Philip Trower, La Iglesia Católica y la Contra-fe -y 24

La Iglesia Católica y la Contra-fe: Un estudio de las raíces del secularismo moderno, el relativismo y la descristianización

Por Philip Trower

Contenidos

Parte 1. La civilización occidental en los siglos XX y XXI: creencias centrales

Capítulo 1. Por favor use la puerta principal

Capítulo 2. ¿Qué fue la Ilustración?

Capítulo 3. Las denominaciones

Capítulo 4. El progreso perpetuo

Capítulo 5. Los principios de 1789

Capítulo 6. La salvación por la política

Capítulo 7. Los derechos humanos y los males humanos

Parte 2. Influencias secundarias

Capítulo 8. El cambio al sujeto humano en filosofía

Capítulo 9. El existencialismo: Heidegger y Sartre

Capítulo 10. El personalismo: Buber, Marcel y Scheler

Capítulo 11. El personalismo: Maritain y Mounier

Capítulo 12. La idea evolutiva

Capítulo 13. El teilhardismo

Capítulo 14. Mayormente sobre Freud

Capítulo 15. Principalmente acerca de Jung

Capítulo 16. El hombre en plural

Capítulo 17. Las palabras y su significado

Capítulo 18. El encuentro con el protestantismo

Capítulo 19. Barth y la neo-ortodoxia

Parte 3. Impacto dentro de la Iglesia: un teólogo y la liturgia

Capítulo 20. El Gran Hermano

Capítulo 21. El traje del emperador

Capítulo 22. Desnudo pero no avergonzado

Capítulo 23. El cambio litúrgico: el contexto histórico

CAPÍTULO 24. LA NUEVA LITURGIA

Podemos resumir lo que sucedió una vez que Roma decidió dar más o menos rienda suelta a los techniciens [técnicos], bajo tres títulos: Lo que pidió el Concilio; Lo que hizo el Consilium (la comisión para implementarlo); Cómo todo esto fue entendido y aplicado en los niveles nacional y diocesano.

Lo que pidió el Concilio

“La reforma de la liturgia en el espíritu del movimiento litúrgico no era", nos dice Ratzinger, “una prioridad para la mayoría de los Padres", y él incluye entre ellos al Papa Pablo. Muchos, continúa, “ni siquiera la consideraban… La liturgia y su reforma, desde el fin de la Primera Guerra Mundial, se habían convertido en una cuestión apremiante sólo en Francia y Alemania". Tampoco el hecho de que la liturgia “se convirtiera en el primer tema de las discusiones del Concilio” se debió a que los Padres del Concilio estuvieran particularmente interesados en ella. Fue una movida táctica del partido de la reforma para evitar que otros temas fueran discutidos hasta que los borradores de los documentos de esos otros temas hubieran sido reescritos. Ninguno de los Padres, continúa Ratzinger, habría visto el texto que finalmente aprobaron como “una ‘revolución’ que significaba el ‘fin de la Edad Media’, como algunos teólogos sintieron que debían interpretarlo posteriormente”255.

Debido a esto, Sacrosanctum Concilium, el decreto [o la constitución] sobre la liturgia, fue un documento relativamente moderado. Como hemos visto, sólo estableció principios generales, y para la mayoría de los Padres Conciliares que votaron a favor de esos principios, sin duda, nada podría haber sonado más razonable que aumentar la participación de los laicos, simplificar un poco los ritos para hacer más evidente su significado, y permitir un grado de la lengua vernácula. Ellos deben de haber asumido que todo esto se podría realizar de un modo relativamente fácil con algunas modificaciones de los textos existentes y la introducción de cosas como “oraciones de petición", procesiones de ofrendas, lectores laicos para los textos bíblicos no evangélicos y aclamaciones ocasionales de la congregación. Sin embargo, todos estos principios generales eran susceptibles de grados de interpretación.

La primera debilidad, por ejemplo, reside en el significado de las palabras “noble simplicidad". Lo que es simple para un liturgista puede ser aún demasiado complicado para otro, y la “nobleza” es una cualidad para la que no pocas personas son ciegas o sordas. Por lo tanto, “noble simplicidad” se convierte fácilmente en mera “simplicidad". ¿Y qué entendemos por “inteligible"? ¿Cómo se hacen “inteligibles” los misterios sobrenaturales?256 ¿Reduciendo la ceremonia, la belleza, el ornamento y el ritual? ¿Disminuyendo las expresiones de reverencia y asombro? ¿Estimulando una atmósfera de alegre bonhomie [bonhomía]?¿Exponiendo todo a la vista para que la gente pueda ver “exactamente lo que está pasando"? ¿O de esta manera se hace al misterio menos inteligible, incluso si realmente no se induce a error a la gente al respecto? ¿Ocurre lo mismo con la “participación active"? ¿Cuánta de ella? ¿Y qué tipo de actividad? ¿La contemplación y la adoración son actividades? ¿O la “actividad” tiene que ser continuamente corporal o vocal?

En cuanto a la lengua vernácula, dado que la Iglesia es una Iglesia universal, y que el latín ha sido el idioma oficial de una gran parte de ella durante unos 1.700 años, los argumentos para mantener un grado de latín en el rito romano son muy fuertes. El latín ha sido el vínculo de unidad que ha enlazado entre sí épocas y naciones a través del Occidente desde fines del siglo III. Basta asistir a una liturgia totalmente vernácula en un país extranjero para apreciar cómo su casi total abandono [del latín] ha debilitado ese vínculo.

La “indefinición” de los principios establecidos en Sacrosanctum Concilium y los amplios poderes que el documento da a las conferencias episcopales locales para adaptar o reinterpretar sus instrucciones más específicas pueden ser vistos, creo, como el segundo punto débil. No sólo dio a los técnicos un ámbito para ejecutar una revisión de los textos más extensa de lo que, al parecer, habría sido necesario; abrió las compuertas de la esclusa de modo que las corrientes heterodoxas hasta entonces controladas por la Mediator Dei inundaron la Iglesia más o menos libremente. Los intentos de empujar el “auto” litúrgico cada vez más cerca del acantilado de la heterodoxia no han sido el único factor que ha desorientado el uso de la nueva liturgia; pero a lo largo del resto de este capítulo debería ser tenido en cuenta como un factor significativo.

Lo que hizo el Consilium

El tercer punto débil fue la velocidad con la que se armó la nueva liturgia. En 1964, poco después de que se aprobara el decreto del Concilio sobre la liturgia y mientras el Concilio aún estaba en sesión, el Papa Pablo designó al Cardenal Lercaro, Arzobispo de Bolonia, para que estableciera la comisión (el Consilium) para implementarlo. “Los proyectos debían completarse lo más rápido posible, en consonancia con el profesionalismo académico y pastoral, para que no se perdiera el impulso creado por el Concilio". El Consilium estaba compuesto por prelados, con los techniciens como asesores y Monseñor Annibale Bugnini como secretario. Fue en este punto cuando los techniciens alcanzaron el éxito. Mons. Bugnini orquestó y dirigió su trabajo. “Más que cualquier otra persona", se ha dicho, Mons. Bugnini “puede ser llamado el arquitecto principal de la reforma litúrgica… él ocupó la posición crítica en los órganos sucesivos de la revisión litúrgica oficial”257. En 1969, cuando el Papa Pablo suprimió la antigua Congregación de Ritos y fusionó el Consilium en la nueva Congregación para el Culto Divino, Mons. Bugnini permaneció como secretario y eventualmente fue nombrado Arzobispo. Antes de que el Papa Pablo lo despidiera abruptamente en 1975258, sólo sufrió un revés: no fue nombrado secretario de la comisión conciliar sobre la liturgia; él era sólo un peritus. Pero el revés sólo duró un año.

