menos el mio
_________
por supuesto.
Acabo de dar un puñetazo en la mesa. No sé si ustedes lo han oído.
Revindicamos nuestro derecho a buenas homilías y buenos sermones. Estamos hartos de comer migajas y de rebañar huesecitos.
Queremos comer, comer, comer.
Continuará....
El domingo pasado, el sacerdote en el sermón nos dijo que el Evangelio está diciendo que la vida eterna se ofrece a todos. Esto fue todo lo que dijo.
Los que comenzaron pronto no son conscientes de su Virtud, los que comenzamos tarde somos conscientes de la de los demás y de nuestra propia miseria, pero aún así esperamos.
Muchas parábolas son misteriosas y no se sabe bien qué pretenden enseñar. Sigamos adelante con la parábola, al día siguiente salgo otra vez a la plaza para buscar trabajo, llega el mismo señor y le digo, mejor me quedo y cuando vuelvas a otra hora me apunto. ¿Paradójico o no?
También se puede dar la circunstancia de cómo le expongo al contratador el dilema, por ejemplo: "veo señor que eres bueno y generoso con todos, mira que nosotros hemos soportado...´¿ nos podrías añadir a nosotros algo a lo acordado? ¿Le hubiese "pillado", en sus propia generosidad? ¿ o acaso hay que pensar que el Buen Amo es parcial en su generosidad? A veces hay que saber cómo plantear.
En mi sermón dominical , sin embargo, el sacerdote expresó que el denario, era lo que se necesitaba para vivir un día y, en ese contexto me es más asequible: este pobre, sin su culpa, no ha sido contratado, y le doy lo necesario para vivir. ¿O acaso la limosna no tiene ese sentido?
Pero desde luego, los galimatías de sermón, son frecuentes, a veces sin culpa, a veces porque el sacerdote necesita más formación o profundización...o nosotros mas entendederas .
Es que esa forma errónea de mirar una parábola es errónea. No hay que darle vueltas a la historia en sí misma, que solo es un sencillo y humilde anuncio de algo que tiene que ver con nuestra historia de la salvación, no con las relaciones laborales, ni con la situación social o económica de los jornaleros, ni con la viticultura, ni con nada por el estilo.
Lo cierto es que la historia no tiene que tener sentido. Es más, es necesario que nos extrañe y nos parezca que en sí misma no tiene sentido, porque su verdadero sentido es sobrenatural. Si razonamos sobre la historia en un plano meramente natural (jornaleros, sueldos, etc.), entonces no puede tener sentido, porque las cosas de Dios funcionan de otra manera. Dios no nos trata como los hombres tratan a los jornaleros, sino según el Corazón de Dios, que es algo completamente distinto.
Las parábolas están hechas para suscitar extrañeza en algún sentido, porque apuntan a algo que nos supera por completo: la historia de salvación que Dios tiene con nosotros. Esa extrañeza es lo que hace que nos descalcemos, como Moisés ante el fenómeno de la zarza que ardía sin consumirse, porque en las parábolas pisamos el terreno sagrado y misterioso de la misericordia infinita de Dios.
It's a feature, not a bug, como dicen los norteamericanos.
Pero no da el salario al que no va a la viña. Eso es lo que nunca he oído comentar en esta parábola, ni en la del hijo pródigo. El Señor llama. Y vuelve a llamar. Y otra vez. Y otra. Al final, todos reciben la paga... Los que han ido a la viña. Los que no, no.
La misericordia del Señor no tiene límite. Pero nosotro debemos responder, debemos ir a la viña.
El Señor tiene sus tiempos con cada uno. El que va, es acogido con todos los derechos, sea la hora que sea.
Y los que ya estábamos antes, los de toda la vida, debemos estar agradecidos por estar ahí, en casa del Padre, y no en las tinieblas exteriores, y alegrarnos del rescate de nuestros hermanos, y no meternos en los juicios de Dios, que distan tanto de los nuestros como el cielo de la tierra.
Yo creo que eso es lo que dice la parábola.
Qué alegría la esperanza a la que somos llamados a cada uno en su tiempo: unos al amanecer y otros en el ocaso, perdidos y sin esperanza de ser amados.
Lo de judíos y gentiles es consecuencia de eso. Tan gracia de Dios es la elección de Israel como la apertura de la salvación a los gentiles.
Saludos cordiales.
Esta publicación tiene 2 comentarios esperando moderación...
Dejar un comentario




