Philip Trower, La Iglesia Católica y la Contra-fe -15

La Iglesia Católica y la Contra-fe: Un estudio de las raíces del secularismo moderno, el relativismo y la descristianización

Por Philip Trower

Contenidos

Parte 1. La civilización occidental en los siglos XX y XXI: creencias centrales

Capítulo 1. Por favor use la puerta principal

Capítulo 2. ¿Qué fue la Ilustración?

Capítulo 3. Las denominaciones

Capítulo 4. El progreso perpetuo

Capítulo 5. Los principios de 1789

Capítulo 6. La salvación por la política

Capítulo 7. Los derechos humanos y los males humanos

Parte 2. Influencias secundarias

Capítulo 8. El cambio al sujeto humano en filosofía

Capítulo 9. El existencialismo: Heidegger y Sartre

Capítulo 10. El personalismo: Buber, Marcel y Scheler

Capítulo 11. El personalismo: Maritain y Mounier

Capítulo 12. La idea evolutiva

Capítulo 13. El teilhardismo

Capítulo 14. Mayormente sobre Freud

Capítulo 15. Principalmente acerca de Jung

Carl Jung (1874-1961) ha afectado el pensamiento occidental de manera diferente.

Se dice que su abuelo fue hijo ilegítimo del poeta alemán Goethe, y la mente de gran capacidad y desordenada, la imaginación errante, la curiosidad voraz y el amor por lo misterioso del nieto lo hacen más parecido a su supuesto antepasado que a hombres de ciencia como Pavlov y Freud. También era por naturaleza un orador cautivante. Existen numerosos relatos de la fascinación que ejercía como conversador y como personalidad. Pero nada de esto por sí solo explica su reputación.

Para entender su influencia, tenemos que distinguir entre Jung el psiquiatra y Jung el gurú espiritual y fundador de una secta casi religiosa. Es este último aspecto lo que me interesa de él aquí. Ningún otro psicólogo moderno famoso ha mezclado la psicología y la religión en la misma medida.

Como psicoterapeuta, Jung comenzó a explorar el inconsciente aproximadamente al mismo tiempo que Freud, y juntos fundaron la asociación psicoanalítica de la que Jung fue presidente por un tiempo. Pero en 1912, creyendo que Freud estaba exagerando el rol de la sexualidad infantil, Jung se separó y fundó su propia escuela de análisis.

Para el terapeuta Jung, la psiquis humana era un ámbito de opuestos complementarios y a veces en conflicto, y el objetivo de su terapia era reconciliarlos o integrarlos de una manera que permitiera a cada uno de ellos un espacio adecuado para la expresión. Él llamó al proceso “individuación". A él le debemos los términos “complejo” (para un grupo de problemas emocionales subconscientes o semiconscientes); “introvertido” y “extrovertido” (para los dos tipos psicológicos más comunes); “animus” y “anima” (para los rasgos de personalidad masculinos y femeninos supuestamente presentes en cada individuo); “inconsciente colectivo” (para los recuerdos genéticamente transmitidos de experiencias raciales que él creía que cada uno de nosotros lleva consigo junto con impulsos que tienen su origen en experiencias personales), y “arquetipos” (para las imágenes a través de las cuales esos impulsos o ideas adquiridos colectivamente se expresan a sí mismos).

Se dice que la gran mayoría de los terapeutas junguianos, utilizando estos principios e ideas, tienen aproximadamente las mismas tasas de éxito y fracaso que los analistas de otras escuelas, y que saben poco sobre las ideas religiosas más extrañas de su maestro.

Si son conscientes de ellas, mayormente suponen que son formas simbólicas de describir fenómenos psíquicos. Esto se debe en parte al volumen y la oscuridad de gran parte de los escritos de Jung, y en parte a que él sólo confió la gama completa de sus teorías religiosas a un grupo interno de iniciados, y sólo recientemente esas ideas han salido a la luz por completo135. Ellas tocan una nota muy diferente.

Como el padre de una secta religiosa, Jung fue un representante típico de la decadencia de fin-de-siècle [fin de siglo] que describí en el Capítulo 20 de Turmoil and Truth [El alboroto y la verdad] como uno de los factores que influyeron en el modernismo temprano. Desde la adolescencia en adelante estuvo fascinado por las religiones orientales, el gnosticismo, la magia, el hermetismo, la alquimia, el espiritismo y el ocultismo. También fue influenciado por Wagner, Nietzsche y los movimientos y sectas germánicos que revivieron el paganismo teutónico en los treinta años anteriores a la Primera Guerra Mundial.