¿Cómo este funcionario relativamente menor llegó a ejercer un poder tan extraordinario en un campo que afectaría profundamente la vida de los católicos en todas partes durante generaciones? El hecho de que él fuera el principal intermediario entre el Papa Pablo y el Consilium durante el trabajo de revisión es una explicación parcial. Por lo demás, la situación no es tan inédita. El Monseñor, independientemente de lo que uno piense de sus opiniones, claramente tenía esas cualidades que, a lo largo de la historia, han hecho progresar a los subordinados de hombres en altas posiciones: industria, dedicación, determinación, la capacidad de organizar, de manejar a las personas y de lograr que trabajen juntas, todo lo cual al final los hace parecer indispensables. Uno piensa en Thomas Cromwell, en el Père Joseph de Richelieu [François Leclerc du Tremblay] o en [Franklin D.] Roosevelt y Harry Hopkins.

Junto con Mons. Bugnini, el principal defecto de los techniciens parece haber sido su falta de voluntad para dejar nada al tiempo y a Dios, y su determinación de impulsar las reformas, no sólo lo más rápido posible, sino con la menor consulta posible. No hubo un sondeo sistemático de las conferencias episcopales, como lo requería seguramente la colegialidad; y cuando se promulgó una Misa modelo experimental en beneficio de los obispos que asistieron al primer Sínodo Episcopal en 1967, aunque tuvo una recepción mayoritariamente desfavorable, se la implementó de todos modos. Los cambios también fueron mucho más profundos de lo que generalmente se esperaba.

“Era razonable y correcto que el Concilio", escribe el Cardenal Ratzinger, “ordenara una revisión del misal como tantas veces se había hecho antes y que esta vez tuviera que ser más completa que antes… pero ahora sucedió más que esto: el antiguo edificio fue demolido y se construyó otro", aunque en gran parte “usando materiales del anterior e incluso usando los planos del antiguo edificio.” Esto “hizo un daño enorme”259.

Finalmente, cuando después de un período de modificaciones introductorias la nueva liturgia de la Misa se convirtió en el culto oficial de la Iglesia latina en 1970, la antigua liturgia fue de hecho suprimida.

También esto es considerado por el Cardenal Ratzinger como un grave error de juicio. Él describe la consternación que sintió ante la “prohibición casi total” de la antigua liturgia “después de una fase de transición de sólo medio año… nunca había sucedido nada parecido en toda la historia de la liturgia". Los fieles no sólo fueron privados de un rito al que la mayoría estaba profundamente apegada y que hasta entonces había sido obligatorio; ahora se esperaba que evitaran y aborrecieran lo que hasta entonces se les había enseñado a venerar. Nunca antes alguien había pensado en “contraponer un misal a otro". El P. Congar parece haber sido de la misma opinión que el Cardenal: “No puedo entender", dice en su entrevista de 30 Días con Stefano Paci [30 Días, n° 3, 1993], “por qué no se obtuvo una autorización para salvaguardar la Misa (la antigua liturgia)… Yo intervine personalmente ante el Arzobispo de París; y en el Vaticano… Presenté repetidas solicitudes para que se permitieran los dos ritos, pero sin éxito".

No sin razón el P. Aidan Nichols dice que el Papa Pablo fue mal asesorado.

Los tradicionalistas también tienen argumentos sólidos con respecto a no pocos de los cambios, y más aún a la forma en que fueron introducidos. Pero, normalmente, no prestan suficiente atención a la historia del movimiento de reforma y la naturaleza mixta de su membresía. Los objetivos e intenciones de hombres como Romano Guardini, Parsch, Jungmann y Bouyer parecen ser mayormente desconocidos o ignorados [por ellos].

Es imposible entrar aquí en detalle en los méritos y debilidades del trabajo del Consilium. Entre otras cosas, fue producto de hombres que, si bien estaban de acuerdo en lo fundamental, tenían diferentes centros de interés. “Se necesitaron muchos compromisos para satisfacer a los diversos elementos”260. Hablaré también principalmente de la liturgia de la Misa dado que es lo que más ha afectado a la gente.

La primera y más notable característica es, por supuesto, el número de oportunidades proporcionadas para que los laicos participen de forma audible y visible en la celebración. De esta manera se logró uno de los dos objetivos principales del movimiento de reforma. La excesiva separación de sacerdote y pueblo en la Misa ha sido superada. El Padre Rosmini se habría regocijado.

El mayor número de lecturas de las Escrituras puede ser visto como la segunda mayor ganancia. El uso de la lengua vernácula, creo, habría sido una absoluta bendición si no hubiera sido tan total.

Una tercera característica llamativa es la cantidad de oraciones y lecturas bíblicas adicionales o alternativas: tres nuevas oraciones eucarísticas o cánones, varias variantes de Kyries, varios prefacios nuevos, muchos de ellos extraídos de liturgias anteriores. Las rúbricas (reglas y regulaciones litúrgicas) son menos y más flexibles. La intención subyacente a la amplia gama de opciones parece haber sido la de evitar la rutina y hacer la liturgia más adaptable a las condiciones locales.

Menos obviamente beneficiosos son los muchos pequeños cambios aparentemente introducidos para adaptarse a la supuesta psicología del “hombre moderno". Los liturgistas que tenían en mente al “hombre moderno” parecen haber tenido aversión a la repetición. Las invocaciones triples se reducen a dos, como en la traducción inglesa del Gloria, y las doxologías y los finales de oración que invocan a la Trinidad con frecuencia son omitidos. Cuando se han conservado oraciones de la antigua liturgia, a menudo son truncadas innecesariamente: por ejemplo, la hermosa oración del ofertorio que comienza con Deus, qui humanae substantiae, que a Étienne Gilson le encantaba recitar. También se eliminaron las formas de dirigirse a Dios que podrían parecer demasiado “obsequiosas". Para dar otro ejemplo, en la oración antes de la comunión “Que la recepción de tu Cuerpo” (Perceptio Corporis tui), las palabras “que aunque indigno me atrevo a recibir” han sido dejadas de lado. Los adjetivos “sagrado” y “santo” se evitan tanto como sea posible. Esta tendencia es particularmente notable en las traducciones al inglés, donde a menudo se instruye u ordena a Dios, en lugar de suplicarle que conceda favores. El hombre moderno, se supone, es práctico y con los pies en la tierra. Habiendo llegado a la mayoría de edad, habla con Dios como un adulto a otro, sólo puede hablar con un mínimo de ceremonia, y su capacidad de atención para cualquier cosa excepto hechos concretos es limitada. Él también tiene prisa. Quiere ir al campo de golf o a la playa el domingo. A la sencillez y la inteligibilidad se ha sumado la brevedad como principio rector de la reforma”261.

