Un fruto del año de la misericordia
El año jubilar de la misericordia proclamado por el Papa Francisco está cerca ya de terminar. Antes de que llegue a su fin, me gustaría señalar un fruto del mismo que me ha alegrado en especial. Supongo que habrá dado otros frutos y espero que aún dé muchos más, pero creo que este bastaría para que el año jubilar haya resultado más que provechoso.
Se trata de algo muy sencillo, pero precisamente por eso más concreto, abarcable y evidente que otros frutos quizá más importantes pero también más difíciles de determinar. Me refiero a un hecho inaudito desde hace al menos medio siglo: gracias al año jubilar, la mayoría de los católicos han oído hablar de las obras de misericordia y muchos se las saben de memoria.
Puede parecer una minucia y es cierto que yo tiendo a alegrarme especialmente de las pequeñas cosas, pero creo que como mínimo constituye un signo muy esperanzador.

Durante los últimos meses, los medios de comunicación no han dejado de hablar de la llamada “crisis de los refugiados” en Europa, desencadenada por el enorme número de refugiados de Oriente Medio y otros lugares que se han dirigido a los diversos países europeos, tratando de huir de las guerras en sus países de origen o intentando conseguir un futuro económicamente mejor. Como Europa tiene la normativa sobre refugiados más generosa del mundo, la entrada masiva de refugiados ha despertado la desconfianza de muchos ciudadanos de a pie, que temen que el resultado sea la desaparición o desnaturalización de las culturas europeas. De hecho, los partidos que defienden la limitación drástica de la inmigración han logrado éxitos electorales sin precedentes en varios países.
Cuando a alguien le ponen una multa por exceso de velocidad, la excusa que suele dar es que no se fijó en que había superado el límite. Pretendía ir al máximo de velocidad permitido, noventa o ciento veinte y, sin darse cuenta, aceleró a noventa y cinco o a ciento veintiséis kilómetros por hora. Justo en ese momento, por casualidad (¡ley de Murphy!), se cruzó un policía y ¡zas!, multa al canto. Es algo que, probablemente, nos ha sucedido a todos los conductores en alguna ocasión y que, por lo tanto, nos resulta muy comprensible. A fin de cuentas, sería imposible y también peligroso conducir constantemente mirando el velocímetro del coche.
En relación con el post de hace un par de semanas sobre la (falta de) formación de los católicos, un amable lector me ha enviado un escrito que presentó sobre ese tema al sínodo que celebrado en la archidiócesis de Oviedo hace unos años. Según me dice, ni siquiera le dieron un acuse de recibo, quizá por un descuido, pero en cualquier caso a mí me ha parecido muy interesante, por las cuestiones que plantea, algunas de las cuales ya se mencionaron aquí.