Eventualmente, combinando los frutos de su amplia lectura sobre estos temas con sus experiencias como psiquiatra, él armó lo que un distinguido ex-junguiano ha descrito como “un politeísmo pagano místico en el que las ‘imágenes múltiples de los instintos’ (la más concisa definición de Jung de los ‘arquetipos’) son adoradas como ‘dioses’”136. Así como muchas de las religiones de misterios del mundo antiguo recreaban el descenso de un héroe al inframundo, del cual emergía purificado después de una serie de pruebas y batallas con poderes subterráneos, así los adeptos del camino de salvación de Jung alcanzan su meta después de batallar con los poderes espirituales en las profundidades del inconsciente. De éstos, “la Madre terrible", que representa los principios de la materia y la tierra, es el más temible.

¿Jung mismo vio estos poderes como fenómenos puramente psíquicos? ¿O les atribuyó una realidad objetiva? La respuesta parece ser la última. A lo largo de su vida Jung incursionó en el espiritismo y creyó en un espíritu guía al que llamó Filemón.

En la religión y espiritualidad junguianas, los instintos y los impulsos del inconsciente aparecen como reflejos dentro de la psiquis individual de las actividades de seres trascendentales, quienes, como los dioses y diosas de la mitología griega, siempre están luchando y peleándose unos con otros. El rol del neófito junguiano es conquistarlos y domarlos para que de su unión pueda surgir el ser superior al que Jung llama el Yo (con “Y” mayúscula). Como en la filosofía hermética, el Dios Uno nace de la unión de los muchos. El Yo es el “Dios interior” o “la imagen de Dios en el Hombre” con el que los junguianos siempre nos están instando a hacer contacto. Pero, como se verá, no es el Dios de la revelación judeocristiana; parece estar más cerca del “Yo Universal” o “Alma del Mundo” del hinduismo, a través del cual el hombre iluminado descubre que en su yo último él también es Dios.

Hay que señalar otras dos cosas. La psiquiatría de Jung apunta a reconciliar facetas complementarias de la personalidad que son buenas en sí mismas —cosas, por ejemplo, como el vigor masculino y la ternura femenina, o la necesidad de equilibrar el trabajo con el juego—. Su religión apunta a reconciliar el bien y el mal. Al obligar a los instintos en guerra a acostarse juntos como el león y el cordero de la Escritura, el neófito junguiano, como el superhombre nietzscheano, pasa más allá del bien y del mal a un dominio donde estas categorías ya no se aplican. Para Jung el gurú espiritual, no hay instintos ni pasiones malas. A lo que llamamos “mal", Jung lo llamaría el lado oscuro de la vida, y la oscuridad es una parte tan necesaria de la existencia como la luz. Todos los instintos e impulsos son en teoría buenos. Digo “en teoría", porque ciertamente Jung no habría recomendado el robo o el asesinato como formas de comportamiento socialmente aceptables. Lo que más parece haberle preocupado era el libre disfrute de los placeres sensuales sin sentimientos de culpa que, al igual que otros europeos cultos de su época que reaccionaban contra una educación protestante estricta, él parece haber considerado erróneamente como el sello distintivo de la antigüedad pagana.

Por lo tanto, no es sorprendente descubrir que su religión contiene un elemento decididamente erótico. Él justificó esto en términos de teoría y práctica alquímicas. En la reconciliación de los opuestos complementarios, o del bien con el mal, él vio una analogía con la mezcla de metales básicos del alquimista para producir oro, un trabajo que, en la literatura alquímica, a menudo se realizaba con la ayuda de una “hermana mística” (soror mystica) y culminaba en un matrimonio místico del que nacía un ser bisexual o “andrógino”137.

En un contexto junguiano, el analista sería el alquimista, su paciente (si es una mujer) la soror mystica, el clímax del proceso analítico el “matrimonio” místico, y la persona plenamente individuada resultante del mismo, la descendencia bisexual —bisexual porque da igual expresión a los lados masculino y femenino de la psiquis—. Que, en la práctica, el matrimonio místico podía tener un lado físico parece estar bien establecido. “El mismo Jung y un pequeño número de sus discípulos más cercanos", nos dice el Dr. Satinover, “habían encontrado una manera de vivir no sólo simbólicamente sino explícitamente las prácticas centrales del ocultismo". La principal soror mystica de Jung fue su amante durante 40 años.

Todo esto explica por qué el Dr. Satinover puede decir que la mayoría de los analistas junguianos no tienen idea de lo que “han sido compañeros de viaje” y que “las ideas ocultas incrustadas en la teoría y la práctica junguianas, incluso tomadas simbólicamente, tienden a socavar los estándares morales". La psicología, por así decirlo, flota sobre la “espiritualidad", absorbiendo parte de la “salmuera” como el casco de un barco de madera absorbería agua de mar.

Jung y el cristianismo

Jung también fue, por debajo de muchas palabras aparentemente justas, profundamente anticristiano. Como expresión de realidades psicológicas y espirituales, él consideró al cristianismo muy inferior a las ideas gnósticas, herméticas y ocultistas en las que se basaban sus propias teorías. Descendiendo de los chamanes de los tiempos más remotos, conocidas por las religiones de misterios del mundo antiguo, reprimidas por el cristianismo durante dos mil años, esas ideas habían sobrevivido en las enseñanzas de las sectas heterodoxas, pero ahora podían ser aprovechadas directamente por el psicoanálisis y la interpretación de los sueños. Aquí, más que en el cristianismo, yacía la sabiduría más profunda de la raza humana.