Las consideraciones ecuménicas jugaron un papel aún mayor en el trabajo de reconstrucción. “El Rito de Pablo VI contiene más características de procedencia oriental que las que el rito romano ha conocido históricamente… y notablemente en las nuevas anáforas” —otro nombre para la Plegaria Eucarística central o Canon [Nichols, op. cit., p. 121)—. Pero hay muchos más cambios con los protestantes en la mira. La corta Segunda Plegaria Eucarística o Anáfora, por ejemplo, es susceptible de una interpretación protestante o católica, y ha sido elogiada por ello por un evangélico destacado. Éstos fueron los cambios que atrajeron más críticas262.

La acusación principal fue que la nueva liturgia, particularmente la de la Misa, no protegía adecuadamente la doctrina eucarística y sacramental católica. Y la Instrucción General sobre el Misal Romano, el documento que la presenta, encontró objeciones aún más fuertes. La Instrucción General es una declaración de principios teológicos acerca de la Misa, así como de las reglas para celebrarla, y la mayoría de sus descripciones y explicaciones de lo que es la Misa evitaban tan cuidadosamente la terminología católica tradicional que daba la impresión de tratar de promover una teología protestante de la Eucaristía. El artículo 7, por ejemplo, declaraba que “la Cena del Señor o Misa es la asamblea o congregación sagrada del pueblo de Dios reunida con un sacerdote que preside para celebrar el memorial del Señor".

Debido a esto, la publicación del nuevo Misal tuvo que posponerse por seis meses. En septiembre de 1969, los Cardenales Ottaviani y Bacci, ambos figuras destacadas en el Concilio, enviaron una carta al Papa Pablo con un documento que criticaba fuertemente tanto el nuevo Orden de la Misa como la Instrucción General que lo acompañaba. Como resultado, el Papa hizo revisar la Instrucción General y añadió un prólogo de ocho páginas defendiendo su ortodoxia. Hubo dieciséis páginas de enmiendas, pero los críticos siguieron sosteniendo que las correcciones eran más verbales que sustanciales. Las correcciones, afirmaron, no alteraron el espíritu subyacente del documento263.

De hecho, hubo inquietudes acerca de la forma en que marchaba la reforma litúrgica desde la época del Concilio, si no antes. Las inquietudes habían sido generadas en parte por los rumores de lo que se estaba planeando, y en parte por una explosión de experimentos litúrgicos por parte de sacerdotes individuales, que habían sido desorientados por la propaganda a favor del cambio. Las explosiones variaron desde intentos bien intencionados, aunque en su mayoría erróneos, de llevar a cabo lo que se pensaba que la Iglesia quería, hasta la completa herejía y el vandalismo. Habiendo sido desterrado el Santísimo Sacramento a un armario en una pared lateral o una “sala de oración” remota, se despojaron los santuarios, se quitaron las barandillas del altar, se desecharon las estatuas y las estaciones de la cruz, los vasos de plata o plata dorada fueron reemplazados con tazas y platos de cerámica. Se abandonó la confesión, junto con la bendición, el rosario, y las procesiones de Corpus Christi y de Mayo. Los sacerdotes empezaron a referirse a sí mismos como “presidentes” o “animadores” de la asamblea, y en los peores casos incluso dijeron la Misa vestidos de payasos, de Papá Noel o incluso de Conejo de Pascua (ya sea porque San Pablo se había referido a la “locura de la cruz” o para mantener contentos a los niños). También se probó la danza litúrgica.

La consecuencia inmediata fue la aparición de varios movimientos “tradicionalistas", dedicados a preservar la antigua liturgia, no sólo por sí misma sino como un baluarte contra la herejía. El más conocido de estos movimientos es la Fraternidad San Pío X del Arzobispo Lefebvre, cuyos líderes fueron excomulgados automáticamente cuando, en 1988, el Arzobispo, en contra de las instrucciones del Papa Juan Pablo, consagró cuatro obispos para perpetuar su trabajo y organización después de su muerte.

Sin embargo, Juan Pablo II ha sido más comprensivo que Pablo VI con las aspiraciones tradicionalistas. En 1988 se estableció la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, bajo una comisión en Roma, la Comisión Ecclesia Dei, para capacitar y proporcionar sacerdotes para atender a los católicos que encontraban el nuevo rito demasiado inquietante, y para proporcionar un refugio a los sacerdotes lefebvristas que, aunque aún apegados a la antigua liturgia, quieren estar reunidos a la Santa Sede. La Fraternidad de San Pedro, que tiene sus propios seminarios, está en comunión con la Santa Sede y dirige parroquias extraterritoriales de liturgia antigua donde el obispo local lo permite. El Santo Padre ha pedido a los obispos que sean generosos a la hora de permitir la celebración de la liturgia antigua donde haya demanda de ella. Algunos obispos han sido generosos.

Me parece que los puntos principales a tener en cuenta sobre la nueva liturgia son: que ahora es la principal liturgia autorizada de la Iglesia latina (incluso si el uso del latín casi ha desaparecido temporalmente); que es claramente válida en el sentido de que la Misa y los sacramentos pueden ser efectivamente celebrados con ella (ahora la mayoría de los tradicionalistas acepta esto); que la Iglesia no va a abolirla y volver por completo a una liturgia silenciosa totalmente en latín para toda la Iglesia latina o al rito romano de 1962 para todos —ello sería casi imposible incluso si un Papa quisiera hacer tal cambio de rumbo—; que tiene muchas virtudes así como defectos; que estos últimos pueden ser eliminados; y que, debidamente ejecutada, es capaz de lograr los objetivos legítimos del movimiento de reforma.

La expresión clave es “correctamente ejecutado". En cierto sentido, se podría aplicar a la liturgia paulina la broma de Chesterton sobre el cristianismo como un todo: no ha sido probado y encontrado deficiente; nunca  ha sido probado. Eso no es del todo cierto: hay catedrales, parroquias y casas religiosas donde la nueva liturgia se celebra plenamente y con dignidad. Pero hay una buena pizca de verdad en esta generalización. Suficiente en todo caso para que, poco después del Concilio, el P. Bouyer pudiera escribir: “Prácticamente no hay liturgia digna de ese nombre hoy en la Iglesia Católica… quizás en ningún otro ámbito hay mayor distancia e incluso oposición formal entre lo que el Concilio elaboró ​​y lo que tenemos realmente… Ahora tengo la impresión, y no estoy solo, de que aquellos que se encargaron de aplicar las directivas del Concilio… han dado la espalda deliberadamente a lo que Beauduin, Casel y Pius Parsch se habían propuesto hacer”264.

Desde entonces, Benedicto XVI, cuando era cardenal, habla de la “desintegración de la liturgia”265. “Uno se estremece", dice, “ante el rostro deslucido de la liturgia posconciliar tal como se ha convertido". También ha dicho que hay menos diferencia entre la liturgia antigua y la nueva que entre la liturgia nueva correctamente celebrada y la forma en que se celebra normalmente.

Cómo ha sido aplicada la nueva liturgia

¿Qué ha fallado entonces? ¿Por qué tantas celebraciones de la nueva liturgia son “deslucidas” o, como otros han dicho, “banales", “secularizadas” o carentes de “sentido de lo sagrado", hasta tal punto que las críticas ya no provienen de tradicionalistas sino de católicos distinguidos que aceptan la nueva liturgia y ven en ella potencialidades para el bien?

Podemos atribuir algunos de los problemas a la influencia de la cultura circundante. La sociedad occidental en su conjunto tiene cada vez menos tiempo y comprensión para la ceremonia, el simbolismo y la idea de sacralidad. No hay nada que simbolizar. Sólo hay lo que puedes tocar y ver, los objetos y fuerzas físicas —¿y cuántos de nosotros podemos decir que no nos afecta en absoluto este espíritu?— Pero esto es sólo la punta de una explicación. La Iglesia a menudo ha tenido que resistir influencias culturales de este tipo.

