Toledo, una puerta entreabierta
Un lector dejó en el blog, el otro día, un largo comentario en el artículo “Astorga, con la puerta en las narices”, que trataba sobre las catedrales cerradas para quien quiere rezar en ellas y que sólo se abren a los turistas de pago. Me ha parecido interesante reproducirlo como artículo independiente.
Este lector nos cuenta la solución a la que ha llegado Toledo, intentando resolver el problema. Existe acceso libre a la capilla del Santísimo, donde se celebran las Eucaristías de diario, y se puede acceder al resto de la Catedral para visitarla pagando la entrada. Sin duda, esta solución salva lo esencial del tema: nunca se cierra la puerta a nadie que quiera ir a rezar ante el Santísimo, que es lo que distingue esencialmente una iglesia católica de un templo protestante.
Yo preferiría, la verdad, que la Catedral estuviese abierta totalmente de forma gratuita, pero eso lleva a este lector a plantear un tema que me parece importante, el quinto mandamiento de la Iglesia, que recordaré para los desmemoriados: ayudar a la Iglesia en sus necesidades.

Como el otro día hablábamos de
Al oír hablar, estos días, del barco abortista que ha venido a España, es difícil no sorprenderse de los extremos a los que puede llegar el ser humano: animar a las mujeres a dar muerte a sus hijos, haciendo terribles esfuerzos para saltarse los pocos obstáculos que pone la ley, incluso ayudando a las menores de edad a hacerlo sin permiso de sus padres. Desgraciadamente, a todo hay quien gane.
Todos los lectores conocerán ya, supongo, la noticia de que varias organizaciones proabortistas han estado repartiendo unas cajas de cerillas con la imagen de una iglesia católica ardiendo y el lema: la única iglesia que ilumina es la que arde. Como es lógico, la inmensa mayoría de las reacciones ante esta barbaridad han sido de rechazo, incluso pidiendo legítimamente que se tomen acciones legales contra ella.
Acabo de leer las curiosas declaraciones de Jesús Cotta, autor de una nueva antología de textos de Santa Teresa de Jesús titulada “Teresa, mon amour". Este escritor malagueño ha afirmado que intentaba “demostrar que Santa Teresa es natural y cercana, como una vecina; que es una mujer, no una santa”.