El cristianismo era una religión groseramente patriarcal, de “infelicidad". Puede haber valor en algunos de sus símbolos y doctrinas, pero para ser de alguna utilidad hoy en día tendrían que ser reinterpretados radicalmente. “El símbolo de Cristo carece de totalidad en el sentido psicológico moderno", nos dice Jung, “dado que no incluye el lado oscuro de las cosas, sino que lo excluye específicamente en la forma de un oponente luciferino (sic)”138. Para rectificar la situación Jung, en cierto momento, sugirió incluir a la Santísima Virgen en la Trinidad. Para ser psicológicamente correcta, la Trinidad debe tener un lado oscuro. Debe ser una Cuaternidad en lugar de una Trinidad. Y esto, sin saberlo, era lo que la Iglesia había hecho con el dogma de la Asunción. María había sido llevada a la Trinidad para convertirse en la necesaria cuarta persona. El único error de la Iglesia fue hacer de ella un símbolo de pureza y luz. Los junguianos deberían verla como el principio de la oscuridad materna139. Otras reinterpretaciones tienen un tono típicamente maniqueo. En su Ensayo sobre Job, Jung representa al Señor Dios como un tirano insensible e indiferente a la miseria humana. Eventualmente, bajo la influencia de su segunda esposa, Sofía o Sabiduría (Jung le da al Señor dos esposas: Israel es la esposa N° 1), Dios se arrepiente y se hace hombre para expiar sus pecados.

“Lo que Jung previó como un futuro posible para el cristianismo", escribe el eminente analista junguiano Murray Stein, “sería en muchos sentidos una continuación de la tradición cristiana, pero también muy diferente de ella… El Nuevo Testamento se convertiría para la versión transformada en lo que el Antiguo Testamento se convirtió para el cristianismo, una prefiguración y un precursor de la nueva revelación”140.

Sería más cierto decir que Jung no sólo previó la transformación del cristianismo, sino que también la pretendió y trabajó por ella. No pretendía que su neopaganismo psicologizado siguiera siendo la reserva de sus íntimos para siempre. Con o sin un barniz cristiano, lo pretendió para la regeneración espiritual del mundo entero141.

Por un camino diferente al de los primeros modernistas, Jung llegó a la misma meta. Dado que el conocimiento religioso brota del subconsciente y habla a la mente consciente en mitos y símbolos, no hay necesidad de una revelación pública, una Iglesia o sacramentos —excepto en la medida en que ellos mismos sean útiles como símbolos—.

¿Hasta qué punto todo esto debería ser, o haber sido, motivo de preocupación para la Iglesia?

Hace 30 años uno probablemente habría dicho “muy poco". Jung nunca fue un nombre familiar como lo fue Freud. Su atractivo estuvo limitado inicialmente a los europeos y norteamericanos de clase media espiritualmente desarraigados que buscaban un sentido a la vida, con un puñado de cristianos como el Padre dominicano inglés Victor White, un entusiasta temprano de la psiquiatría junguiana. Los primeros admiradores cristianos de Jung no parecen haber apreciado hasta qué punto su psiquiatría era un envoltorio para una religión rival. Sin embargo, en la década de 1960 la situación cambió dramáticamente. A medida que aumentaba el número de occidentales espiritualmente desarraigados, también lo hacían los seguidores de Jung, tanto dentro como fuera del Movimiento de la Nueva Era. Unos diez años más tarde, los católicos religiosamente desorientados comenzaron a moverse en la misma dirección.

Desde finales de la década de 1970, escribe el Dr. Satinover, “la espiritualidad junguiana o relacionada con la junguiana, con su énfasis en la ’sabiduría’ gnóstica, la libertad sexual, el misticismo oriental, el panteísmo, el culto a la diosa y el compromiso con el mal, se ha infiltrado profundamente en las iglesias (especialmente en las comuniones anglicana y romana)", y una serie de informes periodísticos durante la última década y media están ahí para confirmar sus palabras. Según el periodista estadounidense Paul Likoudis, “la espiritualidad católica tal como se enseña en la mayoría de las diócesis estadounidenses es casi enteramente junguiana"; los anuncios de retiros muestran que una alta proporción son de inspiración junguiana; los libros más vendidos sobre espiritualidad en muchas librerías católicas son de divulgadores de la secta de Jung142.