Para llegar a la raíz del problema, debemos comenzar con la forma en que el establecimiento litúrgico comenzó a cambiar durante el Concilio y cómo se ha desarrollado desde entonces. Ya no consiste en un número relativamente pequeño de académicos europeos. Ahora es un asunto internacional. Cada conferencia nacional de obispos y cada diócesis tienen una comisión litúrgica, cuyos líderes se han convertido en los maestros y jueces oficiales del pensamiento y la acción litúrgicos “políticamente correctos".

La base original de este pensamiento, como hemos visto, había sido el purismo litúrgico de la generación anterior. La liturgia romana de los siglos IV y V era el ideal; sólo la oración litúrgica tiene valor real; las devociones populares deberían ser desalentadas si no abolidas; la participación popular debería ser la primera consideración en cualquier teoría o práctica litúrgica. Hombres de este tipo vieron la liturgia de Pablo VI como el vértice de la perfección litúrgica; la liturgia de Pablo VI debería ser tratada como sacrosanta.

La liturgia de los siglos IV y V ha sido el ideal de los reformadores litúrgicos de este tipo desde el siglo XVIII, porque después del siglo V disminuyó la participación visible del pueblo y, con la invasión de los bárbaros, el latín dejó de ser una lengua entendida por la mayoría de los fieles. Al mismo tiempo, debemos recordar que, en algunos aspectos, la liturgia posterior, especialmente la Misa, se desarrolló de una manera que mostraba una comprensión de lo que estaba sucediendo en la Misa que no estaba tan bien expresada en la liturgia latina anterior. Un “regreso a las fuentes” que excluyera el desarrollo sería contrario a la mente de la Iglesia266.

Sin embargo, la liturgia paulina apenas estaba en su lugar antes de que se la considerara simplemente como una puerta a nuevos desarrollos.

El latín ya estaba siendo abandonado antes de que terminara el Concilio, y la Misa de cara al pueblo se volvió casi universal poco después. Luego se introdujo una sucesión de cambios adicionales en el nivel nacional, a veces con y a veces sin el estímulo del obispo local, en contra de los deseos de Roma; por ejemplo, la Comunión recibida de pie y la Comunión en la mano. Cuando estas prácticas se difundían suficientemente, se solicitaba a Roma que autorizara las innovaciones con el argumento de que se habían convertido en una tradición establecida o una costumbre local. Los motivos detrás de estas y otras medidas, que pronto abordaremos, fueron variados. Pero su tendencia general ha sido debilitar la comprensión de y la reverencia por la Presencia Real, y de la Misa como Sacrificio.

La tendencia continúa. En [el libro] A Rereading of the Renewed liturgy [Una relectura de la liturgia renovada], publicado en 1994, el difunto Dom Adrien Nocent, uno de los cofundadores del Pontificio Instituto Litúrgico de Roma, propuso más abreviaciones del Misal, incluyendo la eliminación del rito penitencial al principio, del lavado de las manos del sacerdote en el ofertorio y de la elevación de las sagradas especies en la consagración, todo para que hubiera más tiempo para la lectura de las Escrituras y el sermón. También quería que cada grupo lingüístico escribiera sus propias oraciones colecta sobre la base de que la concisión latina no se puede replicar en otros idiomas. Incluso si las propuestas del autor nunca fueran retomadas, ellas representan una perspectiva bien arraigada267.

Mientras tanto, el pensamiento litúrgico estaba siendo transformado cada vez más no sólo por las teorías protestantes sobre la Iglesia y la Eucaristía, sino también por las otras ideas e ideologías que hemos estado examinando en este libro: las doctrinas de la Ilustración, el subjetivismo filosófico, el evolucionismo teilhardiano, el comunitarismo de Buber268.

Para no perderme en demasiados detalles, señalaré las cuatro ideas dominantes en el pensamiento litúrgico actual que, me parece, han sido las principales responsables de envilecer la celebración de la liturgia paulina.

En la primera, ejemplificada por las propuestas de Dom Nocent, vemos la influencia del racionalismo ilustrado. De acuerdo con esta mentalidad, el propósito principal de la liturgia es instruir. Nadie dice explícitamente que la adoración de Dios no sea el objeto principal de la liturgia; pero donde prevalece esta mentalidad, la adoración tiende a convertirse en un socio menor. Por supuesto, la liturgia tiene un lugar para la “instrucción": las lecturas de la Escritura y el sermón. Pero el sermón es la única parte de la Misa para la cual la palabra “instrucción” es realmente apropiada. No aprendemos de las lecturas de la Escritura y del resto de la liturgia en la forma en que aprendemos en la clase de catecismo o estudiando libros sobre la fe, donde las cosas son expuestas en un orden lógico. En la liturgia, la verdad divina se transmite a nuestras almas de manera diferente. Cuando la liturgia se usa principalmente como una herramienta de enseñanza, puede dejar de enseñar.

La segunda idea dominante es que la liturgia debe ser usada para generar cohesión social. La gente en la Misa debería sentirse y ser vista claramente como una comunidad fuertemente unida. La influencia de Buber en esta área ha sido abrumadora. Por supuesto, los cristianos deberían ser reconocibles por su amor mutuo; pero eso debería ser evidente en sus vidas como un todo. No debería haber necesidad de mostrarlo en la iglesia. El espíritu de adoración sufre cuando el foco de atención se desvía de Dios a la congregación.

Aquí no puedo hacer nada mejor que citar de nuevo al P. Nichols. “Un sentido de comunidad que no surge de la celebración ritual del culto sino que es buscado en sí mismo y por sí mismo pronto aparece evanescente o superficial o ambas cosas". Lo mejor que puede hacer es producir una “atmósfera benévola transitoria” que finalmente es “frustrante". Y añade, de modo aún más pertinente, “como la felicidad, la comunidad no se produce buscándola directamente; más bien es una consecuencia vital e indirecta de la inmersión en otras cosas”269.

Mucho antes de esto Guardini había dicho lo mismo. En El espíritu de la liturgia él explica por qué la liturgia tiene que ser desapegada, objetiva y bien regulada, por qué no da ni debe dar cabida a la expresión del sentimiento personal. La Iglesia universal, señala, acoge a hombres y mujeres de todo tipo de temperamento. Para que ellos estén unidos en el culto, la liturgia debe estar por encima del nivel de sus diferencias emocionales. Las expresiones de sentimiento personal y de entusiasmo en el culto público, señala, son una característica de las sectas religiosas.

Estas dos primeras ideas dominantes en el pensamiento litúrgico actual, que los propósitos primarios de la liturgia son (a) instruir y (b) generar un sentimiento de comunidad, se establecieron desde el principio en el pensamiento litúrgico internacional como preceptos sagrados. La tercera y la cuarta tardaron más en avanzar, pero ahora también están muy extendidas.

