El criterio de una buena Cuaresma

“Podemos pensar en la Cuaresma como un tiempo para erradicar el mal o cultivar la virtud, como un tiempo para arrancar la cizaña o para plantar buenas semillas. Está claro cuál es el mejor enfoque, porque el ideal cristiano siempre es positivo más que negativo. Una persona se hace grande no por la ferocidad de su ocio al mal, sino por la intensidad de su amor a Dios.
El ascetismo y la mortificación no son los fines de la vida cristiana, sino solo los medios. El fin es la caridad. La penitencia solo abre una grieta en nuestro ego para que la luz de Dios pueda irrumpir en él. A medida que nos deshinchamos, Dios nos llena. Y es la llegada de Dios lo que es importante”.
Venerable Fulton Sheen
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Esta cita del próximamente beato Fulton Sheen tiene su interés de cara a la Cuaresma, especialmente para los que podríamos llamar “cristianos normalitos”. Ya sabemos que, para los cristianos tibios o no practicantes, la Cuaresma no se diferencia en nada del resto del año; que, para los cristianos progresistas, es el tiempo en que toca hablar de que el ayuno no vale para nada y de que lo importante son los pobres o que las mujeres sean sacerdotes; y que, a los cristianos más santos, no hace falta decirles mucho porque ya se ocupan ellos solitos de correr con pie ligero y corazón ardiente por el camino que lleva hacia Dios.
Los cristianos normalitos, en cambio, con muy buena intención, pero poca sabiduría, tendemos a identificar la Cuaresma con una serie de prácticas de penitencia o esfuerzos extra que tenemos que hacer. Un poco como sucede con las resoluciones de año nuevo, al principio de la Cuaresma decidimos que, este año, vamos a dejar el chocolate, vamos a ser menos impacientes con el marido o con los hijos, no vamos a leer las redes sociales y otras mil variaciones más del mismo tema. Generalmente, estos propósitos cuaresmales, igual que los del nuevo año, duran más bien poquito o solo se consiguen de forma intermitente, porque la Cuaresma se nos suele hacer muy larga.
No hay, por supuesto, nada de malo en ello. La Cuaresma es, ciertamente, un tiempo penitencial para dominar nuestras pasiones, y un tiempo de desierto, en el que conviene prescindir de distracciones. Benditos sean los sacrificios que nos unen a Cristo en su pasión, que podan nuestros sarmientos para que no se desgajen de la Vid verdadera, que mortifican nuestra naturaleza caída y que nos recuerdan que somos polvo y en polvo nos convertiremos.
La penitencia cuaresmal, sin embargo, debe ser ordenada. No solo ordenada en el sentido de no excedernos con la severidad (una tentación extremadamente poco frecuente en nuestra época), sino, sobre todo, en el sentido fundamental de estar ordenada hacia algo muchísimo más importante que ella. Los sacrificios y penitencias solo son medios para un fin y, si se convierten en lo principal de la Cuaresma, de forma casi inevitable llegaremos a la Pascua insatisfechos, cansados y sin convertir, como los pelagianillos de medio pelo que somos. La cuaresma no trata sobre mí y sobre lo que yo hago, sino ante todo sobre lo que Dios quiere hacer en mí. Dios es el protagonista y yo solo un personaje secundario.
En ese sentido, lo más importante es la gracia de Dios y no nuestros sacrificios. Nuestro plan fundamental para la Cuaresma debe tener como punto principal que sea la Cuaresma que Dios quiere para nosotros, de manera que todos los otros puntos pueden fallar, pero, si se cumple el primero, todo va bien. Una buena Cuaresma no es aquella en que alcanzamos todo lo que nos hemos propuesto (aunque ojalá sea así), sino aquella en la que hemos dejado que Dios nos transforme. Hagamos todos propósitos que convengan, pero que lo principal no sea un propósito, sino una oración: conviértenos a ti, Señor, y nos convertiremos (Lam 5,21).
Convertirse se dice en hebreo con verbos que significan volverse a, darse la vuelta hacia. Lo importante no son los movimientos con los que nos damos la vuelta (aunque haya que darse la vuelta), sino hacia Quién nos volvemos. Como sabía San Juan Bautista, el criterio de si estamos haciendo las cosas bien no son los propósitos cumplidos, sino la humildad: conviene que yo disminuya, para que Él crezca. Más Dios y menos yo. Los ojos puestos en Él, mucho más que en mis defectos, mis logros, mis sacrificios o mis prácticas cuaresmales. Así es como estos últimos cobran sentido.
Nuestro resumen final de la Cuaresma no debe ser “qué bien lo he hecho este año”, porque entonces habrá sido todo un lamentable fracaso. Ojalá el Domingo de Ramos, mirando los cuarenta días anteriores, podamos decir: el Señor ha estado grande conmigo y ahora sé que todo es gracia. A Él y solo a Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
13 comentarios
Sin embargo, creo que el mínimo minimorum que pide la Iglesia actualmente en cuanto ayuno es más bien blandito
"Sin embargo, creo que el mínimo minimorum que pide la Iglesia actualmente en cuanto ayuno es más bien blandito"
Hemos hablado otras veces de eso y tengo pendiente un artículo sobre ello, porque mi tesis es aún más contundente.
- Por la oración crecemos en amor a Dios.
- Por la limosna (y todas las obras de misericordia) crecemos en el amor al prójimo.
- Por el ayuno (es decir, por todas las obras de penitencia) crecemos en el amor a nosotros mismos (porque tenemos que amar al prójimo "como a nosotros mismos").
El verdadero amor a uno mismo es alcanzar el Cielo, conforme a las palabras de Cristo: «El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna» (Juan 12, 25).
Es decir, que hay que alcanzar la Vida eterna por amor a uno mismo.
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Perdona, pero el Concilio de Trento prohíbe comer chocolate si no eres mayor de 70 años, no estás enfermo, y no lo tienes impuesto con prescripción facultativa. Puedes tomar en su lugar leche con ColaCao
Si el Señor no construye la casa,
en vano se cansan los albañiles;
si el Señor no guarda la ciudad,
en vano vigilan los centinelas.
Es inútil que madruguéis,
que veléis hasta muy tarde,
que comáis el pan de vuestros sudores:
¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen!
O como reza ese cántico de Isaías:
Señor, tú nos darás la paz,
porque todas nuestras empresas
nos las realizas tú.
Por eso nos dice el Señor, aprended de mí que soy manso y humilde. Necesitamos ser humildes para saber que nada podemos, que no se trata de hacer, sino de dejarnos hacer, y necesitamos ser mansos para soportar con paz y alegría cuando el Señor, con sus maneras tan sabias, viene a recordarnoslo, porque muy a menudo queremos ser como dioses.
Tu gracia, Señor, inspire nuestras obras, la sostenga y acompañe; para que todo nuestro trabajo brote de ti, como de su fuente, y tienda a ti, como a su fin. Por nuestro Señor Jesucristo, tu hijo, que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
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