Una espiritualidad que es verdaderamente junguiana, por supuesto, ya no es católica. La espiritualidad católica pretende ayudar al individuo a acercarse a Dios, con la ayuda de la gracia, a través del olvido de sí mismo, la práctica de la virtud y la mortificación, y la sumisión a la voluntad de Dios. Las metas de la espiritualidad junguiana son la auto-mejora, la autorrealización y la inducción de sentimientos de bienestar psicológico. El primero eleva el alma al orden sobrenatural, el segundo, en la medida en que tiene algún contacto con la realidad, la deja firmemente plantada en lo natural o expuesta a lo preternatural.

La educación católica también sufre de inyecciones de junguismo. En A New View of Religious Education [Una nueva visión de la educación religiosa] (Twenty-Third Publications) encontramos a un autor estadounidense, el Dr. Kevin Treston, que aconseja a los maestros que “compongan un servicio de oración con el tema ‘la Tierra, nuestra Madre’” diciéndoles que “los cristianos están siendo desafiados a escuchar y celebrar la revelación divina en las diversas historias y tradiciones religiosas del mundo” y preguntando: “¿Han notado que nuestros mitos y símbolos se están desintegrando?” Esto es puro Jung. Como comenta astutamente un crítico inglés, “para esta gente, los símbolos significan sacramentos y los mitos doctrinas".

Los docentes católicos ingleses están recibiendo dosis similares de Jung mezcladas con la Nueva Era. En una charla dada bajo auspicios diocesanos por un sacerdote “científico social", el Padre Diarmuid O’Murchu, miembro de los Misioneros del Sagrado Corazón y autor de un libro titulado Reclaiming Spirituality [Recuperando la espiritualidad], se dijo a un grupo de docentes que la “religión oficial” no es “simplemente inadecuada; de hecho, puede ser un gran engaño, basado en el instinto patriarcal inflado de una especie loca por el poder. Necesitamos deshacernos de todo con sus adornos de dogmas, rituales, leyes y regulaciones". En contraste, la brujería, el totemismo, el chamanismo y la adivinación merecen una nueva evaluación… descartar la adoración del sol, la luna o los elementos de la naturaleza como prácticas paganas primitivas subraya la espantosa ignorancia espiritual de la humanidad ‘civilizada’".

Después de leer cosas como ésta, uno no encuentra el veredicto de Richard Noll, que Jung representa la mayor amenaza para la Iglesia Católica desde Juliano el Apóstata, tan sorprendente como podría serlo de otro modo. Corrigiendo suavemente a Noll, Satinover llama a Jung “la mayor amenaza… desde el padre del gnosticismo, Simón el Mago, con quien y sus discípulos Basílides y Valentino Jung se identificó abierta y explícitamente tanto a sí mismo como a su trabajo". Se puede decir en todo caso que, frente a una elección, la “espiritualidad” de Jung parece más peligrosa que el ateísmo crudo de Freud.

Quizá sea indicativo del estado desorientado de la vida intelectual y espiritual de Occidente que Alfred Adler (1870-1937), el otro discípulo/socio temprano de Freud, quien, como Jung, finalmente se separó y fundó su propia escuela, sea el menos conocido y el menos influyente de los tres pioneros.

Adler no construyó un gran sistema como Freud y Jung. Aunque menos imaginativo, su comprensión de las realidades básicas era más firme, y aunque durante la mayor parte de su vida tuvo poco tiempo para la religión, no fue hostil y sus ideas son más adaptables al uso cristiano. La vida, sostuvo, nos presenta tres tareas: la familia, el trabajo y la vida social. La neurosis es el resultado de huir de ellas, y la terapia exitosa es lograr que el paciente las enfrente. El ego, no la libido, es la parte realmente importante de la psiquis, y la voluntad de poder, no el sexo, es el impulso subconsciente dominante. Reforzar el ego, el yo racional, era el corazón de su terapia143.

Algunas figuras posteriores

Después de su lanzamiento inicial por parte del triunvirato original, la psicología moderna produjo numerosas escuelas diferentes e independientes talentosos, de los cuales, para los propósitos presentes, sólo necesito mencionar dos: la psicología del desarrollo del suizo Jean Piaget (fallecido en 1980) y su discípulo canadiense Laurence Kohlberg, y la psicología humanista o no direccional de Carl Rogers (fallecido en 1987).

Piaget fue un psicólogo experimental preocupado principalmente por el desarrollo mental de los niños y su capacidad real o supuesta para asimilar o no diferentes tipos de ideas e información a diferentes edades. Se dice que la mente, en cada edad o etapa, produce su propia “estructura cognitiva” especial, y tratar de alimentarla con materia apropiada para una estructura cognitiva que aún no está en su lugar es como tratar de introducir software en la clase de computadora equivocada. A partir de esto, muchos educadores católicos han llegado a la conclusión de que los niños son incapaces de absorber ideas sobre el bien y el mal o la obligación moral hasta una edad relativamente avanzada en la infancia, y por lo tanto no se les debería enseñar sobre ellas hasta que el equipo psicológico necesario esté supuestamente en su lugar. De acuerdo con los principios de Piaget, también se puede argumentar que los niños pequeños no tienen las estructuras cognitivas para aprender acerca de la Trinidad.