En la tercera vemos la influencia del subjetivismo filosófico combinado con ideas políticas democráticas. La liturgia no es algo que recibimos de Dios que obra a través de la Iglesia; la liturgia debe ser una expresión de la experiencia popular y de la creatividad humana. Cada parroquia o comunidad debería, por tanto, inventar su propia liturgia. El Cardenal Ratzinger ya había previsto esto como una de las consecuencias de una reforma conducida principalmente por expertos. Al introducir “una brecha en la historia de la liturgia", se creó la impresión de que la liturgia no es “algo dado de antemano", sino “algo ‘hecho’ y, en consecuencia, que se encuentra dentro de nuestros propios poderes de decisión". De aquí se sigue que “al final, cada ‘comunidad’ debe dotarse de su propia liturgia”270.

La cuarta idea expresa el evolucionismo imperante. La liturgia debe estar en constante cambio porque la situación de la gente está en constante cambio.

Es difícil pensar en un tipo de culto mejor calculado para alejar de la iglesia a hombres y mujeres normales con un anhelo de Dios que una liturgia celebrada de acuerdo con estos principios. Una liturgia demasiado “instructiva” es como una conversación con un rey constantemente interrumpida por cortesanos y secretarios. Una liturgia diseñada para generar un sentimiento de comunidad en lugar de sacarnos momentáneamente de lo cotidiano y común nos deja firmemente plantados en ello. Una liturgia “creada” por la comunidad local significa una liturgia confeccionada por las figuras dominantes en el grupo parroquial. Y una liturgia en constante cambio viola el principio sociológico y antropológico fundamental de que lo que la gente quiere y necesita sobre todo en el culto es permanencia y estabilidad.

Si estas opiniones persistieran durante algún tiempo, sería el final no sólo del rito latino sino de cualquier rito en general. No creo que persistan, porque dondequiera ellas prevalecen la asistencia a Misa y las vocaciones al sacerdocio siguen cayendo en picada. Eventualmente morirán, incluso si tienen una vejez prolongada.

Mientras tanto, no podemos asumir que ni siquiera las parroquias ortodoxas permanecerán inmunes a ellas. Los fieles las absorben inconscientemente, de los libros, de los medios católicos, del comentario extraño escuchado después de la Misa, en las reuniones diocesanas o en un sermón en una parroquia desconocida, junto con una multitud de otras ideas que tienen el efecto de socavar la dignidad y nobleza del culto católico. Ellos leen o escuchan, por ejemplo, que “la Iglesia no es la casa de Dios sino la casa del Pueblo de Dios", lo que significa que Dios quiere que “socialices” en la iglesia como lo harías en una reunión parroquial. O toman un librito sobre la Eucaristía del P. Bernard Häring donde descubren que a Teilhard de Chardin “le gustaba gritar con alegría ‘¡Todo es sagrado!’” Pero si todo es sagrado, el santuario no es más sagrado que el cuerpo de la iglesia, y la iglesia no es más sagrada que la calle afuera. Entonces uno puede comportarse de la misma manera casual en ambas. La consagración de iglesias también pierde sentido. ¿Por qué la haría el obispo? Presumiblemente es sólo una resaca simbólica del pasado.

Creo que la segunda razón por la que tantas celebraciones de la nueva liturgia son “deslucidas” o “banales” radica en las dificultades inherentes al emprendimiento conciliar fundamental. En la situación caótica posterior al Concilio, ¿cómo el párroco y la congregación promedios iban a entender y llevar a cabo los cambios de énfasis requeridos sin llevarlos demasiado lejos y, por lo tanto, poner en peligro tanto la doctrina como la dignidad de la celebración?

Tomemos los cuatro aspectos principales del culto católico que la Iglesia ha estado tratando de re-apropiarse o de traer de vuelta a la prominencia.

La dimensión social

La Iglesia quería incuestionablemente que los fieles fueran más explícitamente conscientes de ser un pueblo sacerdotal o, para usar la hermosa frase de Dom Guéranger, “la sociedad de la alabanza divina"; pero no que la liturgia se convirtiera en un evento social. El mensaje principal que la liturgia de la Eucaristía debe transmitir es que lo que está ocurriendo en el altar es algo maravilloso, sobrecogedor, glorioso y diferente, incluso alejado, de la vida y las cosas cotidianas. Los medios equivocados han producido el resultado equivocado.

La unidad entre el sacerdote y el pueblo en la Misa

Siguiendo a Rosmini y otros, la Iglesia quería también ciertamente que los roles del sacerdote y del pueblo en la Misa estuvieran más completamente integrados y que el rol del pueblo fuera expresado más plenamente. Sacerdote y pueblo deberían ser vistos como comprometidos en la misma obra, y ser conscientes de ello, aunque el sacerdote se identifique con Cristo y sea más necesario para la celebración de una forma en que el pueblo no lo es. Hay cambios en el nuevo Misal que los tradicionalistas, creo que erróneamente, asumen que han tenido una intención heterodoxa, que de hecho tenían en mente el propósito antedicho. El reordenamiento de las oraciones antes de la Comunión es un ejemplo. Pero muchas innovaciones introducidas desde que se promulgó el nuevo Misal enfatizan la participación de los laicos hasta tal punto que también tienden a introducir una nota de vulgaridad, así como a oscurecer la distinción de roles, incluso cuando no está en juego una intención heterodoxa. El ejemplo principal es la introducción de ministros laicos de la Eucaristía.

En el Sínodo de Roma sobre los Laicos de 1987, se expresó preocupación por “la laicización del clero y la clericalización de los laicos” (el clero se preocupa demasiado por los asuntos políticos y sociales, y los laicos son usados innecesariamente para lo que hasta ahora se había considerado como tareas específicamente administrativas). A pesar de esto, la Santa Sede autorizó poco después lo que ya venía ocurriendo desde mediados de la década de 1970, si no antes: laicos dirigiendo servicios de comunión en países donde pocas personas tienen automóvil y no hay sacerdotes residentes sino a largas distancias. De acuerdo con las nuevas regulaciones, debían ser llamados “ministros extraordinarios” de la Eucaristía y sólo debían ser usados cuando las circunstancias genuinamente los requirieran. Sin embargo, en los niveles nacional y diocesano fueron introducidos rápidamente en todas partes, se necesitaran o no, y fueron rebautizados como “ministros eucarísticos” y empleados de forma regular, de modo que los fieles se han acostumbrado a ver un gran número de laicos con ropa ordinaria moviéndose por el santuario de una manera práctica y no ceremoniosa, haciendo cosas como abrir el tabernáculo —lo que antes hacía sólo el sacerdote— y manipular las hostias sin tener que purificar primero sus dedos como el sacerdote todavía tiene que hacerlo.

Acción de gracias y alegría

Había, sin duda, muchos católicos antes del Concilio que necesitaban que se les recordara que eucharistia significa, en primer lugar, “acción de gracias". El Padre Jungmann insistió especialmente en este punto. Pero por lo que principalmente damos gracias en la Misa es nuestra redención, cuyo precio fue la pasión y muerte de Cristo. Nuestra acción de gracias, por lo tanto, tiene que tener un estilo diferente del tipo de gratitud que sentimos al recibir una gran suma de dinero o un regalo de Navidad muy generoso.

Lo mismo ocurre con la alegría cristiana. La alegría cristiana no es lo mismo que la alegría natural o mundana. Nos regocijamos en la perspectiva de la felicidad eterna. Pero sabemos al mismo tiempo que sólo se la alcanza a través de la puerta estrecha. Nada ha degradado tanto la celebración de la liturgia paulina como la confusión sobre el significado de la palabra “celebración": la idea de que un ambiente de fiesta debe ser la nota clave del culto cristiano —incluso para los funerales y la Cuaresma—. La pérdida del “sentido de lo sagrado” parece estar estrechamente relacionada con la pérdida del “sentido del pecado", que los Padres reunidos en el Sínodo de 1983 sobre la penitencia deploraron.