La principal contribución de Kohlberg fue mantener que la moralidad se desarrolla espontáneamente y, si ha de desarrollarse adecuadamente, sobre todo no debe ser enseñada. Él descartó la enseñanza de principios morales específicos como “adoctrinamiento” o la transmisión de “una bolsa de virtudes". En lugar de instruir, los maestros deben ayudar a estimular la comprensión moral de los niños a través de la reflexión sobre su propia experiencia. Kohlberg no era católico, pero fue descubierto por la generación de educadores católicos golpeada por las primeras oleadas de mala interpretación posconciliar.

Entre los escritores más influyentes de textos catequéticos para aplicar estas ideas a la enseñanza de la fe y la moral estuvo la seguidora canadiense de Kohlberg, Christianne Brusselmans, cuyos textos catequéticos han sido ampliamente utilizados en ambos lados del Atlántico. En los libros de Brusselmans, los niños han de alcanzar sus propias ideas sobre la moralidad aprendiendo sobre la paz, la justicia, el compartir, el cuidado y el amor, etc. Su texto sobre la preparación de los niños para la Primera Comunión, The Gold Book [El Libro de Oro], les enseña que la Eucaristía se trata de celebrar, hacer las paces, escuchar, cuidar y compartir una comida, en la que ellos reciben un pan muy especial.

Las teorías de Piaget y Kohlberg también subyacen a la negativa de ciertos sacerdotes a enseñar a los niños cómo hacer su primera confesión antes de hacer su primera Comunión. A menudo los niños han caído [alejándose de la fe] antes de que las “estructuras cognitivas” apropiadas sean consideradas existentes, y por lo tanto ellos nunca aprenden a confesarse.

El estadounidense Carl Rogers, por otro lado, es famoso por la gran cantidad de vocaciones religiosas que ayudó a destruir a fines de los años sesenta y en los setenta.

Comenzando como un terapeuta disciplinado de estricta educación luterana, él estableció su reputación en el área de Chicago en las décadas de 1940 y 1950 entre los habitantes del medio oeste con problemas o neurosis leves que, como el propio Rogers, todavía tenían algunos principios religiosos. Con gente así, su método y mensaje funcionaron bastante bien. Escuchando todo lo que decían sus pacientes, sin expresar aprobación o desaprobación, Rogers les facilitaba abrirse y, al hacerlo, volver al camino correcto más o menos por sí mismos. No tenía teorías arcanas como el complejo de Edipo o el inconsciente colectivo para confundirlos. Más tarde él encabezó un equipo de investigación en Wisconsin. Mientras tanto, él había estado publicando muchos libros. Hacia 1960 era el psicólogo más conocido en los Estados Unidos. Luego, en 1963, se mudó a California y California lo transformó. De ser una persona con principios y responsable, se convirtió, en palabras de un crítico, en un “adolescente de 70 años"; en las de otro, “uno de los revolucionarios sociales más importantes de nuestro tiempo". Los [dos] roles no son incompatibles.

Para entonces sus intereses habían cambiado hacia lo que él llamó “Terapia para Normales” (TPN), es decir gente común y corriente sin problemas psicológicos. Podían ser normales, pero Rogers creía que su terapia no direccional, al liberar todo el “potencial humano” dentro de ellos, podría convertirlos en “supernormales". En otras palabras, él estaba migrando de la psicología a la dirección espiritual o la formación del carácter.

Para implementar la idea, él inventó el “grupo de encuentro” o la “sesión de sensibilidad". En un grupo de encuentro, las personas exploran juntas sus sentimientos para descubrir “su verdadero yo". La ironía es que esto es justo lo que la gente normal, mientras sigue siendo normal, usualmente no quiere hacer. Sienten que hay algo poco saludable al respecto, y los resultados les dieron la razón. Los grupos de encuentro de Rogers fueron una receta para convertir a un gran número de personas hasta entonces normales en papanatas sentimentales o libertinos sexuales. Rogers estuvo inicialmente perturbado por los resultados, pero siguió adelante de todos modos. El problema era que él no creía en el hecho obvio de que el “yo real” de todos contiene muchas cosas que no son muy agradables. En otras palabras, no creía en el mal. También su mensaje básico había cambiado. “Sé tu verdadero yo” ya no significaba “Haz lo que sabes que es correcto", sino “Haz lo que tu verdadero yo quiere hacer” y “cualquier cosa que te hayan enseñado a hacer o te hayan dicho que hagas no es parte de tu verdadero yo". Es sorprendentemente parecido al mensaje de Jung sin los fundamentos sofisticados. La fama y la locura habían convertido a Rogers en uno de los fundadores de la sociedad permisiva y uno de los padres de la “generación del YO". Como psicólogo, ya no se le estima como antes. Pero las consecuencias de la revolución que él ayudó a obrar permanecen.