Recobrar el aspecto de “comida” de la Misa

En la fe católica, el sacrificio u ofrenda de sí mismo al Padre que Cristo hizo una vez en el Calvario por nuestros pecados, y que Él sigue ofreciendo eternamente en el cielo, se hace presente de nuevo en el tiempo, aunque de forma incruenta, por las palabras del sacerdote que consagra. Éste ha sido siempre el punto central de la Misa. Por un corto tiempo, la eternidad y el tiempo se intersecan. A esta ofrenda de sí mismo de Cristo, a la que el pueblo se une espiritualmente, el ” banquete sagrado ” al final de la Misa es el complemento o cumplimiento, sin ser algo adicional o accidental. En el pasado esta relación entre los dos componentes se entendía bastante bien. Pero quizás era inevitable que, una vez que la Iglesia comenzara a fomentar la Comunión frecuente, el rito de la Comunión atrajera una mayor atención.

Sin embargo, el uso de la palabra “comida” en este contexto no sólo es ambiguo, sino que en la mayor parte de Occidente se ha enfatizado de modo tan excesivo que ahora muchos de los fieles piensan que la Comunión del pueblo es el único punto culminante de la celebración. Incluso cuando continúan creyendo en la Presencia Real —y las encuestas en los Estados Unidos y en otros lugares han demostrado que algo así como el 75% de los católicos ya no lo hacen—, muchos parecen ver la consagración simplemente como una forma de hacer presente a nuestro Señor para que ellos puedan recibirlo en la Santa Comunión271.

En la parroquia promedio, la disminución de la conciencia de lo que ocurre fundamentalmente en la Misa, debido a una catequesis defectuosa y a los énfasis fuera de lugar que hemos estado viendo, parece ser la razón principal por la que hay tantas celebraciones poco inspiradoras. Las potencialidades de la nueva liturgia, lejos de ser explotadas, son en su mayoría son ignoradas o provistas de modo exiguo. Con demasiada frecuencia, el principio rector dominante es la “brevedad". De las cuatro oraciones eucarísticas disponibles, las dos más cortas son las más utilizadas. Las ceremonias como la bendición de las cenizas, o las liturgias del Domingo de Ramos y la Vigilia Pascual se suelen realizar en su forma más breve. El incienso, una forma poderosamente simbólica de honrar a Dios y las cosas sagradas, y de representar las oraciones de los fieles, es en muchos lugares casi desconocido. La esperanza de los reformadores de que las oraciones matutina y vespertina del breviario (Laudes y Vísperas) se convirtieran en parte de la vida de oración de los laicos no se ha realizado. Sólo un puñado de parroquias tienen la Oración de la Mañana como preparación para la Misa o las Vísperas los domingos por la noche. Y para que la capacidad de atención del hombre moderno no se extienda demasiado, incluso las nuevas lecturas bíblicas dominicales parecen estar en peligro. En Francia y Alemania, a menudo se omite la primera de las tres, lo que demuestra una vez más que cuando se permite una alternativa, lo más probable es que se elija la que requiera menos tiempo272.

Una mirada hacia adelante

Presuntamente, la situación recién descrita sería una de las razones por las que, en octubre de 1998, Juan Pablo II, después de hablar de “abusos” y de “escándalos graves” litúrgicos, dijo a un grupo de obispos de Estados Unidos que, si bien la participación activa de los laicos debe ser alentada, su disposición fundamental “debe ser la reverencia y la adoración". También explicaría por qué Joseph Ratzinger pidió “un nuevo movimiento litúrgico que reviva la herencia real del Concilio Vaticano II”273. En verdad, inspirado por esto, ya hay un movimiento para la “reforma de la reforma". Esto no significa una restauración del rito tradicional, que continuará como una alternativa (siguiendo el motu proprio de Juan Pablo II Ecclesia Dei adflicta). El objetivo es ajustar textos, endurecer algunas de las rúbricas y sobre todo recuperar el “sentido de lo sagrado” perdido o disminuido. Sin duda llevará tiempo. Pero ésa es la forma tradicional en la que la liturgia ha cambiado.

Las principales áreas problemáticas por delante parecen ser los servicios de comunión conducidos por laicos, y las feministas radicales que presionan por un lenguaje inclusivo y mujeres sacerdotes.

Los servicios de comunión dirigidos por laicos con hostias que han sido consagradas por un sacerdote, como hemos visto, originalmente estaban destinados a los países de misión. En Occidente, donde ahora también son comunes, muchos de los fieles están comenzando a verlos como un sustituto práctico de la Misa, si es que todavía son conscientes de que hay alguna diferencia.

El feminismo radical representa un desafío mucho mayor ya que apunta a algo inadmisible en sí mismo. Aquí los problemas comenzaron con la decisión de permitir ministros eucarísticos laicos. Restringir el privilegio a los hombres habría sido visto como tratar a las mujeres como inferiores. Pero las mujeres que dan la comunión hacen que sea mucho más difícil para los fieles ver por qué no pueden también decir Misa. Ciertamente, las feministas radicales ven a las ministras de la eucaristía como un paso hacia su objetivo, y durante las décadas de 1980 y 1990 hubo señales de que muchos sacerdotes e incluso obispos comenzaban a ponerse de su lado. Pocos, si es que hay alguno, piden directamente la ordenación de mujeres. Se pide que la cuestión se deje abierta para una mayor discusión. Pero si la cuestión es susceptible de discusión, no está resuelta: las mujeres sacerdotes se convierten en una posibilidad. Por eso, en 1996, Juan Pablo II finalmente se puso firme. En su Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis reafirmó solemnemente lo que siempre se había creído: la incapacidad de la Iglesia para ordenar mujeres. En la fe católica, 500 obispos podrían imponer sus manos sobre una mujer mientras invocan al Espíritu Santo y aún así ella no sería sacerdote.

La razón principal de esto es que, en las cosas fundamentales, la Iglesia sostiene que lo que ella siempre ha hecho o dejado de hacer fue instituido por Cristo o inspirado por el Espíritu Santo.

¿Cómo superan los defensores de las mujeres sacerdotes un obstáculo tan importante? Principalmente esgrimen dos argumentos: o que, al no ordenar mujeres, Cristo estaba limitado por la mentalidad y las costumbres de su tiempo, o que estaba haciendo una concesión temporal a ellas. Sin embargo, basta una pequeña reflexión para mostrar lo inadecuado de ambas posiciones.

Si lo primero fuera cierto, si el entendimiento y la voluntad de Cristo fueron limitados en la forma sugerida, entonces él ya no podría ser el Salvador universal. Implicaría que su divinidad estaba sumergida en su humanidad hasta el punto de ser inoperante, y al mismo tiempo haría que el Evangelio dejara de ser un mensaje universal, el mismo para todos los tiempos y lugares.