Ésta era la situación cuando, entre 1965 y 1967, los jefes de las órdenes y organizaciones religiosas católicas en Estados Unidos comenzaron a llamar a Rogers y sus asistentes para que los ayudaran a llevar a cabo las reformas que pedía el Concilio Vaticano II, que acababa de concluir. Se les había dicho que renovaran sus instituciones a la luz de los carismas de sus fundadores. Es revelador que para ello también ellos recurrieran a psicólogos en lugar de teólogos o directores espirituales. “Docenas de organizaciones religiosas católicas” recibieron el tratamiento de grupos de encuentro de Rogers144. Incluyeron a jesuitas, franciscanos y una serie de órdenes femeninas. Los resultados fueron catastróficos. Sacerdotes y monjas, primero por veintenas y luego por cientos, descubrieron que su respuesta al llamado de Dios no había venido de sus verdaderos yos. Algunos tuvieron aventuras entre ellos o con sus terapeutas. Otros dejaron sus órdenes sin más. Las solicitudes de laicización se multiplicaron. En aproximadamente un año y medio, una orden docente de mujeres muy conocida y respetada fue reducida a escombros: el número de miembros cayó de 615 a apenas dos docenas; de sus sesenta escuelas, sólo queda una. Entre los jesuitas se discutió seriamente “la tercera vía". La tercera vía fue propuesta como una alternativa legítima al matrimonio y al celibato; significaba sacerdotes que tenían novias145.

Las ideas de Rogers también han sido influyentes en el campo de la catequesis. En su Freedom to Learn [Libertad para aprender] (1969), considerado como la Biblia de la educación “humanista", él mismo pronunció la siguiente opinión: “En mi opinión, la mejor educación produciría una persona muy similar a la producida por la mejor psicoterapia", lo que dice que significa “una exploración de sentimientos cada vez más extraños, desconocidos y peligrosos en uno mismo, resultando posible esta exploración sólo porque el individuo se da cuenta gradualmente de que él es aceptado incondicionalmente".

La mala psicología también ha afligido a la Iglesia fuera del mundo de habla inglesa. A fines de la década de 1980, comenzó en Alemania un renovado éxodo del sacerdocio provocado por el sacerdote-psicoterapeuta Eugen Drewermann y su libro The Clergy: Psychogramme of an Ideal [El clero: Psicograma de un ideal] (1989). Este y los otros 35 libros de Drewermann, que se dice que han vendido más de un millón de copias, parecen ser una mezcla de Jung y de erudición bíblica modernista. Las doctrinas de la Iglesia “tienen un carácter simbólico". No son “exposiciones de hechos externos al hombre, sino que contienen una reproducción de su experiencia interna". Nos ponen en contacto con “una persona absoluta", a través de “imágenes que son inherentes a nuestro espíritu". Sin embargo, están mucho mejor expresadas por otras religiones. Seríamos más “verdaderamente cristianos” con una buena dosis de la antigua religión egipcia. En cuanto a la Iglesia Católica, es una institución “de restricción, represión, despersonalización y destrucción de los sentimientos”146.

El caso Drewermann es interesante no porque Drewermann tenga nada nuevo que decir —se trata mayormente de cosas muy desgastadas— sino a causa del apoyo que él ha tenido de los católicos alemanes de clase media y la respuesta débil de la mayoría de la jerarquía alemana. El arzobispo Dyba de Fulda, que habló de la “profunda apostasía” de Drewermann, parece haber sido minoritario. Para el obispo Lehmann de Maguncia (ahora cardenal), líder de la conferencia episcopal alemana y teólogo destacado, Drewermann tenía “razón en su intento de rescatar los tesoros escondidos en la fe bíblica"; posteriormente él reprendió a los teólogos alemanes por “haber fallado” en seguir el ejemplo de Drewermann.

La voz de la Iglesia

Como expliqué al comienzo del último capítulo, el propósito principal de este breve estudio de la teoría psicológica y de su impacto en los católicos no es descartar por completo la psicología, sino mostrar dónde está cargada de ideas filosóficas, éticas y religiosas erróneas de las que necesita urgentemente deshacerse si ha de alcanzar todo su potencial como ciencia.

El primer Papa que reconoció oficialmente este hecho fue Pío XII. El auge del psicoanálisis tras el final de la Segunda Guerra Mundial acababa de comenzar. Durante la década de 1950, él abordó el tema en cuatro discursos (13 de septiembre de 1952, 13 de abril de 1953, 30 de septiembre de 1953 y 10 de abril de 1958). Se preocupó principalmente de defender el libre albedrío y la responsabilidad moral.

Mientras la Iglesia “mira con satisfacción la nueva psiquiatría", dijo, los psiquiatras “no deben perder de vista… los preceptos obligatorios de la ética". Nuestros dinamismos psíquicos “no son irresistibles… la naturaleza ha confiado su dirección al puesto central, el alma espiritual… que normalmente es capaz de gobernar estas energías". Tampoco “sin más consideración” los psicoterapeutas deberían tratar las inhibiciones del ego “como una especie de fatalidad". “Todo hombre debe ser considerado normal hasta que se demuestre lo contrario… Las condiciones psicológicas anormales no siempre tienen una fuerza imperiosa".

Al tratar de los límites de la investigación y el tratamiento, él advirtió contra la exploración sin restricciones de la vida sexual del paciente. Un “hombre no es libre de despertar en sí mismo, con fines terapéuticos, todos y cada uno de los apetitos de orden sexual". Tampoco puede suprimir a voluntad el espíritu religioso, la autoestima, el pudor y la decencia. El terapeuta, por su parte, cuando se enfrenta al “pecado material” (lo que es objetivamente pecaminoso, ya sea que el paciente se dé cuenta o no de que lo es) no puede permanecer neutral. Un terapeuta no puede aconsejar a un paciente que cometa un pecado grave sobre la base de que sería sin culpa subjetiva. Además, en lo que respecta a la culpa, la culpa morbosa debe ser distinguida de la culpa real. “Ningún tratamiento puramente psicológico puede curar un sentimiento de culpa genuino". En el caso de una falta moral real, los medios para eliminarla “no pertenecen al orden puramente psicológico".

El Papa también abordó la cuestión más amplia de los orígenes de la religión. Refiriéndose a la posibilidad de un dinamismo psíquico que dirija al hombre hacia Dios, dijo que, de demostrarse su existencia, no haría más que confirmar las palabras de San Agustín: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestros corazones están inquietos hasta que descansen en Ti.” Sin embargo, él rechazó la idea de que tal dinamismo fuera la base de la fe religiosa. “Sabemos", dijo, “que… el conocimiento natural y sobrenatural de Dios y el culto a Él, no proceden del inconsciente o subconsciente, ni de un impulso de los afectos, sino del conocimiento claro y cierto de Dios por medio de su revelación natural y sobrenatural".

Sin embargo, cualquier resultado que las advertencias del Papa puedan haber tenido en el momento en que se hicieron fue rápidamente deshecho por aquellos que tomaron la delantera en la interpretación de la psicología moderna para los fieles después de 1965.

Los comienzos de una restauración de la cordura, al menos en lo que respecta al sexo y su significado, comenzaron a principios de la década de 1980 con las alocuciones de Juan Pablo II en sus audiencias generales de los miércoles, en las que desarrolló su “teología del cuerpo". Quitando el sexo del centro del escenario, el Papa lo devolvió a su lugar legítimo como la expresión física de una unión fundamentalmente espiritual, por ser personal, y al hacerlo así restauró su dignidad. El mensaje todavía tiene que penetrar en el nivel parroquial. Pero cuando lo haga, creo que tendrá un tremendo poder de atracción para los hombres y mujeres que huyen de la cultura y mentalidad mundial de Playboy/Playgirl.

Notas

135. Véase Richard Noll, The Jung Cult [La secta de Jung], Princeton University Press, 1994, y The Aryan Christ [El Cristo ario], Londres, Macmillan, 1997. El Dr. Noll es psicólogo clínico y asociado posdoctoral en historia de la ciencia en Harvard. Siempre ansioso por proteger su reputación como científico, Jung tendía a dar más o menos lugar a sus ideas religiosas dependiendo de la audiencia a la que se dirigía.

136. El Dr. Jeffrey Satinover, ex analista junguiano, graduado del Instituto C. G. Jung de Zúrich y ex presidente de la Fundación C. G. Jung de Nueva York. La cita es de su larga carta-artículo en The Wanderer del 27 de julio de 1995, citando libremente a los seguidores y admiradores de Jung.

137. Es irónico que Freud, a quien se asocia sobre todo con el sexo, haya sido más casto que el supuestamente “espiritual” Jung. Para mi explicación de la “religión” de Jung, estoy en deuda principalmente con el Dr. Noll y el Dr. Satinover. El magistral artículo de este último permite ver en perspectiva la selva de las ideas religiosas de Jung.

138. Véase Satinover, op. cit.

139. Las reinterpretaciones del cristianismo de Jung están tomadas de un artículo del Dr. Pravin Thevathasan MB BS MRCPsych MSc, de Shrewsbury, Inglaterra. Carl Gustav Jung: Enemy of the Church [Carl Gustav Jung: Enemigo de la Iglesia]. Véase también David Wulff, Psychology and Religion [Psicología y religión], John Wiley and Sons.

140. Satinover, op. cit. En 1912, Jung, según Noll, reclamó “un derrocamiento intrapsíquico de la costumbre, una revolución en las tradiciones europeas internalizadas que esclavizan la personalidad individual” (Likoudis, The Wanderer, 29 de diciembre de 1994).