Por otro lado, el argumento de que Nuestro Señor estaba haciendo una concesión a los prejuicios o al espíritu de su tiempo hasta que las mentes de los hombres estuvieran mejor preparadas para recibir lo que realmente quería enseñar es contradicho por los hechos históricos más obvios. Los paganos estaban bastante acostumbrados a la idea de mujeres sacerdotes; las mujeres sacerdotes no habrían sido obstáculo para su conversión. En cuanto al propio pueblo de Nuestro Señor, los judíos, Él estaba preparado para desafiar sus ideas sobre el divorcio, la necesidad de la circuncisión y sus reglas sobre el sábado. Su actitud hacia las mujeres, como vemos en los Evangelios, también estaba en conflicto con la costumbre judía. Si él hubiera querido que las mujeres fueran ordenadas, entonces, ¿por qué no lo hizo él mismo?

La demanda de mujeres sacerdotes muestra cuán profundamente arraigadas están las doctrinas de la Ilustración en el pensamiento católico occidental. Tiene el mismo origen que la exigencia de hombres homosexuales de ser alterados quirúrgicamente para poder tener bebés. La igualdad exige que lo que un sexo puede hacer, el otro debe ser capaz de hacerlo.

Sin embargo, un cristiano que quiere conocer la mente de Dios sobre algún tema no toma como su punto de partida o guía a un pensador secular como Jean-Jacques Rousseau. Si no puede aceptar la autoridad de la Iglesia Católica, al menos comenzará con la Sagrada Escritura, y es allí sobre todo donde podemos descubrir las razones por las que Nuestro Señor instituyó un sacerdocio exclusivamente masculino. Esas razones, por supuesto, no serán entendidas por personas que no reconocen que los caminos de Dios no siempre son nuestros caminos, y que estamos tratando con un misterio sobrenatural, o que no aprecian la importancia del simbolismo religioso para transmitirlo.

Básicamente, estas razones se reducen a la enseñanza de la Sagrada Escritura sobre la relación de Dios con la raza humana. A lo largo de ambos Testamentos es formada en el molde del matrimonio humano. Dios es el esposo, la raza humana la esposa. Cristo es el Novio, su pueblo es la Novia. Tener mujeres como sacerdotes haría ininteligible el mensaje. Puede que no entendamos o no nos guste esta forma que Dios ha elegido para explicar nuestra relación con Él. Pero es indiscutible que Él le da importancia274.

Poco después de la Ordinatio Sacerdotalis, Juan Pablo II finalmente dio permiso para que las mujeres fueran monaguillos, una decisión que parece haber tenido la intención de facilitar que las monjas y laicas decepcionadas aceptaran el hecho de que no podían ser ordenadas. Hasta ese momento él había resistido resueltamente la presión por servidoras del altar desde el comienzo de su pontificado275.

La presión a favor de un lenguaje inclusivo (la sustitución de la palabra “hombre” o “él", cuando se usa colectivamente para ambos sexos, por “persona” o “gente") es otro punto de la agenda feminista, que ya está causando dolores de cabeza. Después de una pelea con la burocracia de la conferencia de obispos de EEUU, Roma logró que el lenguaje inclusivo se excluyera de la traducción al inglés del nuevo Catecismo, pero es común en los conventos y se fomenta en algunas parroquias, siendo el objetivo feminista final prohibir el pronombre “Él” para Dios, o sustituir “Padre", “Hijo” y “Espíritu Santo” por “Creador", “Redentor” y “Santificador”295.?

Sin embargo, el servicio de Comunión dirigido por laicos está demostrando ser el arma táctica más eficaz del feminismo radical. Una ministra eucarística, vestida con alguna especie de túnica eclesiástica, que recita toda la liturgia de la Misa antes de dar la Comunión, ya parece ser una práctica [establecida] en algunas parroquias norteamericanas. Entonces ella sólo tiene que incluir las palabras de la consagración y elevar la hostia y el cáliz y el principal objetivo feminista parecerá haber sido alcanzado. Cuando esto se haya convertido en “una costumbre local", todo lo que aparentemente se necesitará es la bendición y la imposición de manos del obispo local.

La Iglesia saldrá adelante al final. Pero parece que la batalla con aquellos que buscan negar las diferencias innatas entre los sexos va a ser tan dura como la batalla con las primeras grandes herejías. (CONTINUARÁ CON LAS CONLUSIONES Y LOS APÉNDICES).

Notas

255. Ratzinger, Milestones, Ignatius, 1998, pp. 122-123. Todas las observaciones sobre la liturgia y la reforma litúrgica de este libro se encontrarán en las pp. 122-124 y 146-149. Sus otras opiniones fácilmente accesibles sobre el tema se encuentran en Feast of Faith [Fiesta de la Fe], un libro corto enteramente dedicado a la liturgia (original 1981; traducción al inglés, Ignatius, 1986), y en sus dos libros de entrevistas The Ratzinger Report [edición española: Informe sobre la Fe], cap. 8 (Ignatius, 1985), y Salt of the Earth [Sal de la Tierra], pp. 50 y 174-176 (Ignatius, 1997).

256. Un obispo misionero alemán de Filipinas pidió una liturgia de la Misa en la que todos los presentes, “incluso si asisten por primera vez, pueden entender fácilmente sin necesidad de explicaciones". Éste, por supuesto, era el objetivo de los reformadores [protestantes] del siglo XVI, y el resultado fue un cambio de comprensión. No se puede entender la Misa sin conocer primero la doctrina de la Misa, que las ceremonias y los ritos refuerzan (Wiltgen, op. cit., p. 38).

257. Las dos citas de este párrafo son de New Catholic Encyclopedia [Nueva Enciclopedia Católica], vol. 18, art. “Bugnini", F. R. McManus.

258. En 1975, el Papa Pablo destituyó abruptamente al Arzobispo y lo envió al exilio diplomático en Irán, donde permaneció hasta su muerte en 1982, y donde, en respuesta a sus numerosos oponentes, escribió su propio relato de las reformas litúrgicas, La Reforma Liturgica (1948-1975), una obra de casi 1000 páginas. Fue publicada póstumamente.

259. Ratzinger, op. cit., p. 148. Las críticas del difunto Cardenal Antonelli son más detalladas y rigurosas. Él, reformador litúrgico y miembro del mismo Consilium, habla de su espíritu negativo, injusto y destructivo; de su actitud crítica e intolerante hacia la Santa Sede; de la falta de “verdaderos teólogos” —era “como si todos hubieran sido excluidos"—; de la ausencia de “cualquier sentido de lo sagrado” y de “preocupación por la piedad real"; de la manera incoherente y desorganizada en que se realizaban a cabo las discusiones; y de la falta de provisión de un sistema de votación adecuado. “Normalmente procedemos a votar a mano alzada, pero nadie declara cuántos participantes aprueban o desaprueban. ¡Una verdadera desgracia!". Inside the Vatican [Dentro del Vaticano], agosto-septiembre de 1999, revisión de una tesis doctoral del Padre Nicola Giampietro, publicada en Roma en junio de 1998.

260. New Catholic Encyclopedia, art. “Liturgical Reform” [Reforma litúrgica]. Hay gente devota que ve la crítica a la nueva liturgia como una crítica al Espíritu Santo. Claramente, ésta no es la opinión del Papa actual. Ya en 1975, él escribió: “Por el momento, no podemos entrar en la cuestión de hasta qué punto los pasos específicos tomados por la reforma litúrgica fueron mejoras reales o verdaderas trivializaciones… hasta qué punto fueron sabios o tontos desde un punto de vista pastoral.” (Ratzinger, Feast of Faith, citado en Ratzinger Report, pp. 119-120). Antes del Concilio, Jungmann se había opuesto a la opinión de que la antigua liturgia debía atribuirse en su totalidad al Espíritu Santo. A menos que hubiera tomado esta posición, no podría haber habido un movimiento de reforma litúrgica.

261. Véase McManus, op. cit., donde él incluye explícitamente la brevedad como un criterio de reforma.

262. La Plegaria Eucarística II, a la que a veces se hace referencia como “el Canon de Hipólito", un Padre de la Iglesia del siglo III, es de hecho bastante diferente al original.

263. Desafortunadamente, la versión inicial de la Instrucción General del Misal Romano dejó el camino abierto para los mismos errores que la encíclica Mysterium Fidei del Papa Pablo, de cinco años antes, estaba destinada a examinar o refutar.

264. Bouyer, The Decomposition of Catholicism [La descomposición del catolicismo], Londres, Sands & Co, p. 99.

265. Ratzinger, op. cit., p. 148.

266. También es bueno recordar que nuestro conocimiento de la liturgia latina más antigua es “una reconstrucción hipotética” y, para la de los siglos IV y V, depende principalmente de fuentes “en su mayor parte de los siglos VI y VII” (Jungmann, op. cit., p. 288).

267. Nichols, Looking at the liturgy [Mirando la liturgia], Ignatius, 1996, p. 116. El argumento opuesto ha sido presentado por los primeros traductores ingleses de la liturgia. No pueden seguir fielmente el latín, afirmaron, porque el latín es tan florido y el inglés moderno tan conciso.

268. ¡Hasta el marxismo dejó sus huellas! En 1983, el Missel des Dimanches [Misal Dominical] francés mencionó el centenario de la muerte de Karl Marx. Y recuerdo una declaración de un miembro de la comisión de obispos de Estados Unidos para los laicos dos o tres años después: “La acción de la Misa lleva a la acción de la calle".

269. Nichols, op. cit., pp. 33 y 42.

270. Ratzinger, op. cit., pp. 146-148.

271. Las décadas de 1920 y 1930, nos dice Ratzinger, fueron testigos de un debate culto en Alemania sobre la “estructura” básica de la Misa, en contraste con su “contenido” definido dogmáticamente. ¿La estructura básica era una “comida"? Ratzinger, siguiendo a Jungmann, demuestra contundentemente que no lo es. Según Jungmann, sólo hay una referencia en el Nuevo Testamento a la Eucaristía como una “cena” (1 Corintios 11:20). Después de eso, la palabra es inédita hasta la Reforma. Ratzinger, Feast of Faith, original 1981, traducción al inglés, Ignatius, 1985.

272. Véase la Instrucción General del Misal Romano, art. 318. Para la manera adecuada de celebrar la liturgia paulina, véase Ceremoniesof the Modem Roman Rite, The Eucharist and the Liturgy of Hours [Ceremonias del rito romano moderno, la Eucaristía y la Liturgia de las Horas] por Mons. Peter Elliott, Ignatius, 1995, y su más popular Liturgical Question Box [Buzón de preguntas sobre la liturgia] de los mismos editores. Si cada parroquia se ajustara a los requisitos y sugerencias de estos dos manuales admirables, el caos litúrgico cesaría.

273. Ratzinger, op. cit., 149.

274. Es difícil no ver una estrecha conexión entre el movimiento a favor del sacerdocio femenino y la depreciación de la maternidad. Pero esto último debería ser imposible una vez que miramos la maternidad desde un punto de vista verdaderamente cristiano. ¿Qué es un niño para un cristiano? Un hermano o hermana potencial de Cristo y un futuro ciudadano del cielo. Es obvio que normalmente la madre desempeña con mucho el papel más importante tanto en traer al niño a la existencia como en prepararlo para este destino. ¿Por qué entonces las mujeres deberían estar descontentas de no poder ser también sacerdotes? ¿No hay en todo esto una especie de glotonería espiritual?

275. Hay varias buenas razones en contra de las servidoras del altar. No tienen nada que ver con considerar inferiores a las mujeres. La primera es una razón de sentido común. Los hombres normales, como lo son la mayoría de los sacerdotes, van a encontrar que una chica o mujer hermosa sirviendo en el altar los distrae. Difícilmente serían normales si no lo hicieran. En segundo lugar, el servicio en el altar ha sido reconocido durante mucho tiempo como un semillero para las vocaciones sacerdotales. Pero es igualmente bien reconocido el hecho de que en cierta etapa de su desarrollo, a los niños les desagrada hacer lo que podría verse como cosas de niñas. Esto es mucho más probable que suceda cuando una actividad involucra a ambos sexos usando túnicas que podrían parecer vestidos. Por lo tanto, es probable que tener niñas como monaguillos conduzca a una disminución del número de vocaciones genuinas entre los niños y a un aumento de “vocaciones al sacerdocio” imaginarias entre las niñas y las jóvenes. Una tercera y última razón en contra de las servidoras del altar tiene que ver con el simbolismo teológico mencionado anteriormente. La Misa bajo un aspecto es el banquete nupcial de Cristo con la Iglesia. Dado que el sacerdote representa a Cristo el Esposo, es apropiado que esté rodeado de asistentes varones. Así han venido siempre los novios a sus bodas, no con damas de honor. Las mujeres monaguillos, como las mujeres sacerdotes, envían un mensaje teológico equivocado.

Copyright © Philip Trower 2006, 2011, 2018.

Al dejar de existir Family Publications , los derechos de autor volvieron al autor Philip Trower, quien dio permiso para que el libro fuera colocado en el sitio web Christendom Awake.

Fuente: http://www.christendom-awake.org/pages/trower/cc&cf/corrected/cc&cf-chap24.htm

(versión del 16/02/2021). Traducido al español por Daniel Iglesias Grèzes, con autorización de Mark Alder, responsable del sitio Christendom Awake.


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2 comentarios

  
Vivi
En el lugar donde vivo es imposible encontrar una parroquia en la que se célebre una misa tradicional en 100 kilómetros a la redonda, literal. Así que asisto a la nueva misa. El único estilo de misa a la he asistido en mi vida. Y me pasa que debido al ambiente que se tratar de generar, me resulta casi imposible ver la misa como que no sea la celebración de La Última Cena, en lugar de verla como lo que debería ser: El Sacrificio de N. S. Jesucristo. Trato de salirme mentalmente de contexto y asociarlo con el Viernes Santo, por ejemplo,.para tener un sentimiento y pensamiento más apropiado a lo que realmente es la misa , pero de vuelta todo me remite a La Última Cena. Y así todo termina siendo una lucha entre lo interno y lo externo. No sé si me explico ya que es difícil poner en palabras la confusión que vivo. Muchas gracias.

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DIG: Es que también la Última Cena está íntimamente ligada a la pasión, muerte y resurección de Cristo. La Última Cena fue la primera Misa, pero también esa primera Misa hizo referencia al Sacrificio de la Cruz. Sólo que ésa fue la única Misa anterior a ese Sacrificio.
04/09/22 3:36 AM
  
Marta de Jesús
Tampoco yo he podido asistir a una misa del vetus ordo, creo que la llaman así. Así que intento asistir dignamente a las que están a mi alcance. Ofrezco lo agradable a Dios y lo no agradable que lo perdone, con la petición de que nos vaya librando de lo segundo y mostrando la diferenciación de ambas cosas.

Creo que es de las mejores explicaciones que he leído sobre lo que pasó. Gracias.
04/09/22 6:26 PM

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