141. Noll, The Jung Cult [La secta de Jung], p. 254. Acerca de la creencia de Jung de que había recibido un llamado especial para este trabajo, véase Philip Rieff, The Triumph of the Therapeutic [El triunfo de la terapéutica], Harper Torchbook, pp. 112-113. El autor describe cómo, a la edad de 12 años, Jung tuvo una serie de sueños, que culminan con Dios arrojando un enorme pedazo de estiércol sobre la catedral de Basilea y aplastándola. Jung describió más tarde el incidente, que le dio un sentido profético de misión, como, en palabras de Rieff, su primera y formativa “experiencia de gracia", y lo interpretó como un llamado a “ayudar a aquellos como su padre, que sufrieron por el fracaso del milagro cristiano de la gracia, a [recibir] una nueva gracia.” El padre se había suicidado.

142. Likoudis, The Wanderer, diciembre-enero de 1994-1995. “El Centro de Enriquecimiento Kordes, dirigido por hermanas benedictinas en la diócesis de Evansville, EEUU, tiene programas con títulos como ‘Descubre cómo sanarte a ti mismo a través del análisis de los sueños’, ‘Nutriendo la espiritualidad y la sexualidad’ y ‘Sueños y crecimiento espiritual’.”

143. Según el P. Louis Bouyer, antes de morir, Adler “llegó a una conversión religiosa y cristiana a través de la práctica de una psicología individual que era especulativamente modesta, pero totalmente honesta en la práctica". The Invisible Father [El Padre invisible], Edimburgo, T. 84 T. Clark, 1999, cap. II, pp. 35-36.

144. Para este relato de las ideas y la carrera de Rogers, véase William Coulson: (1) The Californication of Carl Rogers [La californicación de Carl Rogers], en Fidelity, noviembre de 1987; y (2) We Overcame their Traditions [Nosotros superamos sus tradiciones], en The Latin Mass, enero-febrero de 1994. El Dr. Coulson fue durante ocho años el asistente más cercano de Rogers.

145. En la psicología humanista, “la prueba de autenticidad… es ir en contra de lo que fuiste entrenado para ser, denunciar toda esa falsedad y decir lo que está más profundo dentro de ti… Lo que está más profundo dentro de ti, sin embargo, son ciertos anhelos no correspondidos, incluidos los anhelos sexuales. Provocamos una epidemia de mala conducta sexual entre el clero y los terapeutas.” (Coulson, op. cit., 2). El grupo de encuentro ha sido una de las armas más eficaces del modernismo en su campaña contra la fe y la moral católicas. Como método para cambiar las actitudes e ideas de la gente, ha demostrado ser tan efectivo como las ametralladoras y las bombas en la guerra moderna.

146. Guido Horst, 30 días, Nº 4, 1992.

Copyright © Philip Trower 2006, 2011, 2018.

Al dejar de existir Family Publications , los derechos de autor volvieron al autor Philip Trower, quien dio permiso para que el libro fuera colocado en el sitio web Christendom Awake.

Fuente: http://www.christendom-awake.org/pages/trower/cc&cf/corrected/cc&cf-chap15.htm

(versión del 16/02/2021). Traducido al español por Daniel Iglesias Grèzes, con autorización de Mark Alder, responsable del sitio Christendom Awake.


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4 comentarios

  
Daniel Iglesias
A quienes saben inglés, les recomiendo esta entrevista al Dr. Coulson, ex colaborador de Carl Rogers:
https://www.ewtn.com/catholicism/library/story-of-a-repentant-psychologist-11932
02/06/22 1:05 PM
  
Néstor
No más preguntas, Señoría.

Tremendo, realmente. Que el Señor nos conceda su gracia.

Saludos cordiales.
02/06/22 3:42 PM
  
Lohengrin
Lo del "verdadero yo" no solo implica todo tipo de incoductas sexuales (aunque sí es verdad que generalmente va junto). También es lo que generalmente está atrás de los cada vez más numerosos jóvenes y ya no tan jóvenes que no se comprometen con nada, ni con un trabajo, ni con un estudio, ni mucho menos con formar una familia y andan vagabundeando por el mundo y por la vida, sin nada que cause un mínimo de sacrificio, todo ello para "encontrarse a sí mismo".
03/06/22 11:12 PM
  
gustavo perez
Ignoro por qué el articulista, muy bien informado, ha ignorado la deriva junguiana del monje benedictino alemán Anselm GRÜN, decidido y fanático junguiano, escritor prolífico y muy bien visto en las toldas católicas, dadas a las novelerías de última hora. Como de costumbre la Iglesia no ha dicho "esta boca es mía" para prevenir los males difusos de este monje no sólo por su fanatismo por el sicoterapeuta sino por la serie de errores de NEW AGE que ha propagado GRÜN de la mano de su maestro Jung.
12/07/22 1:39 AM

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